Homilía del domingo 15 del ciclo B,
Evangelio de san Marcos 6,7-14
Texto del Evangelio
Llamó a
los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los
espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada
más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero
suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto. Y
les decía: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel
sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo
de los pies en testimonio contra ellos».
Ellos
salieron a predicar la conversión; echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.
Hermanos:
1. En los santos Evangelio hay dos envío de los
apóstoles: uno en la vida pública de Jesús: es el envío a Israel. Otro, después
de la resurrección: es el envío a las naciones.
Acabamos de escuchar el primer envío, según nos
lo narra san Marcos. La misma escena la cuentan los otros dos Evangelios
Sinópticos, Mateo y Lucas, cada uno con sus detalles peculiares.
Esta página del envío de los apóstoles fue para
san Francisco como el acta fundacional de lo que había de ser su orden. Aquí
nació el franciscanismo. El Evangelio, que está traspasado por el Espíritu de
Dios, es palabra creadora, y una sola frase de Jesús, que cambia el corazón,
puede crear en el mundo una obra maravillosa de amor.
El joven Francisco de Asís, hijo de un mercader
acomodado, rey de la juventud bullanguera, ha sido tocado por Dios. Se ha
acercado al leproso, ha despreciado trajes y riquezas, ha sido desheredado por
su padre. Está en el tercer año de su cambio de vida o conversión de las
vanidades del mundo, pero no sabe exactamente por dónde dirigir sus pasos. Y
estando en tales circunstancias, oigamos lo que narra su primer biógrafo, en la
obra que escribió a los dos años de la muerte.
“Cierto día se leía en esta iglesia el evangelio
que narra cómo el Señor había enviado a sus discípulos a predicar; presente
allí el santo de Dios, no comprendió perfectamente las palabras evangélicas;
terminada la misa, pidió humildemente al sacerdote que le explicase el
evangelio. Como el sacerdote le fuese explicando todo ordenadamente, al oír
Francisco que los discípulos de Cristo no debían poseer ni oro, ni plata, ni
dinero; ni llevar para el camino alforja, ni bolsa, ni pan, ni bastón; ni tener
calzado, ni dos túnicas, sino predicar el reino de Dios y la penitencia (40),
al instante, saltando de gozo, lleno del Espíritu del Señor, exclamó: «Esto es
lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del
corazón anhelo poner en práctica» (Vida de san Francisco escrita por fray Tomás
de Celano el año 1228, n. 22).
Definitivamente el joven Francisco, que tendría
entonces 26 o 27 años – estamos en 1208 – había nacido a un mundo nuevo. A los
pocos meses se le adhirieron unos compañeros, que querían seguir esa forma de
vida, y cuando el grupo fueron ocho, Francisco los dividió de dos en dos
enviándoles a los cuatro puntos cardinales.
Cuando fueron doce, acudieron a los pies del
Papa, que era Inocencio III, para contarle lo sucedido y pedirle que les
aprobase, de viva voz, sin ninguna bula, esa forma de vivir. Y así lo hizo el
Papa.
Todo esto, hermanos, fue por la fuerza del
Evangelio.
2. Volvamos, pues, al texto sagrado para
interrogarnos qué dice el Evangelio, qué está diciendo a la Iglesia de hoy, qué
me está diciendo a mí.
Lo primero de todo dice el Evangelio que el
envío fue de dos en dos. Cuántas veces uno sueña en ser un héroe, pero un héroe
en solitario, porque un segundo me estorba, puede hacer sombra a mi
personalidad y a mis proyectos. Así ciertamente no se construye la Iglesia,
porque al Iglesia es comunión. Ya hace muchos siglos, cerca de mil cuatrocientos
años, el Papa san Gregorio Magno comentaba que, en efecto, la caridad no se
puede ejercitar si no tengo a mi lado alguien con quien ejercitarla. Por eso envía a sus discípulos de dos en dos. Y el
Evangelio, hermanos, tenemos que darlo como obra de amor. La Iglesia está
comprometida en él, y la Iglesia somos los pobres humanos, que tenemos que
soportarnos unos a otros hasta en las cosas más santas.
En el mundo moderno de la globalización y de la
comunión también tenemos que transparentar que la Iglesia es comunión, pero no
por razones técnicas de eficacia, sino por razones de amor. Nunca dejará de
haber personas líderes, hombre y mujeres de cualidades destacadas que los demás
no poseemos; pero aun esos mismos líderes prodigiosos tienen que estar abiertos
a la comunión: de dos en dos, dice el Señor.
