Texto evangélico:
41 Los judíos murmuraban de él porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», 42 y decían: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». 43 Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. 44 Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. 45 Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. 46 No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. 47 En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.
48 Yo soy el pan de la vida. 49 Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; 50 este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Hermanos:
1. Estamos dentro del discurso del pan de vida, en la sinagoga de Cafarnaúm, discurso misterioso de revelación que sigue al episodio de la multiplicación e los panes. Cuando Jesús mandó que se sentaran sobre la hierba, el evangelista anota: “Se sentaron; solo los hombres eran unos cinco mil” (Jn 6,10). Es tan misterio el hecho como el discurso. Uno y otro: el milagro de la multiplicación de los panes y el discurso los debemos leer como misterios de nuestra fe. Están escrito en un lenguaje especial, solo para iniciados. Para quien no sea discípulo de Jesús, todo esto es un mito, que puede pertenecer al mundo de la cultura, pero no al mundo de las realidades espirituales, que para él no existen.
Como iniciados, como discípulos de un Jesús que vivió y vive hoy inmortal y glorioso, nosotros leemos para nuestro gozo y sabiduría este Evangelio.
San Pablo en la lectura apostólica de este domingo nos ha hablado del Espíritu Santo, que habita en nuestros corazones y es un sello divino: “No entristezcáis al Espíritu Santo de Dios con que él os ha sellado para el día de la liberación final” (Ef 4,30). A ese Espíritu de Jesús invocamos para que nos introduzca en las verdades que Jesús nos enseña.
2. Jesús nos dice que él es el pan bajado del cielo, palabras que está diciendo el misterio de la Encarnación, y acaso también, palabras que misteriosamente aluden al misterio de la virginidad de María. Es el pan verdadero, es el pan vivo, es pan de vida entregado en la muerte, en la resurrección, en la Eucaristía. De ningún hombre, de ningún profeta, de ningún santo se puede hablar con semejante lenguaje. Y todo esto lo dice Jesús, en comparación con aquellas páginas gloriosas y sublimes del Antiguo Israel, que había comido en el desierto, durante cuarenta años el pan, pan de ángeles.
Para entrar en estos misterios Jesús nos dice unas frases, en la que nos vamos a detener y sobre al cual queremos reflexionar y profundizar. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”.
El profeta Isaías, el profeta Jeremías nos dijeron que seremos enseñados por Dios. “Tus hijos serán discípulos del Señor”, había prometido Isaías (Is 54,13). “Ya no tendrán que enseñarse unos a otros diciendo: «Conoced al Señor», pues todos me conocerán, desde el más pequeño al mayor” (Jer 31.34).
Hermanos, es verdad que la vida uno puede crearse un mundo de engaños y fantasías, cosa que debemos evitar. Pero más verdad es que uno puede dejarse enseñar por Dios en lo más íntimo de su corazón y abrirse a un mundo de maravillas, nunca sospechado. Nuestro verdadero maestro es Dios, que mora en lo íntimo del corazón. Si lo escuchamos con humildad, no seremos engañados. Y ese Dios y nadie más será el que nos abra el verdadero camino del conocimiento y de la vida.
3. Sobre esto insiste Jesús; pensémoslo. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Esa atracción misteriosa de Dios como Padre la sentimos cuando en el silencio bajamos al fondo del corazón. Y justamente el tiempo en que estamos, tiempo de descanso y vacación, tiempo de pandemia para todos, es un tiempo propicio para bajar a las verdades profundas del corazón.
Los más hermoso de la vida humana está dentro; y desde adentro hay que organizar lo demás.
Pero, si abrimos los ojos a lo que nos rodea – la televisión, las terrazas, la prensa, los temas de conversación… - todo conspira hacia lo contrario: a huir de nosotros mismos, creyendo que con el alboroto, el ruido y la diversión vamos a ser más felices. Solo el encuentro consigo mismo y dentro e sí el encuentro con Dios es el camino de la felicidad.
4. Las palabras de Jesús, caídas suavemente al fondo del corazón son un manantial de luz, de consuelo y de esperanza. En cualquier momento de la jornada yo puedo bajar a esa estancia interior donde Dios habita y entrar en comunión con la divinidad.
¿Cuál es la revelación y la promesa de Jesús que se me da en el santo Evangelio? El que cree tiene vida eterna, nos dice.
La palabra que resume todas las promesas de Jesús es esta: VIDA. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; 50 este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
El maná, siendo un don de Dios, no dio la vida. La Ley, igualmente don de Dios para su pueblo elegido, no dio la vida. Con este lenguaje Jesús quiere poner ante nuestros ojos la superioridad total de lo que ahora se nos entrega. Jesús es el don total del Padre, mayor que el cual nada se nos puede prometer. Jesús es vida, la vida de Dios, en tanto en cuanto el hombre la puede recibir. Una vida mayor, más plena, es imposible pensar ni concebir.
La Encarnación es la vida de Dios al hombre.
La muerte de Jesús Redentor es la vida del hombre.
Su santa resurrección es vida para él, vida para nosotros. Y yo lo resucitaré en el último día, nos ha dicho.
Y el texto sagrado nos irá diciendo que su cuerpo y su sangre, el que ellos tocaron y palparon, es hoy Eucaristía y es vida para nosotros. Realmente nos sentimos perdidos en una locura de amor.
Hermanos, aquí detenemos nuestras palabras. Hemos de pedir a Jesús, con sencillez y humildad, que nos atrevamos a entrar por estos misterios.
Señor Jesús, ante la magnitud de esta divina revelación, que excede todo el pensamiento humano, haz que tu encarnación se haga realidad en lo más íntimo de nosotros mismos. Concédenos el don de la contemplación de tu santa humanidad, y que en lo más verdadero de mí mismo yo sienta que eres la misma vida de Dios en mí. Amén.
Madrid, viernes, 6 agosto 2021, Transfiguración del Señor.