Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador (30 minutos y 26 segundos)
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo
he sido santificado (30 minutos, 46 segundos).
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama
misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el
verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo
de la misericordia de Dios.
I. Misericordiosos
como el Padre: Yo soy pecador
Bajo el signo del Año Jubilar de la misericordia
Todo lo que
vamos a decir o proclamar en tas Pláticas cuaresmales va a ser bajo el signo
del Año de la Misericordia.
Este Año Jubilar
se inauguró el año pasado el día de la Inmaculada, 8 de diciembre de 2015. ¿Por
qué esta fecha? El Papa escogió esta fecha, porque justamente hace 50 años, el
8 de diciembre de 1965, se concluía el Concilio Vaticano II, el hecho más
transcendental que aconteció en la Iglesia en el siglo XX. Día de la
Inmaculada, que para los cristianos es un
signo supremo de la misericordia de Dios, como lo explicaremos en algún
momento.
Y concluirá en
la fiesta de Cristo Rey de este año, que es el domingo 20 de noviembre de 2016.
Este Año Jubilar fue
convocado con una bula, que se titula Misericordiae vultus, en
castellano, El rostro de la Misericordia. El rostro de la misericordia
de Dios es Jesucristo.
Quiero comenzar estas
pláticas leyendo los dos primeros números de los 25 que tiene la bula. Es muy conveniente
adquirir este folleto para tenerlo no como libro de información y de lectura,
sino como libro de meditación.
1. Jesucristo es el
rostro de la misericordia del Padre. El misterio de la fe cristiana parece
encontrar su síntesis en esta palabra. Ella se ha vuelto viva, visible y ha
alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. El Padre, « rico en misericordia » (Ef
2,4), después de haber revelado su nombre a Moisés como « Dios compasivo y
misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6) no ha
cesado de dar a conocer en varios modos y en tantos momentos de la historia su
naturaleza divina. En la « plenitud del tiempo » (Gal 4,4), cuando todo estaba
dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen
María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien lo ve a Él ve al
Padre (cfr Jn 14,9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda
su persona[1] revela la misericordia de Dios.
2. Siempre tenemos
necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría,
de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la
palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el
acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro. Misericordia:
es la ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con
ojos sinceros al hermano que encuentra en el camino de la vida. Misericordia:
es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de
ser amados para siempre no obstante el límite de nuestro pecado.
El eslogan de “Misericordiosos como el Padre”
El eslogan de
este año dice: Misericordiosos como el Padre. Está representado en ese
bellísimo icono que lo podemos ver en estampas, folletos, y aquí en esta
iglesia en un cartel de grandes dimensiones junto a la puerta de entrada.
Representa a Jesucristo con la oveja perdida cargada en sus hombros. Jesucristo
con la túnica blanca es Jesús Resucitado. Tiene las llagas en sus manos y pies.
Está en esa actitud vencedora como lo representa la iconografía oriental cuando
Jesús rompe las puertas del abismo y entra como jefe de salvación. Ya veis que
no lleva una oveja en los hombros, sino que lleva a un hombre. Este hombre es Adán y en Adán estamos
todos nosotros. Hemos sido salvados por Cristo, que es la misericordia del
Padre.
Podemos
observar dos detalles en el rostro de Cristo y de Adán, uno que se refiere a
los ojos y otro a la boca. El rostro de Cristo y el de Adán se han aproximado
de tal forma que el artista, en vez de diseñar dos ojos para Cristo y dos para
Adán, han puesto entre las dos caras tres: el ojo derecho de Cristo y el ojo
izquierdo de Adán son el mismo. Con esto
se quiere significar que el hombre, ya redimido, ve la vida con la misma mirada
de Cristo. Ver la vida como la ve Dios sería la meta de nuestra divinización,
obra de la misericordia de Dios. A esto quisiéramos llegar en la culminación de
nuestras pláticas: ver la vida – los hombres y las cosas – como Dios las ve.
Por otra parte
los labios de Cristo y los labios de Adán se han aproximado. El Evangelio de
san Juan dice que Jesús Resucitado, en la tarde de aquel día primero de la
semana, cuando los apóstoles estaban en el cenáculo, encerrados por miedo a los
judíos, se les presentó el Señor, insufló sobre ellos y les dijo: Recibid el
Espíritu Santo. El Espíritu era el aliento divino que Dios insufló en el
hombre el día de la creación para transmitirle su propia vida y hacerle ser
viviente.
