Sábado
Santo, un océano de paz
Meditación
(Meditatio
pauperis in deserto)
Ayer tarde –
tarde de Viernes Santo – escuchábamos en la celebración sagrada el Evangelio de
la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan. Lo sublime se viste de lo
sencillo, para que pueda alcanzar nuestros corazones.
1. Al regresar
silenciosamente a casa…, (mejor, permanecí en el templo largo rato, sin ganas
de pensar; mi pensar era simplemente estar, de estar en paz. Al regresar a
casa, me parecía que lo ordinario era sublime… Cené un poquito, como de Sábado
Santo… y luego me perdí, divagando, sin pensar…, o acaso pensando lo que se
debe pensar en Sábado Santo.
Ya no sabe uno
si piensa, si está pensando…, o si está siendo pensado, si está siendo pensado
– todo el ser pensado – o si está envuelto en una serena sensación intuitiva,
que dice: Todo está bien.
Una sensación
que te adormece, porque Dios está ahí.
2. Percibí
entonces que la Pasión de Jesús, y en este caso la Pasión de nuestro Señor
Jesucristo según san Juan, es la Sabiduría de Dios, Sabiduría que desciende
al corazón.
Viernes Santo
del año de gracia 2016, que coincidía ser, por razones astronómica del
calendario, día 25 de marzo, día de la Encarnación. Bella coincidencia… La
Encarnación y la Cruz de la Pasión y Muerte son el mismo misterio, la ecuación
del amor de Dios al hombre. Gracias, Dios mío… (No podemos saltarnos el 25 de
marzo y se corre para el primer día que la Pascua del Señor lo permita).
Acaso no se
pueda ser Dios sino así, solamente así, amando locamente al hombre. Seguramente
no hay otra manera de ser Dios que esa… (No me digan que esto es una monumental
herejía…, que ya lo sé y no hace falta decirlo; pero detrás de la más bárbara
herejía hay un atisbo de verdad divina. A esa me refiero. Se trata, en el
fondo, de la verdad del amor. Ya dijo dante en el último verso de la Divina
comedia: “L'amor che move il sole e l'altre stelle (Paradiso XXXIII,145)
è l'ultimo verso del Paradiso e della Divina Commedia di Dante
Alighieri”.
Pensé, pues,
que el cuerpo muerto del hijo de Dios entre el cielo y la tierra era…, es, será
la última sabiduría. Stat crux dum volvitur orbis… Está erguida la cruz,
mientras el orbe da vueltas y vueltas…
Jesús ha
muerto, la historia sigue…, me decía. Y en este mismo momento la historia
sigue, hirviendo en borbotones fragorosos y explosivos, cmo una caldera al
fuego. En las parroquias se habrá recordando, al evocar la Pasión de Jesús, lo
que pasó el martes en Bruselas, el Martes Santo. Lo recordaba en su tradicional
Sermón de Viernes Santo ante el Papa el Predicador de la Casa Pontificia (mi
antaño compañero de estudios y refectorio, hermano Raniero Cantalamessa). Pues
¿qué pasó?, acaso digan dentro de unos años los jóvenes. La masacre de
Bruselas: muy poquito muertos, por cierto, si se comparan en los que
sordamente, día a día, vamos teniendo este mismo año en México. Pero aquello
era como un aviso o re-aviso de que la Guerra arde en el corazón del mundo, la
Guerra cuyos estallidos futuros nadie puede adivinar… Dicen los que van a Roma
que tristemente el Vaticano está blindado y que para entrar a orar hay que
pasar controles…
Para ir al
calvario no hay ningún control: está ahí, en medio del universo, entre el cielo
y la tierra.
Jesús moría en
la cruz. Su cuerpo yacente entre el cielo y la tierra producía una inmensa paz
en mi corazón, que, de pronto, era la Sabiduría de la vida. Al fin, Dios, solo
Dios, cuando los humanos nos debatimos… y cuando respiramos, respiramos
temerosos y acaso enfurecidos.
Regnavit a
ligno Deus…, dice el antiguo himno. Sí Cristo
reina desde la cruz. No hace falta saber el cómo, pero ahí está: el Rey de amor
reina, porque ha penetrado de amor la historia. Y beso que hemos dado a Jesús
en la cruz esta tarde era la pública y ardiente confesión de amor de nuestros
corazones.
3. En medio de
mis pensamientos un pensamiento me dominaba: ¿Qué pensará Dios de todo esto?
