Hacia una lectura iluminada y amorosa
Rufino María Grández, O.F.M.Cap.
Estimado Sr. Obispo, [Leopoldo González González,
Obispo Auxiliar de Guadalajara, Jalisco],
Hermanos todos en el amor a las santas Escrituras,
amor que nos une y motiva aquí nuestra presencia:
Paz y Bien.
1. Íncipit: La Biblia, Poesía y
amor de Dios
Se me ha encomendado una de las tres ponencias
bíblicas que son parte muy significativa de este día consagrado a la Sagrada
Escritura, en este programa de la animación bíblica de la pastoral, en esta XII
ASAMBLEA BÍBLICA DIOCESANA (21 de septiembre de 2014, Instituto Bíblico
Católico - «La Palabra de Dios nos acompaña siempre en nuestro peregrinar» -
Lema: «Yo estaré con Ustedes hasta el fin del mundo Mt 28,20»). El texto
bíblico que figura en el logotipo de este Centro Bíblico Católico, el Libro
abierto para el imperio de la Cruz de Cristo, dice: “Lámpara es tu palabra para
mis pasos, luz en mi sendero” Sal 119.105.
El tema escogido a libre voluntad por mí dice así:
LA LECTURA ILUMINADA Y AMOROSA DE LAS SANTAS ESCRITURAS. Me estoy refiriendo a
ese trato diario con la Escritura que para nosotros, tocados por esta gracia,
ha de ser ocupación constante. La Biblia sobre nuestro escritorio, la Biblia en
nuestros librero, la Biblia en la capilla a mano en nuestro reclinatorio, la
Biblia en nuestro bolso de mano, la Biblia en nuestro cartapacio de viaje, la
Biblia confidente que nos pone en el latido de Dios, corazón a corazón.
Se trata, pues, de leer la Biblia, pero con una
lectura traspasada de luz de amor. Una vez en el Día del estudiante se me
ocurrió hacer unas coplillas festivas para la Estudiantina capuchina de la Casa
de Formación Santa Verónica (Cuautitlán Izcalli, Edo de México) y uno de esos
versos caprichosos llevaba por título: Resumen
de toda la Biblia. Era el versículo primero del Génesis: “Al principio creó
Dios el cielo y la tierra”, y la coplilla cantaba:
Resumen
de la Biblia
“Al principio
creó Dios el cielo y la tierra” (Gn 1,1)
Bereschit bará Elohim (Gn 1,1)
Y eso…
¿qué quiere decir?
Que está
loco... y que nos ama
desde el
principio hasta el fin.
O, si quieren, vaya otra a propósito de Lc 2,51: “Su madre guardaba en el corazón”
El
corazón es un cofre
y cabe
toda la Biblia:
se
comienza aquí en la tierra
y en el
cielo se termina.
Dice el refrán que no hay dos sin tres. Vaya la
tercera a propósito del versículo final del Evangelio de Juan: “Si se fueran a escribir...” (Jn 21, 25)
Mil
treinta y ocho capítulos
el
Antiguo Testamento;
pero el
Nuevo es uno solo:
Jesús en
el Sacramento.
Sin darme cuenta y antes de entrar en tema estoy
diciendo que la Biblia es poesía. Sí, lo es; es poesía del corazón, aunque unas
cosas estén escritas en prosa y otras en verso. Toda la Biblia es la vibración
poética del Dios de amor. La Biblia es un vuelo del Espíritu, el batir de las
alas de Dios.
Dice el texto sagrado, al comienzo de Ezequiel: “El
año treinta, el día cinco del mes cuarto, estando yo entre los deportados junto
al río Quebar, se abrieron los cielos y tuve visiones de Dios” (Ez 1,1). Vino,
pues, la palabra del Señor sobre Ezequiel hijo de Buzí, sacerdote. Continúa el
texto: “Allí se posó sobre él la mano del Señor” (v. 3).