El lema del año
– Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso – está tomado
de la Biblia y es, en concreto, una frase de san Lucas capítulo 6, versículo
32. Este versículo me trae a la mente un recuerdo de mi juventud que les voy a
compartir, porque fue muy luminoso y nunca lo he olvidado. Hace cincuenta años
y algo más, me encontraba yo en el Instituto Bíblico de Roma (1962-1964)
estudiando Sagrada Escritura; invitaron a un célebre profesor benedictino, P.
Jacques Dupont, a que nos diera una
conferencia magistral de su especialidad, que era el Sermón de la
Montaña. El tema de la conferencia era este: “Sed misericordiosos como vuestro
Padre es misericordioso”. San Mateo, en el lugar correspondiente, trae esta
frase de Jesús de otro modo. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es
perfecto (Mt 5,48). Era una clase de exégesis, no una meditación, una
reflexión, no era en la capilla, sino en el aula magna.
Se trataba de
indagar qué dijo realmente Jesús: Sed misericordiosos… o Sed
perfectos… Una exégesis simple, que no convence, sería la siguiente: Jesús
dijo las dos cosas; una vez dijo Sed perfectos y otra vez dijo Sed
misericordioso.
Yo no tengo los
apuntes que entonces le tomé; pero recuerdo perfectamente lo que él nos
explicó. Con toda probabilidad la frase original de Jesús fue esta: Sed
misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso, y no: Sed perfectos,
como vuestro Padre celestial es perfecto.
Y la razón
principal era esta: En el estilo de la Biblia, comenzando ya en el Antiguo
Testamento, no se nos dice que imitemos la perfección de Dios, pero sí la
compasión y la misericordia de Dios. El comportamiento de Dios debe ser modelo
de nuestro comportamiento, en cuanto que es un modelo bondadoso y compasivo,
misericordioso, como cuando se nos da el motivo para guardar el descanso del
sábado (Deut 5,12-15)
San Mateo y la
comunidad de san Mateo tenían derecho para decir: Pues justamente eso es la
perfección de Dios; por tanto, seréis perfectos si sois misericordiosos como el
Padre del cielo.
Yo soy pecador: Dos visiones del pecado
Hermanos,
cuando decimos “Yo soy pecador”, ¿qué es exactamente lo que queremos decir?
Hay dos
visiones del pecado que debemos distinguir: una es la que alcanzamos con nuestra
simple observación natural, incluso psicológica. Otra, muy distinta, es la que
uno obtiene desde la fe. Veamos una y veamos otra.
Veamos la
primera
A poca
inteligencia que tengamos, aceptamos sin grandes dificultades: Nadie es
perfecto, todos los equivocamos. O todos podemos tener un error. No hay que
dramatizar las cosas. No hay que exagerar, porque eso nos puede traer una
perniciosa conciencia de culpabilidad, que no lleva a nada.
Las leyes
humanas tienen que tener en cuenta este principio, porque, de otro modo, no hay
manera de arreglarse.
Yo soy español
y desde esta ladera del Atlántico estoy viviendo lo que esta temporada está
ocurriendo en España, en que no hay manera de formar gobierno. ¿Podría yo dar
esta plática en medio del parlamento? ¿Podría yo ir con el Evangelio y decirles
lo que ahora quiero decir a ustedes?
La respuesta
que no pocos me darían es esta: Déjate a un lado el Evangelio, porque el
Evangelio no está hecho para gobernar un país, porque no puede aparecer la Palabra
Dios en nuestras leyes. En México me dirían igual.
Dios como
criterio de vida ha sido desterrado de muchas legislaciones.
En esta
perspectiva, ¿qué quiere decir “Yo soy pecador”? O poco o nada.
Hay que
discurrir de otra manera. Si te he molestado, dispénsamelo y seguimos adelante,
que a lo mejor yo tendría que decirte a ti lo propio.
Si tomáramos
esta postura. Ya sería mucho, acaso la clave de la solución, pero este
humanismo, en sí laudable, no nos da todavía la clave de la revelación
evangélica.
Hoy en España
hablar del aborto es estar fuera del área de una negociación de gobierno.
