martes, 8 de marzo de 2016

784 - II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado


Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador (30 minutos, 26 segundos).
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado (30 minutos, 46 segundos).
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


II. Por la misericordia de Dios yo he sido santificado

Enlace con la plática de ayer

Al iniciar nuestras Pláticas Cuaresmales ayer noche en este Año de la Misericordia, tomábamos como punto de arranque esta verdad cimiento de nuestra vida: Yo soy pecador. Si yo no sigo adelante esta verdad resulta ser deprimente. Es como si a un preso en la cárcel le dijéramos: Tú eres un criminal; tú estás aquí porque te lo has ganado, te lo has merecido. Tú eres un indeseable, y mejor que sigas donde estás, porque eres un peligro para la sociedad.
Este lenguaje, aparte de ser brutal e inútil, es injusto y desesperanzador. La cárcel es castigo, ciertamente, castigo regenerador, porque todo ser humano ha nacido para ser libre y no vivir entre barrotes y cámaras de vigilancia; la cárcel tiene que ser un castigo redentor, regenerador, y está destinada a reincorporar a los delincuentes a la sociedad, a la comunidad humana.
Tú estás aquí porque tuviste un mal paso en tu vida, pero tú estás para que en tu salida seas una persona nueva. Tú no eres el que estás; eres otro. Dentro de nosotros todos llevamos un criminal y un santo; te dejaste seducir por el criminal, pero ese, aun siendo tú, no eres tú: tú eres el otro. Todo ser humano tiene una capacidad de cambiar y comenzar a ser otro. Por eso, la pena de muerte es del todo inhumana, porque le privan a uno de poder recuperarse y resituarse en la vida.

Yo soy un pecador, decíamos ayer, y ahora decimos: Yo soy un santo. ¿Cómo es verdad esto? Porque no podemos jugar con el lenguaje, diciendo cosas contrarias que se repelen.
La más elemental filosofía te dice que uno no puede al mismo tiempo ser y no ser: ser una cosa y ser la contraria simultáneamente. O eres santo o eres pecador. Ni tampoco se resuelve diciendo: la mitad santo y la mitad pecador.
No es correcto decir de un modo rotundo y total: la Iglesia es santa y es pecadora, y al mismo tiempo es una cosa y es la otra. El lenguaje correcto del Concilio es otro: la Iglesia es santa, con necesidad continua de conversión, de reforma.
Pues del mismo modo, si nos vamos a tener el rigor del lenguaje, no puedo decir. Que soy pecador y santo a la vez, no. Yo soy un santo, mejor, un santificado, necesitado continuamente de nueva purificación, de conversión. Escuchen, hermanos, el lenguaje del Concilio, en la constitución sobre la Iglesia:
“Pues mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7,26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (Lumen Gentium, 8).

Hermanos amados de Dios

Esta tarde queremos centrarnos en este punto: nosotros somos santos. ¿Cómo?, ¿Por qué? ¿Hasta dónde?
Ayer decíamos que para saber que somos pecadores teníamos dos posibilidades: una, examinando con la experiencia natural que no todo ha sido correcto, y que todos tenemos fallos, errores, cosas de que arrepentirnos.
Otra, ir por el camino de la fe y llegar hasta el fondo, llegando a entender por esta luz sobrenatural, que nosotros, yo en concreto, somos y soy pecador porque yo soy el causante de la muerte de Jesucristo, Hijo de Dios.
Pues, de modo semejante, podría emplear dos caminos:
El primero, examinar mi vida, lo bueno que he ido haciendo, con no poco sacrificio, el cúmulo de méritos que he ido almacenando. Si me tendrían que calificar de 1 a 10, me tendrían que dar una nota alta, un notable, por ejemplo, o quizás hasta un sobresaliente.
Es que parece que lo dice hasta el mismo Evangelio: “Es como un hombre que, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor” (Mt 25,14-18).
Mucho cuidado al interpretar las palabras de Jesús, no sea que nos confundamos.
Si yo quiero considerar la santidad, es decir, mi santidad como un capital que yo me he ido ganando, yo diré que yo soy santo, porque me lo he sudado, me lo he ganado, me lo he ido trabajando, como el que se empeña en sacar una carrera, y con mucho esfuerzo y muchas privaciones se lo consigue. Yo soy santo porque yo soy el artífice de mi propia santidad.
Y la Iglesia es santa porque los cristianos se han esforzado terriblemente en serlo.
Hermanos, esto es un error fatal, de lo peor que nos puede ocurrir en el camino de nuestra vida espiritual.
Santa Teresita de Jesús fue desde niña fiel para cumplir en todo lo que ella entendió que era la voluntad de Dios, había acumulado un capital inmenso de pequeños detalles de amor. Y con todo eso, en la oración más famosa que ella escribió en la “Ofrenda de amor al Amor Misericordioso” se expresaba así:
“A la tarde de esta vida, me presentaré delante de vos con las manos vacías, pues no os pido, Señor, que tengáis en cuenta mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas ante vuestros ojos. Quiero, por tanto, revestirme de vuestra propia Justicia, y recibir de vuestro amor la posesión eterna de vos mismo. No quiero otro trono y otra corona que a Vos, ¡oh Amado mío!”
Su pensamiento, tan claro e iluminado era este:
 “Ya que me habéis amado hasta darme a vuestro Hijo único para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de su méritos son míos; os los ofrezco gustosa, y os suplico que no me miréis sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón abrasado de amor”.
Con este pensamiento sí que podemos leer las santas Escrituras.

