Homilía en el Domingo de Pentecostés
Jn 14c 24,15-16. 23-26
Texto evangélico
15Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16 Y
yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros
23 El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo
amará, y vendremos a él y haremos morada en él. 24 El que no me
ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del
Padre que me envió. 25 Os he hablado de esto ahora que estoy a
vuestro lado, 26 pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que
enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya
recordando todo lo que os he dicho.
Hermanos:
1. Estamos en Pentecostés, la gran solemnidad
que corona la Pascua del Señor. Ante las palabras de Jesús, nuestros corazones
se llenan de sentimientos de gozo de fortaleza, de paz, de consuelo…, de todos
los dones del Espíritu Santo. El Espíritu de amor vino sobre aquella pequeña
Iglesia reunida en el Cenáculo, la llenó de sus dones y comenzó la Iglesia su
camino en este mundo, y aquí nos encontramos bajo esa fuerza, bajo esa alegría,
que trajo Pentecostés y que dura hasta el final de los siglos.
2. ¿Celebramos hoy la Fiesta del Espíritu
Santo? No es exactamente eso; no es correcta la pregunta. No hay en la Iglesia
una fiesta dedicada al Padre, otra dedicada al Hijo, otra dedicada al Espíritu
Santo.
Desde siempre nos ha explicado la Teología,
cuando Dios actúa no puede actuar en solitario. Donde está el Padre está el
Hijo y está el Espíritu. La obra de Dios de cara al mundo, es siempre una obra
en unidad, en armonía, en comunión del Infinito Misterio.
3. La Resurrección de Jesús es la obra
soberana de Dios. Allí estaba el Padre, allí estaba el Espíritu Santo.
Para hablar del Espíritu, bueno es comenzar de
aquella tronada del Cenáculo a los cincuenta días de la Pascua. Jesús, el
muerto ignominiosamente por la envidia de las autoridades judías, no era un
fracasado, sino que ahora, de pronto, surgía una comunidad impetuosa que
revolvió la ciudad de Jerusalén, precisamente en aquella ocasión en que la
capital estaba llena de extranjeros. “cada uno los oímos hablar de las
grandezas de Dios en nuestra propia lengu” (Hech 2,11).
El mundo recobraba aquella unidad rota en
Babel. Ese fue el milagro estruendoso del Espíritu, al inicio de la Iglesia,
que echaba a andar sin ningún poder humano, pobre, absolutamente pobre, pero
toda la potencia de Dios Creador y Redentor.
¿Quién es el Espíritu?, nos preguntamos, y una
primera respuesta la encontramos en esta escena de Jerusalén, que nunca se
había conocido.
4. Pero podemos seguir preguntándonos: ¿Quién
es el Espíritu? , y escuchar otras respuestas, que llenan nuestro corazón de
vivencias nunca antes conocidas. En este caso acudimos a Jesús mismo, y tomamos
de sus labios las palabras. Jesús habla del Espíritu interior que tiene su
morada en nosotros.
En esa zona última de mi persona, en la que
nadie puede entrar si yo no le doy la llave, va a morar Dios. Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que
esté siempre con vosotros.
Lo llevamos dentro, no se aparta de nosotros. Es
una presencia de alta sensibilidad, y a lo mejor hace falta unos oídos de alta
fidelidad, para hacer la conexión.
Esta imagen de la morada interior la aplica Jesús
al Padre y a él mismo. Y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos
morada en él, ha dicho el Señor en este pasaje de la Cena que estamos
comentando. Es una cosa insospechada, que por nosotros jamás nos habríamos
atrevido a imaginarla.
Dios tiene su trono en el cielo, o en los
cielos de los cielos, y es servido por miríadas de seres celestiales. Él es el
creador, el rector de la historia, el dueño del universo.
Pero, ¡atención, hermanos!: No menos cierto
que esto es lo que anuncia el Evangelio: Dios tiene su sede en el corazón
humano: allí se revela, allí actúa, allí está operando de continuo.
El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi
nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he
dicho.
Esta frase es importantísima, porque nos está
diciendo que desde la cátedra del corazón el Espíritu está gobernando la
Iglesia.
5. San Francisco dejó escrito en la Regla que los
hermanos sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su
santa operación (Regla de San Francisco, cap. X). Por eso, el hermano
menor debe dejarse gobernar en todo momento por este suave oleaje del Espíritu,
que está actuando. San Francisco nos exhorta, pues, a vivir en oración
constante, en un trato amoroso con el Señor que nos lleve a afrontar toda
nuestra vida con sencillez y grandeza.
6. Si tenemos esto presente, nos seguimos
preguntando: ¿Quién es, pues, realmente el Espíritu de Dios?
El Espíritu de Dios es Dios mismo que quiere poner
el sello divino en todas las cosas, que quiere divinizar el mundo en todos sus
perfiles. Si pudiésemos hablar de las cosas divinas como hablamos de las
humanas, diríamos:
El Espíritu de Dios es el remate de Dios, la
perfección final de Dios, la ultimidad de Dios.
El Espíritu de Dios es la belleza de Dios, aquello
– o mejor Aquel – por el cual Dios es Dios, el infinito.
El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, es el toque
final de Dios.
El Espíritu de Dios es el dinamismo de Dios que
llega a nuestro alcance.
El Espíritu de Dios son los siete dones del
Espíritu Santo, que según Isaías, reposarán sobre el Mesías. El Espíritu de
Dios son los doce frutos de la presencia y las transformaciones que opera Dios,
según dice San Pablo…
El Espíritu de Dios es lo Infinito hecho finito a
mi medida, sin dejar de ser lo que es.
El Espíritu de Dios es lo que hace posible que el
pan sea Cuerpo de Cristo y el vino Sangre de Cristo.
El Espíritu de Dios es lo que hizo posible la
Encarnación del Hijo de Dios en el seno de una mujer de esta tierra, haciéndola
virgen.
En fin, ese mismo Espíritu que ahora hace posible
que yo piense, que yo escriba, que yo pronuncie estas cosas.
El Espíritu de Dios nos penetra, nos envuelve, nos
transformo; Él es el alma de todas las virtudes, lo más bello del fututo que
anhelamos.
Humildemente… el Espíritu de Dios es Dios mismo que
nos abraza.
6. Permitan que concluya estas reflexiones
expresando los mismos sentimientos en versos con un poema de oración para la
liturgia.
Se sacie el alma toda de lo bello,
y goce a lo infinito a Dios amando,
que sepa que es el signo de la Pascua,
presencia del Espíritu donado.
Que toda fuerza sea en mis entrañas
y rompa toda luz iluminando,
un río manantial de pura vida
ahí está el Espíritu abrasando.
Que irrumpa toda vida en plenitud
y sea toda paz quieto remanso,
el santo y dulce Espíritu me habita,
pues Dios es Dios amando y consolando.
Ultimidad de Dios, infinitud,
mi Dios concreto adentro navegando:
mi Dios amor, Espíritu fecundo,
mi Dios a quien adoro y beso y canto.
Me quedo en este Dios de intimidades,
presente y porvenir en quien me hallo:
mi Dios Pentecostés y santo Espíritu,
festín de amor y gozo regalado.
De Dios eres el Beso, a ti la gloria,
de Dios la unión, estrecho y firme lazo:
amor de todo amor, pureza ardiente,
a ti la adoración, oh todo Santo. Amén.
Guadalajara, Jalisco, viernes 13 de mayo de 2016.
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