viernes, 24 de julio de 2020

1410. Domingo XVII, A – Jesús anuncia el tesoro escondido del Reino de Dios



Jesús anuncia el tesoro escondido del Reino de Dios
Mt 13, 44-52


Texto evangélico:
44 El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.
45 El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, 46 que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
 47 El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: 48 cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. 49 Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos 50 y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
 51 ¿Habéis entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí». 52 Él les dijo: «Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».

Hermanos:
1. Tercer domingo en que hablamos de las parábolas de Jesús.
Las parábolas de Jesús pueden tener un título común; se las pueden llamar “Las parábolas del Reino”. Una vez más, y grabémoslo muy bien, las parábolas de Jesús y sus palabras todas no son enseñanzas de moral, de una moral excelsa, por supuesto, doctrina de vida para saber cómo manejarse en la existencia, en medio de tantas opiniones concurrentes, y tantas veces contrarias y excluyentes. Son, ante todo, revelación del misterio de Dios, que él lo conoce desde dentro, que nos lo entrega para que lo compartamos y lo hagamos vida.
Parábolas del Reino, que otros podrían decir “del Reinado de Dios”. Es correcto. Reinado es un reino en ejercicio, no titular – ni emérito ni actual – sino un reino que se hace sentir, porque es una soberanía que se está ejerciendo en la vida. Es como dicen los salmos:
“El Señor reina, tiemblen las naciones; | sentado sobre querubines, vacile la tierra.
El Señor es grande en Sión, | encumbrado sobre todos los pueblos.
Reconozcan tu nombre, grande y terrible: | ¡Él es santo!” (Sal 99,1-3).

2. Jesús nunca definió con una fórmula. Habló de él, como de algo vivo, real. Habló de él, invitándonos a entenderlo en vida. Y el Reino y Reinado es la súplica central en la Oración del Señor.
“Padre, santifica tu Nombre”. Lo acabamos de oír en los salmos: Reconozcan tu nombre, grande y terrible: | ¡Él es santo!
“Padre, trae tu Reino;
Padre, haz tu Voluntad en la tierra, lo mismo que la haces en el cielo; que cielo y tierra sean un mismo homenaje al Dios vivo y verdadero, al Padre”.

3. Esto es el Reino, el Reinado de Dios. Pero, ¡atención ahora! Todo esto que es real, que es verdadero, que es presente, es – escuchemos a Jesús – es como un tesoro escondido. Está tan cerca, está a la mano… Pero te puedes pasar la vida sin enterarte de que está a tu disposición y disfrute ese tesoro divino, regalado por Dios, que es el Reino.
Para explicar estas cosas divinas, Jesús pone una comparación humana. Nos dice que ese Reino que Dios nos regala es un secreto, un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder.
Si en mi campo, en el subsuelo, a diez metros hay una mina de oro, yo no sé si es propiedad mía como propietario, o acaso propiedad del Estado. No me importa saberlo, porque no tratamos de aclarar un asunto jurídico del Registro de la Propiedad, sino que tratamos de explicar una parábola ingeniosa y vida, al servicio de una verdad sobrenatural.
Qué hace el “Encontrador” del tesoro. Fijémonos con atención en cuatro cosas que se dicen en esta parábola de cuatro líneas.

4. Lo primero, guardar el secreto, volver a esconder lo que había encontrado. Es que, si lo dice, se queda sin él; estamos hablando de una parábola.
Lo segundo, acumular capital para comprar el campo. Sólo él sabe el tesoro que le viene encima. No va a andar con regateos a la hora de la compra. Él no tiene dinero suficiente para comprar ese campo.
Tercero: vende todo lo que tienen. Son cosas muy queridas. No importa, lo que yo voy a adquirir merece este sacrificio. El texto sagrado tiene aquí un dato, que, según los expertos, es “la punta” de la parábola. Y es esta palabra: “con alegría”. Voy a dejar todo con alegría, voy a romper con recuerdos, con afectos, con muchas ataduras que yo tenía por estas cosas, y lo voy a hacer “con alegría”, porque lo que me viene es incomparablemente más que lo que dejo.
Y cuarto: Compro el campo del tesoro. No me interesaba el campo; me interesaba el tesoro.
He hecho una operación genial, y esto ha sido el logro de mi vida.
Hermanos, si esta parábola uno se la aplica a sí mismo, seguramente que recibe un revolcón total de vida. Esta parábola nos lanza al rostro una pregunta: ¿Has encontrado el tesoro de tu vida? ¿Has encontrado la felicidad de tu tesoro? ¿Lo has vendido todo para poder disfrutar de algo absolutamente nuevo y desconocido? ¿Has experimentado en ti esa alegría exultante, que  no se puede pagar con todo el dinero del mundo?

5. El Reino de Dios, el Reino de los Cielos se parece a ese tesoro. Ahora podemos decir claramente: El Reino de los Cielos, el Reino de Dios es Dios vivo presente, vivo, actuante… en mi vida. Si he encontrado a Dios, he encontrado el tesoro: he reencontrado mi pasado, que, aunque era mío, estaba perdido; he encontrado el sentido de mi presente; he encontrado  mi futuro, como esperanza y triunfo.
Dios vive, Dios reina, Dios está presente. Y puedo hacer un discurso bellísimo de cómo Dios está presente y reinando en el mundo, en toda religión, incluso en una sociedad laica.
Pero, a lo mejor, este trabajo precioso de la presencia de Dios en el mundo, es una perorata para escaparme de algo más importante y decisivo: Dios reina reinando en mí. Dios es presencia en mí, de día y de noche, Dios es compañía, Dios es consolación, Dios es iluminación, Dios es fortaleza. Y podría suceder que, siendo verdad todo lo que voy diciendo, Dios en  mi es in tesoro escondido.

6. Hermanos, os dejo con estos pensamientos, porque, como decía el otro domingo, las parábolas quedan abiertas y las tiene que cerrar cada uno con su propia escucha humilde y sobrenatural.
Y la palabra final es muy sencilla, y la más importante de todas cuantas he dicho en esta homilía, y es esta: El Reino de Dios es Jesús; quien ha encontrado a Jesús, tesoro escondido, ha encontrado a Dios.

Jesús, que nos has anunciado el Reino, y, al anunciarlo, te has anunciado a ti mismo. Haz que te encuentre para amarte; lo habré encontrado todo. Haz que tu presencia llene mi vida de infinita alegría. Amén.

Madrid, Jesús de Medinaceli, viernes 24 de julio de 2020

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