He aquí la primera definición del cristiano: “hermano amado de Dios”.
El Nuevo Testamento es el conjunto de 27 escritos, sumando los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de San Pablo y las demás cartas y el libro final, que es el Apocalipsis. Estos libros no se escribieron en este orden. Si los vamos a poner en el orden en que fueron escritos – cosa que tampoco sabemos con exactitud – el primer escrito es una carta de san Pablo a los fieles de Tesalónica, a los Tesalonicenses, donde él había evangelizado. Escuchen, pues las primeras palabras del Nuevo Testamento, de esta carta que se escribió sobre el año 50. Después de saludar a la comunidad, san Pablo empieza así:
“Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, pues cuando os anuncié nuestro evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu Santo y con plena convicción. Sabéis cómo nos comportamos entre vosotros para vuestro bien” (1Tes 4-5).
Fíjense con mucha atención en esta expresión: hermanos amados de Dios.
¿Quién es un cristiano? He aquí la respuesta correcta. Un cristiano es un hermano amado de Dios. Dos palabras que  no tienen fondo: hermanos y amados. Luego les dice que son “elegidos”.
En la carta a los Hebreos se dirá: “Por tanto, hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús, fiel al que lo nombró, como lo fue Moisés en toda la familia de Dios” (Heb 3,1-2).
¡Qué palabras que tenemos que recuperar en su verdadero e insondable sentido para saber qué decimos cuando afirmamos que “somos santos, porque en Cristo hemos sido santificados”, porque somos dignos – como dice una Plegaria Eucarística – de estar en su presencia celebrando estos misterios. Somos dignos de estar ante Dios, cantando su alabanza; somos dignos: ¿cabe mayor santidad que esta, el estar en la presencia de Dios, como están los ángeles ante Él?

Sentirse amado y sentirse hermano

1. Sentirse amado por Dios es la mayor gracia que nos puede ocurrir en la vida. Sentirse amado por Dios es una expresión que la podemos mirar desde muchos lados:
- Dios está a mi favor.
- Si Dios me ama es porque me considera digno de su amor, como si dijéramos digno de su categoría infinita.
- Si Dios me ama es porque me considera de su propia familia, es decir, porque yo soy hijo de Dios, hija de Dios.
- Si Dios me ama es porque me abre su amistad, y la amistad es diálogo, confidencia, regalo.
- Si Dios me ama y el amor está pidiendo fidelidad esto quiere decir que Dios va a serme fiel hasta el fin.
- Si Dios me ama y lo propio del amor es amar siempre más, esto significa que me ha de amar hasta el último suspiro.
- Si Dios me ama esto quiere decir que mi vocación va a ser corresponder a su amor; pero esto es otro punto del que hablaremos luego.
Y así uno puede ir escribiendo frases y frases sin acabar, porque ha visto que el amor de Dios es el cielo en la tierra. El día que yo lo comprenda tendré que decir: Dios mío, me basta; no quiero nada más, porque no me puedes dar cosa más grande que la que me has dado, nada menos que tu amor, el amor que le tienes a tu Hijo. Con ese mismo amor me amas a mí y me envuelves a mí. A lo mejor no he descubierto todavía que mi suprema vocación es esta: ser amado por ti. Aquí termina el mundo, sí: Yo soy amado pro Dios.
Hermanos amados de Dios: esta es la definición de los cristianos.
Veamos qué significa hermano.

