Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador (30 minutos, 26 segundos).
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo
he sido santificado (30 minutos, 46 segundos).
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama
misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el
verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo
de la misericordia de Dios.
II. Por
la misericordia de Dios yo he sido santificado
Enlace con la plática de ayer
Al iniciar
nuestras Pláticas Cuaresmales ayer noche en este Año de la Misericordia,
tomábamos como punto de arranque esta verdad cimiento de nuestra vida: Yo
soy pecador. Si yo no sigo adelante esta verdad resulta ser deprimente. Es
como si a un preso en la cárcel le dijéramos: Tú eres un criminal; tú estás
aquí porque te lo has ganado, te lo has merecido. Tú eres un indeseable, y
mejor que sigas donde estás, porque eres un peligro para la sociedad.
Este lenguaje,
aparte de ser brutal e inútil, es injusto y desesperanzador. La cárcel es
castigo, ciertamente, castigo regenerador, porque todo ser humano ha nacido
para ser libre y no vivir entre barrotes y cámaras de vigilancia; la cárcel
tiene que ser un castigo redentor, regenerador, y está destinada a reincorporar
a los delincuentes a la sociedad, a la comunidad humana.
Tú estás aquí
porque tuviste un mal paso en tu vida, pero tú estás para que en tu salida seas
una persona nueva. Tú no eres el que estás; eres otro. Dentro de nosotros todos
llevamos un criminal y un santo; te dejaste seducir por el criminal, pero ese,
aun siendo tú, no eres tú: tú eres el otro. Todo ser humano tiene una capacidad
de cambiar y comenzar a ser otro. Por eso, la pena de muerte es del todo
inhumana, porque le privan a uno de poder recuperarse y resituarse en la vida.
Yo soy un
pecador, decíamos ayer, y ahora decimos: Yo soy un santo. ¿Cómo es
verdad esto? Porque no podemos jugar con el lenguaje, diciendo cosas contrarias
que se repelen.
La más
elemental filosofía te dice que uno no puede al mismo tiempo ser y no ser: ser
una cosa y ser la contraria simultáneamente. O eres santo o eres pecador. Ni
tampoco se resuelve diciendo: la mitad santo y la mitad pecador.
No es correcto
decir de un modo rotundo y total: la Iglesia es santa y es pecadora, y al mismo
tiempo es una cosa y es la otra. El lenguaje correcto del Concilio es otro: la
Iglesia es santa, con necesidad continua de conversión, de reforma.
Pues del mismo
modo, si nos vamos a tener el rigor del lenguaje, no puedo decir. Que soy
pecador y santo a la vez, no. Yo soy un santo, mejor, un santificado,
necesitado continuamente de nueva purificación, de conversión. Escuchen,
hermanos, el lenguaje del Concilio, en la constitución sobre la Iglesia:
“Pues mientras Cristo, «santo, inocente, inmaculado» (Hb 7,26), no
conoció el pecado (cf. 2 Co 5,21), sino que vino únicamente a expiar los pecados
del pueblo (cf. Hb 2,17), la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y
siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente
por la senda de la penitencia y de la renovación” (Lumen Gentium, 8).
Hermanos amados de Dios
Esta tarde
queremos centrarnos en este punto: nosotros somos santos. ¿Cómo?, ¿Por qué?
¿Hasta dónde?
Ayer decíamos
que para saber que somos pecadores teníamos dos posibilidades: una, examinando
con la experiencia natural que no todo ha sido correcto, y que todos tenemos
fallos, errores, cosas de que arrepentirnos.
Otra, ir por el
camino de la fe y llegar hasta el fondo, llegando a entender por esta luz sobrenatural,
que nosotros, yo en concreto, somos y soy pecador porque yo soy el causante de
la muerte de Jesucristo, Hijo de Dios.
Pues, de modo
semejante, podría emplear dos caminos:
El primero,
examinar mi vida, lo bueno que he ido haciendo, con no poco sacrificio, el cúmulo de méritos que he ido almacenando.
