Homilía para el domingo XIV del tiempo ordinario,
ciclo A
Mt 11,25-30
Texto
evangélico:
En
aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del
cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y
entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido
bien.
Todo
me ha sido entregado por mi Padre y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie
conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Venid
a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré,
Tomad
mi yugo sobre vosotros y aprended de mí,
que
soy manso y humilde de corazón,
y
encontraréis descanso para vuestras almas.
Porque
mi yugo es llevadero y mi carga ligera.
Hermanos:
1. Queremos deleitarnos en el Evangelio de
hoy. Guardémoslo en la memoria, capítulo 11 de San Mateo. Es uno de los pasajes
del texto sagrado de los cuatro Evangelios que más han tocado el corazón de los
cristianos. ¡Cuánta dulzura se desprende de esas palabras que brotan del corazón
de Jesús!
En el pasaje que hemos escuchado tenemos
una revelación y una invitación, y las dos forman una perfecta unidad. Dejémonos,
pues, conducir por las palabras del texto sagrado hasta donde el Señor nos
permita llegar.
2. Estamos en un momento de oración de Jesús.
San Lucas, en el lugar correspondiente, lo dirá con más énfasis. Escribe de
esta manera: “En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo.
Te doy gracias, Padre…” (Lc 10,21). Nosotros nos llenamos de sentimientos
dulces y sabrosos al oír a Jesús. Pero esa alegría Jesús la experimentó
primero: “se llenó de alegría en el Espíritu
Santo”. La nuestra fluye de esa primera que saboreó Jesús.
Podemos imaginar con qué semblante, con
qué ojos, con qué labios risueños Jesús pronunció estas palabras contemplando
las maravillas de Dios en los sencillos. De esa alberca de la alegría de Jesús rebosa
hasta nosotros el gozo que nos invade.
3. Jesús daba gracias, bendecía, alababa
al Padre. Es la expresión que brota de ese trance de alegría, que no acaba de
agotarse. Daba gracias por la conducta que observaba en el Padre. Al Padre le
complacía revelarse a los que se llama pequeños,
sencillos, humildes. Es que Jesús mismo era uno de ellos (lo hemos visto
anunciado en Zacarías, primera lectura de hoy); esos son los suyos. En cambio,
los sabios, los entendidos, los importantes quedaban fuera de esa área. Estos
no podían entenderle; los sencillos sí. Y la razón es patente: se trata de una revelación,
y para ello nada vale la ciencia. La revelación es un don gratuito que Dios da
a quien quiere darlo. Bien pensado, solo puede darlo a los que están vacíos de
sí, a los sencillos y humildes.
4. Hermanos, recordemos que de estos
mismo hablábamos el domingo pasado, día de san Pedro y san Pablo: “¡Bienaventurado
ti, Simón, hijo de Jonás!, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la
sangre…” (Mt 16,17). El conocimiento verdadero del Dios verdadero no lo
recibimos por la vía de la ciencia, sino por el don de la revelación personal;
y entonces, el conocimiento es al mismo tiempo fruición. Cuando Dios viene al
corazón sencillo y el hombre conoce a Dios se producen al mismo tiempo dos
cosas en una: luz y sabor. Conocer a Dios es saborear a Dios, experimentar a Dios,
hallar en él nuestra seguridad y confianza.
Dios, a quien Jesús llama el Padre, se complace en derramarse así
en los sencillos; mientras que los entendidos, con muchas elucubraciones,
quedan fuera de esta intimidad.
5. Ahora, ¿por qué ocurre así? El secreto
nos lo comunica Jesús a continuación. Esto ocurre porque primero ha ocurrido en
él, y porque él nos lo ha traspasado, como hermanos suyos que somos.
Escuchemos ahora de nuevo a Jesús, frase
a frase, palabra a palabra.
Lo primero dice Jesús: Todo me ha sido entregado por mi Padre.
es la base firme de todo lo demás: Dios, el Padre, se ha volcado del todo en Jesús.
Como se dice en el Evangelio de san Juan: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10,30).
Desde aquí entendemos lo que viene a
continuación en las siguientes frases:
Primera: y nadie conoce al Hijo sino el Padre.
Segunda: y nadie conoce al Padre sino el Hijo,
Tercera: y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar, por ejemplo a mí.
6. En esta secuencia de frases el centro
es Jesús. ¿Quién puede conocer a Jesús? Nadie, absolutamente nadie: solo el Padre.
El misterio de Jesús es divino. Solo Dios lo conoce, y Dios lo puede revelar.
Pero Jesús nos invita a ir hasta el Padre,
de donde él ha venido. El Padre es el origen y la meta de todo: de Él venimos,
en Él desembocamos.
¿Quién conoce al Padre? solamente uno: Jesús,
el Hijo.
Y yo, ¿no podré conocer al Padre? Sí
podré conocerlo, si Jesús mismo, que
tiene la llave y el secreto del verdadero conocimiento me lo transmite. Una vez
más, y por último, escuchemos la misma frase: y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar.
7. Ahora podemos pasar a la invitación
que Jesús hace: Venid a mí todos –
dice - todos los que estáis cansados y
agobiados y yo os aliviaré.
Ir a Jesús es el secreto de toda nuestra
religión. La experiencia del camino de la vida es dura: cansancio, agobio y
dolor.
Es la experiencia que ha tenido el
pueblo de Israel con la Ley de Dios, como lo ha explicado san Pablo, pues este
es uno de los ejes de su doctrina. La Ley – que los judíos llamaban el yugo de
la Ley – ha sido don de Dios, ciertamente, pero no nos ha dado lo último que
buscábamos.
8. Jesús nos abre la última palabra de Dios
para pasar de la Ley al Evangelio. Venid
a mí…, aprended de mí. ¿Qué significa “aprended de mí”? Significa: sed discípulos míos, ponemos bajo mi escuela.
La ley de Jesús, el yugo de Jesús, los mandamientos de Jesús, todo, absolutamente
todo, es él mismo.
Como yo soy manso y humilde de corazón
vais a experimentar que mi yugo es
llevadero y mi carga ligera. Como es
Jesús así son los preceptos de Jesús: exigentes, sí por cierto, pero al mismo
tiempo suaves como la suavidad divina de Jesús. Y encontraréis descanso para vuestras almas.
8. Señor
Jesús, nos lo estás diciendo todo y no necesitamos más. Nos basta acogerte a
ti, y tú serás nuestra luz, nuestro gozo y nuestra paz, y tú nos llevarás hasta
el corazón del Padre. Amén.
Guadalajara, Jal. 4 de julio de 2014.
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