Cartas de un hermano
menor
a una hermana clarisa
capuchina
en torno a santa Clara y
su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012)
con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida
evangélica de Clara (Assisi, 1212)
Carta 2
El Perfil:
franciscanas, hermanas, pobres
Querida Lidia:
En años recientes ha salido al mercado esta
palabra: “el perfil”, que viene a ser el retrato que uno presenta cuando aspira
a un oficio, o cuando quieren darle a conocer. El perfil, así usado, es el
conjunto de rasgos que definen mi identidad: tengo tantos años, casado/soltero,
he cursado tales estudios, mis gustos y preferencias son estos. De una manera
más ordinaria se puede decir, como a la antigua, ficha personal. Pero “el
perfil”, aparte de ser más poético, es más sugerente.
Pues, tomando esta cultura, vamos a ver cuál es
el perfil de la Hermana Pobre que Clara dibuja en el primer capítulo de su
Regla. Porque de aquí podemos sacar el perfil, esos rasgos distintivos que
diseñan inconfundiblemente a Clara y a sus hermanas.
El
heptagrama de Celano
Fray Tomás de Celano, con quien creo sentir una
cierta afinidad - para consuelo mío - pues quisiera tener, como él, tres notas:
espiritualidad, literatura y cultura, pintó el convento de San Damián con siete
rasgos. Vendría a ser no un eneagrama - clave mágica de la psicología de
hoy - sino un heptagrama. Acaso tenga su intención de que el número sea
precisamente “siete”, y no seis. Siete es un número místico de perfección.
Me refiero a aquella página escrita por el
ilustre hermanos en la Biografía oficial de al canonización de san Francisco
(1228), que ya mencionábamos en la carta anterior. Habla, en concreto, “de cómo
reparó (Francisco) la iglesia de San Damián y del tenor de vida de las señoras
que moran en aquel lugar”.
Y después de haber tejido el elogio de Madona
Clara, prosigue con la impresión que él tuvo del protomonasterio, que viene a
ser el espejo para todas las hermanas de la misma familia, que ya comienzan a
multiplicarse”.
“Antes de nada y por encima de todo,
resplandece en ellas la virtud de una mutua y continua caridad, que de
tal modo coaduna las voluntades de todas, que, conviviendo cuarenta o cincuenta
en un lugar, el mismo querer forma en ellas, tan diversas, una sola alma.
En segundo lugar, brilla en cada una la
gema de la humildad, que tan bien les guarda los dones y bienes
recibidos de lo alto, que se hacen merecedoras de las demás virtudes.
En tercer lugar, el lirio de la
virginidad y de la castidad en tal forma derrama su fragancia sobre todas,
que, olvidadas de todo pensamiento terreno, sólo anhelan meditar en las cosas
celestiales; y de esta fragancia nace en sus corazones tan elevado amor del
esposo eterno, que la plenitud de este sagrado afecto les hace olvidar toda
costumbre de la vida pasada.
En cuarto lugar, en tal grado se hallan
todas investidas del título de la altísima pobreza, que apenas o nunca
se avienen a satisfacer, en lo tocante a comida y vestido, lo que es de extrema
necesidad.
En quinto lugar, han conseguido la gracia
especial de la mortificación y del silencio en tal grado, que no
necesitan hacerse violencia para reprimir las inclinaciones de la carne ni para
refrenar su lengua; algunas de ellas han llegado a perder la costumbre de
conversar, hasta el extremo de que, cuando se ven precisadas a hablar, apenas
si lo pueden hacer con corrección.
En sexto lugar, en todo esto tienen tan
maravillosamente adornadas de la virtud de la paciencia, que ninguna
tribulación o molestia puede abatir su ánimo ni aun inmutarlo.
Finalmente, en séptimo lugar, han merecido la más
alta contemplación en tal grado, que en ella aprenden cuanto deben hacer u
omitir, y se saben dichosas abstraídas en Dios, aplicadas noche y día a las
divinas alabanzas y oraciones” (1Cel 19-20).
La
mutua y santa caridad
Celano no es el profesor que entra en la
palestra: ¿Cuál es el rasgo específico que contradistingue a la clarisa de
cualquier otar consagrada? Celano simplemente narra; toma la foto de lo que ve;
habla “de conversatione Dominarum in eodem loco”, del modo de vivir y
comportarse aquellas Madonas en el mismo lugar. Y nos da como una primera
característica lo que habría de anotar cualquier otra comunidad ideal: la
caridad, con dos epítetos que la hacen perfecta:
- caridad mutua,
- caridad continua.