Hace muchos años una religiosa orante, humilde y pura, me dijo: Quisiera
conocer un pensamiento de Dios… ¡Qué sabiduría tenía aquella mujer que, ahora
sí, cuando hace también muchos años traspasó la barrera divina, vive con Dios y
sabe todos los pensamientos de Dios!
¿Qué pensará Dios
de todo esto, de su Hijo muerto de amor que desaparece en este puntito
invisible del universo, que es el planeta tierra? Dios pensará amor, pues no
tiene otro pensamiento.
Pues… ¿qué
transformación tiene que hacer Dios, para que este pecado nuestro para Él se
transforme en pensamiento de amor…, pues para Dios solo el amor es realidad y
todo lo que no sea amor debe transformarse en amor para que sea pensamiento de Dios?
Una inmensa paz
tenía quieto el universo. La paz de la Encarnación, la paz de la Crucifixión,
la paz de la Muerte, de donde brota la paz de la Resurrección.
4. El Evangelio
de Juan, que volvía a mis oídos, destila divinidad, transpira paz. Los dolores
de Cristo han sido absorbidos por la divinidad que se nos entrega en esta
lectura sacramental del texto sagrado. El relato de la pasión es revelación que
se derrama en el corazón de la Iglesia.
En el punto culminante
de este relato hay una escena de divina maternidad, que envuelve al mundo en
entrañas maternas. La Madre de Jesús (nunca en el cuarto Evangelio se llama a
esta “madre” María) estaba allí. Para Jesús era simultáneamente dos realidades,
fundidas en una:
- era “su Madre”
- y era la “Mujer”.
Las dos cosas
como en Caná de Galilea, cuando todavía no había llegado su hora. Y María, la
Madre, le hizo saber que sí había llegado su hora, pues en Caná de Galilea, al
dar inicio a sus signos, Jesús manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en
él. Era el primer signo de Jesús y la Mujer, su Madre.
Y ahora lo mismo.
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su
madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes
a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio
(Jn 19,26-27).
La relación de María
y la Comunidad de los discípulos de su hijo es una relación de mutua propiedad,
como una relación de amor nupcial.
Los misterios
se moldean misteriosamente a nuevos matices, que quizás el hombre en un primer
momento no conoce… La Virgen María es la Madre y Esposa del Verbo…
Jesús es el
esposo de la Iglesia, dentro de la cual está María, pero también María es la
Madre de la Iglesia, es la Madre de los discípulos de su hijo, es mi Madre. La
palabra grávida del Evangelio la ha traducido así nuestra Biblia española: como
algo propio.
Juan, por
voluntad y encargo del Señor, recibió a María como a madre. Ya acaso Juan pensó
en lo íntimo del corazón: Cuando lo necesite, yo voy a ser para ella una madre.
La Iglesia tiene
este aire de maternidad, y la maternidad es la divinidad de Dios en la tierra.
No sé quién
inventó esta coplilla mejicana, que aquí la rezan por todas partes tantas
veces, como oración de catecismo:
Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes,
ven conmigo a todas partes
y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto
como verdadera Madre,
haz que me
bendiga el Padre,
el Hijo y el
Espíritu Santo.
Sábado Santo,
una inmensa paz, paz que unge cielo y tierra, se cierne por todas partes.
5, Sábado Santo:
quiero evocar para terminar aquel breve himno que salió de mi corazón un día de
1982, recibido por el Oficio Divino como Himno matutino de Sábado Santo:
Venid al huerto, perfumes,
enjugad la blanca sábana:
en el tálamo nupcial
el Rey descansa.
Muertos de negros sepulcros,
venid a la tumba santa:
la Vida espera dormida,
la Iglesia aguarda.
Llegad al jardín, creyentes,
tened en silencio el alma:
ya empiezan a ver los justos
la noche clara.
Oh dolientes de la tierra,
verted aquí vuestras lágrimas:
en la gloria de este cuerpo
serán bañadas.
Salve, cuerpo cobijado
bajo las divinas alas;
salve, casa del Espíritu,
nuestra morada.
Amén.
(Véase: fr. Rufino María Grández, O.F.M.Cap., Himnario
de Cuaresma. Edición digital 2015, pp. 139-140),
Sobre el Sábado Santo, puede verse en este blog:
216. Sábado santo. la soledad de la Madre (7 abril 2012)
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