1.
Jesús, el Hijo exaltado
“no se avergüenza de
llamarlos hermanos”
En el ambiente reflexivo de la Cuaresma
Hermanos:
1. Desde
siempre la Cuaresma ha sido un tiempo de reflexión para los fieles. Desde el
centro de la diócesis (en nuestro caso arquidiócesis de Guadalajara) se invita
a todas las Parroquias a que posibiliten estas reflexiones que, por cierta
acomodación del lenguaje, las llamamos “Ejercicios Espirituales”. Desde la Vicaría de pastoral se nos ha
enviado una propuesta, un hermoso folleto redactado por un padre experto en
misionología. El folleto tiene este título: “LA FORMACIÓN PERMANENTE DEL
DISCÍPULO MISIONEROS”. Ser discípulo de Jesús pro el bautismo es ser misionero.
Eso quedó rotundamente afirmado en el documento de Aparecida, en Brasil (2007),
cuando se juntó el episcopado de América latina y Caribe. Precisamente una
persona importante en la redacción final del documento fue el arzobispo de
Buenos Aires, cardenal Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco.
Y en este
folleto se nos van exponiendo cinco temas, pensando que estos Ejercicios Cuaresmales
– creo yo – son cinco días, de lunes a jueves, como ocurre en capellanía dependiente
de la Parroquia de San Martín de Porres, a saber:
1.
La formación humana y comunitaria del
discípulo misionero.
2.
La formación espiritual del discípulo
misionero.
3.
La formación intelectual del discípulo
misionero.
4.
La formación pastoral del discípulo
misionero.
5.
La formación permanente del discípulo
misionero.
(Nota. Vicaría
diocesana de pastoral. Arquidiócesis de Guadalajara, Jalisco, La formación permanente del discípulo
misionero, Ejercicios cuaresmales 2015., del P. Edgar Iván Preciado
mariscal, Misionólogo. 26 pp., tamaño revista).
Todo
ello con un método de análisis muy hermoso, que se va abriendo paso estos años,
el Ver, Juzgar y Actuar, método muy
conocido, pero entendido cristianamente desde su raíz, de esta manera:
1. Ver con los ojos del Padre.
2. Juzgar con los criterios del Hijo.
3.
Actuar
bajo el Impulso del Espíritu Santo.
La
fe entendida como encuentro con Jesús
2.
Me dice el rector de esta iglesia que puedo hablar de lo que vea oportuno,
conociendo como conozco las condiciones de nuestra feligresía. Me ha parecido,
hermano, que acudiendo a la inspiración de Aparecido, vamos a hablar del
“discípulo misionero”, sí, pero desde ese punto céntrico y esencial donde se ha
coloca el documento referidos. ¿Qué es la fe? Se preguntaban allí los obispos,
viendo a este pueblo de hoy y haciendo memoria de 500 años de evangelización.
La fe es un encuentro, nos decían. Y esta categoría de encuentro es de una
fecundidad inexhausta. La fe no es la aceptación de un código de verdades; es
la aceptación de Jesús mediante el encuentro personal. Una persona frente a
otra personal. La fe es siempre personal.
Encontrar
a Jesús es enamorarse de él, algo así, pero mucho más, como cuando un hombre ha
encontrado a la mujer de su vida. La fe más que por la vía intelectual va por
la vía afectiva, pero no por un afecto efímero y pasajero, sino por un afecto
vital que está en la esencia del ser. Célebres aquellas palabras del Papa
Benedicto XVI al principio de su primera encíclica Deus caritas est, Dios es amor (25 dic. 2005): “No se comienza a ser cristiano por una decisión
ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una
Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.
Efectivamente
yo no soy cristiano pro un programa alternativo que yo puedo ofrecer al mundo,
sino pro un encuentro personal que he tenido con Jesucristo, a quien en
consecuencia he entregado toda mi vida.
Todo
esto está en total sintonía con aquello que nos decía el papa en su primera
homilía al mundo, al asumir el ministerio de sucesor de Pedro: “Nosotros existimos para enseñar Dios a los
hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo
cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No
somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es
el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno
es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido
alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que
conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del
pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande,
porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que
quiere hacer su entrada en el mundo” (24 abril 2005).
3.
De este encuentro con Jesucristo os quiero hablar yo estos cinco días. Y de
esta manera:
1.
Nuestro encuentro con Jesucristo a
través de esta carta que se llama la Carta a los Hebreos.
2.
Nuestro encuentro con Jesucristo a
través de las cartas del Apóstol san Pablo.
3.
Nuestro encuentro con Jesucristo a
través de los escritos de san Juan.
