Cartas de un hermano
menor
a una hermana clarisa
capuchina
en torno a santa Clara y
su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012)
con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida
evangélica de Clara (Assisi, 1212)
Carta
10
Clara y
Francisco:
Audite,
poverelle / Escuchad, pobrecillas
Mi querida Lidia:
Más y más de esencias de santa Clara.
El estudio de nuestra santa - o de nuestra
hermana (¡la quiero tanto!) puede tener dos niveles: uno, piadoso y sencillo,
pero seriamente fundamentado en los resultados de la investigación de hoy.
Otro, rigorosamente científico, yendo a los últimos problemas que la
investigación plantea en el estado actual de la ciencia, y tratando de estos
asuntos con los instrumentos adecuados, con la crítica histórica.
Para ser santa - ahora hablo a una capuchina -
ciertamente que no hace falta meterse por esas vereda. Pero la Orden como tal
sí que necesita tener este conocimiento crítico de santa Clara. Escribo estas
cosas al hilo de los pensamientos que vamos desgranando, y después de haber
leído, con verdadera fruición, la Introducción científica que Stefano Brufani
hace en Fontes Franciscani (Edizioni Porziuncola 1995) a la Legenda
sanctae Clarae Assisiensis ( pp. 2403-2414). Se trata de la Leyenda o Vida
de santa Clara, que mandó escribir el Papa de la canonización, Alejandro IV. Lo
último que narra esta Legenda es la canonización, y la obra termina así: “Y
todo esto tuvo lugar en Anagni, en la iglesia mayor, el año de la Encarnación
del Señor de 1255, primero del pontificado del señor Alejandro, para alabanza
de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina
por los siglos de los siglos. Amén”.
El autor apunta el año, pero sorprendentemente
no dice el día; han conjeturado los expertos que fue el 15 de agosto, a los dos
años y cuatro días de la muerte de la santa.
Los críticos opinan que el autor de esta Legenda
de santa Clara, encargada por el Papa, es el óptimo escritor Fray Tomás de
Celano (a quien mucho admito), que para esta fecha ya habría escrito la Vita
II de san Francisco. Una clarisa, ésta sí científica, Chiara Augusta
Lainati, no las tiene todas seguras de que el autor fuera Celano. No es asunto
de importancia definitiva, y, en todo caso, sea quien sea el escritor, nos ha
dado una obra bellísima.
Para escribir esta Vida, que se escribió
ciertamente en los días del pontificado de Alejandro IV (fechas), el autor tuvo
estas fuentes:
- el proceso de canonización (lo dice
expresamente),
- los testimonios que él mismo recogió
directamente de las hermanas,
- y lo que él pudo consultar a los hermanos
testigos de la viva tradición.
La Legenda, deliciosamente, tiene un recorrido
cronológico temático:
1) Clara en su casa y familia (nn. 1-4).
2) El encuentro con Francisco y lo que ella
llama la conversio (5-11).
3) Luego, la parte mayor, lo que los medievales
llamaban la conversatio, es decir sus 42 años de “consagración”, su
trato, vida y costumbres (12-48).
4) Y, por último, algo importante y esencial en
la hagiografía de la Edad Media: los milagros después de la muerte, signo de su
excelsa santidad (49-62).
Yo he ido a esta obra para ver cuál es ese
edificio de las virtudes de santa Clara sobre cuyo armazón está escrita, intrigado
para saber “las esencias de Clara”, tal como las han visto los biógrafos..., a
ver si coincide con lo que yo veo, con lo que yo voy exponiendo. El autor nos
presenta este cuadro: la santa humildad, base del edificio (12), la santa y
verdadera pobreza, que para Clara fue “lo suyo” (13-18), el “ejercicio” de la
santa oración, en la cual habitaba noche y día (19-20), y, lógicamente,
hablando de la oración, habla de “las maravillas” de su oración y primero de
los sarracenos puestos en fuga y de otras cosas admirables (21-27); aquí viene,
en especial, “su maravillosa devoción al Sacramento del Altar” (28), Navidad
(29), y el “ferventísimo amor al Crucificado”
y a la santa Cruz (30-35). Y ahora pasemos a su trato con las hermanas
(de quotidiana informatione sororum, “hermanas” más bien que “monjas”,
como dice la traducción), y aquí vienen diversos aspectos (36-43), incluido, en
la enfermedad, la visita del Papa Inocencio (41-42). Y así hemos llegado al
“Tránsito final” (44-48).
