lunes, 16 de marzo de 2015

659. Cinco Pláticas cuaresmales - 1

1. Jesús, el Hijo exaltado 
“no se avergüenza de llamarlos hermanos”


En el ambiente reflexivo de la  Cuaresma

Hermanos:
1. Desde siempre la Cuaresma ha sido un tiempo de reflexión para los fieles. Desde el centro de la diócesis (en nuestro caso arquidiócesis de Guadalajara) se invita a todas las Parroquias a que posibiliten estas reflexiones que, por cierta acomodación del lenguaje, las llamamos “Ejercicios Espirituales”.  Desde la Vicaría de pastoral se nos ha enviado una propuesta, un hermoso folleto redactado por un padre experto en misionología. El folleto tiene este título: “LA FORMACIÓN PERMANENTE DEL DISCÍPULO MISIONEROS”. Ser discípulo de Jesús pro el bautismo es ser misionero. Eso quedó rotundamente afirmado en el documento de Aparecida, en Brasil (2007), cuando se juntó el episcopado de América latina y Caribe. Precisamente una persona importante en la redacción final del documento fue el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco.
Y en este folleto se nos van exponiendo cinco temas, pensando que estos Ejercicios Cuaresmales – creo yo – son cinco días, de lunes a jueves, como ocurre en capellanía dependiente de la Parroquia de San Martín de Porres, a saber:
1.    La formación humana y comunitaria del discípulo misionero.
2.    La formación espiritual del discípulo misionero.
3.    La formación intelectual del discípulo misionero.
4.    La formación pastoral del discípulo misionero.
5.    La formación permanente del discípulo misionero.
(Nota. Vicaría diocesana de pastoral. Arquidiócesis de Guadalajara, Jalisco, La formación permanente del discípulo misionero, Ejercicios cuaresmales 2015., del P. Edgar Iván Preciado mariscal, Misionólogo. 26 pp., tamaño revista).
Todo ello con un método de análisis muy hermoso, que se va abriendo paso estos años, el Ver, Juzgar y Actuar, método muy conocido, pero entendido cristianamente desde su raíz, de esta manera:
1.    Ver con los ojos del Padre.
2.    Juzgar con los criterios del Hijo.
3.    Actuar bajo el Impulso del Espíritu Santo.

La fe entendida como encuentro con Jesús
2. Me dice el rector de esta iglesia que puedo hablar de lo que vea oportuno, conociendo como conozco las condiciones de nuestra feligresía. Me ha parecido, hermano, que acudiendo a la inspiración de Aparecido, vamos a hablar del “discípulo misionero”, sí, pero desde ese punto céntrico y esencial donde se ha coloca el documento referidos. ¿Qué es la fe? Se preguntaban allí los obispos, viendo a este pueblo de hoy y haciendo memoria de 500 años de evangelización. La fe es un encuentro, nos decían. Y esta categoría de encuentro es de una fecundidad inexhausta. La fe no es la aceptación de un código de verdades; es la aceptación de Jesús mediante el encuentro personal. Una persona frente a otra personal. La fe es siempre personal.
Encontrar a Jesús es enamorarse de él, algo así, pero mucho más, como cuando un hombre ha encontrado a la mujer de su vida. La fe más que por la vía intelectual va por la vía afectiva, pero no por un afecto efímero y pasajero, sino por un afecto vital que está en la esencia del ser. Célebres aquellas palabras del Papa Benedicto XVI al principio de su primera encíclica Deus caritas est, Dios es amor (25 dic. 2005): “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
Efectivamente yo no soy cristiano pro un programa alternativo que yo puedo ofrecer al mundo, sino pro un encuentro personal que he tenido con Jesucristo, a quien en consecuencia he entregado toda mi vida.
Todo esto está en total sintonía con aquello que nos decía el papa en su primera homilía al mundo, al asumir el ministerio de sucesor de Pedro: “Nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo” (24 abril 2005).
3. De este encuentro con Jesucristo os quiero hablar yo estos cinco días. Y de esta manera:
1.     Nuestro encuentro con Jesucristo a través de esta carta que se llama la Carta a los Hebreos.
2.     Nuestro encuentro con Jesucristo a través de las cartas del Apóstol san Pablo.
3.     Nuestro encuentro con Jesucristo a través de los escritos de san Juan.
4.     Nuestro encuentro con Jesucristo a través de los santos evangelios y como ejemplo san Marcos.
5.     Nuestros encuentro con Jesucristo día a día a través de la celebración de la Eucaristía


