Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador.
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo
he sido santificado.
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama
misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el
verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo
de la misericordia de Dios.
IV. El encuentro con Jesús
es el verdadero encuentro con la misericordia
es el verdadero encuentro con la misericordia
Para entender a Jesús hay que partir del Dios de la alianza
El Dios
revelado es el Dios de la alianza, decíamos ayer. Un Dios que no pudieron
alcanzar los filósofos y sabios. El Dios de los filósofos no es el Dios
viviente, sino el Dios nacido como fruto necesario de nuestras consideraciones.
Recordemos los
puntos centrales de nuestra meditación de ayer:
1)
El Dios
de la fe es el Dios de la Biblia.
2)
El
Dios viviente.
3)
Que
es el Dios revelado como alianza e historia.
4)
Es
el Dios que acompaña al hombre.
5)
Que
se muestra como amor: sea ternura sea perdón.
6)
Que
es el Dios de nuestra esperanza, el Dios de nuestro premio.
7)
Y en
conclusión, la revelación de Dios están tan unida a la comprensión del hombre
que la revelación de Dios es la revelación del hombre.
Esta es la
síntesis de nuestra fe cristiana. La fe se ha abierto paso en medio de todos
los avatares y dificultades de la evolución del hombre. Por eso la fe está mezclada
con tantas dificultades, que provienen de nuestro conocimiento tan limitado.
Pero, al final, por encima de todos los obstáculos la fe se levanta
esplendorosa y coherente.
Y para nosotros
la comunidad de Jesús, que es la Iglesia, es la Casa de la Fe. La Iglesia, en
medio de todos los vericuetos de este mundo, nos conduce hasta el encuentro
definitivo con Dios, nuestro Padre. Y esta es la hermosura de la Iglesia.
Cuál es el verdadero rostro de Jesús, que queremos definirlo como
la misericordia de Dios
Al estudiar la
persona de Jesús los intérpretes de la Escritura nos hablan de dos
perspectivas:
- del Jesús
histórico
- y del Cristo
de la fe.
De tal forma
están mutuamente implicadas estas dos visiones del Señor que tenemos que decir:
- No existe el
Jesús de la historia sino en el Cristo de la fe.
- No existe el
Cristo de la fe sin el Cristo de la historia.
En
consecuencia. Los Evangelios ¿son libros de historia o son libros de fe? Y la
respuesta es:
- Son libros de
historia y simultáneamente son libros de fe.
- Para acceder
a Jesús no se puede acceder a su historia sino a través de la fe (la fe de la
comunidad creyente que es quien ha escrito este testimonio vivo y vivificante
de Jesús), y no se puede acceder a la fe sino es por el camino de la historia.
Si no admitimos las dos cosas al mismo tiempo, la figura de Jesús se
volatiliza.
El testimonio histórico-creyente de los Evangelios
Cada uno de los cuatro Evangelios es un
testimonio histórico de Jesús y no se puede decir: Este es más histórico que
este otro. Ni tampoco se puede decir: este es más teológico que este otro.
Todos son históricos y todos son documentos de fe.
Y al mismo
tiempo es verdad que los Evangelios se dividen en dos grupos:
- los tres
primeros Evangelios se llaman Evangelios Sinópticos: se pueden poner los tres
en líneas paralelas y se observa que van siguiendo un esquema aproximado
contando los hechos y las palabras de la vida de Jesús. Al llegar a la Pasión
este paralelismo es más evidente.
- el cuarto
Evangelio tiene un estilo diferente, como veremos.
Vayamos, pues a
los cuatro Evangelios para ver cuál es la imagen de Jesús que ofrecen y para
comprobar que, efectivamente, la imagen de Jesús es la imagen del Dios de amor
de la alianza, la imagen que Jesús lleva grabada en sí, Jesús el rostro de
Dios. Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Y en otro lugar Jesús
dirá: Yo y el Padre somos uno.