Todo esto es bello y lógico. ¡Qué grande es la
maestría de un escritor, que así nos deleita y después de tantos siglos, nos
une con los acontecimientos! Dígnese el Señor concederme a mí, empedernido
escritor, la gracia del bien decir las cosas, que está precedida por la gracia
del bien pensar..., y antes por la gracia del bien sentir, lo cual - mi amada y
entrañable Lidia - no es posible sin un corazón humilde, sencillo y puro,
que ha sido y es el ideal de mi vida.
Pero... bueno, volvamos. En el “Tránsito final”
aparecen unos frailes menores: fray Rainaldo (44), fray Junípero (45), y
“aquellos dos benditos compañeros del bienaventurado Francisco”, Ángel y León
(45).
Pero el ojo crítico del lector, si uno quiere
penetrar lo que se dice y lo que se calla, se encuentra con una sorpresa.
Cierto que Francisco interviene como inspirador e iniciador de esta vida de
Clara, y el autor lo destaca con trazos inequívocos, pero luego, en esos 42
años de vida claustral, salvo al final, Francisco y los hermanos desaparecen.
Clara confiesa al “piadoso varón fray Rainaldo”: “Desde que conocí la gracia de
mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me
resultó molesta, ninguna penitencia gravosa, ninguna enfermedad, hermano
carísimo, difícil” (LCl 44).
El intérprete crítico se pregunta: ¿Y por qué,
si esto no es verdad, que san Francisco se esfumase de la vida de ella? Si
sabemos, por otras fuentes, por el testimonio directo de la propia Clara, que
Francisco siguió siendo una presencia inspiradora, si Francisco prometió que tendría
de ella el mismo cuidado que de los hermanos...
Estas omisiones no son “inocentes” y son
altamente significativas... El autor está describiendo el modelo de lo que debe
ser un monasterio santo... El cuidado de las monjas (cura monialium) no
fue bien visto en la Orden... Por tanto, discreto silencio...
Todo lo que cuenta el autor es verdad, pero hay
verdades que no cuenta... y que nos conviene saber para valorarlas en su justa
apreciación...
En suma, Stefano Brufani, el especialista al que
nos hemos referido, concluye:
“Si hay una imagen de santidad que se destaca en
la Legenda, a mí me parece que esta imagen está fuertemente condicionada
por un modelo de santidad monástica, en la que el hagiógrafo ha tratado de
verter, conscientemente, la experiencia de Clara. No trasparece la novedad
minorítica. Clara, en la reconstrucción hagiográfica, está todavía ligada a la
tradición del monaquismo de los siglos precedentes. Y la presencia de Francisco
es solamente una presencia; Francisco en la Legenda de Clara no emerge
como modelo. Si todo esto es verdad y si es posible una conclusión, hela aquí:
la reconstrucción hagiográfica de Clara se inscribe ciertamente en el signo de
la tradición, mas no en el de la innovación” (Brufani, 2414,
citando, por otra parte, un trabajo suyo de 1993).
* * *
Las esencias puras de Clara las descubríamos en
el capítulo VI de su Forma de vida, y esa unidad de Francisco y Clara,
formulada en los dos breves escritos allí incluidos, estaba la “quintaesencia”.
Hay un nuevo escrito de Francisco a Clara y a
las hermanas que están con ella. Este escrito tenemos que conocerlo, para
sentir en él que es el mismo Francisco el que habla y que sus ideales son
aquellos mismos que veíamos en las dos joyas espirituales que vimos.