4.
Nuestro encuentro con Jesucristo a
través de los santos evangelios y como ejemplo san Marcos.
5.
Nuestros encuentro con Jesucristo día a
día a través de la celebración de la Eucaristía
Múltiples
caminos para el encuentro con Jesús
4. Para encontrarse con
Jesucristo hay múltiples caminos, y a Dios no le vamos a poner reglas. Dios
entra en directo en todos los corazones y actúa como quiere. Si un sacerdote a
un penitente que hace muchos años que nos e ha confesado, con respeto y
cordial, le pregunta: “¿Qué le ha impulsado a usted a venir hoy al sacramento,
después de hace tantos años?”, el sacerdote no sabe la respuesta que le va a
dar. Es muy fácil que le diga sencillamente:
- Pues, la verdad, no
lo sé, pero yo quería poner mi vida en orden.
Esta persona está delatando
que Dios estaba dentro de su corazón y le ha traído aquí. Sencillamente Dios
nos dirige a cada uno.
5. Un medio
principalísimo para encontrar a Dios para nosotros que de continuo venimos al
templo son las santas Escritura, que escuchamos siempre que venimos a la misa.
Forzoso es decirlo que muchas veces no entendemos las lectura, o porque nos e
transmite con verdad y vida el mensaje cuando se leen, o porque en tantas ocasiones
no nos percatamos de ello.
Tengo un ejemplo
reciente en mi experiencia: la carta a los Hebreos. Si a un cristiano corriente
le preguntamos: ¿te has fijado en esa lectura de la Carta a los hebreos? Acaso
la respuesta sea:
- No me he fijado, y
además no sé exactamente qué es eso de la carta a los Hebreos.
Con este modo de
hablar, hermanos, no acuso, sino que constato una realidad. ¡Qué necesario es
el estudio de la Sagrada Escritura en grupos para examinar los textos, compartirlos
y ver la riqueza sin fondo que allí se esconde!
Asomándonos
a la Carta a los Hebreos
6. Escuchen, hermanos.
Cuando hablando de las cartas de los apóstoles nos acordamos principalmente del
apóstol san Pablo. San Juan Crisóstomo se quejaba predicando a su comunidad de
Constantinopla: Todavía hay cristianos que no saben que las cartas de san Pablo
son 14. La Carta a los Hebreos sería, según ello, la carta final de san Pablo,
la carta número 14 de ese “corpus” de doctrina, inmenso, que él ha legado
a la Iglesia. Hoy los biblistas dicen que
no es así. En la carta a los Hebreos no aparece el hombre de Pablo, ni al
principio ni al final, y el tema y el estilo es bien distinto del que san
Pablo. Nada impide pensar que un cristiano de aquellos tiempos, un tanto
tardío, predicador y muy versados en las santas Escrituras nos quiera dar una
síntesis de la fe anunciando a Jesucristo como único y sumo sacerdote, haciendo
una síntesis que nadie la había hecho en este sentido. Acaso él mismo había
pertenecido al clero de Jerusalén.
Lo que sí es cierto es
que nos ha dado una síntesis maravillosa de lo que significa que Cristo es
nuestro único y sumo sacerdote, y desde ahí purificar y rectificar la verdadera
figura del sacerdote, aproximándolo más y más a la Cruz de Jesucristo.
Dos
aspectos imprescindibles para configurar a Cristo
Jesucristo es
sacerdote, no atribuyéndose un rango de superioridad que reclamaba honores
mundanos. Es justamente lo contrario. Lo diré de la manera más resumida.
1) Jesucristo
es sumo y eterno sacerdote, y único sacerdote, porque ha gustado la muerte en
favor de todos nosotros. Y así queda establecido para siempre: un solo
sacerdote, una sola víctima, un solo altar.
2) Jesucristo
es, sobre todo, Sacerdote porque ha pasado al Padre, donde ofrece e intercede.
Jesucristo es una oblación espiritual perene ante el Padre en el cielo; y allí
intercede por nosotros. Hay que mirar más al cielo que al Calvario para
entender el verdadero sacerdocio de Cristo. Con todo, sin la cruz no hubiera
habido sacerdocio de Cristo. Y el que quiera ser sacerdote de Jesús ha de
unirse al misterio de la Cruz, estar permanentemente al lado de Cristo
Crucificado.
Tenemos
a un Sumo Sacerdote celestial que intercede pro nosotros y con el cual tenemos
asegurada nuestra salvación. ¡Qué hermoso y consolador es verlo así!
