LA GRACIA DE LA ASCENSIÓN
DE JESÚS, EL SEÑOR
Contemplación para un retiro espiritual
La gracia de la Ascensión en la entrega que Jesús Resucitado
hace a su Iglesia del don de su presencia en el Espíritu hasta su vuelta, garantizando
al identidad de su presencia histórica y
su presencia pascual, confiándole como misión la propia misión que él recibio
del Padre, y abriendo plenamente la comunión con Dios en una relación familiar
de confianza y seguridad.
Impulsados a la contemplación
La vida del cristiano consiste en el hallazgo del
tesoro escondido. Así explicó Jesús el don del Reino de los cielos o del Reino
de Dios: “El
reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo
encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que
tiene y compra el campo” (Mt 13,42).
Con un pensamiento vital y
personal, dígase lo mismo: que ser cristiano es haberse encontrado con Jesús.
Es lo que dijo Andrés (“el primer llamado”) a su hermano Simón: “y le dice: «Hemos
encontrado al Mesías (que significa Cristo)». Y lo llevó a Jesús. Jesús se
le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas
(que se traduce: Pedro)» (Jn 1,41-42). Como se ve, en este encuentro estaba ya
toda la vida de Simón. Simón encontró a Jesús y Jesús encontró a Simón y le
constituyó en Pedro.
El encuentro es personal, y no se puede transferir
experiencias. Hablando de un modo genérico, bien podemos decir que el día en
que yo encontré a Jesús Resucitado, encontré la Teología, encontré la Vida
espiritual, encontré el Yo oculto de mi vida. Mi vocación cristiana y la parcela
personal que me cumple en la Iglesia como consagrado en celibato no es otra
cosa sino el encuentro con Jesús, el Señor, Jesús Resucitado.
Con Jesús resucitado está la vivencia de la Pascua:
vivencia de “la hermosa Vigilia de Pascua” [1995], vivencia de la cincuentena
pascual. Litúrgicamente este ha sido el don del Concilio a la Iglesia del siglo
XX. Día a día disfrutamos la Pascua, que se nos antoja un banquete espiritual
de manjares y vinos exquisito. La Sagrada Escritura adquiere su plenitud en la
Pascua y las lecturas de los Santos Padres nos hacen viva y presente la
tradición de la Iglesia.
He aquí, pues, que la Pascua – que son 50 días –
avanza, y hemos llegado al número cuadragenario: la Ascensión del Señor.
¿Qué es la Ascensión del Señor?
Misterio de contemplación igual que la Resurrección. Al decir contemplación,
decimos: Misterio de intercomunión personal con el Resucitado a gloria del
Padre en el Espíritu Santo; misterio de iluminación, en el cual brilla la
armonía de Dios en su Hijo amado y en el mundo universo que hace su historia
bajo el amparo de Dios; misterio de esperanza que centra mi vida allí donde
debe estar, aquí en al tierra abierta a lo infinito.
La Ascensión sigue a la Resurrección, o, mejor, está
dentro de ella.
Aclaraciones de lenguaje
De Jesús podemos hablar rectamente con dos direcciones
de lenguaje, en este sentido:
Jesús fue resucitado,
Jesús resucitó.
En el primer caso el agente es el Padre; en el
segundo, el agente es él mismo.
De modo paralelo podemos hablar de
la Asunción de Jesús o
de la Ascensión de Jesús.
Jesús fue subido al cielo, como dice san Lucas en el Evangelio: “Cuando
se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión
de ir a Jerusalén: Factum est autem, dum complerentur dies assumptionis
eius, et ipse faciem suam firmavit, ut iret Ierusalem” (Lc 9,51), Y de
modo equivalente al fianld el Evangelio: “Et factum est, dum benediceret
illis, recessit ab eis et ferebatur in caelum” (24,51)., era llevado
al cielo. El mismo lenguaje usa al comienzo de los hechos de los Apóstoles: “Dicho
esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se
lo quitó de la vista” (Hech 1,9). San Marcos al final del Evangelio dirá:
“Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a
la derecha de Dios” (Mc 16,19)
Jesús ascendió al cielo. San Pablo dice en la carta a los Efesios: “Por
eso dice la Escritura: Subió a lo alto
llevando cautivos | y dio dones
a los hombres (Sal 68,19). Decir subió supone que había bajado a lo profundo de la tierra; y el que
bajó es el mismo que subió por encima de los cielos para llenar el universo. Y
él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas,
a otros, pastores y doctores…” (Ef 4,8-11).
