Cartas de un hermano
menor
a una hermana clarisa
capuchina
en torno a santa Clara y
su Forma de vida (2007),
reeditadas hoy (2012)
con motivo de los 800 años
del comienzo de la vida
evangélica de Clara (Assisi, 1212)
Carta 8
Clara y Francisco:
en busca de la unidad de dos personas
Mi querida Lidia:
En las esencias de santa Clara quiero compartir hoy algo que me
resulta de pura filigrana. Me ayude la Hermana Clara: rézale. Me ayude el
Hermano Francisco. Nuestra oración preceda a este tecleo en la computadora.
En vuelo
Soltando el candado del corazón, te diré: Cuando uno habla se
proyecta él mismo en lo que dice; cuando uno expone, no navega por pensamientos
neutrales, sino que va sacando la historia secreta que lleva dentro, va dando
paso a esos anhelos profundos - acaso frustrados - que laten por dentro como
vena profunda.
Si hablamos ahora de Clara y Francisco, ¿hablamos de verdad de
ellos? Sin duda. Pero sutilmente, por una complicidad aceptada, ¿no hablamos
sutilmente de esa pura relación a la que uno aspira en la vida? ¿No hablamos,
sin nombrarnos, de ese hermano menor, que soy yo, y de esa hermana menor,
hermana pobre de san Damián, que eres tú? El anhelo más sincero del corazón
consciente es hallar un amor para sí, un amor con el que pueda extender alas,
ascender. Un amor que, sin contacto carnal, sea un amor engendrador de vida, de
espíritu, de futuro... y de eternidad.
El anhelo de unidad es inherente al amor, porque la caridad
perfecta tiende a ser unitiva. Nosotros - es decir tú y yo - renunciamos un día
a dar cauce a esas raíces, nunca extirpadas de paternidad, de maternidad;
renunciamos a que la carne, cálida y fecundada, floreciera. No renuncia el ser
humano a la más bella herencia que Dios mismo ha puesto en su corazón: el amor,
la palabra de Encarnación que une el cielo con la tierra.
Yo soy Poeta - lo sabes, lo sientes -, pero ¿qué es ser poeta sino
dar carne espiritual al amor? Toda poesía es un tránsito de amor. Mis mejores
versos han nacido de la contemplación de Jesús en el misterio pascual que la
Iglesia nos revela, y han brotado, con frecuencia, en momentos de fino dolor;
en todo caso, en momentos del más puro anhelo. Por eso, mis versos, cuando yo
me muera - cuando me aparte de tus ojos, por un tiempo - serán el más verídico
retrato de mí mismo.
¡Oh potentísimo engendro de la Poesía, que arranca del ser y lo
quiere eternizar!
Tengo, pues, esa nube que quiero disipar: que, al hablar de Clara,
no hable de mí, sino de ella. Dios me libre de hacer una novela espiritual de
los amores purísimos - soñados - de Francisco y Clara, de Clara y Francisco.
Tenemos, pues, que agarranos a los textos, engancharnos a los
textos, y ver lo que dicen, reteniendo la imaginación y confinándola en su
sitio. No así la intuición. La intuición es la penetración simple de la verdad,
yendo no por la vía del discurso, sino por el atajo recto de lo inmediato. La
intuición es una facultad superior que
tiene la Iglesia para acceder a la verdad por la vía del amor. “¡Es el Señor!”,
dijo el discípulo amado junto a Tiberíades (Jn 21,7), y no se equivocó, porque
era “el amor en acto”, el amor disparado, el que se lanzaba hasta el corazón de
Jesús. La intuición es el área del Espíritu. No renunciamos a la intuición -
que existe cuando dos comulgan en la misma vida - sí, en cambio, a la
imaginación, que se da cuando el escritor no es riguroso con las fuentes que posee,
y quiere rellenar datos con lo que finge que pudo ser.
Dos cuestiones diferentes
Para claridad, para matizar el tema que intentamos exponer, hemos
de separar dos cosas, que pueden ir unidas, pero que de sí son diferentes.
