jueves, 14 de junio de 2012

242. Sagrado Corazón: Nací para ser amado y amar


Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús:
Juan 19,31-37

Texto del Evangelio

Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: "No le quebrarán un hueso"; y en otro lugar la Escritura dice: "Mirarán al que atravesaron."

Hermanos:

1. Hoy es el día del sagrado Corazón de Jesús. Sagrado Corazón de Jesús, así decimos por abreviar. Sacratísimo Corazón de Jesús, dice el título de la liturgia de esta solemnidad. Y, al amparo de la Escritura, vamos a reflexionar – a contemplar, más bien – el amor invicto de Dios, que tiene un nombre en la creación y en la familia humana: Jesús.
Jesús de Nazaret, contemporáneo de todas las edades, compaisano de todos los hombres. Mirarán al que atravesaron, esta es la consigna de hoy, una frase del profeta Zacarías que san Juan la ha tomado como el primer icono del Corazón de Jesús. Jesús en la Cruz, con el corazón abierto, manando vida – sangre y agua- como palabra de Dios en la historia.
Hermanos, a velas desplegadas tenemos que hablar del amor, dirigidos también con la mano de Juan que escribió en sus cartas: Dios es amor. Y repitió: Dios es amor.
El actual Papa, Benedicto XVI, al dar su primera palabra al mundo en la encíclica inicial de su pontificado (Navidad 2005), tomó esta proclamación para decir todo de una vez: Dios es amor, Deus caritas est.
Insisto, vamos  navegar por los mares sin fondo del amor.

2. Si yo fuera filósofo, quisiera decir a mis hermanos los hombres: La vida es el punto de arranque de todo pensamiento. Nada hay superior a la vida, y todo retorna a ella, abierta a lo infinito. ¿Qué es el amor, humanos que me escucháis? El amor no es otra cosa que la revelación de la vida, la comparecencia de la vida, la presencia de la vida, el amanecer, la plenitud y el ocaso infinito de la vida. El amor es la forma suprema de la vida, la esencia misma de la vida.
Pero como filósofo que ha bebido en las aguas de la Escritura, tendría que añadir, y añado: El amor no es otra cosa que la vida de Dios aparecida en medio de los hombres; porque Dios es amor, y, por lo tanto, el amor es Dios.
El amor es la revelación de Dios, la aparición de Dios, la presencia de Dios, la comunión de Dios vuelto al mundo. Estamos bajo la omnipotencia del amor de Dios, único rector de la historia, que no puede quedar domeñada por poderes extraños. Dios es el amor invicto del hombre.

3. Y tornamos al punto de arranque: Mirarán al que atravesaron. Nosotros no miramos una idea; miramos a un ser humano que ahora vivía y acaba de morir. No le han bajado todavía de la Cruz, y ese costado abierto, con el corazón que mana sangre, es el lazo que une la vida terrestre y ultraterrestre de Jesús, la única vida del Hijo de Dios.
Ahora resulta, mis queridos hermanos, afinando el perfil de nuestros pensamientos que el amor no solamente es Dios, sino que del modo más preciso, el amor es la historia de Dios, esto es:
- la encarnación de Dios en Jesús,
- la muerte de Dios en su Hijo amado, Jesús,
- la resurrección de Dios en Jesús de Nazaret, vencedor en el amor.
El amor  no es un ente de pensamiento; no es ese punto central y radial para dar sentido a todo cuanto se agita en la mente del ser humano, que por necesidad intrínseca no puede menos de pensar. El amor ya no es una palabra abstracta, la más bella de cuantas existen; el amor es Alguien, el amor es lo más concreto, es el amante Jesús. Y demos a las palabras la densidad que llevan consigo mismas, ajenos a todo romanticismo.

4. Mirarán al que atravesaron. Jesús en la Cruz: de él estamos hablando. Esa es la efigie del Corazón de Jesús, del Sagrado, del Sacratísimo Corazón de Jesús:
- amor de sangre,
- amor de muerte,
- amor de la entrega exhaustiva.
Los amó hasta el extremo, dice san Juan, antes de la Cena. Amar…, ni más no pudo, ni se puede pensar que pudiera.
Sigamos, pues, hermanos, filosofando como amantes del pensar. ¿Qué es el amor? El amor es el amor total de Dios, sin posibilidad de que pueda haber una amor más grande.
Y ese amor total – puntualiza el filósofo – es el amor gratuito, porque es de la esencia divina que Dios no pueda amar, sino amando gratis. Dios no puede rebajarse a amar a cambio de una mercancía provechosa. Dios, amando, ama gratis: gratis, y del todo y para siempre.
Todo esto lo estamos contemplando, admirados y atónitos, en la imagen que se yergue en el Calvario.
El Dios de los cristianos es el Dios del amor;
el mensaje cristiano, el Evangelio de Jesús, no es otro que éste: Dios es amor.

5. Pues esta es la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que en este viernes celebra la Iglesia.
Si esto toca nuestro corazón, transforma radicalmente nuestra vida.
En efecto, aquí se produce el encuentro. El ser humano ha nacido para ser amado, y para abrirse en correspondencia al amor experimentado: ser amado y amar; ser amado por Dios y amar a lo divino, arrebatando en ello todas las fuerzas humanas del corazón.
Estamos, pues, dando vueltas y vueltas al eje de la existencia, divina y humana: Dios es amor.

6. Pero un extraño pensamiento, como una sombra, se acerca al acecho: Pero Dios es justicia, y hay que poner la balanza en el justo medio.
Dios es justicia – en el sentido más usual de la palabra – sí es cierto; como es cierto que Dios es santidad, Dios es sabiduría, Dios es verdad…
Ahora bien, hermanos, si en la cápsula de nuestro cerebro queremos poner al par el amor y la justicia, seguro que descomponemos la imagen de Dios, al quitarle el centro de unidad. La Escritura pone ese centro de unidad en el amor, y de ninguna manera en un atributo vindicativo del honor divino.
Dios es amor, seguiremos repitiendo con respecto y adoración, ensalzando la gloria divina.
Y al amparo de ese amor trataremos de recoger nosotros nuestra vida con la seguridad humilde y firme de que no andamos errados.
Dios es amor total y gratuito, decíamos.
Para nuestro propio consuelo, miremos otro perfil: Dios es amor misericordioso. Y esa misericordia ¿en quién la vemos sino en el Hijo amado, que “me amó y se entregó por mí”…?