Hace bastantes años estaba muriéndose un
religioso anciano de mi comunidad que durante muchos años había sido profesor
en Roma de la Sagrada Escritura. Yo era su superior y me acerqué a él con la
Biblia para leerle este pasaje de la Carta a los Hebreos: “Ya que tenemos un
sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos
firme al confesión de fe. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse
de muestras debilidades, sino que ha sido probado en todo como nosotros. Por
eso, comparezcamos confiadamente ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia
y encontrar gracia para un auxilio oportuno” (Hb 4,14-16). Y mientras escuchaba
estas palabras que yo le leía lentamente, él iba asintiendo con la cabeza, como
diciendo: sí, sí, eso es cierto, eso es verdad…
Jesús es nuestro sacerdote celestial,
pero para comprenderlo, hay que partir de la realidad total de todo su ser, que
es al mismo tiempo
- el Hijo amado del Padre que ha sido
exaltado
- y nuestro hermano que ha padecido lo
que nosotros padecemos.
Estos dos principios, estas dos primeras
y fundamentales realidades definen el ser de Cristo, y de esto se habla en el
capítulo primero y segundo de este esplendoroso escrito de la Carta a los
Hebreos.
Jesús exaltado a la
derecha de Dios
El autor empieza grandiosamente
presentándonos a este Cristo que vive en el cielo, que es el único que existe:
“En muchas ocasiones y de muchas maneras
habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos
ha hablado por el hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del
cual ha realizado los siglos. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él
sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación
de los pecados, está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas, tanto más
encumbrado sobre los ángeles cuanto más sublime es el nombre que ha heredado”
(Hb 1,1-4).
Nuestra contemplación se pierde aquí
abierta a lo infinito. ¿Quién es el Jesús del encuentro?
Es el Hijo.
Es el heredero.
Es aquel por medio del cual Dios ha realizado
los siglos; es el Señor de la historia.
Es la irradiación de su gloria.
Es la impronta, la plasmación del ser
divino del Padre (“Dios de Dios”, dirán los Concilios).
Es el sustentador del universo que ha
creado.
Es el que ha hecho la purificación de
los pecados.
Es el que se ha sentado a la derecha de
la Majestad.
Es el que está por encima de los ángeles.
La fe me lleva hasta ahí: ese es el Jesús
que yo he encontrado, el que se ha adelantado a mí para encontrarse. Ese es el Jesús
que a mí me identifica.
Es mi hermano: Jesús no
se avergüenza de llamarme hermano suyo, porque, en verdad, es mi hermano
Ahora bien, la sorpresa de la Carta no
está en esta sublime descripción del Hijo (que es nuestro único y sumo
Sacerdote), sino en lo que añade:
- que Jesús es mi hermano
- que si fuera mi hermano, no pudiera
ser mi único, sumo y eterno sacerdote.
Tenemos que leer con atención el capítulo
segundo de la carta. Jesucristo no es hermano de los ángeles, porque no se “angelizó”.
Jesús, por el contrario, es hermano de los hombres, de todos los hombres sin
excluir a nadie (al hipotéticamente más criminal). Por ser mi hermano es el “jefe
de la salvación”. Jesús es “mi santificador” por ser mi hermano.
Con el siguiente párrafo llegamos a una
hondura sin fondo en la cristología del Nuevo Testamento, al identificar a Jesús como hermano de los hombres – repetimos
– hermano de todos los hombres.
“Convenía que aquel para quien existe
todo [Dios Padre], llevara a muchos hijos a la gloria perfeccionando mediante
el sufrimiento al jefe que iba a guiarlos a la salvación. El santificar [Jesús]
y los santificados [los hombres, todos los hombres] proceden todos del mismo.
Por eso no se avergüenza de llamarlos hermanos,
pues dice:
Anunciaré
tu nombre a mis hermanos,
en
medio de la asamblea te alabaré (Sal 22,23)” (Hb 2,10-12).
El encuentro con el
Hijo y mi hermano Jesús
Jesús, yo confieso que soy “el fruto de un pensamiento de Dios”.
Yo confieso que fue creado para un
encuentro, el encuentro contigo.
Yo confieso que tú eres el heredero y
que esa herencia la quieres compartir conmigo.
Yo confieso que te he encontrado, que me
has enamorado.
Guadalajara, Jalisco, lunes de la IV
semana de Cuaresma.
Escrito especialmente para memoria de
quienes me han escuchado esta predicación y compartido con todos los que
quieran leerlo.
PUESSSSSS
ResponderEliminarMUY BIEN SOLO QUE HAY QUE ACTUALIzassssssseeeeeeeeee