787 - V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo
de la misericordia de Dios
Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador.
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo
he sido santificado.
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama
misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el
verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo
de la misericordia de Dios.
V. Mi programa
de vida bajo el signo de la misericordia de Dios
El fruto del árbol bueno
En este plan de
cinco pláticas cuaresmales hemos estando compartiendo una doctrina de fe, de la
cual ahora queremos extraer su fruto. Recuerden: yo soy pecador – Yo soy santo
– Dios es mi Padre – Jesús es mi hermano como Hijo de Dios. Y ahora, en
conformidad con todo esto, nos toca sacar las conseceucnias. Si este es el
mensaje que nos viene de la palabra viviente de Dios, ¿cuál ha de ser mi
comportamiento en la vida? Dicho de otra manera: ¿Quién soy ante Dios, ante mí
mismo, ante la sociedad que me rodea? ¿Qué misión tengo en este mundo? ¿Cómo
debo realizarla?
Recordad una
palabra de Jesús:
“Plantad un
árbol bueno y el fruto será bueno; plantad un árbol malo y el fruto será malo;
porque el árbol se conoce por su fruto” (Mt 12,33). Esto es de san Mateo.
Y en el
Evangelio de san Lucas leemos así: “Pues no hay árbol bueno que dé fruto malo,
ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto;
porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los
espinos” (Lc 6,43-44).
Seguramente que
Jesús está recogiendo de la sabiduría popular, de los efranes que ha ido
creando el pueblo.
El árbol bueno
produce frutos buenos, no puedo sino producir frutos buenos. Y el árbol malo
contrario.
El árbol bueno
puedo ser yo mismo; el árbol bueno puede ser Jesucristo. Pensemos que Jesús, el
Señor de nuestra fe de nuestro amor, de nuestro anhelo, es el árbol bueno, y
por nuestra unión con él nosotros vamos a producir frutos buenos”.
San Pablo nos
da esta consigna: “Ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded
unidos a él, arraigados y edificados en él, afianzados en la fe que os
enseñaron, y rebosando agradecimiento” (Col 2,8).
Si nosotros
somos un árbol, Cristo es nuestra raíz: estamos arraigados en él.
Si nosotros
somos un hermoso edificio, Cristo es nuestro cimiento: cimentados en él.
A veces, cuando
me toca bautizar a un niño o una niña aquí en esta iglesia, en la pequeña
homilía que sigue a la lectura del Evangelio o de otro texto, según vea los
rostros, les digo familiarmente:
- Seguramente
que ustedes han notado que yo no son mexicano.
Y con la cabeza
me están diciendo que sí, que no soy mexicano. Y entonces yo sigo:
- Si yo no les
he dicho nada. ¿Por qué saben ustedes que no soy mexicano? Porque se nota…
¿verdad?
Pues bien, esto
es un ejemplo. Un día este niño, esta
niña se hará un día mayor; irá al trabajo. Y allí sabrán si es cristiano o no
es cristiano, si es discípulo de Jesús o no lo es. ¿Por qué? Porque se nota, se
debe notar. No porque yo lleve una cruz en el pecho o una medalla de la Virgen de
Guadalupe. Se nota por mi testimonio, porque yo me comporto cono cristiano:
hablo lo que tengo que hablar y no participo en conversaciones que son
sencillamente pecaminosas; se nota, porque a la hora de ayudar al que lo
necesita, allí estoy yo, con generosidad y gratis. Se debe notar que somos
cristianos.
La vida cristiana comienza con un encuentro con Jesucristo
De niño aprendí
en el catecismo una definición de la fe. ¿Qué es la fe? Creer lo que no vimos.
La fe se ha estudiado más bien desde el aspecto intelectual que desde una
vivencia personal afectiva e integradora. El que cree aceptas las verdades que
Dios ha revelado, que superan la razón, aunque no vayan en contra de la razón ni la destruyan.
Y la acepta basado en la autoridad divina. Esto es, pues, la fe: entrar en el
conocimiento de realidades divinas.
En el primer
número de la encíclica Dios es amor (Deus caritas est) del Papa
Benedicto XVI se nos habla de la fe de otra manera.
He aquí estas
bellas palabras de Benedicto XVI que ha tenido mucha resonancia:
“Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el
cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por
una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento,
con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una
orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento
con las siguientes palabras: « Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo
único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna » (cf. 3, 16) (Deus
caritas est, 1).
Son
pensamientos que llevaba el Papa muy grabados en el fondo de su corazón. Nunca
olvidaré lo que dijo en la homilía de la inauguración de su pontificado:
“No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada
uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es
querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que
haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más
bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del
pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa
y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de
Dios que quiere hacer su entrada en el mundo”.
