El Evangelio, encuentro con Jesús
y suprema guía de vida
Ni san Pablo ni san Juan ni Santiago ni san Pedro
al escribir sus cartas nos han narrado la vida de Jesús. La vida de Jesús ha
sido narrada únicamente en los cuatro Evangelios. Ninguno de los escritores citados
ha narrado escenas de la vida de Jesús, de su Pasión. Ciertamente que hay
alusiones, pero de un modo genérico sin precisar detalles. Podemos tomar como
texto más claro este de un escrito que lleva el nombre de Pedro, la segunda
carta de san Pedro, un texto que se refiere al comportamiento de Jesús en la
Pasión. “
Y a lo largo de los siglos los cristianos se han
encontrado con Jesús a través de los Evangelios de un modo personal y directo
más que por las cartas. Eso mismo nos ocurre también a nosotros. En esta
plática cuaresmal vamos a tomar uno de los Evangelios, el Evangelio según san
Marcos.
“…También Cristo padeció por vosotros,
dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el
leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la
justicia.
Con sus heridas fuisteis curados.
Pues andabais errantes como ovejas,
pero ahora os habéis convertido
al pastor y guardián de vuestras almas” (2,21-25).
Este es un pasaje que el gustaba mucho a san
Francisco, porque hay una expresión que para él expresaba perfectamente su
vida: “seguir las huellas”. San Francisco no quería otra cosa sino seguir las
huelas de nuestro Señor Jesucristo; no inició su fraternidad para cumplir una
misión u otra, sino pura y simplemente para vivir como Jesús vivió.
Para san Francisco el Evangelio, cualquier frase
del Evangelio, sin preferir uno sobre otro, era su pauta de conducta.
El Evangelio es la historia viva
del Viviente que vivió entre nosotros
Una historia es un libro informativo que nos cuenta
lo que un día pasó; así escribimos nosotros la Vida de los hombres que un día
fueron. (Por ejemplo la Vida de Cervantes, fallecido el 22 abril 1616, que está
en boga estos días por haberse identificado los restos de su sepultura en el
convento de Trinitarias en Madrid. O la vida de san Francisco, modelo de seguimiento
de Jesús para los que hemos sido tocados por su espíritu de fraternidad).
Esto no son los Evangelios. Los Evangelios no son
el recuerdo “de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo”
(como decía Festo ante el rey Agripa según Hech 25,19). El Jesús que fue es
contemporáneo a nosotros. Para los creyentes esto es un caso único en la
historia. Y no de otra manera se pueden leer los Evangelios.
Los Evangelios, los cuatro Evangelios, son el
enlace histórico y sacramental de una comunidad cristiana con Jesús de Nazaret,
que vivió y que vive. Si leemos los Evangelios con otra conciencia, no los
entendemos, y de alguna podemos decir que los profanamos.
Los Evangelios son simultáneamente una lectura y un
sacramento; se leen en comunión con las personas que los protagoniza, que es
Jesús de Nazaret.
Primera palabra del Evangelio de
Marcos
“Comienzo del Evangelio de Jesucristo,
Hijo de Dios” (1,1). Este versículo inicial viene a ser el título de la obra y
nos da el alma de todo lo que va a narrar el evangelista.
Todo el Evangelio, de la primera línea
al final, es Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Todas las escenas del
Evangelio tiene este protagonista:
- Jesucristo
- Hijo de Dios.
Para empezar no identifica al
protagonista como Jesús, sino como Jesucristo., es decir, Jesús Ungido, Jesús
Mesías. De las dos palabras en realidad se ha creado una, que no existía, Jesús
es, ni más ni menos, que Jesucristo.
Jesucristo, que es en el sentido puro y
total, Hijo de Dios.
Grabemos muy fijamente esto en nuestra
conciencia de lectores: quien actúa en el Evangelio o quien habla en el
Evangelio es el Mesías anunciado por Dios, es el Hijo. Esta es una pauta de
lectura necesaria para entrar en el Evangelio; de otra manera nunca lo entenderíamos.
Y esto, para nuestro provecho, da una especie de anchura infinita al texto sagrado,
porque, si realmente quien allí actúa es el mismo Hijo de Dios, mediante la
lectura del texto sagrado yo entre en contacto y comunión con el hijo de Dios y
el Padre, de quien él se declara Hijo.
Jesús tiene esta conciencia radical y
última de sí mismo: que él es hijo, el Hijo. La palabra “Padre” – palabra
correspondiente a Hijo – aparece en san Marcos tan solo 4 veces. He aquí los
textos:
8, 38
Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación
adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando
venga en la gloria de su Padre con
los santos ángeles.
