Cartas de un hermano
menor
a una hermana clarisa
capuchina
en torno a santa Clara y
su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012)
con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida
evangélica de Clara (Assisi, 1212)
Carta 6
Clara ante
la gloriosa Virgen
santa
María, pobrecilla
Mi querida Lidia:
He de hablar de santa Clara en la solemnidad de
Anunciación del Señor, una de las fiestas centrales de la Virgen María. La
Anunciación del Señor - antes la Anunciación a María - es una de las cuatro
solemnidades mayores con que la Iglesia de Occidente venera a la Madre de Dios,
según nos lo exponía el “santo” Pablo VI en la Marialis cultus, a saber,
por orden de secuencia litúrgica: la Concepción Inmaculada de la Saantísima
Virgen María (8 de diciembre), la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios
(octava de Navidad), la Anunciación del Señor (25 de marzo) y la Asunción de
María (15 de agosto).
Es, pues, oportuno - y muy grato - que en este
día toquemos una de las esencias de Clara: el puesto de la Virgen María en su
vida.
Esa palabra de amor a María
Todo hijo lleva en su corazón una palabra para
su madre, una palabra que quisiera que fuera la más bella. Recuerdo que, cuando
yo era joven seminarista capuchino, muchas veces pensé: Yo quisiera escribir un
libro sobre la Virgen, un libro de Sacerdote para ella; quisiera dedicarle la
flor más hermosa. Era este deseo bello como un voto secreto, sin haberlo
formulado nunca en cuanto tal. Ese día feliz llegó cuando publiqué un librito
de la Virgen María. Pensé que entonces yo saldaba mi antigua deuda de amor. Esa
obrita, como un canastillo de amor, fue el Himnario de la Virgen María:
Ciclo anual de celebraciones de la Virgen María. Burlada, Curia provincial
de Capuchinos 1989. 39 himnos para celebrar la memoria de María en la liturgia
(musicalizados por el P. Fidel Aizpurúa).
Luego he ido escribiendo otros himnos...,
bastantes, como, por ejemplo, los nueve himnos glosando el contenido de la
“Redemptoris Mater”.
Tenemos los cristianos en el fondo del corazón
una flor heremosa dedicada a María, a quien tiernamente le llamamos Madre,
Madre mía.
La flor reciente del Santo Padre Benedicto XVI
Unos días antes de la primavera se dio a conocer
la Exhortación Apostólica de Benedicto XVI sobre la Eucaristía, remate del
Sínodo de Obispo de octubre de 2005, con el cual concluyó el Año de la
Eucaristía (octubre 2004 - octubre 2005).
El número 33: Eucaristía y la
Virgen María
La relación entre la Eucaristía y cada
sacramento, y el significado escatológico de los santos Misterios, ofrecen en
su conjunto el perfil de la vida cristiana, llamada a ser en todo momento culto
espiritual, ofrenda de sí misma agradable a Dios. Y si bien es cierto que todos
nosotros estamos todavía en camino hacia el pleno cumplimiento de nuestra
esperanza, esto no quita que se pueda reconocer ya ahora, con gratitud, que
todo lo que Dios nos ha dado encuentra realización perfecta en la Virgen María,
Madre de Dios y Madre nuestra: su Asunción al cielo en cuerpo y alma es para
nosotros un signo de esperanza segura, ya que, como peregrinos en el tiempo,
nos indica la meta escatológica que el sacramento de la Eucaristía nos hace pregustar
ya desde ahora.
En María Santísima vemos también perfectamente
realizado el modo sacramental con que Dios, en su iniciativa salvadora, se
acerca e implica a la criatura humana. María de Nazaret, desde la Anunciación a
Pentecostés, aparece como la persona cuya libertad está totalmente disponible a
la voluntad de Dios. Su Inmaculada Concepción se manifiesta propiamente en la
docilidad incondicional a la Palabra divina. La fe obediente es la forma que
asume su vida en cada instante ante la acción de Dios. Virgen a la escucha,
vive en plena sintonía con la voluntad divina; conserva en su corazón las
palabras que le vienen de Dios y, formando con ellas como un mosaico, aprende a
comprenderlas más a fondo (cf. Lc 2,19.51).