Múltiples caminos para el encuentro con Jesús

4. Para encontrarse con Jesucristo hay múltiples caminos, y a Dios no le vamos a poner reglas. Dios entra en directo en todos los corazones y actúa como quiere. Si un sacerdote a un penitente que hace muchos años que nos e ha confesado, con respeto y cordial, le pregunta: “¿Qué le ha impulsado a usted a venir hoy al sacramento, después de hace tantos años?”, el sacerdote no sabe la respuesta que le va a dar. Es muy fácil que le diga sencillamente:
- Pues, la verdad, no lo sé, pero yo quería poner mi vida en orden.
Esta persona está delatando que Dios estaba dentro de su corazón y le ha traído aquí. Sencillamente Dios nos dirige a cada uno.

5. Un medio principalísimo para encontrar a Dios para nosotros que de continuo venimos al templo son las santas Escritura, que escuchamos siempre que venimos a la misa. Forzoso es decirlo que muchas veces no entendemos las lectura, o porque nos e transmite con verdad y vida el mensaje cuando se leen, o porque en tantas ocasiones no nos percatamos de ello.
Tengo un ejemplo reciente en mi experiencia: la carta a los Hebreos. Si a un cristiano corriente le preguntamos: ¿te has fijado en esa lectura de la Carta a los hebreos? Acaso la respuesta sea:
- No me he fijado, y además no sé exactamente qué es eso de la carta a los Hebreos.
Con este modo de hablar, hermanos, no acuso, sino que constato una realidad. ¡Qué necesario es el estudio de la Sagrada Escritura en grupos para examinar los textos, compartirlos y ver la riqueza sin fondo que allí se esconde!

Asomándonos a la Carta a los Hebreos

6. Escuchen, hermanos. Cuando hablando de las cartas de los apóstoles nos acordamos principalmente del apóstol san Pablo. San Juan Crisóstomo se quejaba predicando a su comunidad de Constantinopla: Todavía hay cristianos que no saben que las cartas de san Pablo son 14. La Carta a los Hebreos sería, según ello, la carta final de san Pablo, la carta número 14 de ese “corpus” de doctrina, inmenso, que él ha legado a  la Iglesia. Hoy los biblistas dicen que no es así. En la carta a los Hebreos no aparece el hombre de Pablo, ni al principio ni al final, y el tema y el estilo es bien distinto del que san Pablo. Nada impide pensar que un cristiano de aquellos tiempos, un tanto tardío, predicador y muy versados en las santas Escrituras nos quiera dar una síntesis de la fe anunciando a Jesucristo como único y sumo sacerdote, haciendo una síntesis que nadie la había hecho en este sentido. Acaso él mismo había pertenecido al clero de Jerusalén.
Lo que sí es cierto es que nos ha dado una síntesis maravillosa de lo que significa que Cristo es nuestro único y sumo sacerdote, y desde ahí purificar y rectificar la verdadera figura del sacerdote, aproximándolo más y más a la Cruz de Jesucristo.