La
rima juglaresca de Francisco para las Hermanas de San Damián
La rima es ésta, según la edición de Ignacio
Omaecheverría en su obra de Santa Clara.
1 Audite, poverelle, dal Segnor vocate,
ke de multe parte et provincie sete adunate.
2 Vivate
sempre in veritate,
ke en
obedientia moriate.
3 Non
gurdate a la vita de fuora,
ka
quella de lo spirito e migliora.
4 Io ve
prego per gand’amore
k’aiaite
discrecione
de le
lemosine ke ve da il Signor[e].
5 Quelle
ke sunt adgravate de infirmitate,
et le
altre ke per lor suo adfatigate,
tutte
quante lo sotengate en pace.
6 Ka
multo vederi cara questa fa-i-ga
ca
cascua serà regina
en
celo coronata con la Vergene Maria.
1 Escuchad,
pobrecillas, por el Señor llamadas
y de
diversas partes y provincias congregadas.
2 Vivid
siempre en la verdad
para
morir en obediencia.
3 No
viváis la vida de fuera,
puesto
que la del espíritu es más valedera.
4 Os
ruego, con gran amor,
que
administréis con discreción
las
limosnas que os diere el Señor.
5 Las
que se hallan afligidas por enfermedad
y las
otras que os esforzáis por atenderlas,
todas
por igual soportadlo todo en paz.
6 Pues
mucho os aprovechará esta fatiga,
ya
que cada una será reina coronada
en el
cielo con la Virgen María.
Para entrar en el sentido de esta canción, hay
que echar en vuelo la fantasía y representarse a un juglar con vihuela. Cuando
un juglar canta, canta el amor o la guerra. O mejor, si canta la guerra, será
por algún asunto de amor.
Todos los pueblos tienen canciones... En la
tierra donde yo nací, la canción propia es la jota. Y, como región gusta en
hacer su propia creación o en recrear lo que ha recibido, es distinta la Jota
Riojana (riojano soy) de la Jota Navarra y de la Jota Aragonesa..., por citar
las más cercanas.
La Jota del norte, como la Saeta andaluza, es
breve: cuatro versos (si bien es cosa totalmente distinta la Jota de la Saeta).
La Jota puede ser seria, con inocente picardía, dramática, orgullosa..., y en
el fondo, un sonido dominante: el amor.
El Juglar no es un “cantante”; es un “cantador”,
mejor dicho, un “cantaor” (Así los andaluces, que cantan el “cante jondo”. Esa
hondura de su cante es cortante espada...)
Un Juglar canta el amor, y yo entiendo - y de
alguna manera empiezo a escuchar - que lo que canta Francisco es el amor. Claro
que lo que el amor aquí significa es bien distinto de lo que puede soñar un
joven abierto a una pasión acaso sin controlar.
Lo
que dice la Leyenda de Perusa (o Compilatio Assisiensis)
En la “Leyenda de Perusa” encontramos un número,
el 85, que se refiere justamente a esta canción.
Cántico‑exhortación a las Damas Pobres
Aquellos mismo días y en el mismo lugar, el
bienaventurado Francisco, después de haber compuesto las alabanzas del Señor
por sus criaturas, compuso también unas letrillas santas con música, para mayor
consuelo de las damas pobres del monasterio de San Damián, particularmente
porque sabía que estaban muy afectadas por su enfermedad .
Como no podía, a causa de la enfermedad,
visitarlas y consolarlas personalmente, hizo que sus compañeros les
transmitieran la letra que había compuesto para ellas. Con estas palabras, como
siempre, les quiso manifestar brevemente su voluntad: que debían tener una sola
alma y vivir unidas en caridad, ya que, por su predicación y ejemplo, ellas se
habían convertido a Cristo cuando los hermanos eran todavía pocos. Su
conversión y su vida eran prestigio y edificación no sólo de la Religión de los
hermanos de la que eran su plantita, sino de la Iglesia entera de Dios
Conocedor el bienaventurado Francisco de que desde
el principio de su conversión, por voluntad y necesidad, llevaban una vida muy
austera y pobre, sentía siempre gran piedad por ellas.