¿Podría yo proclamar en el parlamento que el aborto pertenece al género del
pecado, y que tenemos clarificar criterios de este tipo de defensa de la vida
si nos hemos de sentar en vías de un acuerdo…? Esto puedo decirlo en la
iglesia, donde nadie me va a contradecir, pero la política se hace desde otro
lado.
Vuelvo, pues, a
la pregunta que formulo esta tarde para que esa pregunta se clave en mi
corazón: ¿Es verdad que yo soy pecador? Yo, hermanos, no soy pecador, porque…,
porque Dios lo ha querido: no he hecho un gran disparate, ni he tenido
oportunidad para ello. Desde niño entré en un seminario y en maldades no he hecho nada fuera de lo corriente.
Si yo pienso
así, no puedo celebrar la misa, porque la misa comienza: Yo confieso ante
Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho… Y luego el
sacerdote sigue pidiendo perdón no para la asamblea que tiene delante, sino
para sí y para todos los demás: El Señor todopoderoso tenga misericordia de
nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.
Comenzamos a
sospechar que el pecado es algo mucho más serio que esos fallos que uno naya
podido tener en la vida, y que hay que olvidarlos si queremos vivir en paz.
Tenemos, pues
que pasar a la otra visión, a ver el pecado como lo ha visto Jesús.
La otra visión: cómo ha visto Jesús el pecado
Para Jesús el
pecado es cosa distinta de esos fallos lamentables que pueden ocurrir en la
vida, y que queremos subsanar. Con esta visión nos salimos del ámbito humano,
de un antropocentrismo de la vida; el pecado toca a Dios, hiere a Dios, el
pecado entra en el ámbito divino, y la importancia y la gravedad del pecado
estriba precisamente en esto: que todo pecado tiene que ver con la realidad
íntima y pura de Dios. El pecado hiere el corazón de Dios, el pecado es un
desprecio del amor de Dios. Dios se duele del pecado de los hombres, a tal
punto que ha entregado a su Hijo a la muerte por el perdón de nuestros pecados.
Así, ni más ni
menos. Diciendo estas cosas, entramos de pleno en la revelación, a la cual se
accede por la fe. Vamos a verlo en varios puntos. Y lo primero en el anuncio
inicial de Jesús.
1. Jesús
comienza su ministerio, según los santos Evangelios, recorriendo Galilea y
diciendo: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y
creed en el Evangelio» (Mc 1,15).
Jesús entiende
que el mundo es un proyecto de Dios, que la historia ha ido germinando, que
hemos llegado a la etapa final y que
para entrar en esa etapa definitiva hay que convertirse, dejando la propia vida
pasada y aceptando el Evangelio. “Convertíos y creed en el Evangelio” es una
frase que podríamos traducirla también de este modo: “Convertíos aceptando el
Evangelio”. Una conversión que fuera solo un repudio del pasado, pero no
aceptación del Evangelio, no sería para Jesús una conversión.
Este anuncio se
dirige a todos sin excluir a nadie. Todos hemos de pasar a la conversión,
rechazando el pecado y acogiendo el Evangelio.
2. Este mensaje
inicial de Jesús no fue un mensaje
pasajero, sino que era la palabra esencial para todo el que quisiera ser
discípulo. Lo hemos visto en la liturgia de estos días. “O aquellos dieciocho
sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más
culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os
convertís, todos pereceréis de la misma manera” (Lc 13,4-5).
Todos
pereceréis. ¿Yo también, si no he hecho nada malo? Yo también.
3. Otro dato
del Evangelio que nos puede traer mucha luz: la oración que Jesús nos entrega
para todos sus discípulos, el Padrenuestro. “Perdona nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Si yo no me
reconozco como pecador, no puedo rezar la oración del Señor.
Resumamos estos
puntos:
- Si yo no me
reconozco como pecador no puedo venir a la misa; sería un espectáculo, una
comedia.
- Si yo no me
reconozco pecador, no puedo rezar el Padrenuestro ni en comunidad ni en
privado; sería una falsedad.
- Si yo no me
reconozco como pecador, no puedo pertenecer al grupo de los discípulos de
Jesús.
De qué pecados se acusan los cristianos
Si realmente
somos pecadores, conviene saber, ante todo, de qué pecados “importantes” se
acusan habitualmente los cristianos. Estos pecados son principalmente tres:
1) Pecado de no
venir a misa los domingos.