Dos aspectos imprescindibles para configurar a Cristo
Jesucristo es sacerdote, no atribuyéndose un rango de superioridad que reclamaba honores mundanos. Es justamente lo contrario. Lo diré de la manera más resumida.
1)    Jesucristo es sumo y eterno sacerdote, y único sacerdote, porque ha gustado la muerte en favor de todos nosotros. Y así queda establecido para siempre: un solo sacerdote, una sola víctima, un solo altar.
2)    Jesucristo es, sobre todo, Sacerdote porque ha pasado al Padre, donde ofrece e intercede. Jesucristo es una oblación espiritual perene ante el Padre en el cielo; y allí intercede por nosotros. Hay que mirar más al cielo que al Calvario para entender el verdadero sacerdocio de Cristo. Con todo, sin la cruz no hubiera habido sacerdocio de Cristo. Y el que quiera ser sacerdote de Jesús ha de unirse al misterio de la Cruz, estar permanentemente al lado de Cristo Crucificado.
Tenemos a un Sumo Sacerdote celestial que intercede pro nosotros y con el cual tenemos asegurada nuestra salvación. ¡Qué hermoso y consolador es verlo así!
Hace bastantes años estaba muriéndose un religioso anciano de mi comunidad que durante muchos años había sido profesor en Roma de la Sagrada Escritura. Yo era su superior y me acerqué a él con la Biblia para leerle este pasaje de la Carta a los Hebreos: “Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme al confesión de fe. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de muestras debilidades, sino que ha sido probado en todo como nosotros. Por eso, comparezcamos confiadamente ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno” (Hb 4,14-16). Y mientras escuchaba estas palabras que yo le leía lentamente, él iba asintiendo con la cabeza, como diciendo: sí, sí, eso es cierto, eso es verdad…
Jesús es nuestro sacerdote celestial, pero para comprenderlo, hay que partir de la realidad total de todo su ser, que es al mismo tiempo
- el Hijo amado del Padre que ha sido exaltado
- y nuestro hermano que ha padecido lo que nosotros padecemos.

Estos dos principios, estas dos primeras y fundamentales realidades definen el ser de Cristo, y de esto se habla en el capítulo primero y segundo de este esplendoroso escrito de la Carta a los Hebreos.

Jesús exaltado a la derecha de Dios

El autor empieza grandiosamente presentándonos a este Cristo que vive en el cielo, que es el único que existe:
“En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas, tanto más encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado” (Hb 1,1-4).
Nuestra contemplación se pierde aquí abierta a lo infinito. ¿Quién es el Jesús del encuentro?
Es el Hijo.
Es el heredero.
Es aquel por medio del cual Dios ha realizado los siglos; es el Señor de la historia.
Es la irradiación de su gloria.
Es la impronta, la plasmación del ser divino del Padre (“Dios de Dios”, dirán los  Concilios).
Es el sustentador del universo que ha creado.
Es el que ha hecho la purificación de los pecados.
Es el que se ha sentado a la derecha de la Majestad.
Es el que está por encima de los ángeles.
La fe me lleva hasta ahí: ese es el Jesús que yo he encontrado, el que se ha adelantado a mí para encontrarse. Ese es el Jesús que a mí me identifica.

Es mi hermano: Jesús no se avergüenza de llamarme hermano suyo, porque, en verdad, es mi hermano

Ahora bien, la sorpresa de la Carta no está en esta sublime descripción del Hijo (que es nuestro único y sumo Sacerdote), sino en lo que añade:
- que Jesús es mi hermano
- que si fuera mi hermano, no pudiera ser mi único, sumo y eterno sacerdote.
Tenemos que leer con atención el capítulo segundo de la carta. Jesucristo no es hermano de los ángeles, porque no se “angelizó”. Jesús, por el contrario, es hermano de los hombres, de todos los hombres sin excluir a nadie (al hipotéticamente más criminal). Por ser mi hermano es el “jefe de la salvación”. Jesús es “mi santificador” por ser mi hermano.
Con el siguiente párrafo llegamos a una hondura sin fondo en la cristología del Nuevo Testamento, al identificar a  Jesús como hermano de los hombres – repetimos – hermano de todos los hombres.
“Convenía que aquel para quien existe todo [Dios Padre], llevara a muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación. El santificar [Jesús] y los santificados [los hombres, todos los hombres] proceden todos del mismo. Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos, pues dice:
Anunciaré tu nombre a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré (Sal 22,23)” (Hb 2,10-12).

El encuentro con el Hijo y mi hermano Jesús

Jesús, yo confieso que soy “el fruto de un pensamiento de Dios”.
Yo confieso que fue creado para un encuentro, el encuentro contigo.
Yo confieso que tú eres el heredero y que esa herencia la quieres compartir conmigo.
Yo confieso que te he encontrado, que me has enamorado.