Por eso, en el mensaje les ruega también que,
como el Señor las había congregado de muchas partes para unirlas en la santa
caridad, en la santa pobreza y en la santa obediencia, mantengan hasta morir
fidelidad a éstas. Les pide especialmente que con alegría y acción de gracias provean discretamente a sus necesidades corporales, sirviéndose de
las limosnas que el Señor les proporcionaba; y, sobre todo, recomienda que
tengan paciencia las sanas por los trabajos que soportan por sus hermanas
enfermas y estas en las enfermedades y
necesidades que sufren”.
Esta obra de la Leyenda de Perusa (llamada por
Marino Bigaroni, Compilatio Asisisensis, 1975, y lo mismo por la edición
de “Fontes Francescani”, 1995), parece que “formaba parte del florilegio de
Greccio, puesto en manos de Celano por (el general) Crescencio de Jesi en
1246" (Escritos BAC 596). El redactor principal ha sido Fray León,
pero con Fray León están los compañeros de la primera hora (“nosotros que
estuvimos con él”, 18 veces).
Estamos en tiempos de santa Clara. Pero el texto
como tal de los versos, la Leyenda de Perusa no nos lo transmite. Ahora bien,
lo que dice del contenido de la canción es muy bueno, y, or de pronto, una
primera acertada interpretación.
Veamos ahora, con detalle, el texto y tratemos
de interpretarlo como pasaje en el cual san Francisco está vertiendo su alma.
Audite, poverelle
Los rapsodas, los recitadores... cuando
comienzan no raramente piden, para empezar, atención y escucha. Y así empieza
el juglar Francisco: Audite, Escúchenme...
Lo de Pobrecillas es un diminutivo
entrañable. En España se dirá “pobrecilla” o “pobrecita”, según las regiones,
incluso “pobrecica”. (En Navarra tenemos un diminutivo en “ico”; por eso, los
Navarros, según y cómo, son los Navarricos). El diminutivo es un ribete del
alma mexicana; es una forma de rizar la ternura, es el adorno ondulante que se
le pone al pastel terminado. Me dijeron que en México hay tres diminutivos “extra”,
que son muy tiernos, y he comprobado que sí. Los tres diminutivos son: Padrecito;
Doctorcito (claro que éste según y como)... y otro compasivo: Borrachito...
¡Claro que sí, porque pobrecito..., si se emborracha...!
Es interesante perseguir las palabras y buscar
cómo Francisco o Celano también emplea ese diminutivo del “pobrecillo” o de la
“pobrecilla”. ¡Con qué ternura se dice de la Virgen “Pobrecilla”! Oigámoslo.
“Anímalas a conformarse, en el pequeño nido de
la pobreza, con Cristo pobre, a quien su pobrecilla Madre acostó niño en
un mísero pesebre” (Lcl 14).
A Celano le conmueva esa Pobrecilla Virgen de
Belén, recordando los sentimientos de Francisco: “No recordaba sin lágrimas la
penuria que rodeó aquel día a la Virgen pobrecilla” (2Cel 200).
De los Tres Compañeros es este testimonio: “Una
vez que se sentó a comer le dijo un hermano que la Santísima Virgen era tan
pobrecilla, que a la hora de comer no tenía nada que dar a su Hijo. Oyendo esto
el varón de Dios, suspiró con gran angustia, y, apartándose de la mesa, comió
el pan sobre la desnuda tierra” (TC 15).
Hablando de la oración de Clara, dice la
Legenda: “Ciertamente Dios había dispuesto para su pobrecilla un convite
de su dulcedumbre, y trasparentaba al exterior, a través de los sentidos, el
alma colmada en la oración por la luz verdadera” (LCl 20).
Próxima a la muerte, anhela“ a Cristo reinante,
a quien pobre en la tierra, ella, pobrecilla, ha seguido de todo
corazón” (Lcl 41).