7. Mirarán al que atravesaron. ¡Oh Jesús, infinito amor del Padre, yo te miro, porque primero me has mirado tú a mí!
Que al atravesar la frontera de la muerte me encuentro con esos ojos misericordiosos y en ellos encontraré el infinito amor de Dios, que mana de tu Corazón. Amén.

Puebla de los Ángeles, jueves víspera del Sacratísimo Corazón de Jesús, 14 junio 2012.

sábado, 9 de junio de 2012

241. En torno a la verdadera familia de Jesús


Homilía sobre el Evangelio del Domingo X del ciclo B,
Marcos 3,20-35


Texto del Evangelio (versión oficial de la Conferencia Episcopal Española)

Llega a casa y de nuevo se junta tanta gente que no les dejaban ni comer.
Al enterarse su familia, vinieron a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí. Y los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa  a los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas: “¿Cómo va a echar a Satanás a Satanás? Un reino dividido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa.
En verdad os digo, todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo.
Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: “Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan”. Él les pregunta: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?” Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”

Hermanos:

1. El texto del Evangelio de hoy junta tres momentos de la vida de Jesús – tres escenas muy sorprendentes – que la Biblia de la Conferencia Episcopal Española los reúne con este título: Los escribas de Jerusalén y la familia de Jesús.
Jesús, que ha salido de una aldea sin importancia – Nazaret -,  es un hombre público, y han bajado escribas de Jerusalén, escribas, por lo tanto. autorizados para examinar esta conducta desconcertante, especialmente esa actividad contra los demonios que Jesús tan llamativamente está ejerciendo.
Y esto acontece en medio de la que podríamos llamar la vida fragorosa de Jesús. Es el primer momento de esta sección Evangelio y vamos a prestarle la atención que merece.

2. Llega Jesús a casa. Estamos en Cafarnaúm, se supone. Y es tanta la apretura y el barullo de la gente que lo requiere, que ni les dejan comer. Para sentarse y comer, uno necesita un poco de tranquilidad, un poco de tiempo, un poco de paz. Cuántas veces le acontece a alguien, en la vida febril de hoy, comer a medio comer, de pie, devorar más bien que comer, porque le está presionando una situación urgente que ha de resolver. Esto le puede ocurrir a cualquier trabajador. Y es una situación muy típica que muchas veces les sucede a los sacerdotes los sábados y domingos.
Si comenzamos a deshilar un poco este pensamiento, a lo mejor nos apartaríamos de este Evangelio, que lleva por dentro tal carga dramática. Esta situación de agobio estresante la conocemos de cerca.
En cierta ocasión en que yo daba Ejercicios a una tanda de jóvenes sacerdotes, les preguntaba familiarmente: 
- Díganme, ¿cuántas misas celebraron ustedes el último domingo o sábado por la tarde y domingo? 
Hay quien cinco, hay quien siete…, acaso más.
- Eso no puede ser así.
- Ya lo sabemos…, pero… ni modo.
Problema serio de pastoral, mencionado solo de pasada, para que, como fieles, también caigamos en la cuenta de esto, y sepamos comprender a los sacerdotes. A veces uno no tiene tiempo ni para ser simpático…
Pero volvamos al corazón del Evangelio, que esconde un tremendo drama.

3. Ha habido momentos en la vida de Jesús en que han pensado que estaba loco, o poco menos que loco. Ese entusiasmo, esa exaltación, esa especie de furor sagrado, hace pensar a gente no bien intencionada que Jesús es un psicópata.  Y anota el texto evangélico de Marcos que su familia fue a llevárselo, porque se decía que estaba fuera de sí, esto es, loco... El texto queda un tanto ambiguo y no han faltado quienes han conjeturado que esa opinión de que estaba fuera de sus cabales pertenece también a miembros de su familia; pero exegéticamente el juicio queda indeterminado: “se decía que estaba fuera de sí”.
Nos gustaría poder examinar esta supuesta locura de Jesús, porque si el Evangelio no nos vuelve locos…, a lo mejor es que no lo entendemos.

4. Jesús ha expulsado demonios, y puede que estos incidentes son interpretados por sus críticos como signos de locura. Es un hecho firmemente constatado que Jesús lanza demonios, y que los demonios salen con signos violentos e, incluso, echando espumarajos… Nos gustaría que la figura divina de Jesús – de ese a quien llamamos el sagrado Corazón de Jesús – fuera más normal, acompasada a lo que nosotros asignamos a un carácter dulce y apacible. Ahora bien, aunque no se puede encasillar el carácter o temperamento de Jesús en ninguna de las clasificaciones ideadas por los psicólogos, bien vemos por múltiples textos evangélicos que Jesús era pasión y fuego.
Esa pasión Jesús la ha sacado a flote en contra del poder de Satanás. Jesús ha expulsado a demonios más que nadie. Y los inquisidores venidos de Jerusalén tienen su veredicto: Jesús mismo es un endemoniado; lleva dentro a Belzebú, el príncipe de los demonios. Jesús entra en combate y aniquila la acusación: Si Satanás arroja a Satanás, se acabó el imperio de Satanás. ¡Qué más quisiera un endemoniado que endemoniar a todo el mundo y hacer que Satanás fuera el Rey del mundo! Las sectas diabólicas, con sus ritos macabros, pretenden la muerte y el dominio de Satanás.
Pensar eso de Jesús y no ver en él al Espíritu Santo, Espíritu de santidad, de liberación y de amor, de la bondad de Dios misericordioso, es el mayor pecado que se puede cometer: ver al Enviado de Dios, que es enviado de gracia, como el demonio. Y lo escribas escrutadores, mientras contemplan a Jesús así, están en diametral oposición al Espíritu de amor de Dios. Un pecador, por gran criminal que sea, si reconoce que es pecador, al instante queda perdonado por Dios; pero si uno rechaza al Enviado de Dios como demonio, está dentro del pecado puro. Eso, y no otra cosa, es pecar contra el Espíritu Santo.