El Jesús de los Evangelios Sinópticos
He aquí la
imagen de Jesús que nos presentan los Evangelios Sinópticos. San Lucas tiene un
prólogo muy instructivo para nuestro propósito. “Puesto que muchos han
emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido
entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio
testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto
escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente
desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has
recibido” (Lc 1,1-4).
Estas son las
claves:
1)
La
vida de Jesús se inicia en el Bautismo, y su Bautismo es del todo singular,
puesto que es el gesto de solidaridad de su persona con toda la raza humana (no
solo con Israel). El Bautismo queda coronado con la manifestación del Padre y
del Espíritu. Los cristianos, al leer el Evangelio podremos comprender que
Jesús es el “todo Dios” para el hombre.
2)
El
mismo Espíritu es el que le lleva al desierto para inaugurar su misión.
3)
La
inauguración de su misión es la predicación del Reino de Dios como ningún
profeta lo ha predicado, puesto que Jesús anuncia que “el tiempo ya se ha
cumplido” y que el hombre entra en el final de la historia.
4)
Jesús
entiende su historia como la actuación final de Dios en el mundo. Jesús es el
profeta escatológico de Dios. Ningún profeta se había considerado así.
5)
La
manifestación del Reino de Dios en el final de la historia la hace Jesús de
tres maneras:
- obrando la salvación por medio de
signos que cumplen las profecías;
- predicando este Reino con sus
palabras, siendo las parábolas las palabras más características de su
magisterio,
- y finalmente invitando a todos los
hombres a entrar en este Reino.
La parte mayor del Evangelio de los
Sinópticos está ocupada por estas tres indicaciones que acabamos de dar.
6)
Jesús
es rechazado por el sector más representativo de su pueblo, y asume el rechazo,
y de tal manera se mezcla en su corazón que el mismo rechazo se convierte en
profecía de la Pasión y Muerte, a las cuales Jesús les da el valor absoluto de
su misión: su muerte es justamente su misión, aceptación del mundo, salvación
del mundo.
7)
Jesús
entra como Mesías en la ciudad de Jerusalén, según las profecías.
8)
El
supremo anuncio de Jesús es el anuncio de su victoria al lado del Padre, de
forma que queda constituido como dueño de la historia y juez del mundo, porque
Jesús tiene la misma categoría de Dios. Lo anuncia antes de la Pasión y en el
momento supremo de la pasión ante Caifás.
9)
Jesús,
en el anuncio de su muerte, anuncia su victoria, es decir la victoria de Dios
sobre él, anuncia su resurrección.
10)
En
la Cena deja su memorial para la Comunidad de sus discípulos. La cena es una
novedad absoluta que nos e puede resolver con la mera comparación con la Cena
Pascual judía.
11)
Hay
dos evangelistas, Mateo y Lucas, que escribieron también unos episodios sobre
la Infancia de Jesús. ¿Qué es la Infancia de Jesús? Es la Infancia de Jesús
Resucitado. Desde esa perspectiva hay que leer estos relatos, esta es la clave.
Esta es la
imagen histórica de Jesús que se desprende del estudio de los Evangelios
Sinópticos.
La conclusión
es patente: Jesús ha unido de tal manera su vida al Dios de la alianza y al Espirita
de la promesa que el don de Dios al mundo no es otro que el don mismo de Jesús.
Realmente
podemos decir que Jesús es el rostro del Padre, el rostro misericordioso del
Padre; Jesús es el amor del Padre, es todo el amor del Padre, toda la vida del
Padre.
La imagen de Jesús en el
Evangelio de Juan, la misma por otro camino
Nuestra sorpresa
es grande. Adentrándonos en el Evangelio de Juan vemos que, al final, la imagen
de Jesús asimilado a Dios es igual en el Evangelio de Juan, si bien por otro y
con estilo muy diferente.