Es un lenguaje que pertenece a Clara: “Sumergida
en esta contemplación, no te olvides de tu pobrecilla madre, pues sábete
que yo llevo grabado indeleblemente tu feliz recuerdo en los pliegues de mi
corazón (Prov 3,3; 2 Cor 3,3), y te tengo por mi más amada entre todas” (4Cta
33-34).
Para penetrar en la entraña de este diminutivo
no olvidemos que Il Poverello está llamando a sus hermanas Le
Poverelle. Lo de “pobrecillo”, aplicado a Francisco o a personas o cosas,
está presente en todos los estratos de la literatura franciscana; pertenece al
candor y a la verdad de nuestro lenguaje, y nace de la realidad que ha vivido
Francisco. “El padre de los pobres, el pobrecillo Francisco, identificado
con todos los pobres, no se sentía tranquilo si veía otro más pobre que él; no
era por deseo de vanagloria, sino por afecto de verdadera compasión” (1 Cel
76). Francisco ante el Papa es “el pobrecillo de Cristo” (LM 3,9; y
antes LM 2,6; luego LM 7,5).
San Buenaventura dirá de Clara, con toda
exactitud: “Ella que fue hija en Cristo del pobrecillo padre San
Francisco, es, a su vez, madre de las Señoras pobres” (Lm 4,6).
Así pues, Francisco, que se ha llamado a sí
mismo, el Pequeñuelo, que vale tanto como “el Pobrecillo”, “il Poverello”, les llama a sus Hermanas y a
sus Madonnas “le Poverelle”: Audite, Poverelle...
La pobreza va a ser la clave de la existencia de
estas hermanas reunidas por el Señor.
Dal Segnor vocate..., adúnate
Francisco, al cantar para sus hermanas, las ve
como grey de Dios, congregadas de muchas partes. San Damián es una pequeña
Iglesia de la Iglesia santa. Pero quizá piense, más bien, en la familia que se
va extendiendo, bendecida por Dios.
Celano había escrito en su Vita I una alabanza
que casi nos resulta increíble... Ya hablamos de ella en la Carta 2, al tratar
de “El Perfil”.
Y aquí, al contemplar lo que ha pasado en 40
años, Celano (o el Autor, si es otro) tiene un éxtasis espiritual, y escribe un
párrafo, histórico y místico, para decir “cómo la noticia de su bondad llegó a
lugares remotos” (n. 11). La Iglesia se va poblando de monasterios que aportan
un “novum”, distinto de lo que ya estaba en la orden benedictina. La Iglesia se
siente reconfortada con flores de aquellas que hablaba el Cantar de los
cantares para la esposa: “Innumerables ciudades se engalanan con monasterios, y
hasta los lugares campestres y montañosos se embellecen con la fábrica de tan
celestiales edificios. Se multiplica el culto de la castidad en el siglo,
abriendo la marcha la santísima Clara, y queda restaurado el renacido estado
virginal. Con estas flores espléndidas que Clara produce, reflorece hoy
felizmente la Iglesia, la misma que implora ser sustentada con ellas, cuando
dice: Confortadme con flores, reanimadme con manzanas, que estoy enferma de
amor (Cristo 2,5)”.
Y después de este efluvio espiritual, el
escritor, aterriza y dice: “Pero vuelva ya la pluma a su propósito, para que se
conozca cuál era su tenor de vida” (n. 11).
El texto que estamos leyendo era de treinta años
antes, texto de Francisco. Pero ya entonces el mismo Francisco la ve bendecidas
del Señor ...
Hoy algunas clarisas sienten una vocación
ecuménica (pensemos en el minimonasterio de capuchinas de Syros, monasterio “Ut
unum sint”). Piensen que esa vocación de unidad es una vocación que procede
Dios, y que ese ser congregadas (adunadas) de diversas partes y provincias es
obra del Señor.
Vivate sempre en veritate
Esta consigna es bellísima, y yo quisiera
arrancarla del poema de Francisco, cantor de las cosas divinas para grabarla a
la entrada de San Damián o a la entrada de mi casa: Vivid siempre en la
Verdad.
