3.
San Juan:
Encuentro:
Permanecer en Jesús
Según el programa y el objetivo que nos hemos
marcado queremos ver – hoy desde los escritos de san Juan – qué significa el
encuentro con Jesús, mi encuentro personal con él.
La Comunidad – o las Comunidades
– del Discípulo amado
para entrar en el Evangelio de
Juan
El Evangelio de san Juan es diferente de los otros;
Jesús habla allí de distinta manera. Basta leer unas páginas y advertimos este
fenómeno. San Juan es distinto.
Y esto se debe a al infinita riqueza que encierra
Jesús en su corazón. Por eso, a lo mejor
habrá que comenzar leyendo las líneas finales de la obra para situarse
correctamente en el principio. Dice esta conclusión: “Muchas otras cosas hizo
Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría
contener los libros que habría que escribir” (Jn 21,25).
Este versículo del punto final es consolador. Nos
está diciendo varias cosas:
Que la figura de Jesús es más grande que todos los
libros, sean cuales sean. Jesús es persona; un libro es un libro.
Nos está diciendo que el autor, conscientemente ha
hecho una selección y una reducción. Podría haber escrito más; pero le basta
con esas páginas.
De alguna manera nos está diciendo que comprendamos
su estilo. Ha sido libre para darnos su semblanza de Jesús, que ciertamente no
es la de una persona en particular, sino la de unas comunidades, de donde ha
brotado el Evangelio y a las que sin decirlo va dirigido. Son las llamadas
“Comunidades de Juan”, comunidades del Discípulo Amado.
Un lector culto del Evangelio observa y puede
llegar pronto a esta conclusión: Sí, el mismo Jesús el que actúa y habla, pero
el Jesús celeste, el Jesús de hoy, el Jesús de mi experiencia, el que
definitivamente a mí me interesa (también el Jesús de Pablo) le está prestando
su lenguaje y sus discursos al Jesús de la historia. En suma, el Jesús de la
historia me está hablando hoy a mí, desde el cielo, desde la inmanencia que él
tiene en mi propio corazón.
4) Y acaso también este versículo final del Cuarto
Evangelio me esté diciendo que yo puedo escribir, desde mi experiencia, esto
es, desde mi comunión con Jesús, si no un Evangelio (cosa reservada a los
inmediatos transmisores de la tradición evangélico, sí un libro sobre Jesús.
Deseo bellísimo de un cristiano que, por misión, se ha dedicado a las santas
Escrituras.
San Juan reposa sobre el pecho
del Señor
1. He aquí una escena que marca un estilo de
relación con Jesús.
La escena que describe Juan en el trascurso de la
Última Cena es de una intimidad única. ¿Cómo
podemos hablar nosotros de la vida afectiva de Jesús?
Jesús ha recibido afecto y ha dado afecto.
Que ha recibido afecto lo muestran, de una manera
muy singular, esa escenas de unción – de la cabeza o los pies – que testifican
los cuatro Evangelios. Cada uno de ellos tiene una escena de unción, si bien en
circunstancias distintas y pro personas distintas. Jesús se ha dejado ungir los
pies, acariciar los pies, besar los pies, secar los pies con los cabellos de
una mujer conocida como pecadora, al punto de que este atrevimiento ha producido
escándalo en el fariseo anfitrión de aquel banquete, según refiere Lucas.
Jesús ha abrazado a los niños. En este punto san
Marcos es especialmente expresivo.
Jesús ha mirado con cariño, es decir, con unos ojos
llenos de ternura al pretendiente que le ha preguntado qué tenía que hacer para
alcanzar la vida eterna.
Jesús se ha dejado besar por Judas, lo que hace
suponer que no era la primera vez que recibía tal saludo de paz, y bien se
puede suponer que él procedía del mismo modo.
Todos estos gestos de afecto humano, nos invitan a
pensar que la intimidad espiritual que Jesús ha de establecer con los suyos ha
de ser una amistad profundamente humana, desinhibida, sabrosa en la intimidad.