Si no se posa la mano del Señor sobre nosotros no
podremos leer las santas Escritura. Dando clase a los seminaristas del
Palafoxiano de Puebla, quizás también se posó sobre mi hombro la mano del Señor
para abrir la Torá orando, y compusimos esta oración
Torá
bendita, luz de las naciones
Al
empezar el estudio de la Torá
Homenaje
y súplica
Torá bendita, luz de las naciones,
yo beso reverente letra y tinta
por donde corre sangre de los cielos,
igual que te besó Jesús Mesías.
No vino a destruirte el Nazareno,
que te aprendió de labios de María;
te amó temprano más que los Rabinos
cuando de niño con ellos discutía.
Te amó y te rescató desde tu entraña,
porque al mirarte al Padre Dios veía,
te quiso pura, original y plena
y vio que el Evangelio en ti nacía.
Encuentro de la fe y de la historia,
de Dios amor que en ti se traslucía,
Torá, que eres hermosa como esposa
porque de ti surgió la Profecía.
Torá de bendiciones y promesas,
Torá de una alianza compartida,
en ti me encuentro yo y en ti descanso,
si te alcancé, Torá, Sabiduría.
¡Mi Dios, mi Creador, mi amor en trance,
que Dios de otra manera no serías,
te adoro en Escritura y Sacramento,
desde tu Libro lléname de vida! Amén. (Puebla, 17
agosto 2011).
Quiero, pues, hermanos, hacer mías aquellas
palabras de Pablo al comienzo de Romanos: “Tengo ganas de veros para
comunicaros algún don espiritual que os fortalezca, para compartir con vosotros
el mutuo consuelo de la fe común: la vuestra y la mía” (Rm 1,11-12). La Iglesia
es comunión: es comunión en la Eucaristía y es comunión en la Biblia compartida.
2. Comunión en la Biblia
compartida
Cuando yo abro la Biblia, vean ustedes qué
misteriosa red de comunión se establece entre mí, lector que se favorece del
fruto de innumerables generaciones cuyos ojos han estado fijos en Jesús (Hb 13)
como los míos, y el Libro Sagrado. Tengo ante mí, en este caso, el volumen
editado como versión oficial de la Conferencia Española, firmado en la solemnidad
de Santiago, apóstol, patrón de España, 25 de julio de 2010, texto oficial para
proclamarlo en la liturgia, para servirse de él nuestros pastores en la cartas
a los fieles, y los catequistas en la entrega de la fe de la Iglesia.
Esta Biblia, en sus páginas introductorias, tiene
los nombres de los 24 especialistas procedentes de universidades de España,
Paris, Roma (23 hombres y una mujer, Nuria Calduch Benages, religiosa).
No es ninguna fantasía pensar que, al acariciar
esta Biblia, al abrirla, al clavar mis ojos en sus páginas sondeando sus
secretos, yo estoy en comunión en esos 45 años de trabajo emprendido en España
tras el Concilio para presentar la traducción más hermosa para la liturgia. Una
gran red de personas anónimas ha ido tejiendo lo que yo tengo entre manos. En
una marejada de amor silencioso ha llegado este navío a puerto.
Pero no es solo el equipo de los que han trabajado
esta Biblia, que ahí está – esperamos – para muchos decenios, aunque una
traducción será siempre una obra de nunca acabar. Como estudioso del texto original,
yo veo en cualquier edición crítica, que ha de estar a la base de una traducción,
una selva espesísima que alude a papiros y códices sobre los que se trabaja en
laboratorio para conseguir el texto más fiable. ¿Quién es el autor de todo
ello? Una turba de investigadores que pacientemente estaban trabajando para mí
sin que ellos lo supieran.
De estas consideraciones bien podemos concluir que
la mera lectura de la Biblia, texto que alimenta mi fe y enardece mi pasión de
amor, mi ímpetu para ser anunciador del mensaje, es un acto teológico-eclesial,
que yo lo puedo vivir como una celebración girando en torno a Cristo. Los
obreros de la Biblia son – o somos, por lo que humildísimamente nos toca como
simple profesor – un coro de discípulos que han puesto a Cristo Jesús, el Señor,
como vida de su vida y meta de su esperanza.
En suma, una lectura de la Biblia, en fe y
profundidad, es una vivencia eclesial de alta calidad, que consolida la Iglesia
que Jesús nos ha dejado.
