El
Papa en el Líbano – 14-15-16 de
septiembre
Una reflexión sobre la "libertad religiosa"
para todas las religiones
para todas las religiones
y sobre la “laicidad” para bien de todas las
religiones
El Papa acaba de estar tres días en el Líbano,
viernes, sábado y domingo de la semana pasada. Es el viaje número 24 que hecho
al extranjero tratando de llevar la fe de los cristianos, el anuncio de Jesús.
Los periodistas, en vuelo, le han preguntado:
“Santo
Padre, por estos días coinciden aniversarios terribles, como el del 11 de
septiembre, o el de la masacre de Sabra y Chatila; en las fronteras del Líbano
hay una sangrienta guerra civil, y vemos también que en otros países el riesgo
de la violencia está siempre presente. Santo Padre, ¿con qué sentimientos
emprende este viaje? ¿Ha estado tentado de renunciar por motivos de
inseguridad, o alguien le ha sugerido renunciar”.
El Papa con serenidad – con fe, diré como
cristiano – ha respondido:
“Queridos
amigos, estoy muy contento y agradecido por esta posibilidad de hablar con
vosotros. Puedo decir que nadie me ha aconsejado renunciar a este viaje y, por
mi parte, nunca he contemplado esa posibilidad, porque sé que cuando la
situación se hace más difícil, más necesario es ofrecer este signo de fraternidad,
de ánimo y de solidaridad”.
El diálogo se ha centrado en otras preguntas
acuciantes: El fundamentalismo creciente
con lo que lleva de agresividad, la “primavera árabe”, la huída de los cristianos
ante las persecuciones constantes…; en fin, la Exhortación apostólica que trae
consigo después de que hace dos años se celebró el Roma la Asamblea sinodal de
los Obispos de Oriente Medio, que el Papa va a promulgar ahora justamente…
* * *
Con este punto vamos a enlazar, y en él queremos
profundizar. Hemos leído la Exhortación apostólica Ecclesia in Medio Oriente, que el Papa entregó e hizo pública el 14
de septiembre, en la basílica de san Pablo de Harissa, Fiesta de la Santa Cruz
de gran tradición en todo el oriente cristiano.
Justamente al entregarla decía:
“Es
providencial que este acto tenga lugar precisamente en el día de la Fiesta de
la Cruz gloriosa, cuya celebración nació en Oriente en el año 335, al día siguiente
de la Dedicación de la Basílica de la Resurrección, construida sobre el Gólgota
y el sepulcro de Nuestro Señor, por el emperador Constantino el Grande, al que
veneráis como santo. Dentro de un mes se celebrará el 1.700 aniversario de la
aparición que le hizo ver, en la noche simbólica de su incredulidad, el crismón
resplandeciente, al mismo tiempo que una voz le decía: «Con este signo vencerás».
Más tarde, Constantino firmó el edicto de Milán y dio su nombre a Constantinopla.
Pienso que la Exhortación puede ser leída e interpretada a la luz de la fiesta
de la Cruz gloriosa y, de modo particular, a partir del crismón, la X (khi) y
la P (rhô), las dos primeras letras de la palabra Χριστός. Esa lectura conduce
a un verdadero redescubrimiento de la identidad del bautizado y de la Iglesia
y, al mismo tiempo, constituye como una llamada al testimonio en la comunión y
a través de ella. La comunión y el testimonio cristiano, ¿acaso no se fundan en
el Misterio pascual, en la crucifixión, en la muerte y resurrección de Cristo?
¿No alcanzan en él su pleno cumplimiento? Hay un vínculo inseparable entre la
cruz y la resurrección, que un cristiano no puede olvidar”.
Hemos leído esta Exhortación como una joya
espiritual. El Papa, como pastor de la Iglesia universal, se siente vivamente
emocionado al escribir a aquellos pueblos pro donde transitaron Abraham y los
Profetas, Jesús, María y los Apóstoles. Con sus hermanos Patriarcas y Obispos
han examinado largamente el corazón y el sufrimiento de estos pueblos, y
escribe para ellos, trazando un programa espiritual. Desde ahí hay que entender
el mensaje. Pero ocurre que, para explicar ciertos conceptos, que están en la
pura sensibilidad de hoy, el Papa – que, además de ser un hombre de Dios, es un
iluminado pensador – escribe páginas que pueden pasar a una Antología
Filosófica o Teológica del Pensamiento Humano.
He aquí tres números (26, 27 y 29) de los 100
que tiene la Exhortación.
La libertad religiosa es la cima de todas las libertades
26. La libertad religiosa es la cima de todas
las libertades. Es un derecho sagrado e inalienable. Abarca tanto la libertad
individual como colectiva de seguir la propia conciencia en materia religiosa
como la libertad de culto. Incluye la libertad de elegir la religión que se
estima verdadera y de manifestar públicamente la propia creencia[21].
Ha de ser posible profesar y manifestar libremente la propia religión y sus
símbolos, sin poner en peligro la vida y la libertad personal. La libertad
religiosa hunde sus raíces en la dignidad de la persona; garantiza la libertad
moral y favorece el respeto mutuo. Los judíos, que han sufrido desde hace mucho
tiempo hostilidades, con frecuencia mortales, no pueden olvidar los beneficios
de la libertad religiosa. Los musulmanes, por su parte, comparten con los
cristianos la convicción de que no está permitida coacción alguna en materia
religiosa, y menos aún con la fuerza. Esta coacción, que puede adoptar formas
múltiples e insidiosas en el plano personal y social, cultural, administrativo
y político, es contraria a la voluntad de Dios. Es una fuente de
instrumentalización político-religiosa, de discriminación y violencia, que
puede conducir a la muerte. Dios quiere la vida, no la muerte. Prohíbe el
homicidio, e incluso dar muerte al asesino (cf. Gn 4,15-16; 9,5-6; Ex
20,13).