La caridad está por encima de todo. No es
carisma, en el esquema paulino; es un “camino más excelente”; es - todo lo más
- un supercarisma, asequible a todos y necesario para todos, porque las
expresiones que anota Pablo son las cotidianas del diario vivir.
Lo difícil de la caridad es que sea “constante”.
Esto es lo que le hace ser un cántico heroico de amor.
Aceptando esto, que es básico, esencial,
insustituible..., lo más precioso de todo, no diremos, sin embargo, que es el
rasgo típico de la hermana de santa Clara.
Ahora bien, todo lo demás sin esto sería nada,
recordando a san Pablo: sonido hueco.
La
“santa unidad” en la “suma pobreza”
Pasando a un terreno más directamente teológico,
nos interesa ver con qué precisión, el cardenal Rainaldo presenta la bula
pontificia de Inocencio IV, que contiene la Regla de santa Clara.
Dice: “Vosotras, amadas hijas en Cristo,
despreciasteis las pompas y placeres de este mundo y decidisteis seguir las
huellas (cf. 1Pe 2,21) del mismo Cristo y de su santísima Madre y
elegisteis vivir encerradas y servir al Señor en suma pobreza para daros a Él
con plena libertad del espíritu. Nos, alabando ante el Señor vuestro santo
propósito, acogemos de muy buen grado y con afecto paternal vuestros votos y
santos deseos. Por lo que, inclinados a secundar vuestros piadoso ruegos, con
la autoridad del señor Papa y nuestra, confirmamos para siempre y en virtud del
presente escrito corroboramos, en favor vuestro y de cuantas os sucedieren en
el monasterio, la forma de vida y el modo de santa unidad y altísima pobreza
(cf. 2Co 8,2) que tanto de palabra como por escrito os enseñó a observar el
bienaventurado padre san Francisco”.
En este escrito que introduce la Regla hallamos,
como piedras bien talladas, estas expresiones:
- seguir las huellas de Cristo
- suma pobreza
- santa unidad
- altísima pobreza.
El Cardenal protector ve, ante todo, que el
motor que desencadena la forma de vida es un absoluto: el Evangelio, dicho aquí
con esta frase de Pedro (referida a la pasión de Cristo), frase que agradaba
tanto a Francisco, a juzgar por las veces que recurre a ella: seguir las
huellas de Jesús, seguir sus huellas: sequi eius vestigia.
Lo que quiere el hermano menor Francisco, lo que
quiere la hermana Clara es simplemente esto: seguir las huellas de Jesús.
¿Cómo? Él lo dirá.
Y efectivamente lo dice con una palabra grávida:
la suma pobreza, la altísima pobreza.
¡La pobreza! Aquí tocamos la esencia. Aunque
hablemos de “virtud” de pobreza, la pobreza - en la perspectiva franciscana -
no es virtud: es todo un modo de haber concebido el misterio de Cristo y adherirse
a él en un despojo total. Es el mysterium paupertatis. La pobreza
franciscana se entiende desde la perspectiva de la mística, no desde la
ascética; se comprende, más bien, desde el desnudo Crucificado que desde la
legítima teología de la liberación, que clama justicia por el pobre; desde el
Esposo en cruz más bien que desde la solidaridad y el compartir con los pobres,
aunque sean todas ellas vivencias que debamos integrar.
Trilogía
del carisma de la clarisa
A mi modo de ver, la clave de la espiritualidad
de santa Clara puede compendiarse en tres palabras:
- ser franciscana
- ser hermana
- ser pobre.
Yo creo que es la esencia, si analizamos
cuidadosamente el capítulo primero de la Regla, donde están las bases.
Sería un éxito para concentrar nuestra espiritualidad
poder llegara fórmulas sencillas, transparentes y vivas.
Para nosotros, varones, el binomio que formula
nuestro carisma específico está en el título de la regla: “Regla de los
hermanos menores”.
- Ser hermanos
- ser menores: Esto es todo.
Acaso san Buenaventura tuviera otros modos de
decir: El Crucificado, desnudo y pobre.
