lunes, 17 de octubre de 2022

1817. Esa fe y esa oración – Rima espiritual sobre la fe

 

Esta fe y esta oración

La “parábola del juez y la viuda” del domingo pasado (domingo XXIX, ciclo C), termina con esta frase: “Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?” (Lc 18,8). ¿De qué fe se trata? De la fe perseverante, viva y eficaz, la fe de quien ha arriesgado todo, sabiendo que, depositada en Dios, nuestro Padre, no puede fallar. Es una fe expresada con una catequesis: el mal ejemplo del “juez injusto” (contradictio in terminis) para que saquemos, con el mal ejemplo, una buena lección.

En otros textos la figura es diferente. Suaves y muy dulces nos suenan estas palabras del Señor: “Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así:  Padre nuestro que estás en el cielo…” (Mt 7,7-9).

Dios es bueno, el solo bueno, el que siempre da. San Francisco tuvo la ocurrencia de llamar a Dios el Gran Limosnero. “…No os avergoncéis, que después del pecado todas las cosas se nos dan como limosna, y el gran Limosnero reparte pródigo con piadosa clemencia a los que merecen y a los que desmerecen” (2 Celano 77).

La mejor limosna que Dios nos puede dar, y nos da, es la Fe, una fe que obra por la caridad.

 

Esta fe y esta oración,

la de la viuda gimiente,

es la que pido a mi Padre,

la que Jesús de mí quiere.

 

Es creer que Dios, mi Padre,

es mi Dios omnipotente,

y que si quiere aguardar

Él sabe lo que conviene.

 

Mi Padre del cielo me ama,

mi Padre del cielo siempre,

y me da lo que le pido,

o algo mejor, que Él lo puede.

 

Él me conoce más hondo

que yo puedo conocerme;

mira, dispone y decide

antes de que yo me entere.

 

Él cultiva su Jardín,

mano celeste y terrestre,

la azada, el sol y la lluvia,

Él sabe cómo se mueven.

 

Y mi alma es como un niño

que en suaves brazos se mece;

ya lo decía aquel salmo,

que es tan bello y que es tan breve.

 

Vuelvo a la viuda parábola

que Jesús contaba adrede,

yo he de ser como la viuda

que llama y llama cien veces.

 

Como la viuda impertérrita

que ante nada retrocede,

que la sigue y la persigue

y la consigue con creces.

 

Y Jesús se pone serio

para decir lo que viene:

¿Y no hará justicia pronto

el Juez de todos los jueces?

 

Sí que la hará, él nos dijo,

poniendo la voz más fuerte:

el vendrá a sus elegidos,

seguro, más que la muerte.

 

Dios es el Amor que ama,

y siempre, siempre me atiende,

que antes de abrir yo mis labios

su corazón se enternece.

 

Pero esta fe de la viuda,

que es la fe de los creyentes,

¿la encontrará cuando vuelva

a juzgar el Rey de reyes?

 

Dios está al quite de todo

y conoce mis quereres,

que la mayor parte de ellos

me los dicta suavemente.

 

En sus arcas celestiales

se guardan todos los bienes;

Él da y siempre le sobra,

aunque dé a todos los seres.

 

* * *

 

Vengo a pedirte, mi Padre,

Gran Limosnero que ejerces,

como limosna la Fe

con nota sobresaliente.

 

16. Que mis obras me acompañen,

florecillas sonrientes,

como perfume amoroso

de la Fe que me concedes.

 

De una Fe tan familiar,

no de escuela y gabinete,

tan de casa y delantal

que toda mi vida llene.

 

Y con la fe sepa estar

en bonanza y accidente,

seguro que eres mi Dios,

y como Padre me quieres.