Resurrección y Ascensión
La clave de la fe cristiana es el Misterio pascual, el
cual está compuesto complexivamente por_ Muerte / Resurrección / Ascensión /
Envío del Espíritu.
Acercándonos al misterio de la Resurrección de Jesús,
este se puede compendiar en tres momentos:
1)
Murió
/ Fue sepultado
2)
Resucitó
/ Ascendió / Envió el Espíritu
3)
Vendrá
en la gloria del Padre
La culminación del misterio reclama la historia
precedente de este misterio:
1)
Fue
concebido y nació por obra del Espíritu Santo
2)
Creció
en gracia y sabiduría
3)
Fue
bautizado y llevado al desierto a impulso del Espíritu
4)
Anunció
el Reino de Dios que llamó Evangelio
5)
Inaugurándolo
en su propia persona con obras y palabras
6)
Eligió
a los Doce e hizo discípulos germen del Reino
7)
Coronó
su vida con una Cena a la que dio su propio significado en vísperas de su
muerte.
Misterios del Señor
Esta es la cadena de
los misterios del Señor que nosotros, discípulos suyos vamos desentrañando de
este modo:
1)
Lo
que pasó en la vida de Jesús – sus palabras y sus hechos – los recuperamos hoy, aquí, para nosotros, para mí desde la realidad pascual definitiva
que vive Jesús constituido Señor.
2)
Toda
la historia de Jesús se hace contemporánea en virtud de la Pascua que la
sustenta. Lo que fue un hecho histórico, con
sus propios perfiles, se convierte para nosotros en un hecho sacramental que
contiene y transfunde la gracia. Así, el Evangelio de san Marcos comienza:
“Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (1,1). Todo lo que va a
narrar se refiere al Hijo de Dios.
3)
El
Evangelio pasa a ser el sacramento primordial de la Iglesia, abierto a toda la comunidad y a cada uno de los creyentes discípulos
del Señor. El recuerdo de Jesús, aun para el estudioso cristiano que trata de comprender,
ha adquirido esencialmente la categoría de sacramento.
4)
En
virtud de la nueva condición de Jesús, Hijo de Dios, él puede tener una
relación personal conmigo y él acepta mi relación personal con él.
En suma,
el hallazgo de la persona de Jesús es el reencuentro con migo mismo, divinizado
por quien es vida de mi vida. Yo quedo
amplificado por mi Señor, en cuya dignidad y señorío encuentro mis dimensiones
verdaderas.
Cómo
vivió Jesús su propia glorificación, para asociarnos nosotros
Yo vivo en el terreno de la “intimidad” con Jesús;
por medio de Jesús abierto al Padre y al Espíritu Santo. “Jesús le responde [a Tomás]: «Yo soy el
camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais
a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe
le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace
tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí
ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo
estoy en el Padre, y el Padre en mí?” (Jn 14,6-19)
También Jesús tuvo su “intimidad”, abierto a
otro; el otro era el Padre y la relación misteriosa del Espíritu Santo.
Es el secreto de la personalidad de Jesús, cuyo
fondo no podemos alcanzar por el desajuste que hay entre la vivencia de Jesús y
la vuestra. Por intuición que arranca de nuestras propias vivencias podemos
asegurar:
- Jesús se siente todo del Padre, hijo a lo
infinito. Su filiación divina no tiene contorno humano para poder compararla
con la nuestra. Al pasar de mi propia conciencia a la conciencia de Jesús, me
encuentro con algo que me sobrepasa. El caso de Jesús no es sencillamente el
mío. Bajó hasta el fondo ciertamente, como lo dice el Himno de Filipenses:”El
cual, siendo de condición divina, | no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; |
al contrario, se despojó de sí mismo | tomando la condición de esclavo, | hecho
semejante a los hombres. | Y así, reconocido como hombre por su presencia, | se
humilló a sí mismo, | hecho obediente hasta la muerte, | y una muerte de cruz”
(Flp 2.6-8)
- Jesús siente y sabe que su misión y
destino, como enviado de Dios, es a bien de todos: “Porque el Hijo del
hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por
muchos” (Mc 10,45, palabras que volverán a resonar en la Cena).