Ahora podemos pasar a eso niveles de lectura que
acepta la Biblia, libro de nuestra fe hasta la vuelta del Señor.
3. Los tres modos de lectura y
encuentro con la Biblia
Muchas veces he dicho en clase y ahora tengo una
nueva oportunidad de repetirlo en esta nueva aula de “animación bíblica de la pastoral”
que hay tres modos, tres niveles de lectura de la Biblia de cara a su propio
misterio.
a) Ante
todo, hay una lectura inicial llamada exégesis
histórico-crítica, a la que ya de entrada podemos atribuirle dos
características:
- lectura del
todo necesaria para la Iglesia que camina al paso de los tiempos, de las
ciencias: ciencias del lenguaje, ciencias de la crítica histórica. Lectura
necesaria para la Iglesia como tal, mas no para cada individuo en particular.
- Y al mismo tiempo lectura insuficiente, lectura del todo insuficiente si se detuviera
ahí.
El texto que yo tengo ante mis ojos es un texto que
tiene una larga historia detrás de sí. El Concilio Vaticano II, como nunca se
había hecho antes, aceptó que los Evangelios tienen una historia antes de
desembocar en la página que yo leo. Jesús
ciertamente es el origen; si no lo fuera, los Evangelios serían una invención,
un cuento religioso. Los apóstoles
han entregado la herencia de Jesús a las comunidades, y las comunidades han
mezclado con su propia vida la vida de Jesús y las enseñanzas de Jesús. Y desde
aquí los narradores, los evangelistas,
que son verdaderos autores, han puesto por escrito lo que Jesús hizo y enseñó.
Esto explica la variedad de los textos, los diversos perfiles y teología en esa
convergencia unánime hacia la persona de Jesús. Los Evangelios son uno, y son
cuatro al mismo tiempo. Los tres sinópticos avanzan paralelamente (Marcos,
Mateo y Lucas), Juan es muy distinto, con un lenguaje sapiencial, sentencioso…,
con discursos de estilo muy diferentes de los que encontramos en los tres primeros.
Son conclusiones pacíficamente poseídas de la
ciencia de hoy, que la Iglesia ha aceptado de buen grado, dando un paso
adelante con respecto a siglos anteriores, que no habían percibido el problema.
En la instrucción “Sancta Mater Ecclesia” sobre La verdad histórica de los Evangelios del 24 de abril de 1964, de
la Pontificia Comisión Bíblica, se decía taxativamente: “Si
el exegeta no pone atención en todas estas cosas que se refieren al origen y
composición de los evangelios y no aprovecha todo lo bueno que han aportado los
recientes estudios, no cumplirá realmente su oficio de investigador, cuál fue
la intención de los autores sagrados y lo que realmente dijeron”.
Así pues, desde el punto de vista de
estudio, este tipo de investigaciones no es facultativo, sino, a la altura de
la ciencia de hoy, necesario. Si no se admite este proceso, se cae en un
fundamentalismo, que pese a su apariencia espiritual seca las santas Escritura.
Hace unos días
mostraba a los alumnos diversas clases de Biblia apreciando el valor de
cada uno. Entre ellas, una de una terminada Iglesia protestante. Nuestros
hermanos utilizan la clásica traducción de Reina-Valera, siglos XVI y XVII, que
es muy buena, pero sus explicaciones varían según las Iglesias. La Biblia que
yo tenía en mano comenzaba: Génesis, y debajo decía: Escrito por Moisés por el
año 1500. Cosa similar para el Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio (es
decir, los cinco libros que llamamos “Pentateuco”). Esto hoy no se puede
sostener; esto es ignorar tradiciones y documentos con los que siglos después
de los hechos se escribieron las tradiciones.
b) Una verdadera interpretación de las santas
Escrituras no puede quedarse en este primer estadio: tiene que pasar a ser una interpretación teológica; más aún,
preferentemente teológica. Expliquemos qué es esto.