María es la gran creyente que, llena de
confianza, se pone en las manos de Dios, abandonándose a su voluntad.[102] Este misterio se intensifica hasta a llegar a la
total implicación en la misión redentora de Jesús. Como ha afirmado el Concilio
Vaticano II, « la Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y
mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de
Dios, estuvo de pie (cf. Jn 19,25), sufrió intensamente con su Hijo y se
unió a su sacrificio con corazón de Madre que, llena de amor, daba su
consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima. Finalmente, Jesucristo,
agonizando en la cruz, la dio como madre al discípulo con estas palabras:
Mujer, ahí tienes a tu hijo ».[103] Desde la
Anunciación hasta la Cruz, María es aquélla que acoge la Palabra que se hizo
carne en ella y que enmudece en el silencio de la muerte. Finalmente, ella es
quien recibe en sus brazos el cuerpo entregado, ya exánime, de Aquél que de
verdad ha amado a los suyos « hasta el extremo » (Jn 13,1).
Por esto, cada vez que en la Liturgia
eucarística nos acercamos al Cuerpo y Sangre de Cristo, nos dirigimos también a
Ella que, adhiriéndose plenamente al sacrificio de Cristo, lo ha acogido para
toda la Iglesia. Los Padres sinodales han afirmado que « María inaugura la
participación de la Iglesia en el sacrificio del Redentor ».[104] Ella es la Inmaculada que acoge incondicionalmente
el don de Dios y, de esa manera, se asocia a la obra de la salvación. María de
Nazaret, icono de la Iglesia naciente, es el modelo de cómo cada uno de
nosotros está llamado a recibir el don que Jesús hace de sí mismo en la
Eucaristía.
Al final de la Exhortación
96. Que María Santísima, Virgen inmaculada, arca
de la nueva y eterna alianza, nos acompañe en este camino al encuentro del
Señor que viene. En Ella encontramos la esencia de la Iglesia realizada del
modo más perfecto. La Iglesia ve en María, « Mujer eucarística » —como la ha
llamado el Siervo de Dios Juan Pablo II [253]—, su
icono más logrado, y la contempla como modelo insustituible de vida eucarística.
Por eso, en presencia del «verum Corpus natum de Maria Virgine» sobre el
altar, el sacerdote, en nombre de la asamblea litúrgica, afirma con las palabras
del canon: «Veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen
María, Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor».[254]
Su santo nombre se invoca y venera también en los cánones de las tradiciones
cristianas orientales. Los fieles, por su parte, « encomiendan a María, Madre
de la Iglesia, su vida y su trabajo. Esforzándose por tener los mismos
sentimientos de María, ayudan a toda la comunidad a vivir como ofrenda viva,
agradable al Padre ».[255] Ella es la Tota pulchra,
Toda hermosa, ya que en Ella brilla el resplandor de la gloria de Dios. La
belleza de la liturgia celestial, que debe reflejarse también en nuestras
asambleas, tiene un fiel espejo en Ella. De Ella hemos de aprender a
convertirnos en personas eucarísticas y eclesiales para poder presentarnos también
nosotros, según la expresión de san Pablo, «inmaculados» ante el Señor, tal
como Él nos ha querido desde el principio (cf. Col 1,21; Ef 1,4).[256]
Clara como la Virgen
María
Al hablar de ese lazo
espiritual que hay entre Clara y la Virgen María, viene a la mente algo que, de
pronto, suena extraño..., pero que está ahí como un dato que procede del
convento de san Damián, donde ha vivido Clara. Sus hermanas la han tenido como
una mujer que se parecía a la Virgen María. Después de la Virgen María, ¿quién
más luminosamente que Clara ha seguido a Jesús..., quién más santa que ella?
Era como la opinión
unánime de la comunidad.