5. El Evangelio de hoy también nos habla de la familia de Jesús, un tema delicado e incluso espinoso, donde quedan flecos al aire sin resolver.
Entre los familiares de Jesús hubo quienes se resistieron y no pasaron a ser discípulos suyos. Otros sí, y el caso más distinguido fue el de Santiago, “el hermano del Señor”, que estuvo al frente de la comunidad de Jerusalén.
Hablando de familia, el Evangelio – y en este caso son Marcos, Mateo y Lucas – nos hablan de una escena llena de realismo. Jesús está hablando del Reino de Dios, y llegan su madre y sus parientes. La gente que tenía en corro le dice que su madre y familiares lo buscan. Respuesta de Jesús: ¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y ahora Jesús responde con la mirada, con el gesto y con las palabras: “Estos son mi madre y mis hermanos”.  Y la sentencia definitiva que alcanza hasta nosotros: “El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

6. Nunca lo acabaremos de meditar: ¿Yo soy madre de Jesús, intimidad de Jesús? ¿Yo soy hermano de Jesús, hermana de Jesús? ¿Yo soy la nueva familia de Jesús, la que permanece para toda la eternidad? ¿Yo soy miembro de la Voluntad de Dios? ¿Yo estoy totalmente traspasado por la Voluntad de Dios?
Si digo de verdad que sí, entonces he nacido de Dios por obra del Espíritu Santo; estoy en la Voluntad de Dios y soy hermano de Jesús.
La Virgen María como nadie ha tenido este parentesco con Jesús.
Podemos terminar diciendo: Madre de Jesús, Virgen María, que hiciste perfectamente la Voluntad de Dios, ruega por mí, para que yo también cumpla siempre la Voluntad de Dios y sea verdaderamente hermano de Jesús. Amén.

Puebla de los Ángeles, 9 junio 2012

miércoles, 6 de junio de 2012

240. Corpus Christi y la nueva “primavera eucarística”

Meditación eucarística
para derramar todo el ser en la presencia del Señor




Hermanos:

1. Mañana es Corpus Christi. Abro la agenda litúrgica aquí donde estoy (México), y encuentro este aviso: “Por disposición de la Santa Sede, debe haber en el calendario de cada país cuatro fiestas de precepto que habitualmente no caigan en domingo. En México son: Corpus, Guadalupe, Navidad y Santa María Madre de Dios”.
Mañana es Corpus Christi, una fiesta de homenaje y de adoración a Jesús. Cuántas veces he pensado que el Corpus es una fiesta de “supererogación”, porque es un mero capricho de amor. Acaso un teólogo y un liturgista, con razones brillantes, pueda decir: ¿Y para qué? Si la Eucaristía es fiesta por sí misma cada vez que la celebramos, cada domingo, incluso cada día…
Es que el corazón tiene razones que la razón no comprende, como dijo Pascal, siglos después, hablando no precisamente de esto. Y hubo un gran teólogo, Tomás de Aquino, que por encargo del Papa escribió un himno, una ritmo jubiloso – Adoro te devote – para esta fiesta, que nacía, incluso todo el oficio.

2. La fiesta del Corpus nos sumerge en un clima de meditación y de dulce adoración del cuerpo santísimo del Señor. Vuelvo sobre antiguos pensamientos míos que alimentaron mi corazón y en su día traté de compartir:
“¿Qué es la Eucaristía?, se preguntaba la Iglesia mientras va caminando entre los hombres, pensando con el pensamiento de las épocas, sintiendo con los dolores y gozos de cada generación. La respuesta complexiva nos desborda. Porque la Eucaristía es Presencia, es Sacrificio, es Acción de gracias o ‘Eucaristía’, es Memorial, es Actualización, es Escatología, es Cena y Banquete, es Comunidad-Iglesia, es Compromiso por ser Muerte por el mundo… La Eucaristía es, en suma, cuerpo de Cristo.
Al cuerpo de Cristo viene a parar la historia de Israel y la breve historia de Jesús en su paso por nosotros; y desde este cuerpo se abre la nueva historia, el mundo que viene, en el que ya estamos. La teología del cuerpo de Cristo es sin más la teología de la historia. En ese cuerpo se concentra la historia: el cosmos que surge gratuitamente por voluntad de Dios (sólo la fe nos descubre la comparecencia del mundo), la historia de la humanidad doliente, la espera del hombre que, por instinto del Espíritu, aguarda un destino en Dios…”

2. La fiesta del Corpus tiene razón por sí misma, sea cual sea su origen en la Iglesia, un sentido que se justifica por la teología eucarística de la adoración. Benedicto XVI contempla en la Iglesia el amanecer de una primavera eucarística: “Quiero afirmar con alegría que la Iglesia vive hoy una «primavera eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración delante del Santísimo Sacramento” (en la audeincia que a continuación citaré).
Tiene sentido esta fiesta por sí sola, pero es emocionante conocer cómo nació, porque esta y tantas cosas bellas han sido por obra de una mujer. Recordarán que en las catequesis de las audiencias de los miércoles el Papa, estos últimos años, ha rescatado a unas grandes mujeres de la Edad Media, nombres que casi se diría que antes estaban reservados a los estudiosos de la historia de la espiritualidad. Pero el Papa ha considerado que el conocer estos nombres y estas vidas es patrimonio vital de todo cristiano adulto que siente humilmente el orgullo de pertenecer a la Iglesia santa a la que pertenecemos. El 17 de noviembre de 2010 hablaba de esta santa que está en el origen de esta fiesta: santa Juliana de Cornillon.
Si quien lee o escucha estas páginas es una hermana o un hermano de la familia franciscana, le diré que la biografía de santa Juana de Cornillon coincide en años con la de santa Clara: Nació un año antes que ella; murió cinco años después (santa Clara en 1253; santa Juana de Cornillon en 1258).
Es tan hermosa y sencilla la catequesis del Papa, que me deleita volver a ella.