Si me tendrían que calificar de 1 a 10, me tendrían que dar una nota alta, un notable,
por ejemplo, o quizás hasta un sobresaliente.
Es que parece
que lo dice hasta el mismo Evangelio: “Es como un hombre que, al irse de
viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó
cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego
se marchó. El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con
ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En
cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el
dinero de su señor” (Mt 25,14-18).
Mucho cuidado al interpretar las palabras de Jesús,
no sea que nos confundamos.
Si yo quiero considerar la santidad, es decir, mi
santidad como un capital que yo me he ido ganando, yo diré que yo soy santo,
porque me lo he sudado, me lo he ganado, me lo he ido trabajando, como el que
se empeña en sacar una carrera, y con mucho esfuerzo y muchas privaciones se lo
consigue. Yo soy santo porque yo soy el artífice de mi propia santidad.
Y la Iglesia es santa porque los cristianos se han
esforzado terriblemente en serlo.
Hermanos, esto es un error fatal, de lo peor que
nos puede ocurrir en el camino de nuestra vida espiritual.
Santa Teresita de Jesús fue desde niña fiel para
cumplir en todo lo que ella entendió que era la voluntad de Dios, había
acumulado un capital inmenso de pequeños detalles de amor. Y con todo eso, en
la oración más famosa que ella escribió en la “Ofrenda de amor al Amor
Misericordioso” se expresaba así:
“A la tarde de esta vida, me presentaré delante de
vos con las manos vacías, pues no os pido, Señor, que tengáis en cuenta mis
obras. Todas nuestras justicias tienen manchas ante vuestros ojos. Quiero, por
tanto, revestirme de vuestra propia Justicia, y recibir de vuestro amor la
posesión eterna de vos mismo. No quiero otro trono y otra corona que a Vos, ¡oh
Amado mío!”
Su pensamiento, tan claro e iluminado era este:
“Ya que me habéis
amado hasta darme a vuestro Hijo único para que fuese mi Salvador y mi Esposo,
los tesoros infinitos de su méritos son míos; os los ofrezco gustosa, y os
suplico que no me miréis sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón
abrasado de amor”.
Con este pensamiento sí que podemos leer las santas
Escrituras.
He aquí la primera definición del cristiano: “hermano
amado de Dios”.
El Nuevo Testamento es el conjunto de 27 escritos,
sumando los cuatro Evangelios, los Hechos de los Apóstoles, las Cartas de San
Pablo y las demás cartas y el libro final, que es el Apocalipsis. Estos libros
no se escribieron en este orden. Si los vamos a poner en el orden en que fueron
escritos – cosa que tampoco sabemos con exactitud – el primer escrito es una carta
de san Pablo a los fieles de Tesalónica, a los Tesalonicenses, donde él había
evangelizado. Escuchen, pues las primeras palabras del Nuevo Testamento, de
esta carta que se escribió sobre el año 50. Después de saludar a la comunidad,
san Pablo empieza así:
“Bien sabemos,
hermanos amados de Dios, que él os ha elegido, pues cuando os anuncié nuestro
evangelio, no fue solo de palabra, sino también con la fuerza del Espíritu
Santo y con plena convicción. Sabéis cómo nos comportamos entre vosotros para
vuestro bien” (1Tes 4-5).
Fíjense con mucha atención en esta expresión:
hermanos amados de Dios.
¿Quién es un cristiano? He aquí la respuesta
correcta. Un cristiano es un hermano amado de Dios. Dos palabras
que no tienen fondo: hermanos y amados.
Luego les dice que son “elegidos”.
En la carta a los Hebreos se dirá: “Por tanto,
hermanos santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al
apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús, fiel al que lo
nombró, como lo fue Moisés en toda la familia de Dios” (Heb 3,1-2).