2. Hermano, por definición, es aquel que es partícipe de la misma sangre, engendrado de la misma sangre, del mismo semen. En una palabra: somos hermanos, porque procedemos del mismo Padre, porque somos hijos del mismo Dios.
La comunidad cristiana es una comunidad de hermanos. Y aquí viene bien la comparación con una familia. Sucede que con el paso de los años uno se ha hecho famoso en la política, otro se ha hecho rico con una empresa, otro se ha quedado trabajando en el campo y ha hecho lo que ha podido y una hermana lleva años enferma sin poder hacer nada. Se juntan a comer, porque es la fiesta de la madre, y ¿quién es el más importante de los hermanos?, ¿quién merece más honor? Si son hermanos, son iguales. Y si hubiese que dar una preferencia, no hay que dársela al que aparece en los periódicos y en la televisión, sino a la hermana enferma, que en la vida, por sus limitaciones, no ha podido hacer aparentemente nada.
Hermanos, esto es la Iglesia. ¿Quién es el más importante en la Iglesia? ¿Qué lenguaje es este? ¿Qué nos dice Jesús?  “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos” (San Mateo, capítulo 23, versículo 8). Nos os dejéis llamar “rabbí”: no importa la palabrita. Todos vosotros sois hermanos.
Hermanos amados de Dios. Somos, pues, hermanos, porque somos amados de Dios.

3. Una tercera palabra que aparece en las primeras líneas de este primer escrito del Nuevo Testamento es esta: “elegidos”. En otros lugares se nos explicará qué quiere decir “elegidos”. Quizás el texto más famosos sea el comienzo de la Carta a los Efesios:
“3 Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, | que nos ha bendecido en Cristo | con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
4 Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
5 Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos,
6 para alabanza de la gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el Amado” (Ef 1,3-6).

Yo he sido elegido desde antes de la creación del mundo para formar parte de un proyecto concreto de Dios: pertenecer al pueblo de su Alianza, que ay existía en el Antiguo testamento y que ahora Dios lo quiere llevar a la plenitud.
¿Cuáles son los planes de Dios?: Que seamos santos e intachables ante él por el amor
Y esto ¿cómo? Siendo sus hijos: “Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos”.
Ya veis, hermanos, hemos llegado a la cumbre: No hay cosa más grande en el mundo que vivir como hijos de Dios. El oficio que en él desempeñemos es indiferente, porque la misión es una: siendo hijos de Dios, vivir como hijos de Dios.
Vamos ahora con una cuarta expresión que he citado: “hermanos santos”

Hermanos santos

Recordemos: Por tanto, hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús…”
Palabras que, si no nos diera vergüenza, las podríamos emplear en nuestros saludo: hermano santo, hermana santa. Una palabras que san Pablo la ha empleado y los escritos del Nuevo Testamento. Voy a citar tres saludos de Pablo.
A los Romanos: “A todos los que están en Roma, amados de Dios, llamados santos, gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (Rom 1,17).
En la primera a los Corintios: “Pablo, llamado a ser Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo, llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Cor 1,1-3).
En la segunda a los Corintios: “Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto, con todos los santos que residen en Acaya: gracia a vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (2Cor 1,1-2).
Ya veis, por estas muestras: los cristianos en las primeras comunidades se calificaban de santos; santos que quiere decir “consagrados” por Jesucristo desde el momento del bautismo.

Consecuencias: un pensamiento, una psicología, unos compromisos

Después de estas reflexiones vienen las derivaciones que espontáneamente brotan para la vida.
Si yo he grabado bien en mi corazón el pensamiento de que yo soy un pecador, al punto se crea en mí una actitud de vida que tiene sus inmediatas consecuencias: seré humilde, seré incapaz de juzgar, de criticar, de rechazar… Todo esto es benéfico, evitando que tales pensamientos no me generen una extraña conciencia de culpabilidad que me lleve a la depresión.
¿Qué diremos de lo que se va a producir en mí, si me llega a traspasar mi cuerpo y mi alma la conciencia viva y continua de que yo soy santo, porque he sido santificado por Jesús, que me llama a la santidad y a una vocación celestial, como me ha dicho la Carta a los Hebreos.

1) Si yo soy santo porque he sido santificado por Jesucristo, porque él me ha revestido de su propia santidad, se crea en mí una conciencia nueva de mi propia dignidad. No soy santo porque sea un héroe, sino porque Jesús me ha revestido de su santidad. Esa es mi vocación sublime, que no envidio a ninguna otra ni la cambio por ninguna otra.

2) Trataré de caminar en santidad todos los días de mi vida. Caminar en santidad significa caminar en diálogo con Dios, que es el verdadero interlocutor de mi vida. No haré ante sus ojos nada que ofenda su divina mirada.

3) Pensaré que tengo una gran misión en la vida que cumplir, y, con su gracia la cumpliré, del modo que Él me indique. Ser santo significa proyectar la santidad de Dios en el mundo, la bondad de Dios, la misericordia de Dios.

Hermanos, hemos sido llamados a ser santos, y nadie podrá arrebatarnos esta alegría.