Una de las cosas hermosas que ha hecho el Papa
Benedicto XVI, papa iluminoso y valiente, ha sido escribir un libro sobre
Jesús: Jesús de Nazaret (3 vol. Planeta 2007-2012). Aclaraba en el prólogo: “Sin duda, no
necesito decir expresamente que este libro no es en modo alguno un acto
magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal “del rostro del
Señor” (cf. Sal 27,8). Por eso, cualquiera es libre de contradecirme. Pido solo
a los lectores y lectoras esa benevolencia inicial, sin la cual no hay nada comprensible”
(vol. I, 20).
“Hay que decir, ante todo, asegura en el mismo
Prólogo, que el método histórico - precisamente por la naturaleza intrínseca de
la teología y de la fe – es y sigue siendo una dimensión del trabajo exegético
a al que no se puede renunciar” (p. 11).
El Papa propiciaba una lectura teológica: “Una cosa
me parece obvia: en doscientos años de trabajo exegético la interpretación histórico-crítica
ha dado ya lo que tenía que dar de esencial. Si la exégesis bíblica científica
no quiere seguir agotándose en formular siempre hipótesis distintas, haciéndose
teológicamente insginificante, ha de dar un paso metodológicamente nuevo volviendo
a reconocerse como disciplina teológica, sin renunciar a su carácter histórico” (Prólogo al vol. II, 6-7).
Hay que avanzar en profundidad y abordar la
Escritura con un método teológico. Es decir, la pregunta esencial del
intérprete es ¿Qué está diciendo Dios?
Si Dios habla, se está comunicando, y su Palabra es revelación y amor. ¿Qué
está diciendo Dios? No: ¿Qué me dice este texto? Porque esta misma pregunta la
puedo formular yo leyendo a Platón, a Aristóteles, o el Quijote. ¿Qué está
diciendo Dios?
Entramos en los campos dilatados de la teología,
como ciencia de la fe. Comenzamos a entrar en la espesura de la fe. Ahora el escriturista
es, por necesidad, teólogo.
Primera
operación: leer todos los textos en la unidad global de toda
la Escritura. Toda la Escritura es el regazo maternal en el que se mece cada
texto.
Segunda
operación: leer cada texto en densidad propia, en su teología propia, en su
mensaje propio. Un ejemplo: Cuando Pablo habla de “carne” y “espíritu”, la
palabra carne, que a lo mejor en una traducción popular la sustituimos por
otra, en la teología judía tiene un propio contenido. Escuchemos este pasaje
célebre de la carta a los Filipenses: “Los circuncisos somos nosotros, los que
damos culto en el Espíritu de Dios y ponemos nuestra gloria en Cristo Jesús,
sin confiar en la carne. Aunque también yo tendría motivos para confiar en
ella. Y si alguno piensa que puede hacerlo, yo mucho más” (Flp, 3,3-4). Y da sus título gloriosos para poder “confiar
en la carne”: ser judío de pura raza, hebreo hijo de hebreos, cumplidor y
fanático de la Ley…, todo eso es carne, todo eso – tan estimable en sí, es
carne frente al don de Dios, que es el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor,
por quien lo perdí todo.
Al entrar en la Escritura, se impone, pues, una
lectura teológica, para abrirnos a “la excelencia del conocimiento de Cristo
Jesús, mi Señor” (Flp 3,8).
c) Y con todo, tampoco la teología es la lectura del encuentro. Podemos
hablar de esta lectura del encuentro.
La Biblia, que es toda ella, historia salutis de Dios con el hombre, nos invita a sumergirnos en
ella como parte de esa historia de salvación. La Biblia no es un tema de
oración, sino que ella misma se convierte en oración encuentro con Dios. En ese
momento la Biblia está naciendo, como acontecimiento de Dios en el mundo, en la
Iglesia, en mí.
No sé si se podrá materializar este tipo de
lectura, pero sé que existe. Si, en efecto, la Biblia es palabra actual para
todas las generaciones, en culturas tan diversas como ha ido estando la raza
humana, según edades históricas y latitudes geográficas, la Biblia, sacramento
del dialogo de Dios con el hombre, sacramento de la respuesta del hombre a
Dios, tiene que tener una fuerza ingénita para transcenderse a sí misma y ser
vivida, conforme el Espíritu de Dios nos dé, como acto de permanente
iluminación y encuentro.