 

Vivir y morir en fe,

cuando el dolor se presente,

y preparar un abrazo

para entrar en tu Banquete. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, lunes de la sem. XXIX,

17 octubre 2022 (San Ignacio de Antioquía).

sábado, 15 de octubre de 2022

1.816. Dom. XXIX, C – Jesús nos enseña a orar sin desfallecer

Jesús nos enseña a orar sin desfallecer

Lc 18,1-8

 

Texto evangélico:

18 1 Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. 2 «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. 3 En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. 4 Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, 5 como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». 6 Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; 7 pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? 8 Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

 

Queridos hermanos:

1. Seguimos escuchando a Jesús que nos habla a través del Evangelio de san Lucas. Hoy en sus palabras  nos va a hacer una pregunta para que pensemos y demos nuestra respuesta, o, al menos, nuestra opinión. Y una vez más Jesús va a poner un mal ejemplo para que saquemos una buena lección. Prestemos atención al aviso con el que el evangelista san Lucas abre este relato para que nos desviemos del verdadero. Dice el texto sagrado que Jesús quiere enseñarnos esto: que debemos orar siempre, y de una manera catequética Jesús nos dice que tenemos que orar a Dios, nuestro Padre, hasta que el cansemos y nos tronga más remedio que atendernos. Así ha querido humanizar la persona de nuestro padre celestial.

 

2. Jesús ha imaginado un juez. Un juez es una persona respetable y honorable, una persona que se debe gobernar por los buenos principios, porque si él no es justo no podrá hacer justicia. Este juez que `pinta Jesús es un juez sin conciencia. No teme a Dios – no es religioso – ni tampoco le importan los hombres; no es una persona de criterios rectos, sino uno que va a su negocio y uno en apoyo del otro que, en lo que puede, se aprovecha de las personas.

Los profetas acusan con dureza a los jueces que dan sentencias injustas a beneficio de la política o de ganancias personales. Jesús ha visto la vida con realismo, y ha tomado de la realidad un mal ejemplo para sacar una lección. Justamente estos días entre nosotros, a nivel nacional, se habla de estos asuntos, hasta qué punto la fiscalía y la justicia nacional debe estar condicionada por los partidos políticos. El poder judicial y el poder político deben ser independientes, y no puede estar uno en apoyo del otro. La política cambia según los partidos. La justicia debe reinar según los principios constitucionales de un país. Ahora bien, no queremos derivar en estos asuntos que sería pasar a otro tema. Tan solo queríamos señalar que Jesús habla desde la vida, desde lo que un ciudadano puede observar sobre el abuso de la justicia.

 

3. Había, pues, en la ciudad un juez sin escrúpulos, y había en aquella ciudad una viuda de la que el juez no podía sacar muchas ventajas. Y la viuda, que seguramente era viuda pobre, le insistía y reclamaba: Hazme justicia frente a mi adversario. El juez iba dando largas y largas, pero la mujer viuda insistía tercamente: Resuelve mi caso, hazme justicia.

Y ahora viene la segunda parte que nos pinta Jesús. Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, 5 como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, y así me la quito de encima y acaba de molestarme. Este es un juez corrupto; no es una digna persona a quien hayamos de imitar.

 

4. Jesús nos dice que nos fijemos en la mujer. El que la sigue la persigue y la consigue. Esta mujer llena hasta el final y consigue que le hagan justicia. Esta mujer tiene fe, cree en lo que está haciendo y sabe que, al final, saldrá con al suya.

Dice el refrán que a al tercera va la vencida, y Jesús de alguna manera aplica este refrán a la oración. Si a la primera nos parece que Dios no nos atiende, no cerremos la petición, no nos descorazonemos; sigamos pidiendo al Señor. Nos sorprende que Jesús nos hable con este lenguaje, porque él sabe que el primer interesado de nuestro bien no somos nosotros, sino Dios, nuestro Padre. En otra ocasión Jesús nos dijo que Dios sabe lo que nos hace falta, antes de que se lo pidamos, y nos atenderá.

 

5. Recordad, hermanos, aquellas palabras del Sermón de la montaña: Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. 9 Vosotros orad así “Padre nuestro que estás en el cielo (Mt 6,7-8).

 

Jesús nos ha enseñado que nuestra oración, que nace de la fe, la tenemos que hacer con absoluta familiaridad y confianza, y esto nos lleva a la plena seguridad de que Dios, como Padre que es, nos atenderá. Esta es la doctrina de la fe-confianza, que nunca acabaremos de meditar.