Cuando en España celebrábamos el IV Centenario
de la muerte de santa Teresa de Jesús, un carmelita, Tomás Álvarez, eminente
teresianista (y exquisito literato, según la buena tradición carmelitana), nos
definía así, en tres palabras, el ideal que movió a doña Teresa de Ahumada a
dejar el convento de la Encarnación e iniciar al Reforma en el palomarcico de
San José: “pocas, pobres, definidas”.
Pocas: En la Encarnación había no menos de 160
monjas, y, sin duda, que entre ellas, también las había de gran perfección,
santas; pero la Reforma pedía otro estilo. Pocas: es decir, casas de 12. (Con
el correr del tiempo se permitió hasta 21, luego hasta 25...).
Pobres, con lo que esta palabra significa. Doce
pueden ser pobres con lo que todo el mundo entiende; 160... quizás no.
Y definidas: saber qué queremos y cómo lo
queremos.
Así nació la Reforma del Carmelo, valientemente
llevada a cabo por brazo de una mujer.
En el inicio del carisma de Clara las cosas, por
la luminosidad de Francisco, por la consagración virginal de la joven, transida
de amor, están limpias y definidas por el instinto del Espíritu.
Ser
franciscana
Aquí “ser franciscana” significa algo muy pequeño,
muy singular, muy profundo. Es sentirse una con Francisco por impulso del
Espíritu. Lo cual para nada significa dependencia, sino otra cosa: sintonía.
Esta sintonía llega a unos extremos que requiere
un lenguaje... de iniciados. ¿Cómo se pudo escribir aquello que declaró sor
Felipa en el proceso de canonización de Clara, cuando a los pocos meses de la
muerte de la Madre se pidió declaración de las hermanas?
“Sor Felipa, hija de messer Leonardo de
Gislerio, monja del monasterio de San Damián, declaró bajo juramento que cuatro
años después de la entrada de santa Clara en religión por la predicación de san
Francisco, entró en la misma también la testigo, porque la predicha santa le
hizo meditar cómo, por la salvación de la humanidad, nuestro Señor Jesucristo
soportó la pasión y murió en la cruz. Y así, la testigo, compungida, decidió
entrar en religión y hacer penitencia juntamente con ella. Y permaneció con la
dicha madonna Clara desde entonces hasta el día de su muerte, unos treinta y
ocho años” (Proceso, testigo III).
Esta sor Felipa contó lo siguiente: “Contaba
también madonna Clara que una vez, en visión, le había parecido que llevaba a
san Francisco una vasija de agua caliente, con una toalla para que se enjugara
las manos. Y subía por una alta escalera; pero caminaba con tal agilidad como
si anduviese por suelo llano. Y, cuando llegó junto a san Francisco, el santo
sacó de su seno una tetilla y le dijo a la virgen Clara: "Ven, toma y
mama". Y, cuando hubo sorbido, el santo la animaba a chupar otra vez; y al
sorber, lo que de allí tomaba era tan dulce y grato que no podía expresarlo de
ninguna manera.
Y cuando se sació, la redondez o boca del pecho
de donde salía la leche quedó entre los labios de Clara; y, al tomar ella en
sus manos lo que se le había quedado en la boca, le pareció un oro tan claro y
brillante, que se veía toda como si fuera en un espejo” (Proceso, testigo III,
29).
Digan los psicoanalistas sus opiniones... La
cosa es más sencilla: es muy espiritual..., es divina... Por eso, callen las
palabras.
Entre Francisco y Clara se dio una simbiosis de
vida, algo que obró el Espíritu Santo como don suyo. Por eso será mejor que
callen las palabras.
Nosotros simplemente daremos explicaciones
eruditas, o incluso podremos poner en verso nuestros ideales y aspiraciones,
pero la realidad que existió, que está en el fondo del carisma, fue muy
sencilla y del todo de Dios.
Recuerdo que, al poco de llegar yo a México,
compuse unos versos que me place traer aquí pues tratan de esta conjunción
espiritual de ese que dijimos que es nuestro único carisma.
Francisco y Clara juntos, alma y alma,
unida la Oración y la Palabra;
un solo corazón que se dilata,
un único carisma por la gracia.
Francisco en un espejo se retrata,
y Clara es su plantita delicada;
no existe el pobrecillo sin la hermana,
sin él la flor nacida fuera nada.
Y en esta comunión de regla y vida
queremos ser nosotros su familia,
en oración callada y ofrecida
y en la misión al mundo enardecida.