Comprendo que esto que estoy diciendo es difuso, y
hasta se podría tachar de pseudomístico. Con todo, creo que no ser iluso si
insisto en que en este lenguaje hay algo de intuición. ¿Esa es la “lectio divina”, la lectio espiritual…? Quizás sea algo más y, en todo caso, un tanto
diferente.
Hablo de una lectura pasiva. El texto ahí, como
Jesús en el santísimo sacramento. Yo escucho al Dios infinito que es más grande
que todas sus palabras.
Toda la tradición nos ha dicho que Cristo es la
presencia y eje de las Escrituras. Como plasmó san Jerónimo en el prólogo de su
comentario a Isaías, “Ignoratio Scripturarum, ignoratio Christi est” (S.
Hieronymus, Com. in Is, citado por Dei verbum, 25).
Se trata en consecuencia, de bajar al puro
manantial de la Escritura, olvidados de todo lo que sabemos por crítica
textual, por teología, de volver al puro manantial de donde nace la Biblia, que
nos lo revela el misterio de la Encarnación, el misterio de la Trinidad.
4. La Escritura leída desde el
corazón de la Liturgia
La Sagrada Escritura la leemos en nuestra mesa de
trabajo, en la capilla, acaso en el asiento del autobús, acaso junto a la
almohada, como lo aconsejaba san Jerónimo a la virgen Eustoquio, hija de santa
Paula: “Que el sueño te pille con el libro en la mano, y, cuando cabecees, que
tu cabeza caiga sobre el libro excelso." (San Jerónimo: 349-c. 419), Epistola XXII, 17, ad Eustochium. “Hieronymus
leía con la débil luz de un candil de aceite, peligroso, maloliente y caro”).
Con todo, el lugar privilegiado es la liturgia en
la praxis actual de la Iglesia, todos los actos liúrgicos cuentan con la
presencia de la Palabra de Dios; y de modo eminente en la Eucaristía y en el oficio
Divino. Entonces la Biblia pasa a ser “materia” sacramental. Cristo está
presente cuando “se proclaman” y también cuando “se explican” las Escrituras.
Partiendo de esta convicción hemos de saber cuáles
son los modos según los cuales acerca la Iglesia los libros sagrados a los
cristianos. Podemos hablar de tres círculos o de tres niveles, que suponen
distinto grado de conocimiento de la Escritura.
Primer
nivel: Qué textos escoge la Iglesia de entre todos los capítulos de la Biblia
para los cristianos acuden a misa todos los días y días festivos.
Segundo
nivel: Si, además de los domingos, un fiel cristiano, una cristiana, participa
todos los días en la celebración de la misa. El círculo se ensancha
enormemente.
Tercer
nivel: Si, además de ello, un cristiano, una cristiana, reza a diario la Liturgia
de las Horas, un derecho que se le da en el bautismo como hijo de Dios, se
ensanchan más y más el espaio otorgado a los textos sagrados.
Veamos el contenido del primer nivel. La Iglesia ha
establecido un ciclo rotativo de tres años, que llamamos, A, B y C. La primera lectura
es del Antiguo Testamento (salvo en Pascua, que no se lee el Antiguo Testamento
para manifestar de este modo que las promesas están cumplidas); la segunda del Nuevo
Testamento; la tercera de los Evangelios.
Prestemos atención, para hacer un balance, a la
lectura de las cartas de san Pablo y demás escritos apostólicos del Nuevo
Testamento. El cristiano que participa fielmente los domingos en misa ha
escuchado 150 páginas (por hablar con números redondos, multiplicando por tres
las 52 semanas del año) de la Biblia cada año; y en tres años 450 (siempre en números
redondos).
El panorama es totalmente distinto de aquel de
nuestra infancia: en la misa había dos lecturas, la epístola y el Evangelio, en
latín, y cada año las mismas. No había misal y leccionario, sino en un solo
volumen, en el Missale Romanum,
aprobado según los decretos del Concilio de Trento, el sacerdote tenía las oraciones
de la misa para todos los días del año (propio del tiempo y propio de los
santos) y las lecturas para todo el ciclo litúrgico.