Por eso, no nos debe despistar esta otra enseñanza que ahora nos inculca el Señor. En la historia de Israel hay un ejemplo, una imagen que habla más que mil palabras. Se trata de la historia sagrada, rumbo a la tierra prometida, un pasaje que hoy recordamos en al primera lectura. Mientras Moisés tenía en alto las manos, vencía Israel; mientras las tenía bajadas, vencía Amalec. Y, como le pesaban los brazos, sus compañeros tomaron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras, Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así resistieron en alto sus brazos hasta la puesta del sol (Ex 17,11-12).

 

6. Con todo esto que vamos diciendo, hermanos, hemos de añadir que la enseñanza de Jesús no termina ahí, sino que ahora viene lo principal, que es la pregunta que Jesús lanzaba entonces y nos lanza hoy.

Jesús nos asegura que Dios hará justicia a sus elegidos; más aún: Os digo que les hará justicia sin tardar. No tendremos que pedir como la viuda de aquella ciudad. Ahora bien:  Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

“Esta fe”, dice Jesús; esta fe, a prueba de bomba, esta fe de la mujer que cree y espera. La forma de hacer la pregunta parece que está incluyendo la respuesta:

-        No, esta fe tan grande, esta fe que arranca árboles, que traslada montañas, esta fe que es la admiración de cielos y tierra, esta fe que se merece Jesús por todo lo que ha dicho y hecho por nosotros…, esta fe… ¡qué difícil!

 

Pues justamente esta es la fe a la que nos invita Jesús. Y esta es la fe que yo quiero que encuentre hoy mismo en mi corazón, sin aguardar a su vuelta. Esta es la fe total que debe gobernar toda mi vida; esta es la fe que nosotros queremos reavivar cada vez que vinimos a la Eucaristía.

 

Señor Jesús, le suplicamos, danos  la fe que tú quieres de nosotros. Danos la fe para pedir al Padre lo que necesitamos, porque el Padre está deseando concedernos sus bienes. Danos la fe y la confianza que tú nos has mostrado en el Evangelio. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, sábado 15 de octubre de 2022.

 

sábado, 8 de octubre de 2022

1815. Dom. XXVIII, C – Jesús y el leproso curado agradecido

                                            Jesús y el leproso curado agradecido

Lc 17,11-19 


Texto evangélico:

11 Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12 Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos 13 y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». 14 Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. 15 Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16 y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. 17 Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». 19 Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

 

Queridos hermanos:

 

1. Vamos camino de Jerusalén. Hace ya una porción de Domingos (desde el domingo XIII y estamos en el domingo XXVIII), los Evangelios que vamos leyendo pertenecen a este camino hacia Jerusalén. La vida es un camino, una peregrinación a un lugar de destinos, y en esta peregrinación ocurren cosas muy diferentes.

Este episodio de la vida de Jesús, nos lleva  a una pregunta esencial de vida. Yo ¿sé dar gracias a Dios de todo corazón? Yo sé pedir, y le pido a Dios muchas cosas.

Aquellos diez leprosos del Evangelio supieron pedir; solo uno supo dar gracias. Tuvieron una fe tan grande como para pedir un milagro, un gran milagro, la curación de la lepra… Pero no tuvieron un corazón tan sencillo como para hacer una cosa simple: Dar gracias. ¿Será verdad que es más fácil pedir que dar gracias? Pues… a tenor de la parábola parece que es más fácil dar ese arrancón doloroso de pedir, que volver para decir sencillamente: Gracias; gracias, sí, con todo el corazón.

 

2. Una prueba de estos que comenzamos a analizar podemos verla en la práctica que se usa en las intenciones de las misas. Vengo a ofrecer una misa porque mañana le operan a mi padre, a mi madre…, para que salga bien de la operación. Quisiera que en las intenciones de hoy incluyeran a este enfermo, a esta enferma… Todo esto es correcto y lo alabamos, entendiendo – claro está – que las intenciones de Dios no pueden estar medidas por nuestros cálculos y ofrendas, y sabiendo además que Cristo murió en el Calvario por todos los hombres y que nosotros no podemos comercializar los frutos de su Pasión, como si la Misa fue un banco de beneficios de acuerdo a los estipendios.

