Homilía
en el domingo 23 del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 7,31-37
Y un Post-scriptum
Texto evangélico
Dejando
Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea,
atravesando la Decápolis. Ye le presentaron un sordo que, además, apenas podía
hablar; y el piden que le impongan la mano. Él, apartándolo de la gente, a
solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y
mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá
(esto es, “ábrete”). Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó al
trabaja de la lengua y hablaba correctamente. Él les mandó que no lo dijeran a
nadie; pero, canto más se lo mandaba, con más insistencia proclamaban ellos:
“todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos”
Hermanos:
1. Jesús hizo milagros en el curso de su vida
terrestre, que fueron signo y comunicación de su divinidad, de su compasión, de su misión en
medio del mundo. Sus milagros no se han perdido en la historia, como un hecho
que pasó y ya no existe. Los recordamos; su recuerdo alcanza nuestro corazón
por la fe, y, al ponernos en contacto y comunión con la persona de Jesús, el
milagro retorna al ámbito de nuestra vida y opera.
Es una observación que vale para todos los
milagros del Señor, para todos los gestos de su santa humanidad que llega
hasta mí y me alcanza. La persona de Cristo, por su potencia divina, se
actualiza en mí, se hace presencia en mí. Jesús glorioso es contemporáneo a
toda la historia humana, y su poder ni se ha extinguido ni ha disminuido,
sino que, bien al contrario, se ha expansionado. Esta es la fuerza espiritual
de los sacramentos.
2. Estamos, pues, ante él, que es la fuerza de
Dios, la medicina de Dios, la salud de Dios, nuestra vida inmortal.
Le presentan a un enfermo: es sordo y mudo, más
exactamente sordo y medio mudo: hablaba con dificultad. La sordera profunda le
ponía en esa situación extraña de alguien incomunicado con el mundo, una
anomalía que va más allá de una deficiencia orgánica, sino que afecta a su
psiquismo íntimo, a su alma, a la estructura de su persona. Estamos ante un
enfermo, en un sentido vital, humano y personal.
3. La petición que traen a Jesús es que imponga
la mano sobre él. El gesto de la bendición va acompañado de la imposición de
las manos o de la mano, una veces tocando directamente la cabeza; otras,
acercando la mano a la cabeza. Cuando el hombre, orando, bendice, la bendición
de Dios desciende desde el cielo.
4. En el caso que nos presenta el Evangelio
Jesús no va a hacer una simple imposición de manos. Va a poner en juego las
fuerzas de su humanidad santísima para comunicarse con el enfermo y traspasarle
su salud divina. San Marcos, que es el evangelista que nos transmite estos
detalles, anota siete gestos que los podemos observar con cuidado:
El primero, que lo saca del tumulto de la
gente.
El segundo, que va a actuar en soledad, el
enfermo y él, los dos en comunión y diálogo.
El tercero, que Jesús metió sus dedos en los
oídos el enfermo.
El cuarto, que Jesús mezcló su saliva con
la del enfermo. Dice el Evangelio que le tocó la lengua, es decir, con su dedo
mojada en su saliva, le tocó la lengua entorpecida para hablar. Este dato es
particularmente íntimo y uno se pregunta qué es lo que exactamente quiere
decir.
El quinto, que Jesús levantó sus ojos al
cielo, poniéndose en comunicación con el Padre. Otras veces observan los
Evangelios este modo de orar de Jesús: levantando los ojos al cielo.
El sexto que emitió un gemido del fondo de
su ser, como también otras veces lo hizo.
Y el séptimo que pronunció una palabra en su
lengua aramea, y a esto el evangelista (que está escribiendo en lengua griega),
le da una importancia relevante, porque nos dice cuál fue esa palabra, y cuál
es su traducción. “Effetá”, que
quiere decir: “Ábrete”.
5. El último detalle es la culminación del
milagro. Jesús orante desde la indigencia humana ante el Dios todopoderoso,
pronuncia una palabra de imperio que solo la puede pronunciar Dios. No es la
palabra de un mago que pronuncia una fórmula secreta que nadie entiende, que
hace un gesto sorprendente de ocultismo o de prestidigitación; es la palabra
que pertenece a nuestro lenguaje corriente, y que, al mismo tiempo, es una
palabra que pertenece a la creación de Dios. Palabra de imperio soberano como
fueron las primeras palabras de Dios en la Biblia. La primera palabra de Dios
que aparece en la Biblia es ésta: “Hágase
la luz”, y el escrito refiere: Y la
luz fue hecha.
Esta palabra que Jesús pronuncia es una palabra
de Dios, que realiza el misterio que lleva dentro.
Se abrieron sus oídos.
Se desató la lengua.
El psiquismo alterado de aquella persona
indigente fue sanado.
