Jueves Santo:
Meditación a los 55 años de sacerdote
Jocotitlán, un grupo de la comunidad
Hace 55 años, el 2 de abril de 1960, junto con mis
compañeros de promoción, en aquel Sábado de Témporas de Cuaresma, recibí la unción
sacerdotal de manos de un obispo misionero, expulsado de China, monseñor
Gregorio Ignacio Larrañaga (capuchino de Aldaba, Guipúzcoa). Éramos 8 de promoción.
Los avatares de la vida han hecho que dos de ellos hayan abandonado su ministerio.
Mi recuerdo y mi saludo respetuoso.
He tratado de saciar mi corazón con un texto de la Escritura
de la Liturgia de hoy (2 de abril), que coincide ser Jueves Santo, al eco de los Laudes
matinales. Y el Señor lo ha saciado, uno de esos momentos en los que la
confianza que te inspira el texto bíblico vence todo temor, absolutamente todo.
“Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación” (Is 12,2).
El que escribió este texto hace unos XXV siglos no
sabía que iba llegar al corazón de esta ignota criatura; el Espíritu Santo, sí.
Era el primer regalo del día.
Luego, con las hermanas de este monasterio de
clarisas capuchinas sacramentarias, he ido a tomar el desayuno. Han cantado
“Las mañanitas”; cada una ha venido con una flor recogida del jardín… ¿Por qué?
Ellas lo saben…, pero yo también.
Luego he podido leer las palabras del Papa en la
misa crismal, hablando a los sacerdotes cosas muy bellas sobre el cansancio.
¡Qué bien me vienen, porque soy uno de los muchos sacerdotes o “trabajadores de
la viña del Señor” (Benedicto XVI en el saludo de su elección) que termina el
día literalmente extenuado! Y he leído, como una rociadita de miel, esta
pregunta para el examen de conciencia del sacerdote: “¿Sé descansar recibiendo el amor, la gratitud y todo el cariño que me
da el pueblo fiel de Dios?” Me han regalado unos corporales y un purificador,
y un librito.
Los versos picotean en mi cabeza…
Pero hoy quería decir algo en prosa en honor del
ministerio recibido. La computadora me tira…y el tema del sacerdocio, a uno que
anda con jóvenes y todavía tiene la gracia de rondar las aulas, de dar clases y
de oír las eternas discusiones de un tipo de teología que quiere dinamitar las
clásicas convicciones, sustituyéndolas por una nueva lectura de la Biblia, se
le antoja como una encrucijada de una audaz teología.
La vida me ha enseñado – y procuro transmitir esto
a los jóvenes como inicio de nuestros diálogos – que en el pensamiento todo es
cuestionable…, cuando el pensamiento quiere verter el dato “inefable” de la fe;
porque la Teología es la racionalización de la Fe. Al hacer Teología, en principio,
se puede discutir todo. Claro que también la última novedad que ha sonado en el
aula. Parece como si el sacerdocio estorbara ya en la Teología, porque ha sido
una amenaza cruel para la pureza de esa Comunidad del Reino en que ha soñado
Jesús y que acabó por ser la Iglesia, para nosotros la Iglesia Católica.
Por de pronto, el papado ha embargado la imagen esa
Iglesia que Jesús ha descrito tan bellamente en las parábolas…, si es que Jesús
pensó en una comunidad que sobreviviese al advenimiento del Reino, dirá el
Teólogo…. En todo caso, lo que sí es verdad es que Jesús, el Señor, nos ha dado
unas pautas de conducta, de relación mutua, privilegiando a los humildes,
sencillos y pobres, alérgico a todo lo que tuviese visos de poder. La Iglesia,
desde que se ha sustentado en una jerarquía, ha ejercido poder, y el poder que
ejerce hoy el humilde, espontáneo y popular Papa Francisco también es poder, y
gran poder. Si uno se deja llevar por el idilio del pensamiento, con los deseos
más puros y con la ciencia más documentada, escribiría un nuevo Tratado de Eclesiología, la Eclesiología del Espíritu de Jesús. Y
aquí el sacerdocio, empezando por el papado y episcopado, estaría en los rebordes.