“El mismo día, 28 de
noviembre, en el edificio del claustro de San Damián, estando presentes messer Leonardo,
arcediano de Espoleto, y don Jacobo, párroco de Trevi, los cuales acompañaban
al sobredicho messer Bartolomé, obispo de Espoleto, y fray Marcos, de la Orden
de los Frailes Menores, capellán del dicho monasterio, reunida toda la
comunidad de las monjas encerradas del monasterio de San Damián, habiendo
jurado algunas de ellas decir la verdad y habiendo dado testimonio sobre la
vida, conversión y conducta religiosa de la santa memoria de madonna santa
Clara y sobre los milagros que se decían hechos por sus méritos; madonna sor
Benita, entonces abadesa, con las demás monjas del monasterio de San Damián,
declararon unánimemente, en presencia del dicho venerable messer obispo de
Espoleto, que todo lo que había de santidad en cualquier santa, después de la
Virgen María, se puede vorazmente decir y atestiguar de madonna Clara, de
santa memoria, que fue su abadesa y madre santísima.
Y esto se puede
encontrar y entender en ella, en su vida. Por lo que todas están dispuestas a
jurar, a declarar y a testificar. Pues habían visto su maravillosa conversión
y, durante los años que habían convivido con ella en el monasterio, habían observado
la santidad de su vida y su angelical conducta religiosa, cosas que no se
pueden explicar nunca a satisfacción con palabras humanas” (Proceso de canonización
de santa Clara, Testimonio XV, toda la comunidad).
Esta opinión comunitaria
se refleja, como algo muy particular en algunas hermanas. Sor Cristiana de
messer Cristiano de París, monja del monasterio de San Damián, “Y creía que todo lo
que se puede decir de santidad de alguna mujer santa, después de la Virgen
María, se podía decir de ella en verdad; pero que le era imposible describir
todas sus virtudes y gracias” (Proceso V, 2)
Lo mismo opina Sor Balbina de messer Martín de Coccorano
[o Corozano], monja del monasterio de San Damián; declaró bajo juramento que la testigo estaba
en el monasterio de San Damián hacía más de treinta y seis años,
“Manifestó además la testigo que ella, por su
simplicidad, no sabría decir de ninguna manera los bienes y las virtudes en que
abundaba, y en tal grado, que creía firmemente que, desde la Virgen María hasta
el presente, ninguna mujer había tenido mayor mérito que la madonna” (Proceso
VII, 11).
Y, en fin, Sor Bienvenida de madonna Diambra de
Asís, monja del monasterio de San Damián, insiste en lo mismo. “Dijo también la
testigo que todo lo que se decía de la santidad de la vida de la predicha
madonna Clara era verdad, y que, por mucho que ella la ponderara, todavía había
habido más en ella; y no creía que desde nuestra Señora la bienaventurada
Virgen María hubiese existido jamás mujer de mayor santidad que la dicha
madonna santa Clara” (Proceso XI,5).
En suma, son ponderaciones que quieren poner en
evidencia una santidad sorprendente; y, al evocar juntos los dos nombres -
Clara y la Virgen María - de algún modo se quiere hablar de una misteriosa
afinidad.
Francisco y Clara por la Virgen
Para comprender a Clara es una buena referencia
ir a Francisco, de quien ella toma su sabia. Sobre lo muy especial que fue la
presencia de María en la vida de Francisco, Celano nos ha dejado este clásico
testimonio:
“Su devoción a nuestra Señora, a quien
encomendó especialmente la Orden. Rodeaba de amor indecible a la Madre de
Jesús, por haber hecho hermano nuestro al Señor de la majestad. Le tributaba
peculiares alabanzas, le multiplicaba oraciones, le ofrecía afectos, tantos y
tales como no puede expresar lengua humana. Pero lo que más alegra es que la
constituyó abogada de la Orden y puso bajo sus alas, para que los nutriese y
protegiese hasta el fin, los hijos que estaba a punto de abandonar. ¡Ea,
Abogada de los pobres!, cumple con nosotros tu misión de tutora hasta el día
señalado por el Padre” (2 Cel 198).
La vida de Francisco comenzó a los pies de la
Virgen en Santa María de la Porciúncula; allí se celebraban los capítulos; de
allí partieron las misiones de la Orden; y allí quiso morir Francisco.
Todos los días múltiples veces rezaba a la
Virgen María la antífona-oración: “Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo
de entre las mujeres ninguna semejante a ti...”, pues dice la rúbrica: “Téngase
en cuenta que esta antífona se recita en todas las horas y se dice como
antífona, capitula, himno, versículo y oración, tanto en maitines como en las
demás horas. Ninguna otra cosa decía en ellas, sino esta antífona con sus
salmos”. Francisco compuso, igualmente, el Saludo a la Virgen María: “¡Salve,
Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, virgen hecha Iglesia...!”.