Guadalajara, Jalisco, 8 marzo 2016

lunes, 7 de marzo de 2016

783.- I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador


Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador (30 minutos y 26 segundos)
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado (30 minutos, 46 segundos).
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador


Bajo el signo del Año Jubilar de la misericordia

Todo lo que vamos a decir o proclamar en tas Pláticas cuaresmales va a ser bajo el signo del Año de la Misericordia.
Este Año Jubilar se inauguró el año pasado el día de la Inmaculada, 8 de diciembre de 2015. ¿Por qué esta fecha? El Papa escogió esta fecha, porque justamente hace 50 años, el 8 de diciembre de 1965, se concluía el Concilio Vaticano II, el hecho más transcendental que aconteció en la Iglesia en el siglo XX. Día de la Inmaculada, que para los cristianos es un  signo supremo de la misericordia de Dios, como lo explicaremos en algún momento.
Y concluirá en la fiesta de Cristo Rey de este año, que es el domingo 20 de noviembre de 2016.
Este Año Jubilar fue convocado con una bula, que se titula Misericordiae vultus, en castellano, El rostro de la Misericordia. El rostro de la misericordia de Dios es Jesucristo.
Quiero comenzar estas pláticas leyendo los dos primeros números de los 25 que tiene la bula. Es muy conveniente adquirir este folleto para tenerlo no como libro de información y de lectura, sino como libro de meditación.

1. Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico en misericordia » (Ef 2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona[1] revela la misericordia de Dios.

2. Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia: es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado.


El eslogan de “Misericordiosos como el Padre”

El eslogan de este año dice: Misericordiosos como el Padre. Está representado en ese bellísimo icono que lo podemos ver en estampas, folletos, y aquí en esta iglesia en un cartel de grandes dimensiones junto a la puerta de entrada. Representa a Jesucristo con la oveja perdida cargada en sus hombros. Jesucristo con la túnica blanca es Jesús Resucitado. Tiene las llagas en sus manos y pies. Está en esa actitud vencedora como lo representa la iconografía oriental cuando Jesús rompe las puertas del abismo y entra como jefe de salvación. Ya veis que no lleva una oveja en los hombros, sino que lleva a un  hombre. Este hombre es Adán y en Adán estamos todos nosotros. Hemos sido salvados por Cristo, que es la misericordia del Padre.
Podemos observar dos detalles en el rostro de Cristo y de Adán, uno que se refiere a los ojos y otro a la boca. El rostro de Cristo y el de Adán se han aproximado de tal forma que el artista, en vez de diseñar dos ojos para Cristo y dos para Adán, han puesto entre las dos caras tres: el ojo derecho de Cristo y el ojo izquierdo de Adán son el  mismo. Con esto se quiere significar que el hombre, ya redimido, ve la vida con la misma mirada de Cristo. Ver la vida como la ve Dios sería la meta de nuestra divinización, obra de la misericordia de Dios. A esto quisiéramos llegar en la culminación de nuestras pláticas: ver la vida – los hombres y las cosas – como Dios las ve.
Por otra parte los labios de Cristo y los labios de Adán se han aproximado. El Evangelio de san Juan dice que Jesús Resucitado, en la tarde de aquel día primero de la semana, cuando los apóstoles estaban en el cenáculo, encerrados por miedo a los judíos, se les presentó el Señor, insufló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. El Espíritu era el aliento divino que Dios insufló en el hombre el día de la creación para transmitirle su propia vida y hacerle ser viviente.
El lema del año – Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso – está tomado de la Biblia y es, en concreto, una frase de san Lucas capítulo 6, versículo 32. Este versículo me trae a la mente un recuerdo de mi juventud que les voy a compartir, porque fue muy luminoso y nunca lo he olvidado. Hace cincuenta años y algo más, me encontraba yo en el Instituto Bíblico de Roma (1962-1964) estudiando Sagrada Escritura; invitaron a un célebre profesor benedictino, P. Jacques Dupont, a que nos diera una  conferencia magistral de su especialidad, que era el Sermón de la Montaña. El tema de la conferencia era este: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. San Mateo, en el lugar correspondiente, trae esta frase de Jesús de otro modo. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5,48). Era una clase de exégesis, no una meditación, una reflexión, no era en la capilla, sino en el aula magna.
Se trataba de indagar qué dijo realmente Jesús: Sed misericordiosos… o Sed perfectos… Una exégesis simple, que no convence, sería la siguiente: Jesús dijo las dos cosas; una vez dijo Sed perfectos y otra vez dijo Sed misericordioso.
Yo no tengo los apuntes que entonces le tomé; pero recuerdo perfectamente lo que él nos explicó. Con toda probabilidad la frase original de Jesús fue esta: Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso, y no: Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.
Y la razón principal era esta: En el estilo de la Biblia, comenzando ya en el Antiguo Testamento, no se nos dice que imitemos la perfección de Dios, pero sí la compasión y la misericordia de Dios. El comportamiento de Dios debe ser modelo de nuestro comportamiento, en cuanto que es un modelo bondadoso y compasivo, misericordioso, como cuando se nos da el motivo para guardar el descanso del sábado (Deut 5,12-15)
San Mateo y la comunidad de san Mateo tenían derecho para decir: Pues justamente eso es la perfección de Dios; por tanto, seréis perfectos si sois misericordiosos como el Padre del cielo.


