En
el corazón de la espiritualidad cristiana:
Oculto
se manifiesta más
Contexto
Ayer (8 de junio de 2014) se cerraba la Pascua
del Señor con la solemnidad de Pentecostés. Reanudamos el tiempo ordinario, a
partir de la semana X, puesto que se inició Cuaresma cuando habíamos comenzado
la semana IX. Este lunes ha tocado en el Oficio de lectura un texto
esplendoroso de san Ignacio de Antioquía, padre postapostólico, cuyo martirio
se coloca bajo el emperador Trajano en torno al año 110.
Trasladamos el texto de la lectura de
hoy, una sección de su carta a los Romanos (3,1-5,3). Su lectura nos sugiere
tanto… como pauta de espiritualidad, para nosotros hoy, para mí. He aquí unos
puntos clave:
1. Jesucristo
es nuestro Dios, sencilla y literalmente.
2. Jesucristo,
oculto en el Padre, tiene unas posibilidades de manifestarse a nosotros, que
antes no las tenía. Destacamos esta frase: El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está
con su Padre, es cuando mejor se manifiesta (Ignacio a los romanos 3,2). (La redacción griega es muy concisa y
densa. Juan José Ayán Calvo, en su edición crítica, griego y castellano [Editorial
Ciudad Nueva, Madrid 1991] la traduce así: “Ninguna apariencia es buena. Pues
Jesucristo, nuestro Dios, que está en el Padre, se manifiesta más”). Este
pensamiento de san Ignacio, amador ardiente, es enormemente consolador. No
somos menos afortunados que los contemporáneos de Jesús; al contrario, nosotros
disfrutamos de unas posibilidades de las que ellos no disfrutaban: somos inmediatamente
destinatarios de las fuerza y del poder de Cristo Resucitado.
3. Nuestra
unión con Jesús, el Señor, no es tanto mediante una vía histórica
(aproximación histórica a la vida de Jesús, campo científico en sí muy discutible),
sino mediante la vía mística de la unión
de mi ser concreto a la realidad de Cristo hoy, una unión que es inmediata,
de persona a persona.
4. Y todo
ello con un realismo estremecedor, un realismo tal que invade nuestra psicología
humana: nuestra alma, nuestra afectividad, nuestro cuerpo.
Para entrar en el texto de san Ignacio anteponemos
unos párrafos de la catequesis que ofreció el Papa Benedicto XVI sobre la
figura de este singular Padre en los orígenes de la Iglesia.
De la catequesis
de Benedicto XVI sobre san Ignacio de Antioquía (14 marzo 2007)
“Ningún
Padre de la Iglesia expresó con la intensidad de san Ignacio el deseo de unión
con Cristo y de vida en él. Por eso, hemos leído el pasaje evangélico de
la vid, que según el Evangelio de san Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en
san Ignacio dos "corrientes" espirituales: la de san Pablo,
orientada totalmente a la unión con Cristo, y la de san Juan,
concentrada en la vida en él. A su vez, estas dos corrientes desembocan
en la imitación de Cristo, al que san Ignacio proclama muchas veces como
"mi Dios" o "nuestro Dios".
Así, san
Ignacio suplica a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, porque está
impaciente por "unirse a Jesucristo". Y explica: "Para mí
es mejor morir en (eis) Jesucristo, que ser rey de los términos de la
tierra. Quiero a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por
nosotros... Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios" (Carta a
los Romanos, VI: Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 478).
En esas expresiones ardientes de amor se puede percibir el notable
"realismo" cristológico típico de la Iglesia de Antioquía, muy atento
a la encarnación del Hijo de Dios y a su humanidad verdadera y concreta: Jesucristo
— escribe san Ignacio a los cristianos de Esmirna (I, 1) — "es realmente
del linaje de David", "realmente nació de una virgen",
"realmente fue clavado en la cruz por nosotros".
La
irresistible orientación de san Ignacio hacia la unión con Cristo fundamenta
una auténtica "mística de la unidad". Él mismo se define "un
hombre al que ha sido encomendada la tarea de la unidad" (Carta a los
cristianos de Filadelfia, VIII, 1)”.
[…]
“En definitiva, el "realismo"
de san Ignacio invita a los fieles de ayer y de hoy, nos invita a todos a una
síntesis progresiva entre configuración con Cristo (unión con él, vida en él) y
entrega a su Iglesia (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y
al mundo). Es decir, hay que llegar a una síntesis entre comunión de la Iglesia
en su interior y misión-proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una
dimensión hable a través de la otra, y los creyentes estén cada vez más
"en posesión del espíritu indiviso,
que es Jesucristo mismo" (Carta a los cristianos de Magnesia, XV)”.
(Benedicto XVI, Catequesis semanales los
miércoles sobre los Padres de la Iglesia y santos y santas posteriores, 14 marzo 2007).
Texto de la
liturgia de hoy (lunes de la semana X del tiempo ordinario)}
“Nunca
tuvisteis envidia de nadie, y así lo habéis enseñado a los demás. Lo que yo ahora
deseo es que lo que enseñéis y mandéis a otros lo mantengáis con firmeza y lo
practiquéis en esta ocasión. Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga
fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también
interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino
también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este
nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya
del mundo. Nada es bueno sólo por lo que aparece al exterior. El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora
que está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta: Lo que necesita el
cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino
grandeza de alma.
Yo voy escribiendo
a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena
gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no
me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras,
ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo dé Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras,
para llegar a ser pan limpio de Cristo.
Halagad,
más bien, a las fieras, para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo;
así, después de muerto, no seré gravoso a nadie. Entonces seré de verdad discípulo
de Cristo, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo,
para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios.
No os doy yo mandatos como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo no soy más
que un condenado a muerte; ellos eran libres, yo no soy al presente más que un
esclavo. Pero, si logro sufrir el martirio, entonces seré liberto de Jesucristo
y resucitaré libre con él. Ahora, en medio de mis cadenas, es cuando aprendo a
no desear nada. Desde Siria hasta Roma vengo luchando ya con las fieras, por
tierra y por mar, de noche y de día, atado como voy a diez leopardos, es decir,
a un pelotón de soldados que, cuantos más beneficios se les hace, peores se
vuelven. Pero sus malos tratos me ayudan a
ser mejor, aunque tampoco por eso quedo absuelto. Quiera Dios que tenga yo el gozo de ser devorado por las fieras que me están destinadas; lo que deseo es que no se muestre remisas; yo las azuzaré para que me devoren pronto, no suceda como en otras ocasiones que, atemorizadas, no se han atrevido a tocar a sus víctimas. Si se resisten, yo mismo las obligaré.
ser mejor, aunque tampoco por eso quedo absuelto. Quiera Dios que tenga yo el gozo de ser devorado por las fieras que me están destinadas; lo que deseo es que no se muestre remisas; yo las azuzaré para que me devoren pronto, no suceda como en otras ocasiones que, atemorizadas, no se han atrevido a tocar a sus víctimas. Si se resisten, yo mismo las obligaré.
Perdonadme
lo que os digo; es que yo sé bien lo que me conviene. Ahora es cuando empiezo a
ser discípulo. Ninguna cosa, visible o invisible, me prive por envidia de la posesión
de Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, desgarramientos,
amputaciones, descoyuntamiento de huesos, seccionamiento de miembros,
trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal
de que esto me sirva para alcanzar a Jesucristo”.
Guadalajara,
Jalisco, 9 junio 2014 (lunes de la semana X del tiempo ordinario).
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