3. “Juliana nació entre 1191 y 1192 cerca de Lieja, en Bélgica. Es importante subrayar este lugar, porque en aquel tiempo la diócesis de Lieja era, por decirlo así, un verdadero «cenáculo eucarístico». Allí, antes que Juliana, teólogos insignes habían ilustrado el valor supremo del sacramento de la Eucaristía y, también en Lieja, había grupos femeninos dedicados generosamente al culto eucarístico y a la comunión fervorosa. Estas mujeres, guiadas por sacerdotes ejemplares, vivían juntas, dedicándose a la oración y a las obras de caridad…”
Juliana creció y fue educada en un monasterio  “Adquirió una notable cultura, hasta el punto de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en latín, en particular las de san Agustín y san Bernardo. Además de una inteligencia vivaz, Juliana mostraba, desde el inicio, una propensión especial a la contemplación; tenía un sentido profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente intenso el sacramento de la Eucaristía y deteniéndose a menudo a meditar sobre las palabras de Jesús: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20)”.
El Papa en su catequesis familiar nos ha contado la vida de esta monja virtuosa y tenaz que se sintió con esta vocación de adoración pública a la Eucaristía. Tras muchos recelos, incomprensiones e incluso persecución… vio cumplido su deseo.
“Fue precisamente el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, quien, después de los titubeos iniciales, acogió la propuesta de Juliana y de sus compañeras, e instituyó, por primera vez, la solemnidad del Corpus Christi en su diócesis”.
“Falleció en 1258 en Fosses-La-Ville, Bélgica. En la celda donde yacía se expuso el Santísimo Sacramento y, según las palabras del biógrafo, Juliana murió contemplando con un último impulso de amor a Jesús Eucaristía, a quien siempre había amado, honrado y adorado”.
El Papa Urbano IV, de tres breves años de pontificado, la estableció en la Iglesia en 1264; un año antes había ocurrido el milagro de Bolsena.

4. Fiesta del Corpus Christi, fiesta de adoración. ¿Qué es adorar, hermanos? Adorar es derramar el ser entero ante la presencia de Cristo, a quien amamos.
Solo el que ama puede adorar.
Solo el que ama fascinado puede adorar fascinado.
La adoración es una forma de contemplación en silencio. Adorar es estar recibiendo y entregando. El que adora recibe, escucha, acoge. Todo Dios en todo su misterio llega al corazón adorante, a la criatura, que ha nacido dispuesta para adorar y unirse con su Dios.
El Jesús a quien adoramos en el Santísimo Sacramento es todo Dios. Cuando estamos ante el sagrario, fijos los ojos en Jesús, nos dejamos seducir por ese Jesús del sagrario, que es el Jesús de los Apóstoles, el Jesús de los caminos de Palestina. El sagrario ha sido el hogar de muchas vocaciones.
Adorar a Jesús es hundir su mirada en él. Y mucho agrada a los jóvenes esta forma de contemplación. Por eso habló el Papa de una primavera eucarística.
Termino, hermanos, mi sencilla consideración con esa jaculatoria que millones de veces ha resonado en el corazón de los adoradores:
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!
¡Sea por siempre bendito y alabado! Amén.

Puebla de los Ángeles, miércoles 6 de junio de 2012.

viernes, 1 de junio de 2012

239. Dios es Trinidad: relación, comunión, amor


Homilía sobre el Evangelio de Mt 28,16-20

En aquel tiempo o los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos,  Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos,  el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos».




Hermanos:
                                                                                                           
1. Hoy es el Domingo de la Santísima Trinidad. Algunos pueden pensar: Si hoy es la fiesta de la Trinidad, es el día más grande del año, porque la Trinidad es lo más sublime y sagrado que creemos los cristianos y de la Trinidad viene todo: el misterio de la Encarnación, el misterio de la Cruz y de la Resurrección, el misterio del Pentecostés y del Espíritu Santo, y, en fin, el misterio de la Iglesia.
Este pensamiento grandioso, en realidad, es erróneo. Hoy no es la fiesta de la Trinidad, como tampoco Pentecostés es la fiesta del Espíritu Santo. Si así lo fuera el Padre Dios se quedaría sin ninguna fiesta, lo cual sería una injusticia fatal.
La fiesta central del año, la fiesta de las fiestas, es la Pascua, la santa Resurrección del Señor, fiesta que dura cincuenta días, coronados con la manifestación de Pentecostés.
En realidad, no celebramos la fiesta de la Trinidad. La  Trinidad no necesita ninguna fiesta. La celebramos todos los días y varias veces al día, desde el momento que, al empezar la misa y otros actos, decimos, haciendo la señal de la Cruz: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
Es, sí, el Domingo de la Trinidad, por cuanto que en este domingo se nos invita a reflexionar en el misterio infinito de Dios. ¿Quién es realmente Dios para nosotros, cristianos, que lo confesamos según lo que Jesús nos ha enseñado? Dios es misterio infinito, y para balbucear alguna palabra, decimos: Nuestro Dios, el Dios de las santas Escrituras, desde el principio al final de la Biblia, Dios es personal, Dios es relación, Dios es comunión, Dios es amor, Dios es amor desbordado, Dios es vida de amor, historia de amor. Eso es la Trinidad.

2. La puerta de acceso a la Trinidad es Jesucristo. En el momento en que a los humanos se le dio el verdadero conocimiento de Jesucristo, se le dio la Trinidad. Apareció que el Padre de Jesús, era el Padre Dios, origen de todo y creador del mundo. Y se descubrió que el Espíritu que actuaba en la vida de Jesús era ni más ni menos que el Espíritu de Dios, era el ósculo de amor del Padre y del Hijo, era el fruto de la Trinidad, la ultimidad de Dios, la belleza sustancial de Dios, que ningún pecado pueda manchar.
Al descubrir la divinidad de Jesús, se descubrió que Jesús, el Hijo amado de Dios, era el Dios inmanente del hombre, que está en el centro  de mi ser. Se descubrió que la inmanencia de Dios en el fondo del ser es la misma inmanencia de la Trinidad en mi corazón.
El ser humano ha sido divinizado, y es portador de Dios hasta pasar la barrera de este mundo. Yo, criatura en medio del mundo, soy el sagrario de Dios, la morada de Dios. “He hallado mi cielo en la tierra – decía la carmelita sor Isabel de la Trinidad (hoy beata Isabel de la Trinidad) – porque el cielo es Dios, y Dios está conmigo”. Se trata de esa verdad de fe de nuestra religión que llamamos “la inhabitación de la Trinidad en el alma en gracia.