Al final de
esta célebre homilía se dirigía en particular a los jóvenes y se expresaba con
este tono:
“Quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada –absolutamente
nada– de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad
se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las
grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad
experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con
gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida
personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de
Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por
uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la
verdadera vida. Amén” (Aquí terminaba esta homilía)
Esta forma de
concebir la vida cristiana ha sido asumida completamente por el Documento de
Aparecida, que es el documento fruto de la reunión de los Obispos reunidos en
Brasil, en mayo de 2007. Uno de los que trabajarone este documento fue el
Cardenal de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, hoy Para Francisco.
Aquí se nos
dice en el número en el número 29, hablando de “La alegría de ser discípulo y
misionero de Jesucristo”:
“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona;
haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida, y darlo
a conocer con nuestra palabra y obras es nuestro gozo” (Aparecida, 29)-
El encuentro
con Jesucristo se presenta de diversas maneras. Se da el caso, antes
frecuentísimo, de quien había nacido en una familia profundamente cristiana,
que había mamado la fe con la leche de su madre, y que había crecido con el
buen ejemplo de sus padres y apoyado por el buen ambiente que le rodeaba. Poco
a poco iba madurando, y en un determinado momento de su vida, ya de una manera
adulta, consciente y libre, tenía que formular su opción por Jesucristo,
quitando todo lo que fuera rutina.
En otras
ocasiones el encuentro con Jesucristo se producía por una conversión, por un
cambio de vida que abría una ruta nueva.
El encuentro con Jesucristo y la renuncia al pecado
El que se
encuentra con Jesús, el Señor, renuncia absolutamente al pecado e inicia una
vida nueva.
Si leemos con
atención el Nuevo Testamento, esta era la condición de tanto que, habiendo
vivido en el paganismo, habían vivido en medio de muchos desórdenes.
Hablando a los
cristianos de Éfeso y diciéndoles qué es el hombre viejo, con sus vicios y
pecados, y que es el hombre nuevo, presenta los dos tipos de conducta
contrapuestos.
Y con este
realismo, les dice a los Corintios:
“No os hagáis
ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos, ladrones,
codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios.
Así erais algunos antes. Pero fuisteis lavados, santificados, justificados en
el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor
7,10-11).
Así úes,
hermanos, si queremos participar de los discípulos de Jesús tenemos que romper
absolutamente con todo lo que sea pecado. Jesús es tajante, sin contemplaciones.
Recordemos
aquellas frases tan gráficas de Jesús:
“Si tu mano o
tu pie te induce a pecar, córtatelo y arrójalo de ti. Más te vale entrar en la
vida manco o cojo que con las dos manos o los dos pies ser arrojado al fuego
eterno. Y si tu ojo te induce a pecar, sácalo y arrójalo de ti. Más te vale
entrar en la vida con un solo ojo que con los dos ser arrojado a la gehenna del
fuego” (Mt 18,8-9).
Partimos de
aquí: En esta vida nueva que nosotros queremos seguir, con la gracia del Señor,
rompemos absolutamente con el pecado. Y nos hacemos este planteamiento:
Señor, yo
quiero ser un cristiano de verdad: Ya sé que tú no me engañas ni me puedes
engañare. Pues yo, ni me quiero engañar, ni te quiero engañar.
Vamos a
describir, pues, cómo ha de ser el iedal de nuestra vida cristiana.
El Documento de
Aparecida quiere presentarse a los cristianos de América latina como un
programa total, vibrante, para vivir la fe con gozo inmenso, como discípulos y
misioneros. Todo discípulo es discípulo misionero. La fuerza de la misión y la
llamada a al misión arranca desde el bautismo.
Ahí queda ese
documento, que no puede ser un documento de anaquel de biblioteca, sino como un
documento extraordinario de lectura de formación cristiana, como un documento
que me está diciendo: Este es el programa de vida cristiana hoy en América. Un
documento de más de 500 números (554 en concreto), un libro para tomar
conciencia de cómo está hoy la vida cristiana en América Latina y relanzarnos a
la misión.
En determinado
momento dice el documento que en 40 años, “mientras en el período de 1974 a
2004, la población latinoamericana creció casi el 80%, los sacerdotes crecieron
44.1%, y las religiosas solo el 8%” (número 100, nota 41). No queremos ser los
conquistadores del mundo, sí los testigos de Jesucristo con el deseo de
irradiar la fe y comunicar con nuestro testimonio y palabra el mayor don que
hemos recibido.
En este
documento de Aparecida, hay una palabra que resuena fuerte e insistente, la
palabra alegría. El verdadero discípulo de Jesús debe vibrar de alegría, de
pasión; esa es nuestra fortaleza que nos viene de Jesús.