2) Pecados referentes
al sexo en amplia gama. Un pecado “nuevo” en este aspecto: la pornografía por
Internet. Como pecado más grave, en el sexo, la infidelidad matrimonial, o
relaciones sexuales con otras personas, cosa tan frecuente en la cultura de la
juventud hoy.
3) Pecados
contra el prójimo, como, por ejemplo, no hablarse con un hermano o hermana.
Fácilmente
podemos descubrir que también la rutina se introduce en el pecado como para no
percibir la gravedad de lo que suponen las acciones humanas con respecto a todo
el plan de Dios.
Puntos para
meditar:
- ¿Qué es más
pecado: tener una relación sexual ilegítima o no hablarse con un hermano? ¿En
cuál de los dos pecados está Dios más ofendido?
- ¿Qué es más
pecado: un adulterio, que en la intimidad rompe un matrimonio, consagrado por
Dios y ante Dios, o no venir todo el año a misa…? (Dejar una misa es un pecado mortal, dejar
cincuenta misas son 50 pecados mortales…, matemáticas que no cuelan ante Dios…)
Preguntas que
nos pueden llevar a lo hondo del misterio del pecado.
Un sacerdote,
como el que les habla, puede atreverse a decir: Hermanos, por no venir a misa
nadie se va a condenar…, pero no me digan que ese es un cristiano de verdad…,
uno que no se relaciona, en la comunidad cristiana, con Dios, su Padre.
Entonces la
pregunta es esta: ¿Qué es ser cristiano?
Ser cristiano
es tener una relación vital – viva y verdadera – con Dios, nuestro Padre, que
nos ha revelado Jesucristo y llevar una vida conforme a esa dinámica, una
dinámica que la Iglesia, como madre, nos la presenta.
Descubrir el pecado en mí, por la revelación y la misericordia de
Dios
Si yo real y
verdaderamente me reconozco pecador:
1) Reconozco, ante todo, todos los errores que he cometido en mi
vida, de la magnitud que sean. Y reconozco que Dios, como Padre misericordioso
los ha perdonado, y al perdonarlos los ha destruido y los ha dado al olvido, haciendo
de mí una creatura nueva.
2) Reconozco que, al pecar, me he asociado a la “masa del pecado”
en el mundo, que es como una inmensa avalancha que ayer y hoy llena la tierra.
El pecado impera en el mundo y nos aleja de Dios.
3) Reconozco que, si bien he superado, grandes fallos de mi vida
anterior, hay infidelidades, que, por desgracia, me debilitan y manchan, las
cuales me invitan a estar en una vigilancia continua y en un estado de humildad
y continua conversión.
4) Pero hay más: advierto en el mundo de mi ser unas raíces malas,
cuya existencia no sé explicar (¿por qué sentimientos de soberbia, de envidia,
de vanidad, de lujuria, de odio…, si no los quiero ni me hacen feliz, y están
ahí…?), que me abren al Misterio tenebroso del pecado que jamás sabré explicar,
y que, por otra parte, me hacen calibrar el pecado como ofensa a Dios, mi
Creador y Padre, y como causante de la pasión y Muerte de Jesús.
El misterio del
pecado entonces, como vacío y absurdo, trae a mi alma el misterio infinito de
la Misericordia de Dios, del amor de Dios que se ha derramado en mí y que nunca
me dejará.
Deo gratias.
Cantaré
eternamente las misericordias del Señor.
Guadalajara, 7 marzo
2016
Misericordiae vultus - 6
Yo, pecador, me confieso
llamado a la conversión;
mi miseria, mi vacío
se colmarán con su amor.
Yo soy Adán en sus hombros
libre de la perdición,
por barrancos y entre espinas
me encontró y me cargó.
Trofeo soy de su gloria,
trofeo del Redentor;
por mí, ternura en su pecho,
él vino en la Encarnación.
Mi pecado es el misterio
que al Hijo de Dios mató,
a Dios mismo yo le hería
en mitad del corazón.
No lo entiendo, mas la fe
descubre mi sinrazón,
y la eterna gratitud
será mi eterna canción.
Dios es mi Dios para mí
cuando me da su perdón;
misericordia es su nombre,
que en mis palmas se grabó.
Eternamente diré:
Dios de mi fe es amor.
Dios es mi felicidad,
Dios es mi gracia y mi don.
7 marzo 2016
Rufino
María Grández,
Misionero
de la Misericordia
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