Pero en contra de lo que vengo diciendo, me viene al pensamiento, una escena presenciada hace muchos años: Vengo a dar gracias a Dios, porque acabo de ser madre de una niña subnormal. Aquella madre recibió a su hijita como una bendición de Dios y venía, muy convencida, a dar gracias a Dios, por ese regalo. Dios tenía un designio aquella familia y quería comprenderlo. Dios desataba un amor nuevo en aquellos padres, para que la criatura que venía al mundo fuera acogida con inmenso amor y creciera en esa felicidad que le iban a dar sus padres, como necesitada de un especial cariño. ¿Se puede dar gracias a Dios, por un niño, por una niña que nace, sin culpa de nadie, con el síndrome de Down? Desde la fe se puede dar gracias a Dios, y esto es como un milagro en el corazón.

La pregunta, pues, que lanza el Evangelio de este este domingo es esta: ¿He comprendido yo lo que es la oración de alabanza y acción de gracias, que debe envolver toda mi vida, porque he llegado a ver que Dios es una presencia continua y que su presencia es una maravilla?

 

3. Volvamos a los leprosos. Era un grupo de hombres que vivían fuera de poblado. Eran impuros para compartir el culto de Israel, y las leyes sagradas del Levítico así lo prescribían, hablando de los tiempos de Moisés. El sacerdote examinará el caso y lo declarará impuro. “El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. 45 El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: “¡Impuro, impuro!”. 46 Mientras le dure la afección, seguirá siendo impuro. Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13,44-46).

Estas leyes estaban vigentes en tiempo de Jesús. Aquellos leprosos clamaron desde su miseria. Tuvieron una fe firme; creyeron sin ver y se pusieron de camino, Id a presentaros a los sacerdotes», les dijo Jesús; y, aunque no se veían curados, se decidieron y fueron a cumplir la orden de Jesús.  Tuvieron fe operativa; fueron confiados en la palabra de Jesús. Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. Tuvieron fe operativa para ir, pero no tuvieron fe agradecida para volver.

4. Hermanos, el Catecismo de la Iglesia Católica nos muestra cómo hay múltiples formas de orar: hay oración de petición; hay oración de intercesión, que es una forma de pedir por las personas. Pero hay, ante todo, una Oración de Bendición y Adoración; y hay, además, Oración de Acción de Gracias, y Oración de Alabanza.

Escuchemos lo que nos dice el Catecismo sobre esta Oración de Alabanza. “La alabanza es la forma de orar que reconoce de la manera más directa que Dios es Dios. Le canta por Él mismo, le da gloria no por lo que hace, sino por lo que Él es. Participa en la bienaventuranza de los corazones puros que le aman en la fe antes de verle en la gloria. Mediante ella, el Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios (cf. Rm 8, 16), da testimonio del Hijo único en quien somos adoptados y por quien glorificamos al Padre. La alabanza integra las otras formas de oración y las lleva hacia Aquel que es su fuente y su término: “un solo Dios, el Padre, del cual proceden todas las cosas y por el cual somos nosotros” (1 Co 8, 6)” (n. 2639).

Como cristianos, como creyentes en Jesús, debemos vivir en la alabanza. Pase lo que pase, Dios es Dios, Dios es Padre, Dios nos ama, Dios me ama, y yo siempre y en todas partes puedo alabarle, y disfrutar de esta inmesa felicidad.

Con la alabanza va la acción de gracias. El Catecismo nos recuerda lo que nos dice san Pablo sobre la acción de gracias: “En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros” (1 Ts 5, 18). “Sed perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias” (Col 4, 2)” (N. 2638).

5. Pensemos en las últimas palabras del Evangelio de hoy, en esa queja del Corazón de Jesús: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». 19 Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

De diez solo uno, y precisamente este, samaritano.

 

Concluimos: Señor Jesús, de todo corazón te doy gracias, por todas las veces que debía haberlo hecho y no lo hice, y te pido este don sublime: Que pase lo que pase en mi vida, viva siempre en alabanza y acción de gracias. Amén.

 

Cuautitlán Izcalli, sábado 8 de octubre de 2022.