Clara, de modo similar comenzó su nueva vida
a los pies de la Virgen María, en la Porciúncula. Su hermana Beatriz lo
recuerda especialmente en el testimonio de la canonización: ““Y luego, san
Francisco la tonsuró ante el altar, en la iglesia de la Virgen María, llamada
de la Porciúncula” (Proceso XII, 4).
Celano (o el autor de la Leyenda de Santa Clara,
si no fuera Celano), que nos ha presentado esa síntesis de lo que supuso María
en la vida de Francisco, atribuye una importancia definitiva a este hecho de
que la vida de Clara, en aquel célebre Domingo de Ramos, por la noche,
comenzara aquí, en el mismo lugar donde había nacido la Orden de los Hermanos
Menores.
Es bueno recordar el episodio completo:
“Llegó el Domingo de Ramos. La joven, vestida
con sus mejores galas, espléndida de belleza entre el grupo de las damas, entró
en la iglesia con todos. Al acudir los demás a recibir los ramos, Clara, con
humildad y rubor, se quedó quieta en su puesto. Entonces, el obispo se llegó a
ella y puso la palma en sus manos. A la noche, disponiéndose a cumplir las
instrucciones del santo, emprende la ansiada fuga con discreta compañía. Y como
no le pareció bien salir por la puerta de costumbre, franqueó con sus propias
manos, con una fuerza que a ella misma le pareció extraordinaria, otra puerta
que estaba obstruida por pesados maderos y piedras.
Y así, abandonados el hogar, la ciudad y los
familiares, corrió a Santa María de Porciúncula, donde los frailes, que ante el
pequeño altar velaban la sagrada vigilia, recibieron con antorchas a la virgen
Clara. De inmediato, despojándose de las basuras de Babilonia, dio al mundo
"libelo de repudio"; cortada su cabellera por manos de los frailes,
abandonó sus variadas galas.
Ni hubiera estado bien que la Orden de
florecientes vírgenes que surgía en aquel ocaso de la historia se fundara en
otro lugar que en el santuario de quien, antes que nadie y excelsa sobre todas,
fue ella sola juntamente madre y virgen. Este es el mismo lugar en el que la
milicia de los pobres, bajo la guía de Francisco, daba sus felices primeros pasos;
de este modo quedaba bien de manifiesto que era la Madre de la misericordia la
que en su morada daba a luz ambas Ordenes. En cuanto hubo recibido, al pie del
altar de la bienaventurada María, la enseña de la santa penitencia, y cual si
ante el lecho nupcial de esta Virgen la humilde sierva se hubiera desposado con
Cristo, inmediatamente san Francisco la trasladó a la iglesia de san Pablo,
para que en aquel lugar permaneciera hasta tanto que el Altísimo dispusiera
otra cosa” (Legenda de Santa Clara, 7-8).
La Madre de los Menores y la Madre de las
Hermanas Pobres es la Virgen que Francisco y Clara veneraron en la Porciúncula.
Hoy parte de la pared de entrada a la capilla de
la Porciúncula, está cubierta con un cuadro de María en el misterio de la
Anunciación. Ahora bien, el título de santa María de los Ángeles de la
Porciúncula, hace, más bien, referencia a la Gloriosa Virgen María, en
el misterio de su Asunción a los cielos.
No obstante, la Patrona de la Orden es la Inmaculada.
El patronazgo de María como principal Patrona y
protectora de nuestra religión de Hermanos Menores Capuchinos bajo el título de
la INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA fue aprobado y confirmado el 10 de
marzo de 1714. Véase: Melchior a
Pobladura, O.F.M.Cap. (Ed.), Litterae circulares superiorum generalium Ordis
fratrum minocrum Capuccinorum. Vol. I 1548-1803; vol. II 1806-1883.
