Meditación eucarística
para derramar todo el
ser en la presencia del Señor
Hermanos:
1. Mañana es Corpus Christi. Abro la agenda
litúrgica aquí donde estoy (México), y encuentro este aviso: “Por disposición
de la Santa Sede, debe haber en el calendario de cada país cuatro fiestas de
precepto que habitualmente no caigan en domingo. En México son: Corpus,
Guadalupe, Navidad y Santa María Madre de Dios”.
Mañana es Corpus
Christi, una fiesta de homenaje y de adoración a Jesús. Cuántas veces he
pensado que el Corpus es una fiesta
de “supererogación”, porque es un mero capricho de amor. Acaso un teólogo y un
liturgista, con razones brillantes, pueda decir: ¿Y para qué? Si la Eucaristía
es fiesta por sí misma cada vez que la celebramos, cada domingo, incluso cada
día…
Es que el corazón tiene razones que la razón no
comprende, como dijo Pascal, siglos después, hablando no precisamente de esto.
Y hubo un gran teólogo, Tomás de Aquino, que por encargo del Papa escribió un
himno, una ritmo jubiloso – Adoro te
devote – para esta fiesta, que nacía, incluso todo el oficio.
2. La fiesta del Corpus nos sumerge en un clima
de meditación y de dulce adoración del cuerpo santísimo del Señor. Vuelvo sobre
antiguos pensamientos míos que alimentaron mi corazón y en su día traté de
compartir:
“¿Qué es la Eucaristía?, se preguntaba la
Iglesia mientras va caminando entre los hombres, pensando con el pensamiento de
las épocas, sintiendo con los dolores y gozos de cada generación. La respuesta
complexiva nos desborda. Porque la Eucaristía es Presencia, es Sacrificio, es
Acción de gracias o ‘Eucaristía’, es Memorial, es Actualización, es
Escatología, es Cena y Banquete, es Comunidad-Iglesia, es Compromiso por ser
Muerte por el mundo… La Eucaristía es, en suma, cuerpo de Cristo.
Al cuerpo de Cristo viene a parar la historia de
Israel y la breve historia de Jesús en su paso por nosotros; y desde este
cuerpo se abre la nueva historia, el mundo que viene, en el que ya estamos. La
teología del cuerpo de Cristo es sin más la teología de la historia. En ese
cuerpo se concentra la historia: el cosmos que surge gratuitamente por voluntad
de Dios (sólo la fe nos descubre la comparecencia del mundo), la historia de la
humanidad doliente, la espera del hombre que, por instinto del Espíritu,
aguarda un destino en Dios…”
2. La fiesta del Corpus tiene razón por sí
misma, sea cual sea su origen en la Iglesia, un sentido que se justifica por la
teología eucarística de la adoración. Benedicto XVI contempla en la Iglesia el
amanecer de una primavera eucarística: “Quiero afirmar con alegría que la
Iglesia vive hoy una «primavera
eucarística»: ¡Cuántas personas se detienen en silencio ante el Sagrario
para entablar una conversación de amor con Jesús! Es consolador saber que no
pocos grupos de jóvenes han redescubierto la belleza de orar en adoración
delante del Santísimo Sacramento” (en la audeincia que a continuación citaré).
Tiene sentido esta fiesta por sí sola, pero es
emocionante conocer cómo nació, porque esta y tantas cosas bellas han sido por
obra de una mujer. Recordarán que en las catequesis de las audiencias de los
miércoles el Papa, estos últimos años, ha rescatado a unas grandes mujeres de
la Edad Media, nombres que casi se diría que antes estaban reservados a los
estudiosos de la historia de la espiritualidad. Pero el Papa ha considerado que
el conocer estos nombres y estas vidas es patrimonio vital de todo cristiano
adulto que siente humilmente el orgullo de pertenecer a la Iglesia santa a la
que pertenecemos. El 17 de noviembre de 2010 hablaba de esta santa que está en
el origen de esta fiesta: santa Juliana de Cornillon.