Jesús crucificado, que unificas
el corazón humano que te ansía,
condúcenos, Señor, bajo tu guía,
y da al sincero amor sabiduría.
¡Oh Dios de la unidad, oh Trino y Uno,
destino de quien busca el absoluto,
a ti la gloria viva, eterno fruto,
y todo nuestro amor como tributo! Amén.
Lago de Guadalupe, 12 de diciembre de 2002
El
Testamento de Clara como elocuente proclamación de la paternidad de Francisco
El Testamento de Clara es, como el de Francisco,
una evocación y una recomendación. La evocación toda ella transida del amor
entrañable de Clara a Francisco, a nuestro bienaventurado padre Francisco.
“Padre” es la palabra dominante, con un sentido verdadero, cálido, del todo
personal. Clara es toda de Jesús - Dios así lo quiso - por medio de Francisco.
He aquí la secuencia de versículos más señalada.
24 Después
que el altísimo Padre celestial se dignó iluminar con su misericordia y su
gracia mi corazón para que, siguiendo el ejemplo y la enseñanza de nuestro
bienaventurado padre Francisco, yo hiciera penitencia,
25 poco después de su
conversión, junto con las pocas hermanas que el Señor me había dado poco
después de mi conversión, le prometí voluntariamente obediencia,
26 según la
luz de su gracia que el Señor nos había dado por medio de su admirable vida y
enseñanza.
27 Y el
bienaventurado Francisco, considerando que si bien éramos frágiles y
débiles según el cuerpo, no rehusábamos ninguna necesidad, pobreza, trabajo,
tribulación o menosprecio y desprecio del siglo,
28 antes al
contrario, los teníamos por grandes delicias, como a ejemplo de los santos y de
sus hermanos había comprobado frecuentemente en nosotras, se alegró mucho en el
Señor;
29 y movido
a piedad hacia nosotras, se obligó con nosotras a tener siempre, por sí mismo y
por su Religión, un cuidado amoroso y una solicitud especial de nosotras como
de sus hermanos.
30 Y así,
por voluntad de Dios y de nuestro bienaventurado padre Francisco, fuimos
a morar junto a la iglesia de San Damián,
31 donde
el Señor, en poco tiempo, nos multiplicó por su misericordia y gracia, para que
se cumpliera lo que el Señor había predicho por su Santo;
32 pues antes habíamos
permanecido en otro lugar, aunque por poco tiempo.
33 Después,
escribió para nosotras una forma de vida, sobre todo para que perseveráramos
siempre en la santa pobreza.
34 Y no se
contentó con exhortarnos durante su vida con muchas palabras y ejemplos al amor
de la santísima pobreza y a su observancia, sino que nos entregó varios
escritos para que, después de su muerte, de ninguna manera nos apartáramos de
ella,
35 como
tampoco el Hijo de Dios, mientras vivió en el mundo, jamás quiso apartarse de
la misma santa pobreza.
36 Y nuestro
bienaventurado padre Francisco, habiendo imitado sus huellas (cf. 1 Pe 2,21),
su santa pobreza que había elegido para sí y para sus hermanos, no se apartó en
absoluto de ella mientras vivió, ni con su ejemplo ni con su enseñanza.
El retorno a Francisco, mi querida Lidia, es un
surtidor de fuerza en el “franciscanismo”; y es el vigor de la vida clariana.
¡Cuántos sentimientos nos envuelven al evocar su
figura, recuperándola en nuestro estudio y en nuestro corazón! Acaso envidia
(que es pecado), al verle a él y al vernos a nosotros..., cuentas y
comparaciones que a Dios no le agradan. Por encima de cualquier sentimiento,
Francisco debe provocar amor, pues él y nosotros somos de la misma familia, que
él no ha creado, sino el Señor.
Resumiendo consideraciones: lo franciscano
afinará lo que de verdad nos interesa, dar brillo y fragancia a nuestro ser de
Cristo. Francisco no es más que referencia; el Señor a quien servimos no es
Francisco, sino Jesús.
Ser
hermanas
Quizás ser hermanas no sea lo que todo el mundo
opina, sino eso mismo visto con una luz nueva..., hasta el punto de ser
distinto.