11,25 Y cuando os pongáis de pie para
orar, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os perdone vuestras
ofensas.
13,32 Mas de aquel día y hora, nadie
sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el
Hijo, sino sólo el Padre.
14,36 Y decía: ¡Abbá, Padre!; todo es
posible para ti; aparta de mí esta copa; pero no sea lo que yo quiero, sino lo
que quieras tú.
(Nota. En el Evangelio de Mateo la
palabra “Padre” aparece 45 veces: de este número 14 veces la expresión mi
Padre; 13 veces la expresión vuestro Padre añádase a esta categoría las veces
que aparece la expresión tu Padre.
Menos número de veces en el Evangelio de
Lucas, mientras que en el Evangelio de Juan la palabra “Padre”, referida a
Dios, inunda el texto y el lenguaje: 118 veces, citando de memoria).
El texto más estremecedor es el texto
del Huerto de los Olivos, cuando Jesús, en el abandono total y de cara a la
muerte, no tiene otra confianza sino llamar a su Dios su “Padre”.
En
consecuencia la lectura del Evangelio de Marcos es
para nosotros un contagio de la conciencia de Hijo, que es la conciencia que
tiene Marcos de Jesús. El que lee el Evangelio de Marcos, acaso entre como
lector, pero acabará saliendo como hijo, hijo de Dios, hijo en el hijo.
Primera prueba: Jesús
en el bautismo, Jesús en el desierto
Juan el bautista es el que prepara el
camino del Señor: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco
agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo so bautizo con agua,
pero él os bautizará con Espíritu Santo” (Mc 1,7-8).
Apenas entramos en la vida de Jesús,
observamos que el punto de arranque van a ser dos escenas grandiosas: la
teofanía del bautismo, y la escena del desierto.
El bautismo de Jesús culmina en esta
declaración del Padre: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (1,11).
“A continuación el Espíritu lo empujó al
desierto” (v. 12); padece al tentación y la vence, “y los ángeles le servían”
(v. 13). El servicio de los ángeles no es una ayuda eventual y pasajera que le
ofrecen para salir de un apuro. Es al revelación de algo constitutivo las er de
Jesús, al ser de los ángeles.
Es un texto que, en vida de Jesús, y en
los momentos de mayor abajamiento, anuncia caramente el triunfo pascual: los
ángeles son servidores de Jesucristo.
La vida del Hijo en
obediencia al Padre
La vida de Jesús, el hijo, en Marcos es
muy simple. Esta vida, que en principio podría compendiarse en unos meses, en
menos de un año, está trazo con un esquema muy simple:
- Jesús, anunciado por el Bautista,
inicia en Galilea.
- Avanza anunciado el Reino de Dios,
venciendo el poder de Satanás y mostrando, con acciones concretas el poder
maravilloso de ese Reino.
- Recorre diversas partes, cuya
trayectoria exacta no podemos fijar.
- Entra en Jerusalén como rey Mesías, en
coherencia con todo su sentir de Mesías-Hijo.
- Despliega una actividad culminante en
la ciudad santa, donde muere en crzu condenado por las autoridades romanas y
judías.
- Ya sepultado da una evidencia de fe de
que vive y está en comunión con su Iglesia, y deja a toda la Iglesia en vilo de
una presencia que hay que captar por fe.
Dos líneas en el
misterio desconcertante de Jesús, el Hijo
Jesús de Marcos de continuo entre dos
extremos, al parecer irreconciliable:
- la gloria del Hijo
- la humillación del Hijo.
Jesús,
el hijo, lleno de poder. Jesús, al traer el Reino del
Padre, entra como vencedor del demonio. El enfrentamiento directo con el
demonio es la prueba avasalladora de su victoria y de que el Reino ha llegado.
En el modo de redacción de Marcos resplandece muy clara la fuerza de la divinidad
que penetra completamente la persona de Jesús.
Pensemos que este Jesús lleno de poder
en Marcos es el que Jesús recibimos en nuestro encuentro con él.
Jesús,
el Hijo, enemigo radical y tajante de toda apoteosis.
Jesús manda con energía, con severidad, que no lo digan, que no lo descubran. A
los endemoniados les tapa al boca: ¡Cállate!
Este “secreto mesiánico”, que tanto ha
desconvertido a los intérpretes, es coherente y revelador. Responde a la
humildad intrínseca de su ser; Jesús quiere dar paso a Dios, solo a Dios. De su
parte no hubiera hecho ningún milagro. Es evidente que lo que busca Jesús de
Nazaret es la gloria de Dios.
