Jesús, mi amor, está crucificado
Esta semana – que en la liturgia es la semana X del
tiempo ordinario – leemos tres textos deliciosos de la carta de san Ignacio de
Antioquía a los Romanos; no es toda la carta, sino una selección e la misma, el
domingo, el lunes y el martes. Ayer quisimos saborear el texto que nos ofrecía
la liturgia (558. Oculto en el Padre,
ahora cuando más se manifiesta). Hoy quisiéramos hacer lo mismo con la sección
escogida para este martes.
Para poner un título a esta sección lo mismo la
edición de la liturgia en latín que en castellano ha tomado una frase del
texto, que suena así: Amor mesus
crucifixus est, y en castellano: Mi
amor está crucificado.
Espontáneamente pensamos en Jesús. Si una mujer
enamorada dice “mi amor”, está diciendo “mi amado” (mi novio, mi esposo), y no
otra cosa. Con esta evocación el texto tiene una fascinación encantadora.
Veamos el texto y luego reflexionemos.
De la carta de san Ignacio de
Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos
(Caps. 6, 1—9, 3: Funk 1,
219-223)
Mi amor está crucificado
“De nada me servirían los placeres terrenales ni
los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los
confines de la tierra. Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que
por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la
vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que
muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni
me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura;
entonces seré hombreen pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios.
El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí,
sabiendo cuál es el deseo que me apremia.
El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y
pretende arruinar mi deseo, que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los
aquí presentes, lo ayude; poneos más bien de mi parte, esto es, de parte de
Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos
mundanos en el corazón. Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis
caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien
caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando
morir. Mi amor está crucificado y ya
no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi
interior la voz de un agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre.» No
encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo.
Lo que deseo es el pan de Dios, que es
la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible.
No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este
deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así
vosotros hallaréis también benevolencia. En dos Palabras resumo mi súplica:
hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que
no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para
que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a
la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo
contrario, es que me habéis aborrecido.
Acordaos en vuestras oraciones de la Iglesia de
Siria, que, privada ahora de mí, no tiene otro pastor que el mismo Dios. Sólo
Jesucristo y vuestro amor harán para con ella el oficio de obispo. Yo me
avergüenzo de pertenecer al número de los obispos; no soy digno de ello, ya que soy el último de todos
y un abortivo. Sin embargo, llegaré a ser algo, si llego a la posesión de Dios,
por su misericordia.
Os saluda mi espíritu y la caridad de las Iglesias
que me han acogido en el nombre de Jesucristo, y no como a un transeúnte. En
efecto, incluso las Iglesias que no entraban en mi itinerario corporal acudían
a mí en cada una de las ciudades por las que pasaba”.
Benedicto XVI: El amor de Dios: agapé y eros
Con un lenguaje en verdad
sorprendente el sabio y querido Papa Benedicto XVI, en su primera encíclica,
cuyo título es: Deus caritas est, Dios es amor (25 diciembre 2005).
Nos explicó de un modo
muy bello en qué consiste el eros (de donde viene amor “erótico”) y en
qué consiste el agape. Explicó que el amor de Dios al hombre no es solo
agape, sino eros; no tengamso miedo en decirlo, pura pasión de amor.
Me remito al trabajo de:
Antonio Izquierdo, L.C., El eros de Dios en la
encíclica Deus Caritas Est
(Alpha Omega, X, n. 2, 2007 - pp. 163-188) que
comienza señalando cuáles son los dos textos en los que el Papa dice que el
amor de Dios al hombre es eros:
“Él (Dios) ama, y este amor suyo puede ser
calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente ágape”
(núm. 9). “El eros de Dios para con el hombre, como hemos dicho, es a la
vez ágape. No sólo porque se da del todo gratuitamente, sin ningún
mérito anterior, sino también porque es amor que perdona” (núm. 10).
Meses más tarde de
publicarse esta encíclica, el Papa escribía su mensaje para la próxima Cuaresma
de 2007 “Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37) (fechado el 21 de noviembre de
2006), y volvía sobre estos conceptos con extraordinaria sencillez y claridad. En
la cruz de Jesús está todo el amor de Dios, todo su eros por nosotros, todo (o,
más bien, toda) su agape.
Lo citamos por extenso:
“En la Encíclica Deus
caritas est he tratado con detenimiento el tema del amor, destacando sus dos
formas fundamentales: el agapé y el eros.