El gesto
de lo que ocurre en la Cena es especial entre todos, lo último que en vibración
de intimidad puede llegar un hombre con otro hombre. El
“discípulo amado” (que este es el nombre de Juan y no otro en el Cuarto
Evangelio) esta cobijado en el “seno” (kólpos)
de Jesús, exactamente “recostado en el seno de Jesús” (Jn 13,23); y de ahí ha
colocado su cabeza en el “pecho” de Jesús (stethos),
“sobre el pecho de Jesús” (13,25; expresión que se repite en 21,20). Se ha
tomado una libertad que, muy probablemente, a otro apóstol no se le habría
permitido. Con esta intimidad quiere arrancar a Jesús un secreto, el secreto de
la traición. Lo ha hecho a indicación de Pedro, que, por así decir, representa
al jerarca en la Iglesia, en tanto que Juan es el amante. Lo divino de la
escena, si bien triste y trágico, es que Jesús accede a tal intimidad y descubre
al “discípulo amado” el secreto.
El discípulo pasa a ser amigo
A partir de la Cena – toda la Iglesia ha entrado en
el Cenáculo – es decir a partir de la hora que se inaugura con la entrega de
Jesús al Padre mediante su muerte y resurrección, Jesús invita a cambiar las
relaciones establecidas con él y con su Padre.
Dice Jesús: “Ya no os llamo siervos, porque el
siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído de mi Padre os lo he dado a
conocer” (Jn 15,15).
Hay un lenguaje de cortesía y de relaciones humanas,
lenguaje que corresponde a las categorías que los provocan. Decir “siervo”,
decir “discípulo” es marcar un rango determinado. Y ciertamente que Jesús es el
Señor y el Maestro, como lo ha expresado en la enseñanza que sigue al lavatorio
de los pies: “Vosotros me llamáis el Maestro
y el Señor, y decís bien porque
lo soy” (Jn 13,13) Pero en este pasaje Jesús quiere romper esos desniveles, y
nos sitúa – a los apóstoles y a nosotros, que somos sus discípulos, los “suyos”
– en el rango igualitario de “amigos”. Con esta palabra se rompen las
distancias, caen las reservas. El amigo al amigo le abre el corazón. Y Jesús
llega a decir, en este lenguaje singular del Cuarto Evangelio, que todo lo que él
ha oído a su Padre, lo ha dado a conocer a los amigos.
La amistad de alguna manera nivela en la
comunicación del conocimiento; pero, ante todo, es una alianza de amor: “Nadie
tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).
Este tipo de relación es el que Jesús establece y
el que nos va a dar la pauta en la vida cristiana
El tono de la vida cristiana:
confidencia, intimidad
El tono de la vida cristiana es el tono
de las confidencias y diálogos de la Cena, una vez que, de noche, sale Judas.
El tono es anchura, libertad, confidencia, intimidad, seguridad…, todo ello
garantizado por el mismo Señor y luego por la presencia del Espíritu Santo, que
él va a enviar.
La Cena son los diálogos trinitarios en
la tierra. “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos
a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).
Jesús tiene el corazón transido de su
Padre y transpira confianza.
Les habla, incluso, de alegría que va a
ser el sello de una comunidad que ha visto a Jesús resucitado: “… pero volveré
a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie quitará vuestra alegría” (Jn
16,22).
Si uno saliera de este clima íntimo y
fraterno de serenidad y alegría, no estaría en los verdaderos parámetros de la
vida cristiana. Ni el pecado, ni la lucha y la tribulación pueden ser la última
palabra del cristiano.
La consigna de Jesús
es: Permaneced en mí
Comienza a abrirse el camino de la más
pura mística de Juan: comunión e inmanencia.
El símbolo – la alegoría – de la vid y
los sarmientos es el símbolo de la unión fecunda de los discípulos con el Señor
en todo momento de la historia.
“Como el sarmiento no puede dar fruto
por sí, si no permanece en la vid,
así también vosotros, si no permanecéis
en mí.
Yo
soy la vid, vosotros los sarmientos;
el que permanece en mí y yo en él,
ese da fruto abundante,
porque sin mí no podéis hacer nada” (Jn
15,4.5).