Había amanecido una criatura nueva. Estamos ante
un hombre restaurado por la fuerza y el amor de Dios. Yo soy persona en
plenitud cuando puedo hablar, transmitir mi corazón y mis sentimientos a los
demás, y puedo recibir el menaje la comunicación de mis hermanos. La persona y
la comunidad renacen cuando se establece esta comunicación recíproca, que es la
esencia de la comunión.
El episodio al que estamos asistiendo nos ha
hecho revivir el primer día de la creación, como dice la Escritura: Y vio Dios
que todo era bueno…, que todo era muy bueno… Ese y no otro es el designio de
Dios sobre el hombre; ésa es la firma que pone en todo lo que toca, y eso es
ciertamente lo que el Hijo de Dios quiere hacer conmigo: la obra de Dios.
6. Como remate del milagro hay una orden de
Jesús: “Él les mandó que no lo dijeran a
nadie”. Es la consigna que da Jesús, porque sus obras, como obras de Dios,
las quiere hacer, en lo que está de su parte, en testimonio de amor de Dios y
de humildad de su parte. Ninguna gloria para él, todo para el Padre.
Pero con justicia añade el Evangelio que cuanto
más lo mandaba más lo publicaban. Las obras de Dios, presente en el mundo, no
pueden quedar ocultas, sino que hay que proclamarlas.
El episodio evangélico termina con esa apoteosis
que nos remite al día primero de la creación: ¡Todo lo hizo bien!, y, al mismo tiempo, a la esperanza de los tiempos
mesiánicos, según Isaías: Hace oír a los
sordos y hablar a los mudos.
7. Este pasaje evangélico tiene una vivencia
especial en la Iglesia, porque la Iglesia ha tomado los signos que Jesús hace
para verlos realizados en el bautismo, significando de esta manera que la
presencia sacramental de Jesús es un hecho totalmente real de comunicación de
Dios conmigo.
En la celebración del bautismo hay un rito
facultativo para actualizar la fuerza sacramental de este episodio evangélico,
el rito del Effetá. Dice la rúbrica: “El
celebrante toca con el dedo pulgar los oídos y la boca de cada niño, diciendo: El
Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su
tiempo, escuchar su palabra y profesar la fe”. Y los asistentes responden: “Amén”.
Hermanos, para poder escuchar a Dios, acaso Él
mismo nos tiene que destaponar los oídos; para poder orarle, hablar, Él mismo
nos tiene que abrir los labios. Como decimos cada mañana, al empezar la
oración:
- Señor,
ábreme los labios
- Y mi
boca proclamará tu alabanza.
En una palabra, hermanos míos, seré cristiano de
verdad, si Cristo mismo ha salido a mi encuentro, y yo le he abierto de par en par
el corazón.
Entonces, enamorado, seré vidente de su gloria y
testigo ante mis hermanos, los hombres. Amén.
Guadalajara, Jalisco, jueves 6 septiembre 2012.
Sobre este Evangelio puede verse este Canto de Comunión: Effetá
Post-scriptum:
Un
anciano cardenal se despide de la Iglesia
Hace
seis días murió el Cardenal Carlo Maria Martini a los 85 años. En su juventud,
profesor erudito de Sagrada Escritura (yo le tuve de profesor en Roma); durante
22 años arzobispo de Milán… En su ancianidad se retiró a Jerusalén. El jesuita Georg
Sporschill escribió sus conversaciones con él: "Coloquios nocturnos en
Jerusalén". Enfermo con parkinson regresó a una enfermería de jesuitas. A
su muerte ha tenido grandes alabanzas del Papa y del cardenal de Milán que
presidió los funerales el lunes pasado allí en la catedral de Milán. Georg
Sporschill y la periodista Federica Radice Fossati tuvieron con él una entrevista
el pasado 8 de agosto para “Il corriere della será”: “Una suerte de testamento
espiritual”. El Cardenal Martini leyó y aprobó el texto.
De nuestra parte añadimos:
De nuestra parte añadimos:
Un corazón doliente no es un corazón desengañado
¿Cómo
ve Usted la situación de la Iglesia?
«En
la Europa del bienestar y en Norteamérica la Iglesia está cansada. Nuestra
cultura ha envejecido, nuestras iglesias son grandes, nuestras casas religiosas
están vacías y el aparato burocrático de la Iglesia aumenta, nuestros rituales
y nuestros vestidos son pomposos. ¿Reflejan estas cosas lo que somos
actualmente? (...) El bienestar pesa. Nos encontramos como el joven rico que se
marchó triste cuando Jesús lo llamó para hacerlo discípulo suyo. Sé que no
podemos desprendernos de todo con facilidad, pero al menos podríamos buscar
hombres que sean libres y más cercanos al prójimo. Como lo fueron el obispo
Romero y los mártires jesuitas de El Salvador. ¿Dónde están entre nosotros los
héroes en los que inspirarnos? No podemos por ninguna razón limitarlos con los
vínculos de la institución».