1. Ante todo
san Juan nos presenta un Prólogo grandioso. Es un himno al Señor,
presentando la síntesis de todo su Evangelio y diciéndonos de este modo: el
Jesús del que quiero hablar es este y no es otro, desde la primera línea hasta
el final.
De hecho, san
Marcos, considerado como el Evangelio más primitivo, había hecho otro tanto en
el título mismo de su Evangelio, al escribir: Comienzo del Evangelio de
Jesucristo, Hijo de Dios (Mc 1,1).
¿Qué nos dice
san Juan para introducir la historia de Jesús en la tierra?
1 En el
principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era
Dios.
2 Él estaba en el principio junto a Dios.
3 Por medio de él se hizo todo, y sin él no se
hizo nada de cuanto se ha hecho.
4 En él estaba la vida, y la vida era la luz
de los hombres.
5 Y la luz brilla en la tiniebla, y la
tiniebla no lo recibió. […]
14 Y el Verbo
se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria
como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad
Todo lo que va
a escribir san Juan lo va a escribir de este Verbo de Dios, Creador del mundo.
El Verbo de Dios es Jesús de Nazaret.
Al final del
Evangelio se nos hace una observación que explica cómo se ha escrito este
Evangelio y con qué criterio:
“Muchos otros
signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los
discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el
Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20,30-31).
Luego sigue un
epílogo, que termina con unas frases equivalentes a la conclusión primera: “Muchas
otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo
entero podría contener los libros que habría que escribir” (Jn 21,25).
El Evangelio según
san Juan se ha escrito para nosotros, los que creemos en Jesús, para que
nuestra fe se ilumine, penetre más y más en el misterio de Jesús y quede llena
de admiración.
2. San Juan,
para presentar la figura de Jesús, el Hijo amado del Padre hace una selección
de escenas, que él llama “signos”. Esta secuencias de signos se llama Libro de los
Signos. Escuchemos, mezclando lo que es en rigor “signo” y lo que es otro tipo
de escena:
ü Primera escena: La elección de los discípulos.
ü Segunda escena: Jesús manifiesta su gloria en las Bodas de Caná,
signo de las bodas mesiánicas.
ü Tercera escena: Jesús realiza el signo de la purificación del
Templo.
ü Cuarta escena: Jesús y Nicodemo, maestro de Israel.
ü Quinta escena: Jesús y la Samaritana.
ü Sexta escena: Jesús cura al hijo de un oficial real.
ü Séptima escena: Jesús cura al paralítico de la piscina de Betesdá,
que quiere decir Misericordia.
ü Octava escena: Jesús, pan de vida, da de comer a la comunidad de Israel,
principio de la comunidad mesiánica
ü Novena escena: Jesús, luz del mundo cura a un ciego de Nacimiento,
signo de la iluminación en el Bautismo.
ü Décima escena: Jesús, la resurrección y la vida, resucita a Lázaro,
muerto de cuatro días, signo de la resurrección final.
ü Última escena: Jesús entra como Mesías en la ciudad santa de Jerusalén
celebrar su Pascua y para ir
voluntariamente a la Pasión y muerte.
Junto a esto,
hay diálogos de Jesús con las autoridades judías, que manifiestan su
enfrentamiento y rechazo.
Pero ahora
viene la segunda parte del Evangelio de
san Juan – El Libro de la Gloria - que
le da el tono a todo su mensaje. Son los diálogos de Jesús con los suyos en la
Cena, largos capítulos que los intérpretes los han explicado así: Jesús en la
tierra, que no deja de ser el Jesús celeste, entra con su Iglesia en el Cenáculo
e instruye a la Iglesia, es decir, a nosotros sobre nuestra presencia en el mundo,
tras su partida, auxiliados por el Espíritu Santo.
Este Jesús nos
habla palabras divinas con la categoría de Hijo de Dios, porque él mismo es la
última palabra de Dios, la revelación plenaria a la humanidad.
Este Jesús que
nos presentan los Evangelios es el Hijo de Dios en el cual reside corporalmente
la divinidad, como dirá san Pablo.