(Monumenta Historia Ordinis Minorum Capuccinorum, vol. VIII-IX). Romae 1960.,
en Vol. I, 175-177. A eso se debe el que se mencione a “la Bienaventurada
Virgen María Inmaculada” en la fórmula de la profesión (20,4), y a que se recomiende
la penitencia en la víspera de su fiesta: “Se recomiendan, además, la cuaresma
llamada "Bendita" y las vigilias de las solemnidades de san Francisco
y de la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María”
(Constituciones 103.3).
El final de la vida de Clara, coronado por la
Virgen María
Santa Clara murió en la fiesta de san Rufino,
Patrono de Asís, el 11 de agosto de 1253, unos días antes de la fiesta de la
Asunción de María .
Recordemos que para san Francisco el ayuno en
honor de la Virgen María era el ayuno de la Asunción: “Amaba con indecible
afecto a la Madre del Señor Jesús, por ser ella la que ha convertido en hermano
nuestro al Señor de la majestad y por haber nosotros alcanzado misericordia
mediante ella. Después de Cristo, depositaba principalmente en la misma su
confianza; por eso la constituyó abogada suya y de todos sus hermanos, y
ayunaba en su honor con suma devoción desde la fiesta de los apóstoles Pedro y
Pablo hasta la fiesta de la Asunción” (San Buenaventura, IX, 3).
Clara, antes de morir, tiene la visión de “El
Rey de la gloria” (Proceso IV,19). Y tiene igualmente la visión de la visita
que le hace la Virgen María para llevarla al cielo. Sor Bienvenida nos habló de
esta visión:
“Y entonces la testigo comenzó en seguida a
reflexionar sobre la grande y maravillosa santidad de madonna Clara; y en este
pensamiento le parecía que toda la corte celestial se ponía en movimiento y se
preparaba para honrarla. Y especialmente nuestra gloriosa Señora, la
bienaventurada Virgen María, preparaba sus prendas para vestir a la nueva
santa. Y mientras la testigo se entretenía pensando e imaginando esto, vio de
pronto con los ojos de su cuerpo una gran multitud de vírgenes, vestidas de
blanco, con coronas sobre sus cabezas, que se acercaban y entraban por la
puerta de la habitación en que yacía la dicha madre santa Clara. Y en medio de
estas vírgenes había una más alta, y, por encima de lo que se puede decir,
bellísima entre todas las otras, la cual tenía en la cabeza una corona mayor
que las demás. Y sobre la corona tenía una bola de oro, a modo de un incensario,
del que salía tal resplandor, que parecía iluminar toda la casa” (Proceso XI,
4).
La vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor
Jesucristo y de su santísima Madre
Si de los hechos pasamos a las palabras de santa
Clara, hemos de recordar un texto central de su propia “Forma de vida”, cuando
en el capítulo VI nos recuerda lo que para ella y sus hermanas escribió
Francisco:
"Yo el hermano Francisco, pequeñuelo,
quiero seguir la vida y la pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su
santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin (Mt 10,22); y os ruego, mis
señoras, y os aconsejo que viváis siempre en esta santísima vida y pobreza. Y
estad muy alerta para que de ninguna manera os apartéis jamás de ella por la
enseñanza o consejo de quien sea" (Regla VI,7-9).
La pobreza de Jesucristo y la pobreza de su
santísima Madre son
- una misma “vida”,
- o, mejor: una misma “vida y pobreza” (dos
veces repetida la expresión en estas pocas líneas).
Clara ha recordado la pobreza de María con
motivo del Nacimiento. Es un detalle femenino de la Forma de vida de santa
Clara, que no aparece en san Francisco
en este aspecto. ¿Por qué las hermanas han de llevar vestiduras viles..?
Por los pañales con los que la Virgen María envolvió al Niño Jesús. “Y por amor
del santísimo y amadísimo Niño, envuelto en pobrísimos pañales y reclinado en
el pesebre (Lc 2,7.12), y de su santísima Madre, amonesto, ruego y exhorto a
mis hermanas que se vistan siempre de vestiduras viles” (Regla II, 25).
La Leyenda recordará esta exhortación de la
Forma de vida: “Mediante pláticas frecuentes inculca a las hermanas que su
comunidad seria agradable a Dios cuanto viviera rebosante de pobreza, y que
perduraría firme a perpetuidad si estuviera defendida con la torre de la
altísima pobreza. Anímalas a conformarse, en el pequeño nido de la pobreza,
con Cristo pobre, a quien su pobrecilla Madre acostó niño en un mísero pesebre”
(Leyenda de Santa Clara, 13).