Guadalajara, Jalisco, lunes de la IV semana de Cuaresma.
Escrito especialmente para memoria de quienes me han escuchado esta predicación y compartido con todos los que quieran leerlo.

viernes, 13 de marzo de 2015

658. Domingo IV Cuaresma B – Jesús enviado para salvar el mundo



Homilía para el Domingo IV de Cuaresma
Jn 3,14-21


Texto evangélico:
Lo mismo que Moisés elevó la serpientes en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió su hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundos e salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios. Este es el juicio: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Hermanos:
1. Seguramente que de todo el mensaje escuchado la palabra que más vivamente nos ha tocado el corazón es ésta: Que tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único.
Estamos en medio de la Cuaresma y éste es un mensaje de amor, que llena el corazón de asombro, de seguridad, de esperanza y también de entrega. Porque si así amó Dios al mundo, una respuesta se impone: Amor con amor se paga.

2. Nicodemo acudió por la noche, en Jerusalén, a Jesús, a hablar con él. Nicodemo era un maestro de Israel y buscaba el reino de Dios. Aquella entrevista fue para él definitiva. Cuando se presenta la ocasión, saldrá en defensa de Jesús: “¿Acaso ha creído en él algún magistrado o algún fariseo? “, dijeron en cierta ocasión los judíos (Jn 7,48). “Les dice Nicodemo, que era uno de ellos, el que había ido anteriormente donde Jesús: «¿Acaso nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace? »” (vv. 50-51). Su nombre y su memoria bendita aparece en el Calvario, tras la muerte de Jesús:  “Fue también Nicodemo   aquel que anteriormente  había ido a verle de noche   con una mezcla de mirra y áloe de unas cien libras” (Jn 19,39).
Fue una escena entrañable, que selló el discipulado de Nicodemo. También nosotros quisiéramos tener esa noche feliz con Jesús, en la que nuestro corazón quedase definitivamente fijado en el Señor.
En el Evangelio de la escena de Nicodemo san Juan nos trasmite esa frase reveladora, frase luminosa, ante la que nos rendimos con infinita gratitud, que tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo.
La intención de Dios es clarísima. “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él” (v. 17).

3. Si decimos que Dios ha enviado al mundo a su Hijo para premiar a los buenos y castigar a los malos, decimos algo que nunca jamás ha dicho la Escritura. Diríamos que esta frase es una herejía, que contradice frontalmente a la verdad de la Escritura.
Dios no es un policía, Dios es un padre, y a Dios sólo podemos entenderlo bajo la razón del amor.
Pero debemos aclararnos, porque parece que por otra parte la Biblia dice lo contrario; por ejemplo en la primera lectura de hoy, que habla de pecado, y de aquellos 70 años de cautividad que siguieron al pecado. ¿Qué significa todo esto? Tenemos que verlo con lealtad.

4. El pueblo santo de Dios vio destruido su templo y su ciudad. Estamos en los tiempos de los profetas. Un historiador, viendo los acontecimientos desde fuera, podía decir: En todas las épocas del mundo los conquistadores son insaciables, son auténticos depredadores. Ahora le ha tocado el turbo a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y por ese afán de ser el dueño del mundo, ha invadido la tierra de Israel. Y no hay otro misterio. La explicación del autor sagrado no es esa. Él tiempo una explicación religiosa de esta inmensa desgracia nacional. Dios está por encima de los emperadores del mundo.

