Jn 21,19-23
Texto:
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Hermanos:
1. Hoy es la solemnidad de Pentecostés. Pentecostés es la última palabra de la Resurrección del Señor.
Con palabras humanas tenemos que hablar de cosas divinas, y con palabras humanas tenemos que hablar del Espíritu. En las primeras líneas de la Biblia está el Espíritu de Dios: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra estaba informe y vacía; la tiniebla cubría la superficie del abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas” (Gén 1,1-2). El Espíritu es el aliento de Dios, la Vida de Dios. Sin Espíritu Dios está muerto; Dios sería ídolo.
Y al final de la Biblia: “El Espíritu y la esposa dicen: ¡Ven!” (Ap 22,17). El Espíritu, que vive en medio y nosotros, y la Iglesia, que es al Esposa, están clamando a Jesús: ¡Ven!
2. Si seguimos hablando con nuestro lenguaje humano, diremos que el Espíritu es el remate de Dios. Es la intimidad de Dios y es, al mismo tiempo, la ultimidad de Dios. Es la perfección de Dios; es la manifestación de lo que Dios es, en cuanto se puede manifestar a nosotros.
Es el comienzo de la Encarnación, como dijo el Ángel a María: El Espíritu Santo descenderá sobre ti. Y es el final de la Encarnación, en la Resurrección del Hijo de Dios, que es el comienzo de la vida eterna que nos aguarda.
En una palabra, el Espíritu Santo es el Don de Dios mismo que no puede compararse a ningún otro Don.
3. Hay dos modos de aparición del Espíritu tras la muerte y resurrección de Jesús, como proclaman las lecturas del día de hoy. Era el día Cincuenta (en griego Pentecostés, que esto significa esta palabra), el día Cincuenta de la Pascua. El mundo judío celebraba la donación de la Ley en el Monte Sinaí, que era el don mayor que Dios había hecho a su pueblo, cuando Moisés entro bajó la Nube y el monte ardía como en una llamarada. Pero aquí no se acaba el mundo. Jesús había dicho que permanecieran en Jerusalén hasta la venida del don de lo alto, y las santas Escrituras nos cuentan lo que ocurrió aquel día, como lo acabamos de oír en la narración de los Hechos de los Apóstoles: “Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse” (Hech 2,1-4).
El Espíritu, hermanos, es el nuevo Sinaí; es la torre de Babel al contrario. Los hombres se habían desunificado en su vana pretensión de construir una torre que llegara hasta el cielo, y acabaron por no entenderse en multitud de lenguas; ahora el Espíritu de Dios unificaba a la humanidad, haciendo que unos sencillos pescadores, hablasen las lenguas de los pueblos proclamando las alabanzas del Señor. Comenzaba la historia nueva y definitiva de la humanidad.
4. San Juan, el Discípulo amado, tiene otro modo de transmitirnos la donación del Espíritu. Es el Evangelio de lo que ocurrió la tarde de la Resurrección.
Estaban los Once reunidos (Judas había ido por un camino distinto hacia su perdición) y estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros».
Y en este momento ocurre algo enteramente divino que nosotros recogemos con adoración y gratitud: Jesús, dándoles la paz, les mostró las manos y el costado. La paz no era un saludo de cortesía, como usamos nosotros nuestros saludos para comenzar a hablar. La paz era un río de amor y felicidad que brotaba de aquellas llagas divinas, y que hoy llega hasta nosotros, porque Jesús también nos dice: La paz sea con vosotros.
Y ahora el Señor, que venía del seno del Padre, hace aquel gesto divino que hizo Dios al principio de la creación cuando sopló sobre Adán para infundir su aliento o Espíritu divino y hacer que el hombre viviera. Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Con estas palabras el Espíritu Santo se instalaba definitivamente en la Iglesia como perdón de los pecados y fuente de todos los dones.
5. Hermanos, el Espíritu Santo es la caricia de Dios, es la ternura de Dios, es la seguridad de Dios para nosotros como pueblo que avanza hacia su destino, y para cada uno de nosotros, que, como amados personalmente por Dios, a cada uno nos da lo que nos conviene.
El Espíritu Santo existe como Dios vivo y verdadero que mora en mi corazón. No son verdades abstractas lo que nosotros celebramos, sino la realidad de la Presencia de Dios.
Se define al Espíritu Santo diciendo que es el Amor de Dios, Amor que es Persona en la Trinidad, Amor que es la causa de que existe la Iglesia en medio del mundo como portadora del mensaje de Dios a los hombres; Amor que se manifiesta en mi corazón, para que yo pueda vivir en comunión con Dios y comience ya en la tierra aquella que ha de ser mi vida en el cielo. San Pablo nos ha dicho en las lecturas del día de hoy, recordando a la comunidad de Corinto, donde les habló de estas cosas; Nadie puede decir “Jesús es el Señor”, sino con el Espíritu Santo. Es decir, nadie puede llegar a la fe, si no se deja conducir por el Espíritu Santo, y efectivamente él colabora y acepta. Nadie puede creer que Jesús está en la Eucaristía, si Dios mismo no le impulsa a ello y el hombre, en humildad, se deja conducir por Dios.
Por la misericordia de Dios nosotros, hermanos, creemos en las verdades de nuestra fe, y esta fe es la fuente inexhausta de nuestra alegría.
El Espíritu Santo, culminación de la Pascua, que hoy coronamos, es el Don total de Dios, que a cada uno se nos ofrece y regala.
Señor Jesús, al coronar los cincuenta días de tu santa Pascua, gracias por tu vida, muerte y misión; gracias por el Don del Espíritu Santo, que esperamos gozar por toda la eternidad. Amén, aleluya.
Guadalajara; Jalisco, viernes 3 de junio de 2022.
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