“El término agapé, que aparece muchas veces en
el Nuevo Testamento, indica el amor oblativo de quien busca exclusivamente el
bien del otro; la palabra eros denota, en cambio, el amor de quien desea
poseer lo que le falta y anhela la unión con el amado. El amor con el que Dios
nos envuelve es sin duda agapé. En efecto, ¿acaso puede el hombre dar a
Dios algo bueno que Él no posea ya?
[…]
Estos textos bíblicos [de Oseas y Ezequiel] indican
que el eros forma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el
“sí” de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa.
Desgraciadamente, desde sus orígenes la humanidad, seducida por las mentiras
del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con la ilusión de una autosuficiencia
que es imposible (cf. Gn 3,1-7)”.
Mi amor, mi eros, está crucificado: ¿De qué pasión de amor habla san Ignacio
de Antioquía: del eros desordenado del hombre que hay que crucificar, o del
eros de Dios por nosotros, que está palpitando en Jesús crucificado?
Nos
gustaría que nos hablar del eros de Dios. Nos fascinaría saber que Jesús en la
cruz es el divino “amor erótico de Dios”, pues sí que es verdad que Dios se
muere de amor por mí.
Orígenes
así lo interpretaba: “No
existe, por tanto, diferencia en que se diga que Dios es amado (ágape) o
deseado (eros), y no creo que haya que recriminar a quien define a Dios Eros, como
Juan lo ha definido Ágape. Recuerdo que uno de los santos, llamado Ignacio, ha
dicho de Cristo: Mi Eros ha sido crucificado (nota 13) 13, y no creo que por
esto deba ser recriminado” (art. cit., 171).
Es
muy bello pensar que Jesús es el eros de Dios, y que también como en el Cantar
de los cantares, yo puedo llamarle: “mi amor, mi amado”. Jesús, tú eres
divinamente y en tu purísima carne, mi amor erótico.
Pero
otras personas de autoridad piensan que la frase de san Ignacio, Mi amor está
crucificado, no toma una dirección cristológica, sino, más bien, antropológica,
podríamos decir. El P. Raniero Cantalamessa, capuchino, predicador de la Casa
Pontificia, en su primera predicación de Cuaresma de 2007, hablando de LAS DOS
CARAS DEL AMOR: EL EROS Y EL ÁGAPE, anotaba:
“El sentido que los primeros cristianos
dieron a la palabra eros se deduce claramente del conocido texto de S.
Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 7,2: “Mi amor (eros)
ha sido crucificado y ya no hay en mí fuego de pasión… no me atraen el alimento
de corrupción y los placeres de esta vida”. “Mi eros” no indica aquí a
Jesús crucificado, sino “el amor por mí mismo”, el apego a los placeres
terrenos, en la línea del paulino “He sido crucificado con Cristo, no soy yo
quien vive” (Gal 2, 19 s.)” Raniero Cantalamessa, Primera predicación de
Cuaresma (nota 8).
Concluyendo científicamente en algo que
por filogogía y teología es asunto de especialistas:
“No existe una interpretación unánime
del sentido que ha de darse a esta frase del Antioqueno. Unos interpretan Eros referido
a Cristo; otros, referido al hombre carnal que Pablo ha crucificado para entregarse
del todo al Señor. Véase, para el primer sentido, Pietras o.c. 17-18; para el
segundo, C. Pera, St. Thomae Aquinatis in librum Beati Dionysii De divinis
nominibus expositio, 140” (Nota 13 del art. cit.).
Jesús, tú eres mi
amor crucificado
Lo haya pensado así san Ignacio de
Antioquía cuando escribía esa frase, o no lo haya pensado, lo cierto, lo
absolutamente cierto es que yo puedo decir a Jesús en la cruz:
Jesús, tú eres en la cruz el eros de Dios.
Jesús, tú eres mi eros crucificado.
Guadalajara, Jalisco, 10 de junio de 2014 (martes de la X sem. del tiempo ord.)
Jesús, tú eres en la cruz el eros de Dios.
Jesús, tú eres mi eros crucificado.
Guadalajara, Jalisco, 10 de junio de 2014 (martes de la X sem. del tiempo ord.)
Soy Celia Elsa. ^Padre Rufino. Saludándole como siempre, y agradeciéndole por todo lo que nos sigue regalando a través de sus Hermosas Palabras, Que Nuestro Señor lo siga conservando en salud, pues nos alimenta siempre y nos enseña tanto, Gran Poeta, todos por ésta casa le mandamos nuestro agradecimiento y cariño.
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