El pueblo se había portado con su Dios como un mal hijo, y los primeros los Sumos sacerdotes. Dice, pues, la Escritura: “Todos los jefes, los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando las aberraciones de los pueblos y profanando el templo del Señor, que él se había consagrado en Jerusalén” Dios podía haberlos castigado y arrasado al instante, pero no lo hizo. “El Señor, Dios de sus padres, les enviaba mensajeros a diario, porque sentía lástima de su pueblo y de su morada”.
Era la hora del arrepentimiento, pero ¿qué pasó? “Pero ellos escarnecían a  los mensajeros de Dios, se reían de sus palabras y se burlaban de sus profetas, hasta que la ira del Señor se encendió irremediablemente contra su pueblo. …Los caldeos incendiaron el templo de Dios, derribaron la muralla de Jerusalén; incendiaron todos sus palacios y destrozaron todos los objetos valiosos. Deportó a Babilonia a todos los que habían escapado de la espada.”
Ya estaba advertido el pueblo de las consecuencias que vendría, pero no quiso.
Pero Dios no es vengativo, y no se irrita para siempre. Pasó el imperio de Babilonia, y otro rey, también pagano, fue el instrumento de la misericordia de Dios con su pueblo Israel. Y así lo sigue contando esta historia escrita por sacerdotes. En el año primero de Ciro, rey de Persia, para cumplir lo que había dicho Dios por medio de Jeremías, el Señor movió a Ciro, rey de Persia, a promulgar de palabra y por escrito en todo su reino el decreto de repatriación de los judíos.
De ninguna manera pensemos que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios de la venganza.

5. Ahora bien, hermanos: llegó el tiempo en que Dios ya no envió a más profetas, sino que envió a su propio Hijo.  Es absolutamente imposible pensar en otro plan superior de salvación. Dios envió a su Hijo y lo entregó a la muerte por nosotros.
Recordad una lectura de hace dos domingos. Dios pidió a Abraham la vida de su hijo, Isaac; pero al final, Dios perdonó, y dispensó la vida de Isaac. “Pero Dios no perdonó a sus Hijo, dice san Pablo” y lo entregó por nosotros”. Y el Padre era Dios y el Hijo era Dios.

Señor Jesús, que eres la misericordia infinita del Padre que te ha enviado al mundo para salvarnos, envuelve nuestra vida en tu luz, y haz que obremos siempre la verdad para acercarnos a la luz y la salvación que gratuitamente nos concedes.

Guadalajara, Jalisco, 13 marzo 2015.

Pueden verse como himnos para este domingo en mercaba.org / Cuaresma:

viernes, 6 de marzo de 2015

657. Domingo III Cuaresma B – Jesús con el látigo purificando la Casa de su Padre Dios



Homilía para el Domingo III de Cuaresma
Jn 3,13-25


Texto evangélico:
Se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: «Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora». Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?». Jesús contestó: «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré».
Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y creyeron a la Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús.
Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, runchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre

Hermanos:
1. Quiero comenzar recordando algo que dije el domingo pasado. En los domingos de Cuaresma, en la primera lectura vamos recorriendo los grandes pasos de la historia de salvación de Dios con los hombres. El primer domingo, los orígenes; el segundo, Abraham; el tercero, Moisés. Este es el motivo por el cual hoy tenemos una lectura que se refiere a Moisés: los diez mandamientos que en forma de un contrato o Alianza el Señor dio a Moisés en el Sinaí.
En esta homilía quiero centrarme, más bien, en el santo Evangelio: Jesús con un látigo expulsa a los vendedores del Templo.
Los Evangelios Sinópticos, es decir, san Mateo, san Marcos y san Lucas, ponen esta escena al final de la vida de Jesús. El cuarto Evangelio la pone al principio. Jesús inicia su actividad en Jerusalén, y comienza santificando el Templo de Dios.

2. ¿Qué pasó en realidad? ¿Fue un acto de violencia? ¿Autoriza Jesús el uso de las armas para corregir los abusos que se pueden dar en la sociedad humana? Es una vieja pregunta que desde hace siglos se la han hecho los moralistas: ¿Se puede matar al tirano para que el pueblo quede en paz?
Si queremos argumentar que Jesús usó la violencia para establecer la santidad de Dios, tenemos que recordar lo que ocurrió en el Huerto de los Olivos. Vino un pequeño batallón con palos y armas, por lo que pudiera ocurrir; pero sucedió que también en el grupo de los apóstoles había un arma, una espada. Pedro al momento entró en acción, en defensa propia, con el percance de que cortó una parte de la oreja a Malco, siervo del Sumo Sacerdote, pero Jesús atajó al instante:
"Vuelve tu espada a su sitio, porque todos los que empuñen espada, a espada perecerán. ¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?" (Mt 26,52-53).
Rotundamente hemos de decir que Jesús nunca admitió la agresión y la violencia para conseguir un bien. Entonces aquí ¿no obra en contra de sus principios?