- Jesús siente y sabe que en el día final él
aparecerá glorioso con el Padre: “Entonces verán venir al Hijo del hombre
sobre las nubes con gran poder y gloria” (Mc 13,26).
- Jesús ha visto por lógica humana y por exaltación
de su espíritu que su muerte estaba sentenciada por parte de los judíos,
que carecían de autoridad para infligir
la pena capital, y por lo tanto que pasaría al poder romano y condenado con el
suplicio de la cruz. Pero nunca ha visto Jesús la cruz como el final de su
historia, sino que él ha contado siempre con la defensa del Padre; por lo
tanto, tras la cruz ha puesto la resurrección, acción inmediata de Dios
configurada en “tres días”.
Esta conciencia de lo que es Jesús ha pasado a la
conciencia de la comunidad cristiana, que ha meditado, ha gustado la promesa
del Señor, incluso ha podido detallarlas más en virtud del dinamismo de la fe,
que tiende a personalizar, a concretizar.
La conciencia de Jesús aparece en el solemne juicio,
cuando es conjurado por el Sumo Sacerdote en nombre de Dios a que se pronuncie
y diga quién es, es decir, qué siente de sí mismo. “De nuevo le preguntó el
sumo sacerdote: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?». Jesús contestó: «Yo
soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene
entre las nubes del cielo». El sumo sacerdote, rasgándose las vestiduras, dice:
«¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Habéis oído la blasfemia. ¿Qué os
parece?». Y todos lo declararon reo de muerte” (Mc 14,61-64).
Estas son las grandes afirmaciones de la Cristología,
originadas en Jesús, base de toda la reflexión posterior de la Iglesia.
Cómo han entendido los Evangelios la glorificación
(Resurrección / Ascensión) del Señor
Los Evangelios nacen de la Iglesia y son entregados a
la Iglesia; terminan en ella cara al mundo. Es decir, la vida de Jesús termina
en mí como enviado suyo. No hay Evangelio sin Resurrección; pero no hay
Resurrección sin algo más allá que ella misma, porque en la Resurrección está
la misma misión e la Iglesia, de la cual yo soy portador. Veámoslo en cada
evangelista.
Evangelio de Mateo.
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id,
pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de
los tiempos».
Es la imagen final de Jesús Resucitado:
- Todo poder en el cielo y en la tierra.
- Anuncio del Evangelio a todos los pueblos.
- Seguridad de la presencia de Cristo todos lo días
hasta el fin del mundo.
Evangelio de Marcos.
“Y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio
a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará; el que no crea será
condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en
mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben
un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y
quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se
sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el
Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (Mc
16,15-20).
Jesús les da el mandato de la predicación del
Evangelio a toda la creación, pero de un modo tan taxativo que va unida
salvación o condenación a la aceptación o rechazo del Evangelio.
Jesús es uno con su Iglesia; la misión es una; Jesús
desde el cielo confirma la misión de la Iglesia, y esto se muestra con signos
evidentes, y evidenciales para quien se abre con ánimo de fe, conducido por el
Espíritu Santo.
Evangelio de Lucas
“Entonces les abrió el
entendimiento para comprender las Escrituras. Y les dijo: «Así está escrito: el
Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre
se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos,
comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Mirad, yo voy a enviar
sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en
la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto». Y los sacó
hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. Y mientras los
bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. Ellos se postraron
ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el
templo bendiciendo a Dios” (Lc 24.46-53).
- Jesús da a su Iglesia el don de las Escrituras.
- Constituye a sus discípulos “testigos” del Mesías,
predicadores de la conversión comenzando por Jerusalén y continuando con todos
los pueblos.