En resumen de
todo lo que hemos reflexionado, he aquí un programa de vida en cuatro
direcciones:
1.
Ser
cristiano auténtico y coherente.
2.
Ser
cristiano generoso con Jesús y siempre fiel.
3.
Ser
cristiano abierto a las necesidades de los hermanos.
4.
Y
ser cristiano dispuesto a anunciar y proclamar mi fe: discípulo misionero.
Auténtico y coherente
A nada que nos descuidemos la fe deriva en
rutina y el ser cristiano pasa a una especie de convencionalismo de cultura.
Soy cristiano porque algo hay que ser, porque eso pertenece a mi tradición, e
incluso porque es – puede ser – una forma de prestigio social.
Muy fácilmente,
si perdemos una profunda sensibilidad religiosa, nuestra fe cristiana, que por
su propia naturaleza debe ser fragante, novedosa y atrayente de por sí, pasa a
ser algo rutinario, algo legal.
En el ejercicio
del ministerio sagrado aparece tantos veces.
Me acuso de que el domingo pasado no fui a
misa. Por el modo de hablar un intuye que es una persona piadosa, y con
prudencia se atreve a pregunta:
- Estaba usted enferma.
- Sí.
- Pues entonces
no tenía obligación de venir a misa.
- Ya lo sé;
pero por si acaso…
¿Qué Dios está presente
detrás de nuestra confesión?
Otro caso:
- ¿Me puede
bendecir la casa?
- Claro que sí,
pero fíjese: No hay ninguna oración para bendecir las paredes, los muebles… No
se bendice eso; se bendice “el hogar”, la familia que va a habitar en esta casa.
Eso es lo importante. Se bendice a la familia, para que haya unidad, para que
al entrar y salir de casa reine la presencia de Dios; se bendice el hogar para
que sea hogar acogedor y hospitalario.
Y lo mismo
ocurre cuando se bendice un coche. Se bendice todo el conjunto de esa acción
humana: que cuantos usen el vehículo por trabajo o por placer vayan acompañado
de la presencia del Señor.
Nuestra fe,
hermanos, tiene que ser una fe iluminada, verdadera, transparente, gozosa, sin
miedo ni tabúes. Una fe que por sí misma irradia su hermosura.
Un cristiano, pues, auténtico y coherente, que
cumple no por cumplir, sino porque le sale del alma.
Una fe hermosa,
una virtud atrayente, que se predica pro sí misma.
Ser cristiano generoso con Jesús y siempre fiel
Cuando confieso
a un niño delante de un crucifijo hermoso que he puesto en sus manos, le digo:
Jesús nos ha
amado tanto que ha muerto en la cruz por mí y por ti. Jesús nos ha dado todo lo
que tenía, ya lo ves. ¿Qué le debemos nosotros a Jesús? Todo, todo nuestro amor.
Jesús nos habla al corazón, y allí sentimos cómo nos pide tantas cosas, porque nos
pone muy buenos pensamientos. Eso es lo que debemos dar a Jesús.
Así es. Y ante
ustedes, adultos, mi reflexión es: La medida del amor es amar sin medida.
Nuestra
generosidad con Dios ha de ser total. Ya nos lo dijo él cuando nos dio los mandamientos,
que es el código de nuestra alianza. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón,
con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas.
A Dios no se le
ama con la mitad ni con tres cuartas partes; a Dios se el ama al cien por cien,
con todo nuestro ser.
Ser cristiano abierto a las necesidades de los hermanos
Qué bien viene recordar
que no hay mayor felicidad que hacer felices a los demás.
¡Qué inmensa
satisfacción siente uno cuando ha aportado algo para hacer felices a los otros,
especialmente a los más débiles y necesitados!
¿Y cuántas
gracias tenemos que dar a Dios cuando un necesitado tiene confianza para que yo
le preste un servicio!
La lógica de la
fe verdadera es esta, no otra.
Y, en fin, hermanos, ser cristiano dispuesto a anunciar y proclamar
mi fe: discípulo misionero
Este es el
constante mensaje de Aparecida. Somos discípulos misioneros. La fe crece al
darla. La fe se expande no por propaganda, no por marketing. La fe que se me ha
dado es para compartirla. Nuestro apostolado primordial es este: el esplendor
de nuestra vida, que se hace resplandor de nuestra vida.
Hermanos, hemos
llegado al final.
Les habla un Misionero
de la Misericordia. El amor de Dios se ha derramado en el mundo. Ese amor misericordioso
brilla íntegro en el rostro de Jesús.
Ese amor, que hermosea
nuestra vida, es el que nosotros brindamos a los demás.
El Señor Jesús nos
conceda esta inmensa felicidad.
Guadalajara, 11
marzo 2016.
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