Yo soy pecador: Dos visiones del pecado

Hermanos, cuando decimos “Yo soy pecador”, ¿qué es exactamente lo que queremos decir?
Hay dos visiones del pecado que debemos distinguir: una es la que alcanzamos con nuestra simple observación natural, incluso psicológica. Otra, muy distinta, es la que uno obtiene desde la fe. Veamos una y veamos otra.

Veamos la primera
A poca inteligencia que tengamos, aceptamos sin grandes dificultades: Nadie es perfecto, todos los equivocamos. O todos podemos tener un error. No hay que dramatizar las cosas. No hay que exagerar, porque eso nos puede traer una perniciosa conciencia de culpabilidad, que no lleva a nada.
Las leyes humanas tienen que tener en cuenta este principio, porque, de otro modo, no hay manera de arreglarse.
Yo soy español y desde esta ladera del Atlántico estoy viviendo lo que esta temporada está ocurriendo en España, en que no hay manera de formar gobierno. ¿Podría yo dar esta plática en medio del parlamento? ¿Podría yo ir con el Evangelio y decirles lo que ahora quiero decir a ustedes?
La respuesta que no pocos me darían es esta: Déjate a un lado el Evangelio, porque el Evangelio no está hecho para gobernar un país, porque no puede aparecer la Palabra Dios en nuestras leyes. En México me dirían igual.
Dios como criterio de vida ha sido desterrado de muchas legislaciones.
En esta perspectiva, ¿qué quiere decir “Yo soy pecador”? O poco o nada.
Hay que discurrir de otra manera. Si te he molestado, dispénsamelo y seguimos adelante, que a lo mejor yo tendría que decirte a ti lo propio.
Si tomáramos esta postura. Ya sería mucho, acaso la clave de la solución, pero este humanismo, en sí laudable, no nos da todavía la clave de la revelación evangélica.
Hoy en España hablar del aborto es estar fuera del área de una negociación de gobierno. ¿Podría yo proclamar en el parlamento que el aborto pertenece al género del pecado, y que tenemos clarificar criterios de este tipo de defensa de la vida si nos hemos de sentar en vías de un acuerdo…? Esto puedo decirlo en la iglesia, donde nadie me va a contradecir, pero la política se hace desde otro lado.
Vuelvo, pues, a la pregunta que formulo esta tarde para que esa pregunta se clave en mi corazón: ¿Es verdad que yo soy pecador? Yo, hermanos, no soy pecador, porque…, porque Dios lo ha querido: no he hecho un gran disparate, ni he tenido oportunidad para ello. Desde niño entré en un seminario y en maldades  no he hecho nada fuera de lo corriente.
Si yo pienso así, no puedo celebrar la misa, porque la misa comienza: Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho… Y luego el sacerdote sigue pidiendo perdón no para la asamblea que tiene delante, sino para sí y para todos los demás: El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
Comenzamos a sospechar que el pecado es algo mucho más serio que esos fallos que uno naya podido tener en la vida, y que hay que olvidarlos si queremos vivir en paz.
Tenemos, pues que pasar a la otra visión, a ver el pecado como lo ha visto Jesús.

La otra visión: cómo ha visto Jesús el pecado

Para Jesús el pecado es cosa distinta de esos fallos lamentables que pueden ocurrir en la vida, y que queremos subsanar. Con esta visión nos salimos del ámbito humano, de un antropocentrismo de la vida; el pecado toca a Dios, hiere a Dios, el pecado entra en el ámbito divino, y la importancia y la gravedad del pecado estriba precisamente en esto: que todo pecado tiene que ver con la realidad íntima y pura de Dios. El pecado hiere el corazón de Dios, el pecado es un desprecio del amor de Dios. Dios se duele del pecado de los hombres, a tal punto que ha entregado a su Hijo a la muerte por el perdón de nuestros pecados.
Así, ni más ni menos. Diciendo estas cosas, entramos de pleno en la revelación, a la cual se accede por la fe. Vamos a verlo en varios puntos. Y lo primero en el anuncio inicial de Jesús.

1. Jesús comienza su ministerio, según los santos Evangelios, recorriendo Galilea y diciendo: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15).
Jesús entiende que el mundo es un proyecto de Dios, que la historia ha ido germinando, que hemos llegado  a la etapa final y que para entrar en esa etapa definitiva hay que convertirse, dejando la propia vida pasada y aceptando el Evangelio. “Convertíos y creed en el Evangelio” es una frase que podríamos traducirla también de este modo: “Convertíos aceptando el Evangelio”. Una conversión que fuera solo un repudio del pasado, pero no aceptación del Evangelio, no sería para Jesús una conversión.
Este anuncio se dirige a todos sin excluir a nadie. Todos hemos de pasar a la conversión, rechazando el pecado y acogiendo el Evangelio.