- Les promete el envío del Espíritu.
- Y en continuidad narrativa ocurre la Ascensión con
la Bendición de Jesús, manifestando la continuidad del Señor en su Iglesia y
garantizando su presencia.
Evangelio de Juan
Los largos capítulos del Cenáculo (Jn 13-17) son las
palabras de despedida de Jesús que se marcha y, al marcharse, estará de otro modo.
Es la Iglesia la que ha entrado en el Cenáculo para recoger las últimas
recomendaciones del Señor.
Las apariciones que siguen a la muerte
- son apariciones de presencia: Jesús vive,
- y de misión.
Pero he aquí que en las apariciones, al concluir el
Evangelio. Hay una perícopa especial que
se refiere a dos figuras centrales en la Iglesia: Pedro y el Discípulo amado,
que hablan de este enlace de Jesús ausente y la Iglesia que navega en este
mundo.
“Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar
gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme». Pedro, volviéndose, vio que les
seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había
apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a
entregar?». Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?». Jesús le contesta:
«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme». Entonces se
empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría.
Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que
yo venga, ¿a ti qué?». Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo
ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21,19-24).
(San Agustín tiene un bello comentario espiritual y
místico de este pasaje, recogido en la liturgia de la VI semana de Pascua, que
pertenece al tratado 124 del comentario del Evangelio de Juan [puede verse en
Internet íntegro]).
“Así pues, la Iglesia conoce dos vidas predicadas y encomendadas a
ella por voluntad divina, una de las cuales está
en la fe, otra en la visión; una en el tiempo de la peregrinación, otra en
la eternidad de la permanencia; una en la fatiga, otra en el descanso; una en
camino, otra en la patria; una en el trabajo de la acción, otra en la paga de
la contemplación; una se aleja del
mal y hace el bien, otra no tiene mal
alguno de que alejarse y tiene un gran bien de que disfrutar; lucha con el
enemigo una, reina sin enemigo otra; una es fuerte en las adversidades, otra no
siente nada adverso; una frena los antojos carnales, otra se dedica a los
deleites espirituales; una está solícita por la preocupación de vencer, otra
está segura por la paz de la victoria; una es ayudada en las tentaciones, otra,
sin tentación alguna, se alegra en el Ayudador mismo; una socorre al indigente,
otra está allí donde no halla indigente alguno; una, para que se le perdonen
sus pecados, perdona los ajenos, otra no padece lo que perdone ni hace nada
respecto a lo que implore que se le perdone; una es flagelada por males para
que no se engría en los bienes, otra carece de todo mal con tanta plenitud de
gracia, que sin ninguna tentación de soberbia se adhiere sólidamente al bien
sumo; una discierne males y bienes, otra percibe bienes nada más; una, pues, es
buena, pero aún desdichada; la otra, mejor y dichosa.
Aquella está significada mediante el apóstol Pedro, esta mediante
Juan. Aquella está aquí en juego «hasta el final de la era» esta y ahí halla final;
esta se difiere para colmarse tras el final «de la era» esta, pero en la era futura no tiene final. Por eso se dice a
aquél: «Sígueme»; en
cambio, acerca de éste: Quiero
que él permanezca así mientras vengo; a ti ¿qué? Tú sígueme. De hecho, ¿qué
significa esto? En la medida en que entiendo, en la medida en que capto, ¿qué
significa esto sino: Tú, sígueme mediante la imitación de tolerar los
males temporales; aquél permanezca, mientras
vengo a pagar con los bienes
sempiternos? Esto puede decirse más claramente así: sígame la acción perfecta,
modelada por el ejemplo de mi pasión; por su parte, la contemplación incoada permanezca mientras vengo, para ser
perfeccionada cuando haya venido. En efecto, puesto que aquí, en el país de los
murientes, se toleran los males de este mundo, y allí, en el país de los vivientes, se verán los bienes del Señor, la
piadosa plenitud de la paciencia sigue a Cristo de forma que llega hasta la muerte; en cambio, mientras viene Cristo permanece la plenitud de
la ciencia para manifestarse ella entonces. Por cierto, lo que asevera: Quiero que él permanezca así
mientras vengo, ha de
entenderse no así, cual si hubiera dicho «que se quede» o «que perdure», sino
«que aguarde», porque lo que mediante él se significa se cumplirá,
evidentemente, no ahora, sino cuando
Cristo haya venido. En cambio, si ahora no se realiza lo que se significa mediante
este a quien está dicho: «Tú,
sígueme», no se llegará a lo
que se aguarda.
