Jesús, signo de contradicción
Texto
evangélico:
(Toda
la sinagoga tenía los ojos clavados en él). 21 Y él comenzó a
decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». 22
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia
que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». 23
Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti
mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en
Cafarnaún». 24 Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es
aceptado en su pueblo. 25 Puedo aseguraros que en Israel había
muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y
seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; 26 sin embargo, a
ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el
territorio de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos
del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el
sirio». 28 Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos 29
y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio
del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
30 Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Hermanos:
1. Este domingo IV del tiempo ordinario
nos ha coincidido este año con el día siguiente a la fiesta de la Presentación
del Señor, que fue ayer, sábado 2 de febrero.
Jesús es presentado en el templo a los
cuarenta días de su nacimiento, para cumplir la ley de Moisés, y es recibido gozosamente por dos ancianos,
que tienen toda la simpatía en nuestro corazón: el anciano Simeón, y aquella
viuda que servía al Señor día y noche con ayunos y oraciones, la profetisa Ana.
“Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios
diciendo:
Ahora, Señor, según tu promesa, | puedes dejar a tu
siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones | y gloria de tu
pueblo Israel” (Lc 2,28-32).
“Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: Este
ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un
signo de contradicción y a ti misma una espada te traspasará el alma…” (vv.
34-35).
2. En esta sorprendente escena del comienzo de la
vida pública de Jesús, según san Lucas, comienza a cumplirse la profecía. Jesús, signo de contradicción.
Esta escena es el paradigma de toda la vida de
Jesús: amado por unos, rechazado por otros.
Es el camino del Señor. ¿Será también el camino de
los discípulos de Jesús? Pensémoslo y apliquémoslo a nosotros mismos. Porque
acaso sea mi camino.
Pablo nos ha hablado del camino de los cristianos,
de la caridad, que no es un carisma maravilloso, que es más que carisma, que es
un “camino más excelente”.
Nunca nos cansamos de meditar lo que san Pablo nos
ha anunciado, de esa revelación que nos ha transmitido: “Y aún os voy a mostrar
un camino más excelente. Si hablara las
lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que
un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y
conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover
montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes
entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor,
de nada me serviría. … El amor no pasa
nunca. Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el
conocimiento se acabará” (1Cor 11,31-12,1-3. 8).
3. Jesús fue recibido con admiración y aplauso en
la sinagoga de su pueblo, donde se había criado. Sus palabras de presentación,
habiendo leído a Isaías, fueron dulcísimas, y anunciaban solo amor y compasión.
Pero, de repente, la escena ha cambiado y ha dado
un giro de 180 grados. El auditorio cambia y cambia también el estilo del
lenguaje del predicador.
Todo se produce cuando en la asamblea surge un
comentario: «¿No es este el hijo de José?».
Esta frase es el cambio de escena, pues se supone
que debajo de ella hay un comentario: No puede ser…; no puede presentarse
diciendo que es el profeta anunciado por Isaías. Es el hijo de José, es uno
igual que nosotros. Pero ¿quién se cree que es él?
4. Y Jesús también cambia el lenguaje cuando entra
al ataque: «Sin duda me diréis aquel
refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que
hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y saca el ejemplo de Elías y de Eliseo. Y el que
antes había dicho: Yo soy el profeta del amor enviado, ahora está diciendo: Yo
soy el profeta rechazado.
Podía haber sacado igualmente el ejemplo de otro
profeta, Jeremías rechazado por los suyos. Lo hemos recordado en la primera
lectura, que nos ha hablado de la vocación de Jeremías: “Prepárate para
decirles todo lo que yo te mande. | No les tengas miedo…Lucharán contra ti,
pero no te podrán, | porque yo estoy contigo para librarte” (Jer 1,17.19).
5. La escena de Nazaret terminó abruptamente, con
estas frases que son toda una escena: lo
echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el
que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se
abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Es difícil recomponer este episodio,
porque no parece verosímil, psicológicamente hablando, que en dos o tres horas
se dieran este cambio tremebundo de actitudes: pasar del agrado, de la acogida
y admiración hasta el odio asesino. Posiblemente el evangelista ha recogido
diversos momentos que se dieron a distancia y ha hecho esta composición para
decirnos: Este es Jesús, esta es la respuesta, este es su destino.
Jesús que vino a repartirnos solo amor,
fue signo de contradicción; y al fin, rechazado por su pueblo, y muerto. Esta
es la tragedia de un drama divino.
6. Hermanos, a este Jesús, admiración y
amor de nuestra vida, nos hemos adherido. No nos sorprenda que haya que sufrir
una partecita de lo que pasó con él. Si queremos ser testigos de este amor, no
nos sorprenda que nos puedan tratar a nosotros de modo igual. En cierta ocasión
Jesús nos dijo: “Si al dueño de casa lo han llamado Belzebú, ¡cuánto más a los
criados! No les tengáis miedo” (Mt 10,25-26).
Concluyamos, hermanos. Jesús nos trajo a
la tierra una vocación divina de amor. Pablo lo comprendió y nos lo ha
explicado. Este es el camino de Jesús.
Señor
Jesús, concédeme que el camino del amor, y solo é,l sea el camino de mi vida.
Amén.
Lago de Guadalupe (Cuautitlán Izcalli),
2 de febrero de 2019.
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