Hay un versículo en la Biblia que hace muchos
años, joven profesor, me enamoró: “Hasta la muerte por la verdad combate, y el
Señor Dios peleará por ti” (Sir 4,28). Seguramente que un hebreo, al pensar en
“la verdad”, pensaba en la Ley Santa del Señor, donde está la revelación.
Francisco usa 18 veces la palabra “verdad” en sus escritos, casi todas ellas,
citando alguna frase de la Escritura.
Como suyas tiene frases de este tenor: “El
siervo de Dios que no se enoja ni se turba por cosa alguna, vive, en verdad,
sin nada propio” (Adm. 11). (Aquí “en verdad” es un adverbio, y equivale a
“verdaderamente”, pero misteriosamente nos aproxima a un sentido profundo: la
verdad profunda del ser humano es la pobreza...). Cosa semejante encontramos en
la Admonición 14: “Estos tales no son pobres de espíritu; porque quien es de
verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a los que le golpeen en la
mejilla (cf.Mt 5,39)”.
El que es “lo que es ante Dios” ese es el verdadero,
ése vive en la verdad.
Vivir,
pues, en la verdad es vivir en la esencialidad del ser ante Dios y ante los
hombres. Si ahondamos profundo, veremos que vivir en la verdad y vivir en la pobreza
es lo mismo, y que este consejo se nivela aquella Última Voluntad expresada en
la Forma de vida: “y os ruego, mis señoras, y os aconsejo que viváis siempre
en esta santísima vida y pobreza”.
Para morir en obediencia
En la Carta a toda la Orden encontramos una
frase que Francisco dice uniendo “muerte” y “obediencia” que nos da la clave,
me parece a mí, para entender este pasaje que comentamos: “nuestro Señor
Jesucristo dio su vida por no apartarse de la obediencia del santísimo Padre
(cf Flp 2,8)”.
Morir en obediencia es morir como Jesús, que
murió cumpliendo la voluntad del Padre, como San Juan nos lo dice: “ Por eso me
ama el Padre, porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita;
yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de
nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre.” (Jn 10,17-18). Y en la
Cena: “...llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha
de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado.
Levantaos. Vámonos de aquí” (Jn 14,30-31).
En resumen, esto es lo que Francisco dice a sus
hermanas:
- Vivir en la verdad es vivir en la pobreza de
Jesús,
- y morir en obediencia, como Jesús, es morir en
la voluntad del Padre, que para Francisco y Clara se ha manifestado en esta
opción de pobreza.
La vida de fuera y la vida del Espíritu
Frase central de la Regla de Francisco y de la
Forma de vida de Clara: “Aplíquense, en cambio, a lo que por encima de todo
deben anhelar: tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar
continuamente al Señor con un corazón puro, y tener humildad y paciencia en la
persecución y en la enfermedad...” (2R 10,10). Santa Clara se ha identificado
plenamente y ha repetido lo mismo con las mismas palabras: “Pero no olviden que
por encima de todo deben anhelar tener
el Espíritu del Señor y su santa operación, orar continuamente al Señor con un
corazón puro, y tener humildad y paciencia en la persecución y en la
enfermedad...” (RCl 10,9-10).
Así pues, Francisco está diciendo a sus hermanas
queridas que la vida debe estar donde está, en el centro, y allí es donde opera
el Espíritu del Señor...
De nuevo la pobreza: discreción, reconociendo la
Providencia del Señor
Si las hermanas han consagrado su vida al Señor,
totalmente, como Jesucristo estuvo consagrado al Padre, el Padre mismo proveerá.
La pobreza es una vivencia teologal de la
paternidad divina: Dios está presente. Y una prueba de esta evidencia son las
limosnas. Las limosnas no nos vienen por un arte de conquista de la voluntad de
las buenas gentes. Las limosnas son gracia que derrama la Providencia de Dios.