¿Qué
puede ayudar a la Iglesia hoy?
«Al
Padre Karl Rahner le gustaba usar la imagen de la brasa que se esconde bajo la
ceniza. Yo veo en la Iglesia de hoy tanta ceniza sobre la braza, que a veces me
asalta una sensación de impotencia. ¿Qué hacer para librar la brasa de la
ceniza, de modo que pueda revigorizar la llama del amor? Ante todo debemos
buscar esa brasa, preguntarnos: ¿Dónde están aquellas personas llenas de
generosidad como el buen samaritano, o con fe como el centurión romano, o
entusiastas como Juan Bautista, o que se atreven a lo nuevo como Pablo, o son
fieles como María Magdalena? Yo le aconsejo al Papa y a los obispos que busquen
doce personas fuera de lo común para los puestos de dirección. Hombres que se
muestren cercanos a los más pobres, que se rodeen de gente joven y experimenten
cosas nuevas. Tenemos necesidad de confrontarnos con personas que ardan para
que el espíritu pueda difundirse por todas partes».
¿Qué
instrumentos aconseja contra el cansancio de la Iglesia?
«Sugiero
tres muy importantes. El primero es la conversión: la Iglesia debe reconocer
sus propios errores y recorrer un camino de cambio radical, comenzando por el
Papa y por los obispos. Los escándalos de la pedofilia nos empujan a emprender
un camino de conversión. Las preguntas sobre la sexualidad y sobre todos los
asuntos que competen al cuerpo son un ejemplo. Son cuestiones importantes para
todos y a veces incluso demasiado importantes. Debemos preguntarnos si todavía
la gente escucha los consejos de la Iglesia en materia sexual. ¿La Iglesia es
todavía en este campo una autoridad de referencia o sólo una caricatura en los
medios?
El
segundo instrumento es la Palabra de Dios. El Concilio Vaticano II ha
restituido la Biblia a los católicos. (...) Sólo quien percibe en su corazón
esta Palabra puede formar parte de aquellos que ayudarán a la renovación de la
Iglesia y sabrán responder a las preguntas de la gente con opciones justas. La
Palabra de Dios es sencilla y busca la compañía de un corazón que escuche
(...). Ni el clero ni el Derecho Canónico pueden sustituir a la interioridad de
la persona. Todas las reglas externas, las leyes, los dogmas nos son dadas para
aclarar la voz interior y para el discernimiento.
¿Para
quién son los sacramentos? Estos son el tercer instrumento de curación. Los
sacramentos no son un instrumento para la disciplina, sino una ayuda para las
personas en los distintos momentos del camino y en las debilidades de la vida.
¿Llevamos los sacramentos a los hombres que necesitan una nueva fuerza? Pienso
en todos los divorciados y en las parejas vueltas a casar, en las familias
ampliadas. Todos ellos tienen necesidad de una protección especial. La Iglesia
sostiene la indisolubilidad del matrimonio. Es una gracia cuando un matrimonio
y una familia se logran (...). La actitud que tengamos con relación a las
familias ampliadas determinará la cercanía a la Iglesia de las generaciones de
hijos. Una mujer ha sido abandonada por el marido y encuentra un nuevo
compañero que se ocupa de ella y de sus tres hijos. El segundo amor se logra.
Si esta familia es discriminada, se está echando fuera no sólo a la madre sino
también a sus hijos. Si los padres se sienten alejados de la Iglesia o no
sienten su apoyo, la Iglesia perderá a la generación futura. Antes de la
comunión rezamos: "Señor, yo no soy digno...". Sabemos que no somos
dignos (...). El amor es gracia. El amor es un don. La pregunta de si los
divorciados pueden comulgar debería plantearse al revés. ¿Cómo puede la Iglesia
salir con la fuerza de los sacramentos en ayuda de quien vive una situación
familiar compleja?»
¿Qué
hace Usted personalmente?
«La
Iglesia se ha quedado retrasada 200 años. ¿Cómo no se sacude? ¿Tenemos miedo?
¿Miedo en vez de coraje? Pero sabemos que la fe es el fundamento de la Iglesia.
La fe, es decir, la confianza, el coraje. Yo estoy viejo y enfermo, dependo de
la ayuda de los demás. Las personas buenas en torno a mí me hacen sentir el
amor. Este amor es más fuerte que el sentimiento de desconfianza que a veces
percibo respecto a la Iglesia en Europa. Solo el amor vence al cansancio. Dios
es Amor.
Y
ahora yo tengo una pregunta para ti:
¿Qué
cosa puedes hacer tú por la Iglesia?».
Que puedo hacer ? desde mi presencia en el trabajo,la familia o la parroquia puedo hacer que la Iglesia realmente viva el presente , invitando a quienes conviven conmigo tener un cristo vivo en sus personas y decir ¿Que haria Cristo en mi lugar? .
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