3. ¿Qué dicen, pues, los textos evangélicos?
El Evangelio san Mateo nos presenta la última aparición de Jesús y en ella el misterio de la Trinidad. Los discípulos fueron al monte que Jesús les había indicado.
Jesús se aparece en una montaña. Jesús es el Sinaí de los hombres; es la montaña de paz que vio Isaías, hacia la que confluyen todos los pueblos. Jesús es la montaña de Dios, la cima de mi vida.
Al verlo, los discípulos se postraron, rindiendo su adoración. Pero algunos dudaron, porque la vida ha sido, es y será misterio. Y humanamente hay razones para dudar de lo más sagrado. No dudar no es mérito; es gracia que Dios concede. Y por ello tenemos que tener respeto y comprensión de los que dudan, incluso siendo discípulos, de aquellas personas que, según confiesan, tienen más incertidumbres que certezas.
Y Jesús, que es el Dios de la Encarnación, se acerca a ellos, como hoy se acerca a nosotros. Este acercarse de Jesús es la venida permanente que tiene llegando a nuestros corazones. Les dice que se le ha concedido pleno poder en el cielo y en la tierra. Jesús es la toda salvación de Dios para todos los hombres; es el anillo de Dios con el universo y el abrazo del Padre para todas las criaturas, abrazo que nosotros, al sentirlo, nos estremece con la ternura de Dios, porque Jesús ha sido, es y será el “Dios con nosotros”.
Se me ha dado pleno poder; por eso, haced discípulos a todos los pueblos. No es fanatismo, hermanos; no es imperialismo de alguien que jamás ambicionó poder alguno en esta tierra. Es el celo de un hermano que quiere que todos los pueblos reconozcan a ese Dios de amor, que es el único Dios que existe y vive.

4. Y el último don que Jesús tiene que darnos es el don de Dios mismo, el Dios viviente y verdadero que es Dios-Trinidad. El bautismo no es más que la donación Dios: del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Nosotros, poseyendo a Dios, tenemos el secreto de la vida, y la esperanza y la rotunda seguridad.
Al pronunciar las tres palabras juntas, que no las queremos separar ni por una coma – el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo – estamos diciendo que Dios ciertamente es persona, pero una persona tan singular que no existe una sin la otra, y que no actúa ninguna sin la otra. El Dios interpersonal, ante el cual adora la filosofía, es uno y es trino. Dios es relación, Dios es comunión, Dios es donación; donación en la intimidad de sí mismo y donación que es desbordamiento de amor hacia el mundo.
Si aceptamos a este Dios viviente, ¡qué chiquitos y hasta ridículos nos parecen nuestros más graves problemas!
La dimensión de nuestra vida la debemos tomar de Dios: ver que toda criatura arranca de Dios y vuelve a Dios.

5. Jesús pone su firma, que es su presencia vital: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos.
La presencia dinámica de Jesús día tras día, todos y cada uno de los días hasta que el mundo se acabe, sin que nadie sepa cuándo ni cómo, esa presencia de Jesús, rostro esplendente de la Trinidad es la serenidad de nuestra vida, y el futuro perfilado de la Humanidad.

Mis hermanos ¡cómo deberíamos grabar en el corazón estas firmes convicciones…!
Que la Trinidad no es abstracción, sino realidad y presencia.
Que la Trinidad no es una verdad filosófica, sino historia de amor.
Que la Trinidad no es la in finita lejanía de Dios solitario más allá de todas las galaxias por descubrir, sino el Dios cotidiano, el Espíritu derramado por el cual somos hijos de Dios, la compañía cotidiana de mi intimidad y mi diálogo.
Sublime Trinidad de adoración y Dios esponsal que arrebata todos los amores.
Esa es la Trinidad; ese es el Dios de la fe, que con un lenguaje siempre inacabado nos presentan las santas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento.
¡A ese Dios derramado sea la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos! Amén.

Puebla, 1 junio 2012 (memoria de san Justino).


Nos remitimos a los Himnso que hemso compuestos para adorar el misterio de la Trinidad (para el segundo y tercero ir bajando en la misma página): Misterio original, final misterioDivinas Tres Personas que sois uno;; Es Trinidad.

viernes, 25 de mayo de 2012

238. El Espíritu infundido del aliento de Jesús



Homilía sobre el Evangelio de Pentecostés
Ciclo B,  Evangelio según San Juan (Jn 20,19-23).

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús  repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».  Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».


Hermanos:

1. Hoy es Pentecostés, corona de la Pascua.
Si la Biblia es historia de la salvación, Pentecostés es la explosión de la Trinidad en el mundo y en la historia humana, y el anuncio del triunfo soberano de Dios en el remate.
La resurrección de Jesús nos revela la filiación divina del Hijo; y en correspondencia la paternidad soberana, entrañable y amorosa del Padre, que en su Hijo tiene su historia total.
Y esta fiesta de Pentecostés, que es la fiesta de la promesa cumplida, nos revela el rostro de la Trinidad beatífica y salvadora.
Todas nuestras palabras se quedan tímidas, lejanas a lo infinito de la realidad que quisieran transmitir. Nuestras palabras humanas quisieran portadoras de Dios, la carroza de la divinidad que se pasea por la tierra de los hombres, pero que es y no puede dejar de serlo, tierra de Dios.
Pentecostés aparece como el presente y el futuro de Dios, presente y futuro que me cubre a mí, y yo también quedo traspasado de fuego y de luz, ungido con los siete dones del Espíritu Santo, en espera de que pase el día de este mundo y la patria sea la posesión plenaria de Dios, Dios como Padre, Dios como Hijo, Dios como Espíritu y yo quede asumido y glorificado en el seno de la Trinidad. ¡Ven, Señor Jesús!, proclamaban los cristianos y sigue clamando la Iglesia en sus celebraciones.

2. Hay dos formas en que se manifiesta el Espíritu en la Iglesia:
una es la que podríamos llamar Sinaítica, cuando Dios desciende a la montaña y ese Dios en nuestra esfera se hace teofanía, esplendor y gloria;
otra es la manifestación personalizada en la intimidad mía, fundiendo el Dios del cielo su vida con la mía, o en la vida sacramental donde el Espíritu actúa como fuerza creadora de Dios. En todo caso, Dios llega al hombre en la fe y a través de la fe.
En Pentecostés celebraban los judíos el don de la Ley en Pentecostés y lo siguen celebrando, ateniéndose, en cuanto a las fechas, a su tradicional calendario.

3. Pentecostés es el Sinaí del Nuevo Testamento. Dios baja a la tierra en forma de lenguas de fuego, y quiere que el mundo se encienda por labios de los apóstoles.
“Al cumplirse los días de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. De repente se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados” (Hch 2,1-2).
Jesús había dicho: “He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!” (Lc 12,49). Pues ya ha bajado el fuego del Sinaí; ya los apóstoles, por el Espíritu, hablan en la lengua del amor de todos los pueblos; ya comienza la Misión por múltiples países: partos, medos, elamitas, Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, romanos, cretenses, árabes… Y todos cantan las grandezas de Dios.
Los discípulos de Jesús quieren hacerse presentes en todos los países de la tierra, y por la gracia de Dios, lo están. La Iglesia no es una sociedad proselitista; es una comunidad de testigos que quiere expandirse y llenar la tierra.