Tomado de
http://www.augustinus.it/spagnolo/commento_vsg/omelia_124_testo.htm
Ascensión y Despedida:
Espiritualidad de la Ascensión
El Discurso de la Cena es el lugar privilegiado para aprender
cuál es la Iglesia que Jesús quiere cuando él falte.
Regresando a la intuición fundamental de este retiro,
podemos definir la espiritualidad de la Ascensión a partir de estas grandes
afirmaciones
1.
Continuidad en
dos etapas distintas: “hasta ahora”, “a partir de ahora”, con el mismo
protagonista: Jesús.
2.
Seguridad de
una presencia hasta el fin del mundo.
3.
Seguridad de
una asistencia para toda necesidad.
4.
La
espiritualidad de la “familiaridad” con Jesús y con el Padre.
Jesús,
al marcharse, comienza su etapa nueva y definitiva, y esto en la Iglesia marca
dos fases:
- un
“hasta ahora”
- y
un “a partir de ahora”, que se puede expresar por un “entonces”, “aquel día”…
Jesús
dice: “Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre; pedid, y
recibiréis, para que vuestra alegría sea completa” (Jn 16.20). No lo han
pedido, porque no lo podían pedir.
Ahora
se establece la oración nueva: la oración en el nombre de Jesús. La eficacia de
la petición de Jesús será total. Incluso…, en la familiaridad total en que nos
establece al nueva situación, ni hará falta la recomendación del Hijo. “Aquel
día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por
vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis
que yo salí de Dios” (Jn 14,16-17).
Por
resumir todo, la nueva espiritualidad a la que somos invitados los discípulos
de Jesús, los cristianos, es una espiritualidad de inmanencia, de
reciprocidad y de familiaridad con el Padre, con la Trinidad.
El
que acepta el don del Hijo, el que opta por la filiación divina, entra en la
familiaridad con Dios, y esta familiaridad, que nos la revela y propicia Jesús,
el Hijo de Dios
- Es
un trato enraizado en lo profundo, en lo inmanente del ser.
- Es
un trato de comunión: la comunión perfecta es recíproca: yo para ti, tú para
mí.
- Es
un trato de familiaridad. La familiaridad es el tipo de relación que fluye
cuando hay respeto y confianza. De la confianza brota la confidencia.
Sábado
de la VI semanas de Pascua, 7 mayo 2016
Para cantar la Pascua del Señor
Cuanto la lengua a
proferir no alcanza
tu cuerpo nos lo dice,
¡oh Traspasado!
Tu carne santa es luz
de las estrellas,
victoria de los
hombres, fuego y brisa,
y fuente bautismal, ¡oh
Jesucristo!
Cuanto el amor humano
sueña y quiere,
en tu pecho, en tu
médula, en tus llagas
vivo está, ¡oh Jesús
glorificado!
En ti, Dios fuerte,
Hijo primogénito,
callando, el corazón lo
gusta y siente.
Lo que fue, lo que
existe, lo que viene,
lo que en el Padre es
vida incorruptible,
tu cuerpo lo ha heredado
y nos lo entrega.
Tú nos haces presente
la esperanza,
tú que eres nuestro
hermano para siempre.
Contigo sube el mundo
cuando subes,
y al son de tu alegría
matutina
nos alzamos los muertos
de las tumbas;
salvados respiramos
vida pura,
bebiendo de tus labios
el Espíritu.
Cautivos de tu vuelo y
exaltados
contigo hasta la
diestra poderosa,
al Padre y al Espíritu
alabamos;
como espigas que doblan
la cabeza
los hijos de la Iglesia te adoramos. Amén.
(Felicitación pascual enviada para la Pascua de 1978)
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