Como se ve por esta mera estadística, el viraje ha
sido total. La Iglesia ha abierto de par en par las sanas Escrituras a todos
sus fieles.
¿Con qué criterios se han elegido las lecturas
dominicales?
Ante todo, biblistas competentes han ido señalando
de los libros bíblicos cuáles son los capítulos más relevantes que no se deben
ignorar. Es un criterio objetivo y sensato, si bien toda la Biblias sea Palabra
de Dios.
De su parte los liturgistas han examinado cuál son
las perícopas que leído tanto la liturgia latina como la liturgia oriental como
otras liturgias venerables, aunque no estén en comunión con la Iglesia
católica. Es otro criterio objetivo e importante.
No entremos en el segundo y tercer nivel, de
quienes escuchan la Escritura a diario en la misa, y a diario en el rezo del oficio
divino, que – repito – no es privativo para los monjes, clérigos, religiosos y
religiosas, sino que el pan de la palabra está disponible en el oficio divino,
a todos los hijos de Dios que deseen rezarlo.
Incluso más: muchas, muchísimas veces, las
perícopas escogidas están cortadas: del versículo tal se pasa a tal otro, y quedan
huecos en el texto, por razón de brevedad o por otras razones. El que reza el
oficio divino puede tomar la Biblia aprobada para la liturgia y leer el texto
seguido e íntegro.
5. Los libros apropiados para los
tiempos litúrgicos
Con este punto final entramos en algo de mucho
interés para la vida espiritual de la Iglesia. La verdadera dirección
espiritual de la Iglesia es la liturgia, y en la liturgia cumple una función de
verdadera maestra la Escritura. Con el paso de los siglos se han ido seleccionando
libros y perícopas para los distintos tiempos litúrgicos. Conviene saberlo;
porque entonces es otro sabor el que alcanza la lectura de la Escritura. Podemos
dar un elenco de estas selecciones. He
aquí, a modo de ejemplo, para ser matizado un elenco
1.
Las 9 lecturas de la Vigilia pascual
2.
Los 4 Cánticos de Yahveh (Isaías) y la Semana Santa
3.
Los Evangelios de la resurrección en la Semana de Pascua
4.
Los Hechos de los Apóstoles como libro pascual
5.
El Apocalipsis como libro pascual
6.
La primera Carta de Pedro como posible homilía
pascual para el tiempo de Pascua.
7.
Las conversaciones de la Cena como lecturas de
Pascua.
8.
Las lecturas de la Vigilia de Pentecostés (Babel,
Sinaí, Ezequiel, Joel).
9.
Las polémicas con los judíos en las semanas
posteriores de Cuaresma, del Evangelio de Juan.
10.
La “lectura temática” de los días ordinarios de Cuaresma
(ayuno, oración, conversión, penitencia…)
11.
Éxodo, Números y Deuteronomio libros propios de
Cuaresma.
12.
Isaías como profeta del Adviento.
13.
La carta a los Colosenses como libro de Navidad.
14.
La primera de Juan como libro de Navidad.
15.
El Cantar de los cantares como libro de Navidad,
para celebrar las nupcias sagradas de Dios con la humanidad por el Hijo de su
amor; y de Pascua.
Conclusión
Voy a concluir, hermanos en la fe, mirando el lema
de nuestro Centro Bíblico Católico. “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz
en mi sendero” (Sal 119,105, seguramente que es el versículo más célebre de los
176 que tiene este salmo).
El autor sagrado pensaba en la Torá, que contenía
toda la revelación de Dios para ahora y para la eternidad. Después de la venida
de Jesús esa lámpara es Jesús, luz verdadera que vino a este mundo. Esa palabra
es él mismo.
Todos nosotros estamos convencidos de ello. Si
estudiamos la Biblia no es por erudición. Es por Jesús. Permítanme decirlo con
la doxología eucarística: “Por él, con Él y para Él todo honor y toda gloria,
Por los siglos de los siglos. Amén.
Zapopan, Jalisco, 16 septiembre 2014. (Conferencia
pronunciada el 21 de septiembre de 2014).

No hay comentarios:
Publicar un comentario