4. Pero el Espíritu, que llega cuando Cristo ha terminado su obra y es el fruto de la obra de Jesús, acontece en la misma tarde de la resurrección. Y es lo que hoy nos anuncia el Evangelio con un lenguaje de intimidad, en un evento místico que sucede en los apóstoles en nosotros, si nos dejamos invadir por el Espíritu de Dios.
Vayamos a revivir lo que entonces pasó, que pasa en medio de nosotros.
Jesús se apareció a sus discípulos y les dio la paz. No era un saludo de rutina, sino que, en verdad, entregaba el don supremo de la paz. La paz es el abrazo de Dios; es el supremo bien, porque es el conjunto de todos los bienes. Y esto es lo que el Señor, el Resucitado anuncia y entrega a su Comunidad, y con ella hoy a nosotros, porque pentecostés es un misterio que hoy queda actualizado. Pentecostés es el día de la Paz, abrazo de Dios.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Ya no se trataba de dar pruebas. Ese signo de Jesús, que bien podemos interpretarlo como signo sacramental, es un signo de apertura y donación. Era decirles: Acercaos, entrad; soy vuestro. Vuestra casa, a partir de ahora, va ser este atrio de mis manos abiertas para vosotros, y el santuario de mi corazón, en el cual podéis entrar y allí vivir. La vida divina de Dios en Jesús será nuestra vida: en ella respiraremos. El cuerpo santísimo de Jesús es el santuario de los cristianos. Jesús ah entrado con las puertas cerradas, y él abre una puerta nueva y una morada distinta y para siempre: su corazón.

5. Hay un nuevo signo corporal y sacramental. Jesús recoge el aliento de sus pulmones y lo exhala sobre ellos. San Juan nos había contado en otro pasaje cómo, cuando María de Betania, antes de la Pascua, ungió los pies del Señor, “la casa se llenó de la fragancia del perfume” (Jn 12,3). Ahora la Casa, pero la casa espiritual, que es la Iglesia, se impregna del aliento de una persona, Jesús, ye se Aliento, como en el día primordial de la creación, es el Espíritu. La Iglesia toda huele a Jesús, huele a Espíritu Santo, huele a Dios. Y nosotros nos dejamos embriagar de ese perfume que pasa a nuestros pulmones.

Recibid el Espíritu Santo, dice Jesús. Donde está el Espíritu santo estará la santidad de Dios; por ello, con el don pleno del Espíritu, Jesús entrega el don de perdonar los pecados.
Jesús nos ha entregado con el Espíritu la gracia de Dios, la amistad divina.
¡Qué hermosa es esta doctrina que luego los apóstoles van a desarrollar”. San Pablo nos explica:
“A cada cual se le da la manifestación del Espíritu para el bien común. Del mismo modo que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Porque todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, fuimos bautizados en un solo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido del mismo Espíritu” (1Cor 12,7. 12-13).

Grabemos esta frase de la lectura de hoy: Y todos hemos bebido del mismo Espíritu.
Ese Espíritu lo bebemos en la Eucaristía, hermanos.

6. Día de Pentecostés, solemnidad suprema de la Pascua. Oremos, contemplemos, gocémonos en estas realidades, que no tienen nombre adecuado en la tierra, y sin embargo son para la tierra.
En lo más auténtico y sincero de nosotros mismos dejémonos llenar del Espíritu Santo. San Francisco puso en la Regla y Vida para sus hermanos: “Sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu de Dios y su santa operación”.
¡Espíritu creador, Espíritu de Jesús, Espíritu, supremo don del Padre, ven a nuestros corazones y llénanos con tu presencia! Amén.

Quito, 24 mayo 2012.

En la sección de PACUA (mercba.org / Rufino María Grández) se puede ver los himnos para la solemnidad de Pentecostes


Espíritu entrañable, alto silencio

domingo, 20 de mayo de 2012

237. Ascensión: sentado a la derecha del Padre



Homilía sobre la Ascensión del Señor Jesús
según el Evangelio de san Marcos 16,15-20
(Domingo VII de Pascua, ciclo B)

Hermanos:

1. La vida de Jesús no termina en el monte Calvario con la crucifixión. Esto lo dirá cualquier niño de catequesis, y, al decirlo, confiesa la fe, porque sabe que detrás del Calvario está la resurrección.
Ahora nosotros, cristianos adultos, perfilando la confesión cristiana, podemos afirmar correctamente: La vida de Jesús anunciada en los Evangelios no termina en la resurrección; concluye más allá de la resurrección, y cada Evangelio en este particular tiene su enfoque propio para decir cómo la vida de Jesús Resucitado, el Viviente, no concluye con el triunfo esplendente de la Resurrección, sino que queda coronada en un segundo momento en el cual él, el Resucitado, enlaza con nosotros, y de una forma infinitamente gozosa nos dice que su vida termina en nosotros, su vida se concluye con nuestra vida; su vida desemboca en la vida de la Iglesia. Este es el mensaje, hermanos, que hoy quisiera transmitir, pidiendo al Señor Jesús ese gozo de la fe que consiste en compartir el gozo de lo que en él ha sucedido y sucede, vivencias que pueden llegar, incluso, según el mismo Evangelio hasta la explosión de los milagros. Veámoslo.