27. La tolerancia religiosa existe en numerosos
países, pero no implica mucho, pues queda limitada en su campo de acción. Es
preciso pasar de la tolerancia a la libertad religiosa. Este paso no es una
puerta abierta al relativismo, como algunos sostienen. Y tampoco una medida que
abre una fisura en el creer, sino una reconsideración de la relación
antropológica con la religión y con Dios. No es un atentado contra las
«verdades fundantes» del creer, porque, no obstante las divergencias humanas y
religiosas, un destello de verdad ilumina a todos los hombres[22].
Bien sabemos que, fuera de Dios, la verdad no existe como un «en sí». Sería un
ídolo. La verdad sólo puede desarrollarse en la relación con el otro que se
abre a Dios, el cual quiere manifestar su propia alteridad en y a través de mis
hermanos humanos. Por tanto, no conviene afirmar de manera excluyente «yo poseo
la verdad». La verdad no es posesión de nadie, sino siempre un don que nos
llama a un proceso que nos asimile cada vez más profundamente a la verdad. La
verdad sólo puede ser conocida y vivida en la libertad; por eso, no podemos
imponer la verdad al otro; la verdad se desvela únicamente en el encuentro de
amor.
La sana laicidad (unidad-distinción) es necesaria, más aún
indispensable para las dos (para la política y para la religión).
El Papa planta simbólicamente un cedro
29. Al igual que en el resto del mundo, en
Oriente Medio se perciben dos realidades opuestas: la laicidad, con sus formas
a veces extremas, y el fundamentalismo violento, que pretende tener un origen
religioso. Con gran suspicacia, algunos responsables políticos y religiosos de
Oriente Medio, de todas las comunidades, consideran la laicidad como atea o
inmoral. Es verdad que la laicidad puede afirmar a veces de modo reductivo que
la religión concierne exclusivamente a la esfera privada, como si no fuera más
que un culto individual y doméstico, ajeno a la vida, a la ética, a la relación
con el otro. En su versión extrema e ideológica, la laicidad, convertida en
laicismo, niega al ciudadano la expresión pública de su religión y pretende que
únicamente el Estado legisle sobre su forma pública. Estas teorías son antiguas.
No son solamente occidentales y no se pueden confundir con el cristianismo.
La sana laicidad, por el contrario, significa
liberar la religión del peso de la política y enriquecer la política con las
aportaciones de la religión, manteniendo la distancia necesaria, la clara
distinción y la colaboración indispensable entre las dos. Ninguna sociedad
puede desarrollarse sanamente sin afirmar el respeto recíproco entre la
política y la religión, evitando la tentación constante de mezclarlas u oponerlas.
La relación apropiada se basa, ante todo, en la naturaleza del hombre, por
tanto en una sana antropología, y en el respeto absoluto de sus derechos
inalienables. La toma de conciencia de esta relación apropiada permite comprender
que hay una especie de unidad-distinción que debe caracterizar la relación
entre lo espiritual (religioso) y lo temporal (político), pues ambas
dimensiones están llamadas, incluso con la necesaria distinción, a cooperar
armónicamente en la búsqueda del bien común. Dicha sana laicidad garantiza que
la política actúe sin instrumentalizar a la religión, y que se pueda vivir
libremente la religión sin el peso de políticas dictadas por intereses, a veces
poco conformes, y con frecuencia hasta contrarios a las creencias religiosas.
Por consiguiente, la sana laicidad (unidad-distinción) es necesaria, más aún
indispensable para las dos. El desafío que entraña la relación entre lo
político y lo religioso puede afrontarse con paciencia y decisión mediante una
adecuada formación humana y religiosa. Es preciso recordar continuamente el
lugar de Dios en la vida personal, familiar y civil, y el justo lugar del
hombre en el designio de Dios. Y, a este respecto, es preciso sobre todo rezar
más.
* * *
En fin…, muchas veces los documentos pontificios
terminan mirando a la Virgen. A ella le miramos con el párrafo final de Ecclesia in Medio Oriente:
“100. El corazón de María, Théotokos y
Madre de la Iglesia, fue traspasado (cf. Lc 2,34-35) a causa de la
«contradicción» que ha traído su divino Hijo, es decir, por la oposición y la
hostilidad a la misión de luz que Cristo afrontó, y que la Iglesia, su Cuerpo
místico, sigue viviendo. María, a la que toda la Iglesia venera con ternura,
tanto en Oriente como en Occidente, nos asistirá maternalmente. María, la Toda
Santa, que caminó entre nosotros, sabrá presentar nuevamente nuestras necesidades
a su divino Hijo. Ella nos ofrece a su Hijo. Escuchémosla, porque nos abre a la
esperanza: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5)”.
Guadalajara, 18 septiembre 2012


Para ser libres, nos liberó Jesús, el nos enseña que la verdadera libertad, no es tener la posibilidad de elegir una opción u otra; en algún caso específico de elegir bien o mal. Entendiendo que la auténtica libertad se fundamenta en elegir siempre el bien. Cristo nos enseña en la cruz, al hombre pleno de libertad, sin ningún tipo de atadura que limite la voluntad del Padre, ni del Hijo, Cristo ha elegido el bien y con ello nos enseña lo que significa el camino la verdad y la vida.
ResponderEliminarDios nos libre de creer que tenemos la verdad absoluta, y nos ayude cada día a ser imagen fiel de Jesucristo.
Atentamente:
Un Laico