Un asunto es éste: El carisma, el ideal de Clara ¿es el mismo que
el de Francisco, o son dos carismas diferentes?
Un proyecto es vida abierto al mundo, vida itinerante por los caminos de
Dios; otro - el proyecto de Clara - es vida en clausura. Sospechamos que esta
diferencia es externa, que no modifica el núcleo esencial, la iluminación
evangélica de la vida configurada con Jesús, hermano pobre, y la pregunta es
esa: Clara y Francisco ¿aspiran a la misma “forma de Jesús”?
El segundo tema es ese: Sea el carisma uno o doble ¿cual ha sido
la amistad que ha unido estos dos corazones? Podría un hermano menor haberse
encontrado en su camino con una hermana Benedictina, y vivir con ella - incluso
a distancia - una perfecta unidad en la amistad, realizando cada uno de ellos
su propio carisma en la Iglesia, por cierto bien diferentes. Que haya habido
entre Clara y Francisco un amor recíproco de amistad es patente. La pregunta
avanza: ¿hasta dónde? ¿Es una amistad vocacional, absolutamente fundida con la
unidad de un solo carisma? ¿Es una amistad carismática, incluso en fuerza del
mismo proyecto de vida...?
Compenetración de un solo ideal
Desde hace algunos años, siempre que tengo oportunidad, no me
recato en decirlo: El carisma de Clara y Francisco es uno, no son dos, si bien en
la Iglesia ha habido dos cauces jurídicos; ha habido dos regímenes; ha habido
dos “órdenes” para decir que nosotros somos la I Orden y las Hermanas la II.
Este lenguaje separador evidentemente no favorece la percepción de que seamos
tributarios de un mismo carisma.
La verdad es que, manteniendo la realidad de dos personalidades
definidas, propias y diferentes, con sus respectivos perfiles, el carisma en
que comulgan es uno y único.
Clara no es “hija” de Francisco; Francisco no es el “padre” de
Clara, aunque Clara en el Testamento se deleite en llamarlo “nuestro beatísimo
Padre”. Clara es Clara; Francisco es Francisco; el proyecto es Jesús pobre y
Crucificado, hijo de Dios Altísimo. El vehículo o medio de revelación ha sido
Francisco.
Una fórmula audaz,
adecuada, sería esta:
Clara se encuentra
toda en Francisco;
recíprocamente
Francisco se encuentra en Clara.
No la he inventado yo. Me viene a la mente y el corazón, de lo que
una tarde de 1983 escuché en Asís, cuando, participando en una reunión general
de los Capuchinos, fuimos a Asís y oramos en Santa Clara. Era el año centenario
de Santa Clara. Una hermana (ignoro quién) desde el coro y tras las celosías,
sin ser vista, nos hablaba y se expresaba bellamente de esta manera.
“Tampoco el Papa, en su peregrinación a Asís el 12 de marzo
pasado, ha podido desligar a San Francisco de Santa Clara, unidos como están
por la única inspiración evangélica que los mueve a restaurar la Iglesia de
modo complementario.
Es único el carisma, por el cual Clara se encuentra toda en Francisco, en él comprende
la propia vocación, en él se ve como en un espejo. Mas también Francisco se
encuentra, se ve como en un espejo, en Clara. Sobre este punto
reflexionamos menos. Con todo, es tan cierto que los primeros compañeros del
Santo, tras la muerte de aquél, espontáneamente se sienten inclinados a
apoyarse en Clara y en las damianitas. En nuestros monasterios de clarisas,
quizás en los más pobres y menos aparentes, se custodia la realidad sustancial
del carisma. No pretendáis que lo sepamos expresar; no estamos acostumbradas,
no sabemos quizás expresarlo. Pero se vive.
En el discurso, pues, que el Santo Padre nos improvisó cuando vino
a Santa Clara, dijo así:
Francisco se veía a sí mismo a imagen de ella. Se veía a sí mismo
como un hermano, un pobrecillo a imagen de la santidad de esta auténtica esposa
de Cristo en la cual encontraba la imagen de la perfectísima Esposa del
Espíritu, María Santísima”.
