sábado, 2 de febrero de 2019

1165. Dom. IV, C. – Jesús, signo de contradicción


Jesús, signo de contradicción

Texto evangélico:
(Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él). 21 Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». 22 Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». 23 Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». 24 Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. 25 Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; 26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio». 28 Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos 29 y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. 30 Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Hermanos:
1. Este domingo IV del tiempo ordinario nos ha coincidido este año con el día siguiente a la fiesta de la Presentación del Señor, que fue ayer, sábado 2 de febrero.
Jesús es presentado en el templo a los cuarenta días de su nacimiento, para cumplir la ley de Moisés,  y es recibido gozosamente por dos ancianos, que tienen toda la simpatía en nuestro corazón: el anciano Simeón, y aquella viuda que servía al Señor día y noche con ayunos y oraciones, la profetisa Ana.
“Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu siervo irse en paz. 
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,28-32).
“Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción y a ti misma una espada te traspasará el alma…” (vv. 34-35).

2. En esta sorprendente escena del comienzo de la vida pública de Jesús, según san Lucas, comienza a cumplirse la profecía. Jesús, signo de contradicción.
Esta escena es el paradigma de toda la vida de Jesús: amado por unos, rechazado por otros.
Es el camino del Señor. ¿Será también el camino de los discípulos de Jesús? Pensémoslo y apliquémoslo a nosotros mismos. Porque acaso sea mi camino.
Pablo nos ha hablado del camino de los cristianos, de la caridad, que no es un carisma maravilloso, que es más que carisma, que es un “camino más excelente”.
Nunca nos cansamos de meditar lo que san Pablo nos ha anunciado, de esa revelación que nos ha transmitido: “Y aún os voy a mostrar un camino más excelente.  Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.  … El amor no pasa nunca. Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará” (1Cor 11,31-12,1-3. 8).

3. Jesús fue recibido con admiración y aplauso en la sinagoga de su pueblo, donde se había criado. Sus palabras de presentación, habiendo leído a Isaías, fueron dulcísimas, y anunciaban solo amor y compasión.
Pero, de repente, la escena ha cambiado y ha dado un giro de 180 grados. El auditorio cambia y cambia también el estilo del lenguaje del predicador.
Todo se produce cuando en la asamblea surge un comentario: «¿No es este el hijo de José?».
Esta frase es el cambio de escena, pues se supone que debajo de ella hay un comentario: No puede ser…; no puede presentarse diciendo que es el profeta anunciado por Isaías. Es el hijo de José, es uno igual que nosotros. Pero ¿quién se cree que es él?

4. Y Jesús también cambia el lenguaje cuando entra al ataque: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y saca el ejemplo de Elías y de Eliseo. Y el que antes había dicho: Yo soy el profeta del amor enviado, ahora está diciendo: Yo soy el profeta rechazado.
Podía haber sacado igualmente el ejemplo de otro profeta, Jeremías rechazado por los suyos. Lo hemos recordado en la primera lectura, que nos ha hablado de la vocación de Jeremías: “Prepárate para decirles todo lo que yo te mande. | No les tengas miedo…Lucharán contra ti, pero no te podrán, | porque yo estoy contigo para librarte” (Jer 1,17.19).

5. La escena de Nazaret terminó abruptamente, con estas frases que son toda una escena: lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Es difícil recomponer este episodio, porque no parece verosímil, psicológicamente hablando, que en dos o tres horas se dieran este cambio tremebundo de actitudes: pasar del agrado, de la acogida y admiración hasta el odio asesino. Posiblemente el evangelista ha recogido diversos momentos que se dieron a distancia y ha hecho esta composición para decirnos: Este es Jesús, esta es la respuesta, este es su destino.
Jesús que vino a repartirnos solo amor, fue signo de contradicción; y al fin, rechazado por su pueblo, y muerto. Esta es la tragedia de un drama divino.

6. Hermanos, a este Jesús, admiración y amor de nuestra vida, nos hemos adherido. No nos sorprenda que haya que sufrir una partecita de lo que pasó con él. Si queremos ser testigos de este amor, no nos sorprenda que nos puedan tratar a nosotros de modo igual. En cierta ocasión Jesús nos dijo: “Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los criados! No les tengáis miedo” (Mt 10,25-26).

Concluyamos, hermanos. Jesús nos trajo a la tierra una vocación divina de amor. Pablo lo comprendió y nos lo ha explicado. Este es el camino de Jesús.

Señor Jesús, concédeme que el camino del amor, y solo é,l sea el camino de mi vida. Amén.

Lago de Guadalupe (Cuautitlán Izcalli), 2 de febrero de 2019.

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