Jesús presente hoy en la comunidad cristiana
Todos estos
puntos, que pueden semejar a unos puntos de una lección de Biblia, en el fondo
lo que pretenden es llevar nuestro corazón a la misma presencia de Jesús, a la
intimidad con él.
El Jesús de
nuestra intimidad es el Jesús viviente con el que vive la Iglesia.
He aquí esta
página que hemos leído hoy en el oficio divino, una página que se escribió en
el siglo V del Papa san León Magno (390-461). Nuestra carne está del todo unida
a la carne de Jesús; este es el misterio.
De los Sermones de san León Magno, papa
(Sermón 15 Sobre la pasión del Señor, 3-4: PL 54, 366-367)
MEDITACIÓN SOBRE LA PASIÓN DEL SEÑOR
“El que quiera venerar de verdad la pasión del Señor debe
contemplar de tal manera, con los ojos de su corazón, a Jesús crucificado, que reconozca su propia carne en la carne de Jesús.
Que tiemble la tierra por el suplicio de su Redentor, que se
hiendan las rocas que son los corazones de los infieles y que salgan fuera,
venciendo la mole que los abruma, los que se hallaban bajo el peso mortal del
sepulcro. Que se aparezcan ahora también en la ciudad santa, es decir, en la
Iglesia de Dios, como anuncio de la resurrección futura, y que lo que ha de
tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones.
No hay enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz, ni hay
nadie a quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta fue de provecho para
los que tanto se ensañaban con él, ¿cuánto más no lo será para los que se
convierten a él?
La ignorancia ha sido eliminada, la dificultad atemperada, y la
sangre sagrada de Cristo ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las
fronteras de la vida. La oscuridad de la antigua noche ha cedido el lugar a la
luz verdadera.
El pueblo cristiano es invitado a gozar de las riquezas del
paraíso, y a todos los regenerados les ha quedado abierto el regreso a la
patria perdida, a no ser que ellos mismos se cierren aquel camino que pudo ser
abierto por la fe de un ladrón.
Procuremos ahora que la ansiedad y la soberbia de las cosas de esta
vida presente no nos sean obstáculo para conformarnos de todo corazón a nuestro
Redentor, siguiendo sus ejemplos. Nada hizo él ni padeció que no fuera por
nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea
también el cuerpo.
En primer lugar, aquella asunción de nuestra substancia en la
Divinidad, por la cual la Palabra se hizo carne y puso su morada entre
nosotros, ¿a quién dejó excluido de su misericordia sino al que se resista a
creer? ¿Y quién hay que no tenga una naturaleza común con la de Cristo, con tal
de que reciba al que asumió la suya? ¿Y quién hay que no sea regenerado por el
mismo Espíritu por el que él fue engendrado? Finalmente, ¿quién no reconoce en
él su propia debilidad? ¿Quién no se da cuenta de que el hecho de tomar
alimento, de entregarse al descanso del sueño, de haber experimentado la
angustia y la tristeza, de haber derramado lágrimas de piedad es todo ello
consecuencia de haber tomado la condición de siervo?
Es que esta condición tenía que ser curada de sus antiguas heridas,
purificada de la inmundicia del pecado; por eso el Hijo único de Dios se hizo
también hijo del hombre, de modo que poseyó la condición humana en toda su
realidad y la condición divina en toda su plenitud.
Es, por tanto,
algo nuestro aquel que yació exánime en el sepulcro, que resucitó al tercer día
y que subió a la derecha del Padre en lo más alto de los cielos; de manera que,
si avanzamos por el camino de sus mandamientos, si no nos avergonzamos de
confesar todo lo que hizo por nuestra salvación en la humildad de su cuerpo,
también nosotros tendremos parte en su gloria, ya que no puede dejar de
cumplirse lo que prometió: A todo aquel que me reconozca ante los hombres lo
reconoceré yo también ante mi Padre que está en los cielos”.
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