Clara se encuentra en Francisco: y esto, de una manera o de otra,
lo dicen todos.
Y a la recíproca, Francisco se encuentra en Clara. Y esto no se
dice. Pero, si fuera verdad, tenemos aquí un venero de vida que explotar,
tenemos una fuente de espiritualidad, muy fina..., y sospechosa si no se
entiende con exactitud, con lógica, con pureza... Porque el encuentro de lo
masculino y femenino, que en sí es lo más bello, si se lo baja de su altura,
terminaría en vulgar... y quizás grosero.
Es que esto nos lleva a una misteriosa vocación espiritual
compartida.
Estamos hablando de “esencias de santa Clara”, esencias muy puras.
La raíz Franciscana de la Forma de vida de Clara
En el capítulo primero
de la Forma de vida, que es como la constitución clave, leemos unas
afirmaciones que son pilares de todo el edificio:
“4 Y así como al
principio de su conversión, a una con sus hermanas, prometió obediencia al
bienaventurado Francisco, de la misma manera promete a sus sucesores observar
de modo inviolable idéntica obediencia.
5 Y las demás hermanas
estén siempre obligadas a obedecer a los sucesores del bienaventurado
Francisco, a la hermana Clara, y a las demás abadesas, que, canónicamente
elegidas, le sucedieren”.
Clara ha prometido obediencia a Francisco. ¿Fue en aquella noche
bendita del Domingo de Ramos, principio de todo su camino espiritual? Noche
venturosa que para la joven Clara fue como una noche pascual... Hermosa noche
en que se alumbró el misterio definitivo de su vida. Francisco la consagró a
Cristo, Esposo de las vírgenes. No sabemos con qué rito; pero fue, de cierto,
una consagración, en la que Clara, que por la mañana había recibido la palma de
Cristo triunfador, ahora moría definitivamente al mundo, y emprendía un camino
nuevo cuyas etapas sucesivas ella ignoraba.
Lo que pasó entre Clara y Francisco queda en el secreto de Dios.
El Espíritu se derramaba en el corazón de Clara por medio de un cauce
humildísimo: el humilde Francisco, que ya estaba moldeado por Dios. Clara
percibía que, siendo de Francisco, era de Dios.
Clara prometía obediencia a Francisco. Estas delicias que pasan
entre los santos nosotros las barruntamos, por cierta empatía de espíritu que
existe en la Iglesia, y que es un criterio sutil para juzgar de las cosas que
no están certificadas en ningún diario espiritual, pero que por conocimiento
intuitivo sabemos que existen.
Cuando murió Clara y un hermano menor, al parecer Fray Tomás de
Celano, escribió la Legenda (1255-1256), el autor hace una reflexión
teológica finísima y preciosa, para saber dos cosas:
- que nuestro carisma
de hermanos menores y de hermanas pobres es uno,
- y que nacía del
regazo de la Virgen Madre, a quien el escritor llama con el lenguaje de la
Salve, la “Mater misericordiae”. Dice de esta manera el narrador teólogo:
“Este es el mismo lugar en el que la milicia de los pobres, bajo
la guía de Francisco, daba sus felices primeros pasos; de este modo quedaba
bien de manifiesto que era la Madre de la misericordia la que en su morada daba
a luz ambas Ordenes” (Legenda sanctae Clarae, 8).
Con todo, santa Clara en la Forma de vida, al hablar
de la obediencia prometida a Francisco
no se refiere a este primer momento, sino al que podemos llamar “cuarto paso”
en el itinerario de Clara:
- el primero fue la Porciúncula,
- el segundo fue el monasterio de Benedictinas de San Pablo de
Bastia,
- el tercero el eremitorio de San Ángel de Panzo, en las faldas
del Subasio,
- y el cuarto y definitivo, la iglesia de San Damián, donde Cristo
un día se había revelado a Francisco.
Esta es la clausura de Clara durante 42 años, hasta su muerte. De
nuevo acudimos a la Legenda, que tan hermosamente lo dice, refiriéndose
a aquella escena de la unción en Betania, según san Juan (Jn 12,1-8).