La vida así, como vida de Dios en nosotros, eso
es nuestra realidad de gracia. ¡Ojalá lo sea!
Qué ternura se advierte en esta recomendación de
Francisco. Las hermanas necesitaban moderación es ese ímpetu que urgía toda su
vida en el desprendimiento total. Francisco, al verlas en esa generosidad, lo
que les pide es “discreción”, es decir, que se dejen conducir por una
condescendencia espiritual. Dios las protege, Dios las ha de cuidar; Dios mismo
ha de guardar su pobreza.
Esto se lo recomienza Francisco “con gran amor”.
La enfermedad, la paciencia y la paz
Según la Leyenda de Perusa hay una
relación entre el Cántico de las criaturas, que se completa con la
reconciliación y la paz entre el podestà de Asís y el Obispo, y el Cántico
para las pobrecillas. Dicen aquellos hermanos que este fue compuesto un
poco después de aquél; los dos en las mismas circunstancias de la vida avanzada
y dolorosa de Francisco.
San Francisco estuvo muy enfermo (ojos,
estómago, bazo, e hígado) - así dice Celano, de pasada, cuando nos habla de
cómo recitaba el oficio divino (2 Cel 96) -; y santa Clara estuvo también 29
años enferma... Y las hermanas han de estar enfermas, están enfermas... ¿Cómo
no van a estar enfermas?
La enfermedad va a producir una corriente
circulatoria de caridad entre las que padecen y las que sirven. Se produce,
entonces, una obra sobrenatural, que es la paciencia. Y en la paciencia reina
la paz.
La paz, don de los pobres, es un don sublime
para una comunidad.
Coronadas con la Virgen María
Es hermoso este final de la Exhortación cantada
“Audite, poverelle” se diga la “cada hermana” (en viejo italiano “cascua”) será
coronada reina con la Virgen María.
Cuando
moría Clara vio sor Bienvenida (testigo XI) que venía un coro de vírgenes
coronadas y con ella la Virgen María con una corona más preciosa. La Virgen se inclinó
sobre santa Clara...
Francisco, que ha visto que María, esposa del
Espíritu Santo, es el modelo de Clara y de las hermanas, sabe que al final, las
Pobrecillas han de ser coronadas Reinas como la Virgen María.
Esto es lo que yo he visto, por de pronto, mi
querida Lidia, al leer el bello texto, que lo interpretamos - pienso que muy
correctamente - al son del capítulo VI de la Forma de vida.
Y, para terminar, se me ha ocurrido, de
improviso un cántico, pues un canto se puede interpretar con otro canto, y,
partiendo de la inspiración de Francisco, he rimado unos versos sencillos que
puede servir en tu casa como canto vesperal.
Te los dedico con mi saludo y un beso
Cántico
vesperal
(Glosa
de Audite, poverelle)
1. Nosotras, las pobrecillas
a ti, oh Padre, acudimos;
tú mismo nos has llamado
y aquí nos has reunido.
2. De muchas partes venidas
formando un hogar y un nido:
misterio de la unidad
porque tu amor lo ha querido.
3. Vivid siempre en la verdad,
así Francisco nos dijo,
y morir en la obediencia,
cual tu Hijo Jesucristo.
4. Nuestra verdad es Jesús,
su pobreza y su camino;
y obedecer es querer
el amor que el Padre quiso.
5. No nos seduzca hacia afuera
lo que se va como vino;
el Espíritu nos guíe,
matutino y vespertino.
6. Discreción de Providencia
que Dios no olvida a sus hijos;
Dios nos prepara su mesa:
con amor la recibimos.
7. Las enfermas son tesoro
para la paz, don divino,
¡loado seas, oh Dios,
con gracias seas servido!
8. Y una corona de gracia
ya brilla en el Paraíso
con María, coronada
seré yo que le seguido.
9. ¡A la santa Trinidad
ascienda un canto suavísimo,
todos los santos cantando,
cantando Clara y
Francisco! Amén.
Tres Ojitos, Domingo de la Santísima Trinidad,

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