¡Qué palabras que tenemos que recuperar en su
verdadero e insondable sentido para saber qué decimos cuando afirmamos que
“somos santos, porque en Cristo hemos sido santificados”, porque somos dignos –
como dice una Plegaria Eucarística – de estar en su presencia celebrando estos
misterios. Somos dignos de estar ante Dios, cantando su alabanza; somos dignos:
¿cabe mayor santidad que esta, el estar en la presencia de Dios, como están los
ángeles ante Él?
Sentirse amado y sentirse hermano
1. Sentirse amado por Dios es la mayor gracia que
nos puede ocurrir en la vida. Sentirse amado por Dios es una expresión que la
podemos mirar desde muchos lados:
- Dios está a mi favor.
- Si Dios me ama es porque me considera digno de su
amor, como si dijéramos digno de su categoría infinita.
- Si Dios me ama es porque me considera de su
propia familia, es decir, porque yo soy hijo de Dios, hija de Dios.
- Si Dios me ama es porque me abre su amistad, y la
amistad es diálogo, confidencia, regalo.
- Si Dios me ama y el amor está pidiendo fidelidad
esto quiere decir que Dios va a serme fiel hasta el fin.
- Si Dios me ama y lo propio del amor es amar
siempre más, esto significa que me ha de amar hasta el último suspiro.
- Si Dios me ama esto quiere decir que mi vocación
va a ser corresponder a su amor; pero esto es otro punto del que hablaremos
luego.
Y así uno puede ir escribiendo frases y frases sin
acabar, porque ha visto que el amor de Dios es el cielo en la tierra. El día
que yo lo comprenda tendré que decir: Dios mío, me basta; no quiero nada más,
porque no me puedes dar cosa más grande que la que me has dado, nada menos que
tu amor, el amor que le tienes a tu Hijo. Con ese mismo amor me amas a mí y me envuelves
a mí. A lo mejor no he descubierto todavía que mi suprema vocación es esta: ser
amado por ti. Aquí termina el mundo, sí: Yo soy amado pro Dios.
Hermanos amados de Dios: esta es la definición de
los cristianos.
Veamos qué significa hermano.
2. Hermano, por definición, es aquel que es
partícipe de la misma sangre, engendrado de la misma sangre, del mismo semen.
En una palabra: somos hermanos, porque procedemos del mismo Padre, porque somos
hijos del mismo Dios.
La comunidad cristiana es una comunidad de
hermanos. Y aquí viene bien la comparación con una familia. Sucede que con el
paso de los años uno se ha hecho famoso en la política, otro se ha hecho rico
con una empresa, otro se ha quedado trabajando en el campo y ha hecho lo que ha
podido y una hermana lleva años enferma sin poder hacer nada. Se juntan a
comer, porque es la fiesta de la madre, y ¿quién es el más importante de los
hermanos?, ¿quién merece más honor? Si son hermanos, son iguales. Y si hubiese
que dar una preferencia, no hay que dársela al que aparece en los periódicos y
en la televisión, sino a la hermana enferma, que en la vida, por sus
limitaciones, no ha podido hacer aparentemente nada.
Hermanos, esto es la Iglesia. ¿Quién es el más
importante en la Iglesia? ¿Qué lenguaje es este? ¿Qué nos dice Jesús? “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí,
porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos” (San Mateo,
capítulo 23, versículo 8). Nos os dejéis llamar “rabbí”: no importa la
palabrita. Todos vosotros sois hermanos.
Hermanos amados de Dios. Somos, pues, hermanos,
porque somos amados de Dios.
3. Una tercera palabra que aparece en las primeras
líneas de este primer escrito del Nuevo Testamento es esta: “elegidos”. En
otros lugares se nos explicará qué quiere decir “elegidos”. Quizás el texto más
famosos sea el comienzo de la Carta a los Efesios:
“3 Bendito sea
Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, | que nos ha bendecido en
Cristo | con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
4 Él nos eligió en
Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos e intachables
ante él por el amor.
5 Él nos ha
destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, |
a ser sus hijos,
6 para alabanza de
la gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el
Amado” (Ef 1,3-6).
