Homilía en el domingo XVI del tiempo ordinario
ciclo A, Mt 13,44-52:
Texto
evangélico:
“El
reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo
encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que
tiene y compra el campo.
El
reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al
encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El
reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge
toda clase de peces; cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sienta, y
reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final de
los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los
echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis
entendido todo esto?”. Ellos le responden: “Sí”. Él les dijo: “Pues bien, un escriba
que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia
que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo”.
Hermanos:
1. Continuamos este domingo, y terminamos
esta sección, con las parábolas de Jesús. Ya dijimos que las parábolas han sido
invención de Jesús; antes de él no se conocían en la literatura judía.
Cada una de las parábolas tiene una
fuerza creadora, que no se termina en sí misma. Todas ellas implican al sujeto
que oye; todas son dramáticas, en cuanto que todas son llamadas a la acción del
hombre como respuesta a Dios.
De nuevo tres parábolas, y nuestra predicación
se va a centrar en la primera, tan breve, tan sugestiva. Esta parábola
representa infinitas historias que se han dado en la vida de la Iglesia, y felizmente
se siguen dando. ¡Ojalá que, al pronunciarla, el que la dice y el que la
escucha puedan exclamar: Ese soy yo! El que ha dejado todo con alegría, con
decisión porque ha encontrado algo más grande. Es la parábola del tesoro
escondido y encontrado
2. El día 24 de abril del año 2005 el
Papa Benedicto XVI iniciaba su pontificado con una misa en la Plaza de San
Pedro, en la que espiritualmente estábamos reunidos toda la cristiandad. Entre tantas
cosas bellísimas que dijo este Papa lleno de bondad y de sabiduría, una fue
esta: “Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de
nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más
hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo.
Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él”.
Él tenía en ese momento 77 años y apeló a
su edad para decir a los jóvenes, hablándoles de la amistad con Cristo: “Así,
hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia
de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No
tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él,
recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo,
y encontraréis la verdadera vida”.
Este es el lenguaje de uno que ha encontrado
a Cristo y lo ha seguido con entusiasmo toda la vida. Este es un creyente
convencido, que con su vida y su palabra está contagiando. Estas palabras
iluminan la luminosa parábola de Jesús.
3. En la parábola de Jesús se habla de
cuatro elementos vitales que vamos a considerar:
1) Un encuentro: el encuentro del tesoro.
2) Una alegría: la alegría desbordante, imperecedera,
transformadora del encuentro del tesoro.
3) Una renuncia: vender todo para
conseguir el tesoro.
4) Una nueva vida: la vida del
seguimiento, la vida con el tesoro.
4. Lo primero es el encuentro. Y para saber
qué es un encuentro voy a volver de nuevo a unas frases del Papa Benedicto, que
han tenido una gran fortuna, y que el Papa actual, Papa Francisco, las ha
vuelto a recoger en su encíclica titulada La
alegría del Evangelio: “No me cansaré de repetir – dice el Papa Francisco –
aquellas palabras de Benedicto XVI que nos llevan al centro del Evangelio: «No
se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el
encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a
la vida y, con ello, una orientación decisiva» (Evangelii gaudium 7, citando a Deus
caritas est 1).
El comienzo de la vida cristiana es un
encuentro. Esto es serio y fascinante; porque la tentación es ser cristiano por
costumbre, por cultura, por herencia, porque sí…nos asedia, y eso desvirtúa el
cristianismo.
El verdadero cristiano ha tenido un
verdadero encuentro con Jesús de Nazaret. El encuentro es un acontecimiento
sorpresa, es un enamoramiento, es el descubrimiento de algo maravilloso que
existe y que yo no sospechaba que existiera.
Podemos ser cristianos desde el regazo de
nuestras madres, y es gracia que así sea, pero debe llegar un momento en la
vida en que uno afirme su fe de una forma iluminada, vigorosa y entusiasmaste.
El cristiano, por definición, es – debiera ser – un convencido enamorado.
Así pinta Jesús al hombre de la parábola,
en cuya reflexión podríamos continuar tiempo y tiempo. Con personas así el
mundo cambiaría, sin duda; el mundo, comenzando por nuestro entorno.
La característica de este encuentro es la
alegría. Quien encuentra a Jesús ha hallado la felicidad y para siempre
su rostro se unge de alegría. El cristiano, de propia naturaleza, es una
persona que irradia y contagia esa alegría que le sale de dentro. No será la carcajada
y el chiste, que, como viene, pasa. Será una alegría que para siempre se queda
en los ojos, en los labios, en la frente.
Dicen los intérpretes que esta palabra,
la alegría, es justamente “la punta” de la parábola, lo que más quiere recalcar
Jesús para que asimilemos esto: que la novedad que él trae, viene como una
bocanada constante de alegría.
5. Comprendemos que ante un hallazgo así
es lógico todo lo que viene. La renuncia es ciertamente real; renuncia total
para entrar en el nuevo camino del reino de Dios. Una renuncia dura, por ser
completa, pero una renuncia muy llevadera.
Esta renuncia nos lleva a la consagración
en el reino. El reino de Dios, que es el último don de Dios a los hombres, nos
trae la vida divina para hacerla nuestra como vida cotidiana.
El reino de Dios es el tesoro.
El reino de Dios es la perla preciosa.
¡Y pensar que todo esto lo tenemos, si
queremos, al alcance de la mano…! Porque Jesús nos lo ha dado…
La parábola de la red con toda clase de
peces va por otro lado y apunta al juicio final de la historia, adonde ha de ir
la existencia real y personal de la Iglesia (que entonces será la Iglesia glorificada),
y, como antagónico, la existencia de peces malos que hay que tirar a la basura:
y los echarán al horno de fuego. Allí
será el llanto y el rechinar de dientes, dice la tremenda frase de Jesús.
6. Concluimos, hermanos, diciéndole a Jesús:
Te
pedimos, Jesús, hermano nuestro y Señor de la historia, la alegría del Evangelio.
Que te encontremos con un gozo
exuberante e inmarcesible. Y que ese gozo
sea el tono, el vigor, y la fuerza fecunda de nuestra vida- Amén.
Tlalpan (México D.F.), viernes, 25 julio
2014.
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