El sentirse hermano no es una igualación de
cargos y dignidades, puesto que la fraternidad se basa en lo que a todos nos da
el mismo rango de pertenencia plena a una familia; no estriba en la
democratización. La fraternidad nace de una revelación bautismal; nace de un
encuentro con el Espíritu Santo. Aquella frase, de una lógica desconcertante de
Francisco: “...porque si la madre nutre y quiere a su hijo carnal (cf. 1Ts
2,7), ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano
espiritual?” (RB 6,6). Criterio que Clara repite en el contexto de la atención
a las enfermas: “Y exponga confiadamente la una a la otra su necesidad, porque
si la madre ama y nutre a su hija
carnal, ¡cuánto más amorosamente deberá cada una querer y nutrir a su hermana
espiritual!” (Regla VIII, 15-16).
No podemos olvidar este principio tan elemental:
que la fraternidad en que quedamos constituidos viene como creación del
Espíritu. Se proyectará en detalles aparentemente no espirituales, pero, nacida
del Espíritu, es siempre fraternidad espiritual.
Es un modo de amor de cercanía, de unción, que
ha purificado todos los sentimientos. Ser hermanos es el sentido de la Iglesia
a honra de la Trinidad; ser hermanos es, sustancialmente, el sentido de nuestra
Fraternidad.
Cultivar la fraternidad, interior y
exteriormente, es la tarea de la comunidad; es realizar en forma pequeña lo que
es la misión interna de la Iglesia.
Francisco la ha sellado con una nota, que no es
la propia de la Comunidad; la fraternidad tiene como nota la familiaridad.
La familiaridad es la cercanía entre iguales, si realmente es “cercanía”, si
realmente es entre “iguales”, porque caben camuflajes de realidades
espirituales tan delicadas.
Los predios del Espíritu nos traen sorpresas. Francisco
es padre, pero sus hermanos no son su hijos, sino sus hermanos.
Clara es constituida en “abadesa y madre”
(Iv,8), pero la Regla no dirá de sus hermanas que son sus hijas... Por ejemplo:
“La abadesa llame a sus hermanas a capítulo al menos una vez cada
semana” (IV,15); “La abadesa exhorte y visite a sus hermanas...” (X,1).
Cuando ya va avanzando nuestra vida religiosa
hacia la cumbre, uno se pregunta con más luz interior: ¿Hemos sido iluminados
en el verdadero sentido de la fraternidad? ¿Somos - o hasta qué punto lo somos
- verdaderamente hermanos?
Paupertas
¿Qué calificativo daremos a la Pobreza como nota
esencial y sintética del carisma? ¿Será la santa pobreza? Puede serlo
perfectamente, como la “santa caridad”. La santidad es el halo de toda virtud
perfecta.
La pobreza por sí misma es la
pobreza-pobreza..., la que ante Dios no admite engaños, y se hurta a toda
demagogia. Francisco - y Clara - metiéndose dentro de la misma, la llaman
“altísima”, “suma...” Quizás no sea un epíteto de grado, sino de calidad. Como
si dijéramos: La pobreza es pobreza, si es ella misma, si es verdadera, si
viene de la iluminación de Dios, no del empeño humano. La pobreza es la figura
de Jesús.
Es una virtud de nunca acabar, porque es una
virtud luz, vida... De hecho, ser pobre, sin más, valdría como voto del
franciscano, como expresión del carisma total...
Mi querida Lidia: son cincuenta años y más
pensando sobre pobreza, luchando, sin armas intelectuales y menos sin otro
armamento, por los fueros de la pobreza, de la que san Francisco decía (Sacrum
Commercium) que desde el tiempo de los Apóstoles era la Desconocida...
Tiene carácter divino la Pobreza. Parece como si
en la Orden fuese el alma invisible, que debe reflejarse en todo...
A lo largo de mi vida - puedo confiarte - la
Pobreza siempre ha sido un pensamiento purificador, que, al final, termina en
humildad y silencio.
En una palabra: la Pobreza es el misterio de
Jesús tal como apareció a Francisco.
Señor, yo me callo y simplemente amo. Te pido
una gracia: que las elucubraciones ni me aplasten, ni alejen mi alma de la
altísima pobreza, o más sencillamente, de Jesús Pobre, en el cual está la Sabiduría.
Mi querida Lidia: oremos en silencio.
Tres Olitos, 24 de febrero de 2007

No hay comentarios:
Publicar un comentario