Zaqueo, salvado por Jesús
Lc 19,1-10
Texto evangélico:
Lc19
1
Entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. 2 En esto, un hombre
llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, 3 trataba de ver quién
era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de
estatura. 4 Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo,
porque tenía que pasar por allí. 5 Jesús, al llegar a aquel sitio,
levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que
hoy me quede en tu casa». 6 Él se dio prisa en bajar y lo recibió
muy contento. 7 Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado
a hospedarse en casa de un pecador». 8 Pero Zaqueo, de pie, dijo al
Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he
defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». 9 Jesús le
dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de
Abrahán. 10 Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar
lo que estaba perdido».
Hermanos:
1. Este Evangelio está lleno de poesía y
teología y el evangelista Lucas ha sabido contagiarnos su encanto de escritor. El
Evangelio es bello, y es literariamente bello.
Estamos en Jericó, bella ciudad de las
palmeras, debajo de Jerusalén, y por más datos profunda debajo de la superficie
del mar.
Jesús va de camino, como desde capítulos
atrás nos lo ha señalado san Lucas, y Jericó es la última etapa antes de entrar
en la ciudad salta de Jerusalén. Y ocurre esta escena, que, al escucharla, provoca
una sonrisa de agrado en el oyente. Este protagonista, causante del suceso, no
es un niño que con su compañero se sube a los árboles para jugar o buscar nidos
de pájaros. Es un señor honorable de la ciudad que, ante todo, tiene un nombre:
se llama Zaqueo. Toda la ciudad sabe quién es Zaqueo, que es Jefe de aduanas y
oficinas de impuestos, y que es rico. Y hasta se puede sospechar que la riqueza
no es limpia, por el oficio que ejerce. ¿Está casado? ¿Tiene hijos? Seguramente
que sí porque el banquete en una celebración familiar, al parecer, pero el
relato evangélico se ha centrado en lo principal.
2. Este hombre quiere ver a Jesús, pero
es pequeño, y Jesús camina en cierto oleaje de multitud. Entonces se le ocurre
una estratagema: corre, adelantándose a la turba, y se sube al balcón para
verlo pasar, para ver qué cara tiene y seguramente para darle un saludo con la
mano. Pero no es el balcón de la casa adonde se sube, sino que alcanza una rama
firme de un sicómoro para contemplarlo a su gusto. Acaso ese gesto no vaya de
acuerdo con su categoría social…, pero el corazón es lo que es.
Y aquí viene la sorpresa. Jesús,
peregrino de la Ciudad Santa, está más alto que Zaqueo y más cerca. Y ahora Jesús
invita a Zaqueo. Mucho más allá de lo que podría ser un protocolo festivo, de
alguien que dice “Amigo ¿me invitas a comer?”. Jesús declara y revela a Zaqueo:
«Zaqueo, date prisa y baja, porque es
necesario que hoy me quede en tu casa».
3. Ese “es necesario”, que es una de las características de la teología y
del lenguaje de Lucas, nos remite a un plan que Dios tiene y que lo está
cumpliendo en el mundo. Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado…, es
necesario. Y ahora es necesario que Jesús sea el huésped de Zaqueo.
Si Dios está por medio, todo se combina
providencialmente, porque la petición de Jesús fue el mayor honor que se podía
hacer a Zaqueo. Y así lo dice el Evangelio: Él
se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.
Jesús se declara amigo de esta gente
que, por su oficio, puede infundir sospecha. A san Lucas, a veces, le gusta
generalizar, y aquí nos hace saber que todos
murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
Está bien que lo sepamos, para que
comprendamos la novedad y el sentido profundo de la escena. Zaqueo,
oficialmente, es un pecador, y Jesús ha ido a juntarse con un pecador, no
llamado por él, sino de propia iniciativa; ha ido de propia voluntad a
compartir los manjares y el vino de la mesa de un pecador.
4. Lo que sucedió fue divino. Y aquí está
lo que dijo Zaqueo y lo que dijo Jesús. Zaqueo,
de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los
pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».
San Lucas tiene interés, cuando escribe,
en recalcar que Jesús es el Señor. Zaqueo no dijo “a Jesús”; dijo “al Señor”. Y
¿qué dijo al Señor…, a ese Señor que hoy nosotros estamos celebrando en la Eucaristía?
“Mira, Señor…”
Zaqueo es un convertido y un discípulo. Si
ha cometido alguna injusticia la reparará por el cuádruplo, pero, aparte de
eso, la mitad de mis bienes se la doy a
los pobres.
Este es un discípulo perfecto. ¿Quién
puede decir eso de que “la mitad de mis bienes se la doy a los pobres”?
Y ahora Jesús para Zaqueo y para toda su
Iglesia, nos da la revelación:
Hoy
ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán.
Jesús da a Zaqueo el título de Hijo de Abraham,
hijo de la fe de Abraham, de las promesas que Dios hizo a su pueblo por Abraham.
Y no solo a él; a “esta casa”.
Y a esto se llama “la salvación”.
Esta es la sublime misión de Jesús, que
llega hasta nosotros, y personalmente hasta mí, conclusión de este Evangelio: “Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar
y a salvar lo que estaba perdido”.
5. Ahora podemos leer las reflexiones
que poco antes de la llegada de Jesús nos hace el libro de la Sabiduría, según hemos
escuchado en la primera lectura:
“Te
compadeces de todos, porque todo lo puedes
y
pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan.
Amas
a todos los seres
y
no aborreces nada de lo que hiciste;
pues,
si odiaras algo, no lo habrías creado” (Sal 11,23-24).
Concluimos mirando a Jesús, el Señor,
que ha pasado por el camino de nuestra vida:
Señor
Jesús,
mírame
como miraste a Zaqueo, elevando tus ojos hacia él, y dame, como a él y a su
casa, la alegría de la salvación. Amén.
Guadalajara, viernes 1 noviembre 2019.
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