2. Este mensaje inicial de Jesús  no fue un mensaje pasajero, sino que era la palabra esencial para todo el que quisiera ser discípulo. Lo hemos visto en la liturgia de estos días. “O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera” (Lc 13,4-5).
Todos pereceréis. ¿Yo también, si no he hecho nada malo? Yo también.

3. Otro dato del Evangelio que nos puede traer mucha luz: la oración que Jesús nos entrega para todos sus discípulos, el Padrenuestro. “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Si yo no me reconozco como pecador, no puedo rezar la oración del Señor.

Resumamos estos puntos:
- Si yo no me reconozco como pecador no puedo venir a la misa; sería un espectáculo, una comedia.
- Si yo no me reconozco pecador, no puedo rezar el Padrenuestro ni en comunidad ni en privado; sería una falsedad.
- Si yo no me reconozco como pecador, no puedo pertenecer al grupo de los discípulos de Jesús.


De qué pecados se acusan los cristianos

Si realmente somos pecadores, conviene saber, ante todo, de qué pecados “importantes” se acusan habitualmente los cristianos. Estos pecados son principalmente tres:

1) Pecado de no venir a misa los domingos.
2) Pecados referentes al sexo en amplia gama. Un pecado “nuevo” en este aspecto: la pornografía por Internet. Como pecado más grave, en el sexo, la infidelidad matrimonial, o relaciones sexuales con otras personas, cosa tan frecuente en la cultura de la juventud hoy.
3) Pecados contra el prójimo, como, por ejemplo, no hablarse con un hermano o hermana.

Fácilmente podemos descubrir que también la rutina se introduce en el pecado como para no percibir la gravedad de lo que suponen las acciones humanas con respecto a todo el plan de Dios.
Puntos para meditar:
- ¿Qué es más pecado: tener una relación sexual ilegítima o no hablarse con un hermano? ¿En cuál de los dos pecados está Dios más ofendido?
- ¿Qué es más pecado: un adulterio, que en la intimidad rompe un matrimonio, consagrado por Dios y ante Dios, o no venir todo el año a misa…?  (Dejar una misa es un pecado mortal, dejar cincuenta misas son 50 pecados mortales…, matemáticas que no cuelan ante Dios…)
Preguntas que nos pueden llevar a lo hondo del misterio del pecado.
Un sacerdote, como el que les habla, puede atreverse a decir: Hermanos, por no venir a misa nadie se va a condenar…, pero no me digan que ese es un cristiano de verdad…, uno que no se relaciona, en la comunidad cristiana, con Dios, su Padre.
Entonces la pregunta es esta: ¿Qué es ser cristiano?
Ser cristiano es tener una relación vital – viva y verdadera – con Dios, nuestro Padre, que nos ha revelado Jesucristo y llevar una vida conforme a esa dinámica, una dinámica que la Iglesia, como madre, nos la presenta.

Descubrir el pecado en mí, por la revelación y la misericordia de Dios

Si yo real y verdaderamente me reconozco pecador:

1) Reconozco, ante todo, todos los errores que he cometido en mi vida, de la magnitud que sean. Y reconozco que Dios, como Padre misericordioso los ha perdonado, y al perdonarlos los ha destruido y los ha dado al olvido, haciendo de mí una creatura nueva.
2) Reconozco que, al pecar, me he asociado a la “masa del pecado” en el mundo, que es como una inmensa avalancha que ayer y hoy llena la tierra. El pecado impera en el mundo y nos aleja de Dios.
3) Reconozco que, si bien he superado, grandes fallos de mi vida anterior, hay infidelidades, que, por desgracia, me debilitan y manchan, las cuales me invitan a estar en una vigilancia continua y en un estado de humildad y continua conversión.
4) Pero hay más: advierto en el mundo de mi ser unas raíces malas, cuya existencia no sé explicar (¿por qué sentimientos de soberbia, de envidia, de vanidad, de lujuria, de odio…, si no los quiero ni me hacen feliz, y están ahí…?), que me abren al Misterio tenebroso del pecado que jamás sabré explicar, y que, por otra parte, me hacen calibrar el pecado como ofensa a Dios, mi Creador y Padre, y como causante de la pasión y Muerte de Jesús.

El misterio del pecado entonces, como vacío y absurdo, trae a mi alma el misterio infinito de la Misericordia de Dios, del amor de Dios que se ha derramado en mí y que nunca me  dejará.
Deo gratias.
Cantaré eternamente las misericordias del Señor.