2. Cada evangelista, según su modo propio, según un estilo que en la Iglesia no se ha de agotar nos pone en este trance final de Jesús.
“Id y haced discípulos a todos los pueblos… Y sabed que yo estoy con nosotros todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28,18-20). Son las supremas palabras en el Evangelio según san Mateo: la misión evangelizadora de la Iglesia y la presencia de Jesús. Jesús está conmigo, Jesús está con nosotros; este y no otroe s el soporte del culto cristiano.
En san Marcos, cuyo Evangelio hoy proclamamos, se nos habla de ese mismo envío a la creación entera: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación (Mc 16,15). Del anuncio del Evangelio va a nacer un mundo nuevo, cincluso con cuatro signos portentosos:
- el signo de la expulsión de demonios,
- el signo de las lenguas nuevas,
- el signo de los milagros como serpientes y venenos que pierden su ser nocivo,
- el signo de la imposición de manos a los enfermos.
Y dice a continuación el Evangelio esta confesión de fe, que hace hoy el centro de nuestro mensaje y las palabras finales del texto sagrado:
“Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (vv. 19-20).
Jesús fue llevado al cielo. El mismo Dios y Padre que lo había enviado a la tierra lo recoge ahora en el triunfo eterno, y la vida de Jesús continúa en la tierra:
- predicando la palabra en todas partes, ahora mismo en este rincón de la tierra,
- y obrando maravillas que se tienen que ver ante los ojos, maravillas que está obrando Jesús en el cielo por nuestras manos.
El Evangelio de san Lucas también termina con las Ascensión del Señor. “Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo” (Lc 24,50-51). Con este escena van a empalmar los Hechos de los Apóstoles, la otra obra de Lucas, en esa escena que ha sido la primera lectura de hoy y que se repite todos los años: “Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hch 1,3). Curanta días, un número sagrado, que, por otra parte, da lugar a un tiempo de preparación para la gran fiesta de Pentecostés, en la cual Jesús Resucitado se va a manifestar en el Espíritu.
En fin, en el Evangelio según san Juan, Jesús Resucitado, para culminar su obra, va a enviar sobre la Comunidad del cenáculo el Espíritu divino, soplando sobre ellos, Espíritu que ha de renovar la Iglesia y la faz de la tierra,

3. En suma, hermanos, el Evangelio no termina en el hecho de la resurrección, en ese anillo que enlaza espiritualmente la vida de Jesús con la nuestra, haciendo de las dos una sola vida ante el Padre.
Y aquí es donde nos encontramos, y donde nuestra reflexión fluye del cielo, impregnando nuestro corazón con vivencias distintas, todas ellas sabrosas, porque hoy no se trata de compartir el sufrimiento de Jesús, sino el gozo de Jesús. Si en la resurrección de Jesús hemos resucitado nosotros, en su ascensión hemos sido llevados nosotros hacia esa realidad infinita que presenta la carta a los efesios:
- esa esperanza a la que nos llama,
- la riqueza de gloria que da en herencia a los santos (Ef 1,18).

4. De todo este misterio de gloria ¿en qué nos vamos a fijar y qué vamos a recibir como gracia de Jesús, ¨Pionero de nuestra fe”?
Podemos gustar que todo esto que nos dice el Evangelio está escrito en un lenguaje familiar; todo es cosa nuestra, que nos pertenece como herencia. Estamos en familia, estamos en casa. Jesús, el Señor Jesús, como dice el Evangelio, es y habla como hermano, y la realidad que él ha conquistado es lo nuestro; nos la regala como cotidiano nuestro. La Ascensión del Señor, con todo lo que incluye está escrita en este tono de absoluta confianza entregada a su Iglesia.
Permítanme, hermano, una referencia al caso. Ayer volaba yo de España a Quito para acudir a partir de mañana a ese Simposio de XXV años de martirio de Alejandro e Inés, que mencionaba en una homilía anterior. Once horas de vuelo sobre las nubes, paisaje propicio para pensar en la ascensión y leer en la Biblia los textos que ahora comentamos. ¿Y si en ese momento el avión tuviera una avería mortal…? No pasaría nada: nos encontraríamos con ese Jesús que sustenta nuestra fe y a quien predicamos, con el Señor Jesús que está en el cielo y actúa en la tierra.
5. Otro pensamiento que se impone en el día de hoy es que Jesús ha dejado una tarea a su Iglesia, ni más ni menos que la que fue su tarea, y que se podrá decir con distintas palabras y matices.
Es la tarea del amor, dirán unos. Y, efectivamente, es esa la herencia que Jesús nos da y la tarea que nos encomienda.
Es la tarea de anunciar el Evangelio al mundo entero, incluso a la creación, podremos decir y es correcto resumir así el mensaje de la Ascensión. En ello estamos.

6. Ahora bien, hermanos, hermano mío, la pregunta concreta es esta: ¿Qué me dice a mí, Jesús, en su Ascensión; Jesús sentado a la derecha del Padre; Jesús, a quien hoy voy a recibir en la sagrada comunión; Jesús, a quien puedo leer todos los días en las santas Escritura; Jesús, cuyo Evangelio puede ser hoy la delicia de mi vida? Esta es la pregunta terminal, y la respuesta está dentro de mi propio corazón.
Concluyamos con una sencilla oración:
Jesús, que tu alegría sea mi alegría. La necesito tanto… Amén.

Quito, 20 mayo 2012 


 Santa Misa en la Ascensión del Señor, Quito 2012

Cantos para orar. Invito al lector a pasar, en mercaba.org (sección de Himnos de Pascua)  a mis composiciones tituladas: “IV. Himnos para la Ascensión del Señor y espera de Pentecostés”, que son:

sábado, 12 de mayo de 2012

236. Comunión, y vuestra alegría llegue a plenitud


Homilía sobre el Evangelio de san Juan 15,9-17
Domingo VI de Pascua, año B

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo  yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado  de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud.
Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os  llamo amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido; soy yo quien os he elegido y os
destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto permanezca. De que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo dé. Esto os mando: que os améis unos a otros»
(Texto según la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, aprobada para la liturgia y la catequesis).

Hermanos:

1. Continuamos la lectura del Evangelio de Jesús según san Juan en el punto donde dejamos al domingo anterior. Recordad que Jesús nos hablaba de la vid y los sarmientos, de la purificación y poda de la vid para que dé fruto; de esa relación mutua de permanencia entre la vid y los sarmientos, entre Jesús y yo, para que mi vida en él, y desde él esté colmada de fruto.
Estamos en las palabras de la última Cena. Hay dos notas que tenemos que percibir con clarividencia cristiana para captar certeramente el sentido del misterio en el que Jesús nos quiere introducir.
- Su modo de hablar es el modo propio de la intimidad, de la confidencia, del amor. No es el discursó del profesor que va exponiendo por parte un tema y avanza linealmente en su pensamiento. No es un discurso lineal – dicen los expertos – sino circular, que es el modo del amor. Giramos en torno a algo que nos deleita y que es de una profundidad sin fondo. Vamos daño vueltas en torno; y cuando más nos movemos en órbita, mayores honduras alcanzamos. La novedad del amor es precisamente su profundidad. El amor nunca concluirá sus palabras, porque el amor no tiene fondo. Así son los discursos de la Cena.
- Por otra parte, Jesús en la Cena quiere establecer una relación de comunión, una relación entre tres, que consuma la unidad: el Padre, él y yo; este “yo”, que es simultáneamente el nosotros, es decir, la comunidad Iglesia. Ahora bien, esta relación que enlaza lo humano y lo divino, no tiene una correspondencia conocida que sea satisfactoria: Las relaciones humanas son entre desiguales (padres/hijos, maestros/discípulo) o entre iguales, pero siempre en el mismo plano o rango humano (esposo/esposa; amigo/amigo). Jesús nos abre a un mundo nuevo, del cual no tenemos experiencia directa. Jesús une el ser divino, que es Dios, con la criatura, con el hombre; une lo infinito con lo finito, donde hay una distancia insalvable. No hay lenguaje conocido, pero de algunas palabras tenemos que servirnos. Jesús acude al lenguaje del amor, pero sepamos, hermanos, que todo lo que nos diga Jesús sobrepasa en absoluto el amor conocido, y que tiene que venir directamente la luz del Espíritu Santo para captar la realidad nueva en la que nos introduce. Estamos en al pura mística cristiana, a la que somos llamados.

2. Dice, pues, el Señor: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. El amor que tiene el Padre al Hijo y el amor que tiene el Hijo al Padre es el amor que existe en el misterio de la Trinidad. Jesús nos dice: A ese amor os invito yo. Es el amor revelado, el único amor posible. Esa ecuación que Jesús establece no es una ecuaciónde cantidad, sino también de calidad. No se trata tan sólo de un tanto cuanto: con la misma cantidad con que el Padre me ha amado a mí y yo le he amado al Padre, con esa misma cantidad amadme.
Se trata también, y principalmente, que ese amor divino que manaba del corazón del Padre hacia su Hijo y del corazón de Cristo ascendía de nuevo al Padre, con ese mismo género de amor – y no con otro – debemos amar nosotros a Dios.
Es decir: permaneced en mi amor, perdeos en ese amor celestial, amor divino, que es posible, porque Jesús, el Hijo de Dios, lo está alimentando.

3. Este amor no es un amor vaporoso, idealizado, romántico… Es el amor concreto del día a día, un amor que tiene cuerpo y sangre, rostro, sufrimiento: Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor. La rutina del día a día queda divinizada.
Y volvemos al eje de todo, que es Jesús en obediencia al Padre: lo mismo  yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

4. Y ahora, de pronto, Jesús nos habla de su alegría. Su alegría es su triunfo y es el estado alcanzado en su resurrección. La alegría de Jesús no es otra cosa que el estado de felicidad celestial al que somos llamados como la meta última de la existencia. Os he hablado  de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud.
La alegría de Jesús y mi propia alegría serán una sola, fundido su corazón con el mío, su vida con la mía. Somos destinados a la alegría de Jesús. La poseemos y compartimos inicialmente, pero no ha llegado a su plenitud.
¿Cuántos funerales vamos celebrando en el curso del año…? ¿Podremos decir en cristiano que al celebración de un funeral es el paso sacramental para alcanzar la alegría de Jesús – la alegría de su resurrección – a la que el cristiano está destinado? En aquel tránsito iluminado nuestra alegría alcanzará su plenitud, cuando la alegría de Jesús nos haya invadido y haya transformado la condición presente de esta vida.

5. La comunión recíproca de Jesús con nosotros, y de nosotros con Jesús, tiene una proyección muy determinada en ese “nosotros”, que es la Iglesia: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Esto es al divinización del hombre: el amor circulante entre nosotros, que viene del amor mutuo con que se obsequia el Padre con el Hijo, simple y recíprocamente.
Y escuchamos esta palabra de Jesús, que es el estremecedor retrato de su existencia: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

6. El programa de la Iglesia no es un programa de pensamiento, ni una táctica de acción. Necesitará estas cosas, porque la Iglesia está en el mundo y vive de modo humano para el mundo, pero el programa de la Iglesia es, ni más ni menos, que la pura donación en el amor.
Ahora bien, yo tengo que tener el valor para dar a la palabra Iglesia un valor absolutamente personal, porque en este caso, la Iglesia que entrega su vida enteramente soy yo. Yo, al ejemplo de Jesús, y desde el amor que reina en el seno de la Trinidad, modelo de todo amor, yo, con mi pequeña historia, tengo esta tarea de vida: dar mi ser entero como Jesús lo ha dado. Aquellos por quienes doy mi vida, los podré llamar para siempre “mis amigos”.
La vocación humana aquí alcanza su último sentido. Vivir es darse.
Permítanme, hermanos, que refiera un suceso en aplicación de estas palabras de Jesús, como realidad viviente de lo que Jesús nos propone. Dentro de este mes se va a celebrar en Ecuador (concretamente en Quito) un Congreso (o Simposio) en memoria de los XXV años en que dos misioneros, Alejandro Labaka, obispo (nacido en España) e Inés Arango, religiosa (nacida en Colombia), en lo más recóndito de la selva amazónica, muriendo alanceados  por un grupito de indígenas, a los que ellos quería salvar del poder de las petroleras que iban arrasando el terreno. (Su causa de canonización ha sido introducida, pedida por todo el episcopado ecuatoriano). Dieciocho lanzas atravesaban el cuerpo del Obispo que se había despojado de su ropa, como vivían los indios; tres lanzas dieron en el pecho y el corazón de la hermana, ensangrentado su sencilla túnica.
El rostro del Obispo alanceado quedó con una sonrisa, como diciéndoles: amigos míos, amigos.
Los dos fueron mártires fueron mártires de amor en cumplimiento de las palabras de Jesús: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.

7. Queden, pues, las palabras de Jesús como pauta de nuestra vida. Y pidámosle a Jesús una gracia:
Señor Jesús, que todo lo que tú anuncias a tu comunidad santa en este domingo pascual quede reflejado de alguna manera en mi pequeña. Que mi vida sea una vida de amor. Que tu alegría sea mi esperanza. Amén.

Alfaro (La Rioja, España), sábado 12 mayo 2012.

Para una información del martirio y mensaje de Alejandro Labaka e Inés Arango pueden ir al Blog cuya dirección anotamos:
http://alejandro-labaka.blogspot.com.es/