Yo he sido elegido desde antes de la creación del
mundo para formar parte de un proyecto concreto de Dios: pertenecer al pueblo
de su Alianza, que ay existía en el Antiguo testamento y que ahora Dios lo
quiere llevar a la plenitud.
¿Cuáles son los planes de Dios?: Que seamos santos
e intachables ante él por el amor
Y esto ¿cómo? Siendo sus hijos: “Él nos ha
destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, |
a ser sus hijos”.
Ya veis, hermanos, hemos llegado a la cumbre: No
hay cosa más grande en el mundo que vivir como hijos de Dios. El oficio que en
él desempeñemos es indiferente, porque la misión es una: siendo hijos de Dios,
vivir como hijos de Dios.
Vamos ahora con una cuarta expresión que he citado:
“hermanos santos”
Hermanos santos
Recordemos: “Por tanto, hermanos
santos, vosotros que compartís una vocación celeste, considerad al apóstol y
sumo sacerdote de la fe que profesamos: a Jesús…”
Palabras que, si no nos diera vergüenza, las
podríamos emplear en nuestros saludo: hermano santo, hermana santa. Una palabras
que san Pablo la ha empleado y los escritos del Nuevo Testamento. Voy a citar
tres saludos de Pablo.
A los Romanos: “A todos los que están en Roma,
amados de Dios, llamados santos, gracia y paz de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo” (Rom 1,17).
En la primera a los Corintios: “Pablo, llamado a
ser Apóstol de Jesucristo por voluntad de Dios, y Sóstenes nuestro hermano, a
la Iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados por Jesucristo,
llamados santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de
nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro: a vosotros, gracia y paz de
parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (1 Cor 1,1-3).
En la segunda a los Corintios: “Pablo, apóstol de
Cristo Jesús por voluntad de Dios, y Timoteo, el hermano, a la Iglesia de Dios
que está en Corinto, con todos los santos que residen en Acaya: gracia a
vosotros y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (2Cor
1,1-2).
Ya veis, por estas muestras: los cristianos en las
primeras comunidades se calificaban de santos; santos que quiere decir
“consagrados” por Jesucristo desde el momento del bautismo.
Consecuencias: un pensamiento, una psicología, unos compromisos
Después de estas reflexiones vienen las
derivaciones que espontáneamente brotan para la vida.
Si yo he grabado bien en mi corazón el pensamiento
de que yo soy un pecador, al punto se crea en mí una actitud de vida que tiene
sus inmediatas consecuencias: seré humilde, seré incapaz de juzgar, de
criticar, de rechazar… Todo esto es benéfico, evitando que tales pensamientos
no me generen una extraña conciencia de culpabilidad que me lleve a la
depresión.
¿Qué diremos de lo que se va a producir en mí, si me
llega a traspasar mi cuerpo y mi alma la conciencia viva y continua de que yo
soy santo, porque he sido santificado por Jesús, que me llama a la santidad y a
una vocación celestial, como me ha dicho la Carta a los Hebreos.
1) Si yo soy santo porque he sido santificado por
Jesucristo, porque él me ha revestido de su propia santidad, se crea en mí una
conciencia nueva de mi propia dignidad. No soy santo porque sea un héroe, sino
porque Jesús me ha revestido de su santidad. Esa es mi vocación sublime, que no
envidio a ninguna otra ni la cambio por ninguna otra.
2) Trataré de caminar en santidad todos los días de
mi vida. Caminar en santidad significa caminar en diálogo con Dios, que es el
verdadero interlocutor de mi vida. No haré ante sus ojos nada que ofenda su
divina mirada.
3) Pensaré que tengo una gran misión en la vida que
cumplir, y, con su gracia la cumpliré, del modo que Él me indique. Ser santo
significa proyectar la santidad de Dios en el mundo, la bondad de Dios, la
misericordia de Dios.
Hermanos, hemos sido llamados a ser santos, y nadie
podrá arrebatarnos esta alegría.
Guadalajara, Jalisco, 8 marzo 2016