“AQUÍ, clavando ya en seguro el ancla de su espíritu, no fluctúa
más por posibles cambios de lugar, no vacila frente a aquella estrechez, no se
arredra ante la soledad. Esta es aquella iglesia en cuya restauración sudó
Francisco con tan admirable esfuerzo; a cuyo sacerdote ofreció sus dineros para
reparar la fábrica. Es ésta la iglesia en la que, orando Francisco, una voz,
brotada desde el madero de la cruz [referencia 2P 1,17], resonó en su alma:
"Francisco, ve, repara mi casa que, como ves, se desmorona toda". En
la cárcel de este estrecho lugar se encerró la virgen Clara por amor a su celeste
Esposo.
AQUÍ, guareciéndose de la tempestad del mundo, encarceló su cuerpo
de por vida. Anidando en las grietas de esta roca [Cant 2,14; Jr 48,2] la
paloma de plata engendró un colegio de vírgenes de Cristo, instituyó un santo
monasterio e inició la Orden de las Damas Pobres. AQUÍ, en el camino de la
penitencia, trituró los terrones de sus miembros,
AQUÍ sembró las semillas de la perfecta justicia,
AQUÍ con su propio caminar dejó marcadas las huellas para sus
seguidoras. En este estrecho reclusorio, durante cuarenta y dos años, quebró
con los azotes de la disciplina el alabastro de su cuerpo, a fin de que la casa
de la Iglesia se inundara de sus aromas” (Legenda, 10).
Cuando santa Clara dice en la Forma de vida que ella “a una
con sus hermanas prometió obediencia al bienaventurado Francisco”, está
hablando de un santo canonizado (bienaventurado), y está hablando del tiempo de
San Damián.
Los especialistas de literatura medieval nos podrán perfilar de
qué tipo de obediencia se trata. A mi modo de ver,
- no se trata de una “obediencia canónica”, que solo puede
prometerse al superior jurídico o canónico;
- sino de una obediencia que podríamos llamar “obediencia
carismática”.
Mediante esta obediencia Francisco queda constituido en el
intérprete espiritual del ideal de Clara, lo cual no puede ocurrir sino por el
ideal de Clara, que hoy llamamos “carisma”, no es otro sino el ideal mismo de
Francisco. Con esto está afirmando Clara que los dos proyectos nacen de una y
de la misma inspiración.
Ahora bien, sucede otra cosa que, de aplicarse, va tener serias
consecuencias en el futuro: el vínculo espiritual que une a Clara con Francisco
ha de perpetuarse en el mismo nivel entre los sucesores de Francisco y las
hermanas pobres que vengan en el futuro, según el “inciso” 5 del primer
capítulo: “Y las demás hermanas estén siempre obligadas a obedecer a los
sucesores del bienaventurado Francisco, a la hermana Clara, y a las demás
abadesas, que, canónicamente elegidas, le sucedieren”.
Esto no ha acontecido en la historia, ni acontece en la
actualidad. El ministro general de los Hermanos Menores (se trate de OFMConv,
OFM u OFMCap) no tiene ninguna autoridad de tipo jurídico sobre las hermanas
Clarisas o hermanas Clarisas Capuchinas.
Y, con todo, el criterio permanece como palabra de la Regla,
palabra de la “Forma vitae”, aprobada por la Iglesia. El intérprete no puede menos de preguntarse:
¿Qué puede significar una expresión así a la altura de una interpretación
científicamente rigurosa de la letra?
Hay que acudir, por fuerza, a la “interpretación espiritual” de la
Regla, que es la única interpretación posible de los textos fundacionales.
Nos hemos alargado, pero el tema no se ha acabado. Con la gracia
de Dios, continuaremos.
Sigue mi saludo, mi querida Lidia, en la hermosa Pascua del Señor.
Tres Ojitos, VI domingo de Pascua,
13 de mayo de 2007.

No hay comentarios:
Publicar un comentario