Por eso, la familia que él quiere
establecer en la tierra es únicamente la familia de Dios, y el pequeño grupo de
sus discípulos son el germen de esa su familia. “¿Quiénes son mi madre y mis
hermanos? … Estos son mi madre y mis hermanos. el que cumple la voluntad de
Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre” (3,33.35).
Jesús ha introducido el orden nuevo y en
ese orden él se establece.
Estamos tocando la novedad absoluta del
Evangelio que afecta a nuestro ser hasta las raíces: de esa compostura de Jesús
nace el hombre nuevo. Esta es la humildad sustancial a al que somos llamados en
el encuentro de Jesús.
La Pasión de Jesús
compendiada en solo tres palabras
Es particularmente impresionante la
descripción que hace san Marcos de la Pasión de Jesús. La Pasión, teóricamente,
se despliega en tres ciclos:
- Ciclo del Huerto.
- Ciclo del Juicio: autoridades judías y
autoridades romanas.
- Ciclo del Calvario.
Una vez que Jesús es prendido en el
Huerto – y se entrega libremente – Jesús, que va a padecer la muerte, entra en
el silencio; en silencio se funde con el silencio de Dios, porque Dios en este momento
ante el Hijo de su amor calla. Hablará solo tres palabras: esto todo lo que
tiene que decir:
- Una ante su pueblo de Israel.
- Una ante la autoridad romana que
ejecuta la condena.
- Una ante el Padre.
Ante
el Sanedrín, ante el sumo sacerdote. “Pero él callaba, sin
dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: ¿Eres tú el Mesías, el
Hijo del Bendito? Jesús contestó: Yo
soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a al derecha del Poder y que viene
entre las nubes del cielo” (Mc 14,61-62).
Ante
la autoridad romana. “Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de
los judíos? Él respondio: Tú lo dices”
(15,2).
Ante
el Padre, en la Cruz. “Y a la hora nona, Jesús clamó con voz
potente: Eloí, Eloí, lemá sabactaní
(que significa: Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado? …
Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró”
(15,34.37).
Mi encuentro personal
con Jesús en el Evangelio de san Marcos
Mi encuentro con Jesús en el Evangelio
de san Marcos:
1. Ante
todo, es el encuentro con mi filiación divina: ser hijo en el Hijo. Es el
encuentro con la vida desde el gozo de la paternidad divina. Dios es Padre y
envuelve al mundo con el manto de su amor; más aún, lo traspasa con su amor.
Todas las criatuars aprticipan de esta gloriosa libertad e los hijos de Dios.
Descubro en este encuentro que todo el
mundo ha nacidod e la bondad paternal de Dios y que yo, junto con todos los
seres camino con confianza hacia esa gloria que se me promete y espero.
El descubrimiento del Hijo es el
descubrimiento del Padre y del Espíritu. Dios actúa en el mundo, y todo está
germinando con la presencia de Dios.
2. Por otra parte, descubro en mi
encuentro con Jesús cómo es él en el camino del ser ante Dios. Jesús es la humildad absoluta. Jesús en su vida
quiere desaparecer para que triunge solo el resplandor de la gloria de Dios.
El ser humilde tiene que ser connatural
a mi ser de hijo. No aspirar a nada, absolutamente a nada, porque todo es
intranscendente frente a la gloria de Dios.
3. La
gran esperanza de Jesús es el advenimiento de Dios al mundo que ha comenzado
ya y que él lo aguarda de una manera esplendente y gloriosa. La fuerza de mi
vida, si yo me veo en Jesús y desde Jesús, está en la irrupción de ese Dios
infinito que actúa en el mundo. La escatología es mi horizonte. Entonces veré
venir al Hijo sobre las nubes del cielo. La grandeza de mi vida, en la victoria
del poder adverso del diablo, en el despliegue de los milagros por el Hijo,
está en la venida del hijo del hombre.
Con toda la Iglesia puedo exclamar:
¡Maraná thá!
Guadalajara, Jalisco, jueves 19 marzo 2015, Solemnidad de San José
Allí develó uno de sus secretos más guardados. “Yo quiero mucho a San José porque es un hombre fuerte de silencio. En mi escritorio tengo una imagen de San José durmiendo y durmiendo cuida a la Iglesia. Sí, lo puede hacer, lo sabemos”, indicó el Santo Padre. “Cuando tengo un problema, una dificultad escribo un papelito y lo pongo debajo de San José para que lo sueñe. Esto significa para que rece por este problema”, añadió.
(Religión en libertad, 19 marzo 2015).

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