Por la secuencia de las frases se
aprecia que permanecer tiene dos matices en su empleo:
- significa, ante todo, “no desligarse”,
no separarse, pues el separarse es cortar la savia de la vida;
- significa, además, “estar de
continuo”, que es el sentido más habitual.
Permanecer (menein) es una verbo que aparece de continuo tan en el Evangelio de
Juan como en sus cartas, hecho notable, si se compara con las veces que recurre
en el resto del Nuevo Testamento. “Permanecer” en san Juan es el equivalente en
san Pablo a la expresión “en Cristo Jesús”.
Comunión, inmanencia,
posesión
La mística de san Juan, que se abre a
todo cristiano:
- es la mística de la interioridad. Lo
que era la alianza en los libros de la Biblia, alianza o vinculación recíproca
(Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo) se convierte en san Juan en una
vinculación íntima y recíproca de Jesús con el discípulo
- que tiene su modelo en la vinculación
recíproca que tienen el Padre con el Hijo. La relación del Padre y el Hijo se
convierte en el modelo d vida del Hijo con nosotros: “En verdad, en verdad os
digo: El Hijo no puede hacer nada por su cuenta sino lo que viere hacer al
Padre. Lo que hace este, eso mismo hace también el Hijo, pues el Padre ama al
Hijo y le muestra todo lo que él hace, y le mostrará cosas mayores que esta,
para vuestro asombro” (Jn 5,19-20).
La vida fluye del Padre, que es toda la
fluye del Padre, y del Padre pasa al Hijo; del hijo este fluir de vida pasa a
nosotros. Desde Jesús se establecer la verdadera comunión trinitaria.
Siendo una vida plenaria, abarca también
el futuro. El paso de la muerte a la vida es un paso que se ha dado ya, y esto
de modo definitivo. Esta forma de concebir la salvación en el futuro como un
paso que ya se ha dado es la “escatología realizada”: lo que ha de ser un día
ya es, porque nuestra unión con Jesús traspasa todas las barreras. Y esto
ocurre también a la inversa: “El que cree en él no será juzgado; el que no
cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del unigénito de Dios”
(Jn 3,18).
Si nos introducimos por la primera carta
de san juan, donde no habla Jesús, sino el apóstol, el pensamiento avanza por
el mismo cauce de comunión, de inmanencia. Permanecer en Jesús es estar en la
vida de Dios.
Se llega incluso a una concepción
rotunda del ser cristiano que por la vida que bulle en él se hace impecable. Es
la lógica de la inmanencia. Dice Juan en esta carta: “Todo el que ha nacido de
Dios no comete pecado, porque su germen permanece en él, y no puede pecar,
porque ha nacido de Dios” (1Jn 3,9).
Una intelección puramente material de
estas frases nos llevaría a la herejía. A san Juan hay que entenderlo por san
Juan (antiguo principio que ya lo formulaba Juan de Maldonado) y en la unidad
de su pensamiento todo trasparece claro, con la evidencia de la realidad
mística.
Mi encuentro con Jesús
desde esta perspectiva
¿Adónde nos conduce toda esta
elucubración?
Digamos primero que es una elucubración
de amor. Son pensamientos nacidos del amor que tornan al amor, pues la raíz de
toda la teología juanea es el amor gratuito de Dios que por su Hijo ha venido
al mundo.
Digamos también que estos planteamientos
están destinados a convertirse en psicología viva en la conciencia del
creyente. Esta doctrina queda “psicologizada” en este versículo:
“No hay temo en el amor,
sino que el amor perfecto expulsa el
temor,
porque el temor tiene que ver con el
castigo;
quien teme no ha llegado a la perfección
en el amor” (Jn 4,18).
En suma, en el esquema de la vida
cristiana del apóstol san Juan, el discípulo amado, la vida de fe del creyente
le introduce en el mar de la serenidad, del gozo, del amor.
Guadalajara, miércoles, 18 marzo 2015.
maravillosooooooo.
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