3. Jesús, al enviarlos, les da el poder de
expulsar demonios, “autoridad sobre los espíritus inmundos”. Es el poder divino
inherente a la palabra de Dios, un poder que no puede ser suplido ni por la
oratoria, ni por el don de gentes, ni por una fuerza magnética de arrastre que
posee un líder de esta tierra.
La palabra de los profetas era poderosa porque
era palabra de Dios, en hombres tímidos, como Jeremías por ejemplo, poderosa
para derribar muros de bronce, porque era el Dios de la alianza el que hablaba
por medio de sus siervos.
El mensajero de Jesús va en nombre del Hijo de
Dios, para dar su mismo mensajes, para hacer sus mismas obras.
4. Y dice el Evangelio que no lleven nada: un
bastón de caminante, para apartar obstáculos del camino; unas simples sandalias,
nada más. Pero ni alforja, ni la ración de pan para hoy, ni dinero en la faja
para comprar provisiones.
Les está diciendo que Dios proveerá, que son sus
embajadores, que estos asuntos terrenales no les pertenece a ellos y que Dios
mismo los va a resolver. Una vida así va a ser un ininterrumpido milagro de la
providencia divina.
Y ¿dónde pernoctar…? Y ¿Dónde hospedarse…?
Ninguna preocupación, porque Dios ya lo tiene previsto y ha de suscitar alguna
familia que los acoja. Aceptad ese hospedaje y no cambiéis de casa hasta que
salgáis del pueblo. Este rasgo de Jesús es de un entrañable humanismo. Los
misioneros enviados por Jesús no son
unos mendigos, unos vagabundos… Son unos hermanos que han de encontrar cariñosa
acogida en alguna familia. El Señor mismo les da ese hospedaje, que han de
estimar como un regalo de comunión y de amor.
Hermanos, esta consigna de Jesús es puramente
verdad, porque nunca han faltado ni van a faltar personas de bien que acojan a
los mensajeros de Dios.
En este pasaje del Evagelio, Evangelio de la misión, halló Francisco la "altísima pobreza" que el Señor el regalaba. Creo que es más exacto decir que, a la escucha de este pasaje, vio y recibió el don de la filiación divina. El núcleo de la espiritualidad franciscana noe s el don de la pobreza y minoridad, no es el don de la fraternidad; es el don de saberse hijo del Padre, y vivirlo así sencillamente derramando amor y fraternidad en el mundo. El verdadero hijo de Dios se encuentra del todo pobre, del todo rico, del todo libro, del todo hermano.
En este pasaje del Evagelio, Evangelio de la misión, halló Francisco la "altísima pobreza" que el Señor el regalaba. Creo que es más exacto decir que, a la escucha de este pasaje, vio y recibió el don de la filiación divina. El núcleo de la espiritualidad franciscana noe s el don de la pobreza y minoridad, no es el don de la fraternidad; es el don de saberse hijo del Padre, y vivirlo así sencillamente derramando amor y fraternidad en el mundo. El verdadero hijo de Dios se encuentra del todo pobre, del todo rico, del todo libro, del todo hermano.
Concluye este párrafo diciendo que, en efecto,
los apóstoles fueron como Jesús les había dicho, que salieron a predicar la conversión; echaban muchos demonios,
ungían con aceite a muchos enfermos y
los curaban
4. Lo que estamos explicando y anunciando se refiere
ciertamente a algo muy concreto de la vida de Jesús, pero para nosotros hoy en
la Iglesia marca
- tanto un estilo de misión
- como un estilo de vida de donde nace la
misión.
La Iglesia que Jesús ha querido es una Iglesia
de hermanos, que vive del amor de Dios, que tiene su fuerza no en los medios
humanos sino en la pura providencia de Dios, que no ha de fallar, y que los
mensajeros de esta Iglesia, al ir por el mundo, deben llevar la cercanía de
Dios.
Estas palabras pueden parecer muy idealizadas,
porque viene el pensador y dice que la Iglesia necesita medios y mediaciones
humanas. De acuerdo, pero la Iglesia ni es ni puede ser un estado, ni podemos
soñarla como una organización que campee en el mundo. La Iglesia es puramente
la familia de los hijos de Dios, y el amor su fuerza verdadera.
La página del Evangelio queda como una
referencia para todos los siglos.
El Señor nos ilumine. Amén.
México-Tlalpan, 11 julio 2012.
No hay comentarios:
Publicar un comentario