Porque, como nos dijo san Francisco en la Regla, lo que por encima de todo
debemos desear tener es “el Espíritu del Señor y su santa operación, al cual
todas las otras cosas deben servir”.
Y la Iglesia es, por su propia esencia, el carisma (o
supercarisma) del amor divino, la congregación de los pobres de Yahveh, el
redil del Buen Pastor donde cabemos ovejas de todo pelo…, al fin ovejas.
Pero ocurre que quien esto escribe es uno de esos
sacerdotes clásicos (cualquier epíteto calificativo me ofende, sea por la
derecha, por la izquierda o por el centro) que, si al pensar tiene ciertas
llamaradas, al actuar es de los antiguos manuales… Celebro la Eucaristía, como
sacerdote, todos los días y trato de que sea con mucha devoción, enervando a
veces a quienes han programado su reloj… ¡Qué le vamos a hacer, si no es por
mala voluntad, ni tampoco por dar salida a un misticismo que sería ridículo…!
Lo que voy escribiendo no sé si es preámbulo o
cuerpo del discurso; en todo caso es testimonio
de un corazón pensante, que ama con ternura, y que al pensar quizás es llevado
por los arroyos de la ternura que por los perfiles de la razón. De cualquier
manera, mentalmente estamos abiertos a lo infinito. Desde aquí hago una
síntesis del sacerdocio.
1. El
único y eterno sacerdote es Jesús, solo él, y nadie más que él.
2. Fue
sacerdote por la fuerza bipolar de dos actitudes de su corazón: la compasión
(léase lo mismo “ternura”) y la fidelidad:
-
fidelidad en la casa del Señor
-
compasión a quienes llama sus “hermanos”, porque es conocedor de toda nuestra
extrema debilidad.
3.
Obviamente, si alguien es llamado a este sacerdocio de Jesús, tiene que quedar
contagiado de la fidelidad de Jesús y de la compasión de Jesús.
4. Si un
cristiano no ha sido probado en la fidelidad a Cristo y en la compasión a sus hermanos,
no puede ser llamado al sacerdocio.
5. Una
vez llamado, el sacerdote ¿quién es? El último de sus hermanos, el servidor de
todos, el que carga, si puede, con las debilidades de sus hermanos. El suave
yugo del confesionario es un encuentro privilegiado para sentirse pecado con su
hermano pecador y descargar la incomprensible misericordia del Señor que, de
alguna manera, uno ha atisbado.
6. Una
sociología que se salga de estos parámetros para configurar al sacerdote, va
errada. ¿Quiere el lector que ahora especifiquemos oficios eventuales que
ejerce el sacerdote, como ministro del Evangelio que, con asombro, transmite en
su persona y palabra la doctrina de Jesús; que, como oferente, presenta la
víctima inmaculada, una vez que con todo el pueblo ha confesado sus pecados;
que, como pastor, toma el cayado proyector del rebaño y lo guía y lo defiende…?
Todo esto es ser sacerdote, pero siempre con una referencia única: Jesús, solo Jesús,
amenazado por todas las variables de nuestra cultura, hoy también.
En suma,
el sacerdote es el humilde de la cruz, el amigo silencioso y fiel, el don que
nunca se glorió a sí mismo, con mitra o con la sotana raída…, el que fue adornado
de una sabiduría celestial para ponerla a la mesa de sus hermanos…, el que no
aspiró a ser guía y conductor, sino simple cauce del Espíritu…, el que lloró,
el que amó, el que gozó, el que fue reflejo de Jesús, aplaudido o humillado…
Lo demás,
que lo vayan pensando los siglos y vayan encontrando las figuras, siempre
revisables y discutibles, a tono con una
Iglesia que en el mundo quiere ser la misericordia del Padre.
Jocotitlán (Estado de México), monasterios de
hermanas clarisas capuchinas sacramentarias, Jueves Santo 2015