Guadalajara, 7 marzo 2016

Misericordiae vultus - 6

Yo, pecador, me confieso
llamado a la conversión;
mi miseria, mi vacío
se colmarán con su amor.

Yo soy Adán en sus hombros
libre de la perdición,
por barrancos y entre espinas
me encontró y me cargó.

Trofeo soy de su gloria,
trofeo del Redentor;
por mí, ternura en su pecho,
él vino en la Encarnación.

Mi pecado es el misterio
que al Hijo de Dios mató,
a Dios mismo yo le hería
en mitad del corazón.

No lo entiendo, mas la fe
descubre mi sinrazón,
y la eterna gratitud
será mi eterna canción.

Dios es mi Dios para mí
cuando me da su perdón;
misericordia es su nombre,
que en mis palmas se grabó.

Eternamente diré:
Dios de mi fe es amor.
Dios es mi felicidad,
Dios es mi gracia y mi don.

7 marzo 2016

Rufino María Grández,
Misionero de la Misericordia 

jueves, 3 de marzo de 2016

782. Domingo IV Cuaresma C – Yo soy el hijo pródigo, canto a la Misericordia del Padre Dios

Homilía para el domingo IV de Cuaresma, 
ciclo C
Lc 15,1-3. 11-32

Texto evangélico:
1 Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. 2 Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
3 Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; 12 el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. 14 Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 15 Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. 16 Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. 17 Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. 18 Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19 ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. 20 Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. 21 Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
22 Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23 traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, 24 porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”. Y empezaron a celebrar el banquete.
25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Este le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”. 28 Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 29 Entonces él respondió a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30 en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”. 31 Él le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; 32 pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».
Hermanos:
1. Hace poco apareció – simultáneamente en varias lenguas – un pequeño libro del Papa Francisco El nombre de Dios es Misericordia. Es el resultado de una entrevista que le hizo una periodista italiano, dividida esta entrevista en nueve pequeños capítulos.
Allí le preguntan al Papa:
¿Cuáles son las experiencias más importantes que un creyente debe vivir enel Año Santo de la Misericordia?
Y responde el Papa:
Abrirse a la misericordia de Dios, abrirse  a sí mismo  y  a su propio corazón, permitir  a  Jesús  que  le  salga  al  encuentro,  acercándose  con  confianza  al confesionario. E intentar ser misericordioso con los demás.
Este es el resumen de lo que con la gracia de Dios podemos hacer nosotros. Una respuesta concreta que se resuelve en cuatro puntos:
1°) Abrirse a la misericordia de Dios.
2°) Abrirse  a sí mismo  y  a su propio corazón.
3°) Abrirse a Jesús, que viene a mi encuentro, y viene precisamente en el sacramento de la reconciliación, en el confesionario.
4°) E intentar ser misericordioso con los demás. Y el Papa habla de las obras de misericordia, las corporales y la espirituales.
“Miremos en primer lugar – dice - las siete obras de misericordia corporal: dar de comer  al  hambriento;  dar  de  beber  al  sediento;  vestir  al  desnudo;  dar alojamiento  a  los  peregrinos;  visitar  a  los  enfermos;  visitar  a  los  presos  y enterrar  a  los  muertos.  Me  parece  que  no  hay  mucho  que  explicar.  Y  si miramos  nuestra  situación,  nuestras  sociedades,  me  parece  que  no  faltan circunstancias  y  ocasiones  a  nuestro  alrededor…” (Capítulo IX, Vivir el Jubileo).

2. Para explicar lo que es la misericordia, que los profetas había anunciado con palabras llenas de inmensa ternura, Jesús, continuando y superando esa línea, inventa una parábola escandalosa.
El hijo fiel, el cumplidor y trabajador, puede pensar en su interior al ver el comportamiento de su padre:
- Pero… ¿mi padre se ha vuelto loco? ¿Cómo es posible que a ese hijo suyo, que le ha destrozado el corazón y la hacienda, que se ha destrozado a sí mismo con una vida de prostitutas, que ha destrozado a su padre y a la familia, ahora lo reciba con un banquete de honor y una fiesta…? Ni lo entiendo ni lo quiero entender. Mi padre se ha vuestro loco. Yo no comparto esa fiesta.

3. En la parábola hay tres personajes, que representan tres situaciones. Veamos estos tres retratos.
Jesús está representado por el Padre bueno, que se ha vuelto loco de amor y de ternura por el hijo que regresa a casa. El hijo pródigo está presentando a todos los pecadores y pecadoras que, al escuchar a Jesús, se convierten de sus pecados.  El hijo bueno y trabajador está representando a los fariseos, a los doctores, a los cumplidores de la Ley que no entienden el comportamiento de Jesús, que se escandalizan de él y no quieren compartir esa fiesta del amor y del perdón de Dios.
La pregunta que nos sale al encuentro es esta: ¿Dónde estoy yo?, ¿Quién soy yo?
La respuesta correcta es esta, tiene que ser está: Yo soy el hijo que se siente pecador y que, volviendo a casa, recibe las caricias, los besos y abrazos del Padre Dios.

