Domingo de la Santísima Trinidad
Jn 3,16-18
Texto:
16 Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. 18 El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios
Hermanos:
1. Ante esta asamblea familiar que con benevolencia me va siguiendo domingo tras domingo, quiero comenzar con una sencilla aclaración, en respuesta a aun eco cordial que delicadamente me llegó. Alguien me escribe diciendo que echó en falta la homilía del Domingo pasado, Pentecostés, sublime corona de la Pascua del Señor. Efectivamente, hermanos, no hubo homilía, porque me encontraba en el hospital, en un tratamiento que acaba de empezar y que acaso requiera también mi silencio en alguno que otro domingo sucesivo. La misericordia del Señor cubre la tierra y llega también a mi débil corazón, y todo, según su santa voluntad, será para mejor. A él, a Jesús, toda gloria y amor.
2. Hoy, concluido el tiempo pascual, es la solemnidad de la Santísima Trinidad, es decir fiesta del misterio de Dios. Es claro que la Santísima Trinidad no necesita ninguna fiesta especial. Desde el momento en que se abre el día y comenzamos diciendo: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, estamos inmersos en el Misterio de Dios, estamos celebrando al Dios único y verdadero, al Dios Creador y Padre que se nos ha revelado en Jesús.
La Iglesia, nuestra Madre, nos dice: Deteneos, hijos míos, deleitaos, gozad de amor en lo más grande que so ha podido pasar: haber descubierto que Dios es la vida, que lo envuelve todo, que lo penetra todo, que nos abre de par en par las puertas a la Verdad, al Bien, a la esperanza, a la felicidad que ha comenzado ya sin tener necesidad de aguardar a mañana.
Cualquier fibra de la res lecturas de hoy nos lanzan a mitad del misterio, para que nuestro corazón comience a llenarse de un gozo infinito. Hermanos, esta no es una fiesta de discurrir; es una fiesta de contemplar y vivir, de llorar de alegría.
Moisés sube al Sinaí, a la presencia de Dios, y allí nació la Ley de la Alianza, primer anuncio del Evangelio que Jesús nos traía. San Pablo escribe a aquella agitada comunidad de Corinto y les dice, como palabra final: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros” (2Cor 13,13). ¿Es que podemos desear algo más sublime, más concreto, más personal…? Absolutamente no, hermanos.
Puedo olvidar toda la teología que aprendí a lo largo de mi vida octogenaria, y ante mí y ante Dios puedo decir: Nada deseo, porque lo tengo todo. El misterio de Dios es lo más concreto, real y personal de mi vida.
3. Sin duda muchos de cuantos siguen estas reflexiones que llamamos homilías – exposiciones de la Palabra de Dios, siempre creadora y fecunda – habrá hecho alguna vez eso que llamamos los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Los ejercicios son un camino espiritual de purificación y divinización, comenzando por el encuentro de e la realidad de uno mismo y pasando a los misterio de la vida de Jesús: nacimiento, infancia, vida pública, muerte y resurrección. Y si se quiere seguir el recorrido completo san Ignacio ha pensado en una duración de cuatro semanas. Hemos concluido todo: ¿cuál es el punto final? San Ignacio lo llama “Contemplación para alcanzar amor”. Date un paseo por la vida, comenzando en ti mismo, y piérdete en Dios. Todo está saturado de Dios. Porque sí tú miras a una florecilla del campo. Voy a ver la belleza, porque yo soy poeta y me gustan las cosas bellas. NO, hermano, no te confundas: mira más profundo, más adentro, y verás no la belleza, que te deleita, sino verás a Dios, que está allí para ti: Dios siendo, sintiendo, emitiendo… Y todo ello por ti, para ti. Las flores son bellas porque Dios las hizo bellas para mí. Es decir, que la vida está abierta a un éxtasis de amor. No estamso inventando, estamso abriendo los ojos y viendo. Jesús así nos lo dijo: Y si Dios así la viste… Dios está vistiendo a las flores, que ni Salomón puedo vestirse de esa manera.
Y todo ello para sus hijos, para mí, para mí… Porque todos hemos sido creados como hijos de Dios. El mundo está saturado del misterio de Dios, que es lo más concreto, lo más tangible y personal. Yo he nacido para hundir los pies en la tierra, y amasado por Dios, inspirado por Dios, nacido de su aliento divino, vivir en Dios, hasta que definitivamente llegue al abrazo que me espera.
Entonces es completamente obvio que yo abra el Evangelio y lea lo que acabo de escuchar: “tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.
4. Recordad, hermano, lo que decía san Pablo a los ilustres atenienses que se paseaban por la Plaza de Atenas, por el Areópago. Les recordaba a sus viejos poetas y ls decía: sí lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: “Somos estirpe suya” (Hech 17,28).
Efectivamente, hermanos, con lenguaje de hoy podemos decir: Dios está en nuestro ADN. Es imposible borrarlo. Solo hace falta un minuto de silencio. Detente, piénsalo y lo encontrarás, porque está más íntimo que tu propia intimidad. El misterio de mi ser al final se abre al misterio de Dios.
Dios es mi pasado, mi presente, mi futuro.
Quiero ser feliz en este mundo con Dios, a quien puedo llamarle, como Jesús, sencillamente “Padre”.
Parece, hermanos, que estuviésemos girando por mundos de fantasías. No es así. Dios es la verdad, la seguridad de mi vida.
Esto es lo que estamos celebrando: la realidad de Dios, mi Creador, mi Padre, mi Salvador.
Por tanto, cantemos a Dios, alabemos a Dios, exultemos por el triunfo de Dios. Los salmos son esa oración que abre la vida a Dios, para que todo, absolutamente todo, quede en la plena armonía con Dios. Vivir, hermanos, es vivir con Dios; y morir es pasar a Dios.
De manera que, si tenemos algo que decir, si queremos hacer un obsequio a Dios, dejad que hable el corazón:
Dios mío, mi vida es tuya; te la entrego toda; haz de mí lo que quieras, sabiendo que no puedes hacer otra cosa, sino lo mejor para mí. Amén. A ti la gloria por toda la eternidad.
Pamplona, viernes 2 de junio de 2023.
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