Si quien lee o escucha estas páginas es una
hermana o un hermano de la familia franciscana, le diré que la biografía de
santa Juana de Cornillon coincide en años con la de santa Clara: Nació un año
antes que ella; murió cinco años después (santa Clara en 1253; santa Juana de
Cornillon en 1258).
Es tan hermosa y sencilla la catequesis del
Papa, que me deleita volver a ella.
3. “Juliana nació entre 1191 y 1192 cerca de
Lieja, en Bélgica. Es importante subrayar este lugar, porque en aquel tiempo la
diócesis de Lieja era, por decirlo así, un verdadero «cenáculo eucarístico». Allí,
antes que Juliana, teólogos insignes habían ilustrado el valor supremo del
sacramento de la Eucaristía y, también en Lieja, había grupos femeninos
dedicados generosamente al culto eucarístico y a la comunión fervorosa. Estas
mujeres, guiadas por sacerdotes ejemplares, vivían juntas, dedicándose a la oración
y a las obras de caridad…”
Juliana creció y fue educada en un monasterio “Adquirió una notable cultura, hasta el punto
de que leía las obras de los Padres de la Iglesia en latín, en particular las
de san Agustín y san Bernardo. Además de una inteligencia vivaz, Juliana mostraba,
desde el inicio, una propensión especial a la contemplación; tenía un sentido
profundo de la presencia de Cristo, que experimentaba viviendo de modo particularmente
intenso el sacramento de la Eucaristía y deteniéndose a menudo a meditar sobre
las palabras de Jesús: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta
el fin del mundo» (Mt 28, 20)”.
El Papa en su catequesis familiar nos ha contado
la vida de esta monja virtuosa y tenaz que se sintió con esta vocación de
adoración pública a la Eucaristía. Tras muchos recelos, incomprensiones e
incluso persecución… vio cumplido su deseo.
“Fue precisamente el obispo de Lieja, Roberto de
Thourotte, quien, después de los titubeos iniciales, acogió la propuesta de
Juliana y de sus compañeras, e instituyó, por primera vez, la solemnidad del
Corpus Christi en su diócesis”.
“Falleció en 1258 en Fosses-La-Ville, Bélgica.
En la celda donde yacía se expuso el Santísimo Sacramento y, según las palabras
del biógrafo, Juliana murió contemplando con un último impulso de amor a Jesús
Eucaristía, a quien siempre había amado, honrado y adorado”.
El Papa Urbano IV, de tres breves años de
pontificado, la estableció en la Iglesia en 1264; un año antes había ocurrido
el milagro de Bolsena.
4. Fiesta del Corpus Christi, fiesta de
adoración. ¿Qué es adorar, hermanos? Adorar es derramar el ser entero ante la
presencia de Cristo, a quien amamos.
Solo el que ama puede adorar.
Solo el que ama fascinado puede adorar
fascinado.
La adoración es una forma de contemplación en
silencio. Adorar es estar recibiendo y entregando. El que adora recibe,
escucha, acoge. Todo Dios en todo su misterio llega al corazón adorante, a la
criatura, que ha nacido dispuesta para adorar y unirse con su Dios.
El Jesús a quien adoramos en el Santísimo
Sacramento es todo Dios. Cuando estamos ante el sagrario, fijos los ojos en Jesús,
nos dejamos seducir por ese Jesús del sagrario, que es el Jesús de los
Apóstoles, el Jesús de los caminos de Palestina. El sagrario ha sido el hogar
de muchas vocaciones.
Adorar a Jesús es hundir su mirada en él. Y
mucho agrada a los jóvenes esta forma de contemplación. Por eso habló el Papa
de una primavera eucarística.
Termino, hermanos, mi sencilla consideración con
esa jaculatoria que millones de veces ha resonado en el corazón de los adoradores:
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!
¡Sea por siempre bendito y alabado! Amén.
Puebla de los Ángeles, miércoles 6 de junio de
2012.
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