Sobre la pobreza real de la Virgen nos han
quedado en las biografías primitivas de Francisco estos datos:
“Quería que en ese día los ricos den de comer en
abundancia a los pobres y hambrientos y que los bueyes y los asnos tengan mas
pienso y hierba de lo acostumbrado. "Si llegare a hablar con el emperador ‑
dijo ‑, le rogaré que dicte una disposición general por la que todos los
pudientes estén obligados a arrojar trigo y grano por los caminos, para que en
tan gran solemnidad las avecillas, sobre todo las hermanas alondras, tengan en
abundancia". No recordaba sin lágrimas la penuria que rodeó aquel día a la
Virgen pobrecilla.
Así, sucedió una vez que, al sentarse para
comer, un hermano recuerda la pobreza de la bienaventurada Virgen y hace
consideraciones sobre la falta de todo lo necesario en Cristo, su Hijo. Se
levanta al momento de la mesa, no cesan los sollozos doloridos, y, bañado en
lágrimas, termina de comer el pan sentado sobre la desnuda tierra. De ahí que
afirmase que esta virtud es virtud regia, pues ha brillado, con tales
resplandores en el Rey en la Reina” (2 Celano 200).
“Una vez que se sentó a comer le dijo un hermano
que la Santísima Virgen era tan pobrecilla, que a la hora de comer no tenía
nada que dar a su Hijo. Oyendo esto el varón de Dios, suspiró con gran
angustia, y, apartándose de la mesa, comió el pan sobre la desnuda tierra”
(Tres Compañeros, 15).
No sabemos de dónde ha tomado la piedad popular
este dato de que la Virgen, en tal ocasión, no tenía ni para dar de comer a su
Hijo.
Esta espiritualidad de la pobreza ligada al
misterio de Navidad, a la pobreza de Jesús y de la Virgen, vuelve en el
Testamento de Clara:
“Por lo cual, de rodillas, postrada interior y
exteriormente, confío todas mis
hermanas, actuales y venideras, a la santa Madre Iglesia romana, al sumo
pontífice y especialmente al señor cardenal que fuere designado para la
religión de los hermanos menores y para nosotras; [y le pido] que, por amor de
aquel Señor que fue pobre recostado en
el pesebre (Lc 2,12), pobre vivió en el mundo y desnudo permaneció en el
patíbulo, vele siempre para que esta pequeña grey (Lc 12,32), que el Señor
Padre engendró en su santa Iglesia por medio de la palabra y el ejemplo de
nuestro bienaventurado padre san Francisco y por la pobreza y humildad que
practicó en seguimiento de la del amado Hijo de Dios y de la gloriosa Virgen
María su Madre, observe la santa pobreza que prometimos a Dios y a nuestro
beatísimo padre Francisco y tenga a bien animarlas siempre y hacer que
perseveren en ella” (Testamento 44-47).
Lo que dijo santa Clara
Santa Clara, con la tradición patrística y luego
medieval, le dio a la Madre de Jesús tres títulos: Virgen y Madre; santa o santísima; gloriosa.
Es emocionante escuchar sus palabras sobre la
maternidad espiritual del cristiano (en un tema muy querido a san Francisco),
que tiene una belleza especial, aplicado a la mujer:
“La gloriosa Virgen de
las vírgenes lo llevó materialmente: tú, siguiendo sus huellas (1Pe 2,21),
principalmente las de la humildad y la
pobreza, puedes llevarlo espiritualmente siempre, fuera de toda duda, en tu
cuerpo casto y virginal; de ese modo contienes en ti a quien te contiene a ti y
a los seres todos (Sab 1,7; Col 1,17), y posees con Él el bien más seguro, en
comparación con las demás posesiones, tan pasajeras, de este mundo” (3 Cta a
Inés, 24-26).
En fin concluyamos con aquellas palabras que
Francisco cantó para sus hermanas: “Oíd, pobrecillas...”
“Cada una será reina coronada en el cielo con
la Virgen María.”

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