3. Jesús, en un momento de exaltación, como de furia divina incontenible arremete contra aquel mercado, que lo considera una profanación de la Casa de Dios, de la Casa de mi Padre.
Las autoridades del Templo no le reprochan que Jesús hubiera herido a alguien, sino que se arrogase unos poderes que de ninguna manera ellos admiten. Ese mercado en el templo, más bien, en la plaza del templo, por donde transitaban judíos y gentiles se había hecho siempre, y la policía del Templo no tenía obstáculos para que se siguiera haciendo. Allí se cambiaba moneda, porque el tributo al templo se tenía que pagar con moneda judía; allí se vendían animales para ser sacrificados. No era una feria popular de ganado, sino una venta de reses y terneros para los sacrificios.
Todo eso estaba de acuerdo a las tradiciones judías, pero Jesús, apropiándose de una autoridad que Dios mismo le otorga, desata su ira contra aquel mercado, porque la Casa de mi Padre es casa de oración.
Ciertamente hay un choque frontal de religión: la religión de los judíos, y al religión de Jesús.

4. Jesús está anunciando con este gesto profético cómo quiere él la Comunidad de Dios. Vosotros seréis santos, porque yo soy Santo. Reiteradamente se dice en el Antiguo Testamento, en especial en el Libro del Levítico.
Jesús ve que esto es una profanación de la santidad divina.
Hermanos, el Templo de Dios es la Comunidad que Jesús quiere crear con el sacrificio de su vida. Esto es lo que a Jesús le importa: una Comunidad santa, como decimos en la Eucaristía: "Nos haces dignos de estar en tu presencia".

5. Somos pecadores, pero Jesús nos hace santos con su presencia y con la unión a su persona. Por este motivo, si nos reconocemos como cristianos, debemos desechar con energía todo lo que sea pecado, como si una cosa fuese igual que la otra. Al apóstol Pablo le ha llegado la noticia de un escándalo gravísimo que ocurre en Corinto: "Se oye hablar de inmoralidad entre vosotros, y una inmoralidad tal, que no se da ni entre los gentiles, hasta  el punto de que uno de vosotros vive con la mujer de su padre" (1Co 5,1). Se entiende que esta mujer de su padre no es su madre, sino su madrasta. San Pablo desde lejos lo expulsa de la comunidad.
Para san Pablo la Comunidad es el Templo santo de Dios.

6. Dios quiere purificar a su santa Iglesia y quiere comenzar por el corazón de cada uno de nosotros. La verdad religión no es una religión de prácticas externas, sino de absoluta sinceridad interior. La verdadera pureza no está en los alimentos y en las observancias, sino en el corazón. Este es nuestro trabajo cuaresmal, hermanos, que lo hacemos guiados por el Señor.

6. Para concluir un recuerdo entre piadoso y afectivo. Hoy es primer viernes de marzo, y se calcula que en Madrid medio millón de votos han ido a visitar a Jesús de Medinaceli y darle un beso en los pies. Jesús de Medinaceli que custodian mis hermanos capuchinos. El arzobispo de Madrid, en la misa que ha celebrado en esta iglesia, decía:

"Cuando vemos estas filas interminables de hombres y mujeres que se acercan a venerar y a tocar esta imagen, ha añadido, no puedo menos de recordar aquellas escenas evangélicas donde multitudes querían ver y tocar al Señor. Sí, el ser humano necesita amor. El que ama de verdad es Jesucristo, Él ama sin condiciones. Todos podemos acercarnos a esta imagen y besar ese pie, porque sabemos que se lo hacemos a Él de verdad. Besar ese pie. Besarle. Porque sabemos que Él nos comprende y no nos pone ninguna condición para acercarnos a Él".

7. Concluyamos, hermanos, diciéndole a Jesús:
Señor Jesús, limpia nuestro corazón para ser dignos de tenerte con nosotros todos los días de nuestra vida. Amén.

Guadalajara, Jal., 6 marzo 2015, viernes