4. Veamos cómo describe Jesús la actitud del Padre, que es la actitud que él ha adoptado en la tierra:
1)    El Padre ha dejado en libertad a su hijo y lo está esperando desde el primer día en que marchó.
2)    El Padre, al verlo venir, no lo aguarda en casa, sino que sale a su encuentro y corre, y lo cubre de besos.
3)    Cuando el hijo comienza a contar sus pecados y le pide perdón, el Padre le corta, porque él ha olvidado todo. Hermanos, Dios es así, cuando perdona, Dios  no solo perdona, sino que olvida todo.
4)    El Padre celebra la vuelta y la resurrección del hijo vistiéndole el mejor vestido, poniéndole calzado, matando el mejor ternero. La vida del hijo es pues, el gran regalo que el Padre le ha preparado.
5)    Y finalmente todo ello hay que celebrarlo con la mejor fiesta, llamando a los músicos, porque la fiesta del perdón es la fiesta del nacimiento y de la boda.

Todo esto, hermanos, es la Fiesta del Perdón que Jesús nos describe. Y tenemos que tener el valor de aplicárnoslo a nosotros mismos.

 5. En la bula convocatoria del jubileo decía el Papa: “Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar a los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo,  signo  vivo  de  cómo  el  Padre  acoge  a  cuantos  están  en  busca  de  su perdón.  Serán  Misioneros  de  la  Misericordia  porque  serán  los  artífices  ante todos  de  un  encuentro  cargado  de  humanidad, fuente  de  liberación,  rico  de responsabilidad,  para  superar  los  obstáculos  y  retomar  la  vida  nueva  del bautismo.  Se  dejarán  conducir  en  su  misión  por  las  palabras  del  apóstol: «Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos»(Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento  a  la  misericordia.  Que  los  misioneros  vivan  esta  llamada conscientes  de  poder  fijar  la  mirada  sobre  Jesús,  «sumo  sacerdote misericordioso y digno de fe» (Hb 2,17).
Pido  a  los  hermanos  obispos  que  inviten  y  acojan  a  estos  misioneros, para que sean ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Que se organicen  en  las  diócesis  «misiones  para  el  pueblo»  de  modo  que  estos misioneros  sean  anunciadores  de  la  alegría  del  perdón.  Que  se  les  pida celebrar el sacramento de la reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año Jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el  camino de regreso hacia la casa paterna” (Bula Misericordiae vultus, El rostro de la Misericordia, n. 18).

5. Hermanos, quien les habla de es uno de esos Misioneros de la Misericordia, ofrecidos y aceptados, para ejercer ese servicio, uno de esos 1.200 aproximadamente que han recibido esta misión.
En todas las parroquias, a poco grandes que sean, se organizan Pláticas cuaresmales. Es una preciosa ocasión para vayamos a recibir esa infinita ternura y misericordia de Dios.

6. Señor Jesús, gracias por este año de la Misericordia. Concédenos, a través de tu abrazo experimentar la Misericordia del Padre. Amén.


Guadalajara, jueves 3 de marzo de 2016.

Cántico de comunión
sobre el Evangelio del hijo pródigo
(Misericordiae vultus – 5)

1. Soy un hijo perdonado
por mi Dios, el Padre bueno;
al verme, corrió a encontrarme
para cubrirme de besos.

2. Quise decirle mis culpas,
arrodillado y deshecho,
mi Padre no consintió
verme postrado en el suelo.

3. Quise decirle con lágrimas
que perdí nombre y derecho,
que no merezco ser hijo,
sino solo jornalero.

4. Mas no me dejó decir
semejante pensamiento;
me puso el traje guardado
y anillo de oro en el dedo.

5. Calzó mis pies con sandalias
como príncipe heredero,
me perfumó la cabeza
y mató el mejor ternero.

6. Mandó celebrar banquete,
brindando con vino añejo,
con la música y la danza
festejando un nacimiento.

7. Era cual boda de amor
que se hace a un novio perfecto,
y el más feliz del banquete
era mi Padre aplaudiendo.

8. Lo que Jesús predicaba
yo no lo alcanzo a entenderlo,
pero lo acepto en la fe
y gozo porque lo creo.

9. ¡Bendita Misericordia
en que he bañado mi cuerpo,
Jesús es mi paz y mi gozo,
mi santidad y mi premio!

 Guadalajara, Jalisco 3 marzo 2016
Fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap.
Misionero de la Misericordia