Homilía en el Domingo de la Santísima Trinidad
Jn 16,12-15
En la Casa de Oración Padre Pío de los hermanos menores capuchinos
en San Juan Tlale, estado de Puebla, junto a San Martín Texmelucan
Texto evangélico
12 Muchas cosas me quedan por deciros, pero no
podéis cargar con ellas por ahora; 13 cuando venga él, el
Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por
cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por
venir. 14 Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo
anunciará. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he
dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará.
Hermanos:
1. Con Pentecostés cerramos las fiestas
pascuales y estamos en el tiempo llamado “Tiempo ordinario”, llamado así no
porque sea un tiempo de segunda categoría – todo tiempo es tiempo de Dios y donde
está Dios está la plenitud – sino porque en este tiempo vamos ahondando en la
totalidad del misterio cristiano, siguiendo los Evangelios, o acaso celebrando
una fiesta de nuestra devoción. (En otros tiempos “específicos” del año –
Adviento y Navidad, Cuaresma y Pascua – sin perder el panorama total del
Misterio centramos nuestra atención en la Encarnación y la Parusía, en la Cruz y en la Resurrección).
El domingo que sigue a Pentecostés es un
domingo que invita a los cristianos a hacerse una pregunta: ¿Quién es Dios? La
respuesta es. Dios, plenitud de amor, es la Trinidad. Con el auxilio de Dios
vamos a meditar, a contemplar, a gozarnos en el misterio de nuestra fe que, ya
de niños, aprendimos en el catecismo.
2. El acontecimiento supremo de la vida para
todo ser humano es el haberse encontrado con Dios, con el Dios vivo y
verdadero, con el Dios viviente, no con el Dios fruto del más sublime
pensamiento. Dios es vida, Dios es persona,
Dios es el que me creó, y para ello, el que me pensó desde toda la eternidad.
Dios es el sentido de mi vida y el sentido último de mi existencia. Dios es mi
pasado, mi presente, mi futuro. Ese es el Dios viviente.
Y si esto es así, encontrarse con Dios es
encontrarse con la religión del amor, con el diálogo con Dios, con la oración a
Dios ejercitada de mil formas diferentes.
Si ese Dios me falta, mi vida estará llena de
muchas cosas, que me ocupan y me dan una cierta felicidad, pero en el fondo mi
vida estará vacía, porque al final, tendré que afrontar la muerte y tras la
muerte el destino eterno.
3. Todos los seres humanos, todos,
absolutamente todos, necesitamos encontrarnos con Dios, si anhelamos una vida
con dirección y felicidad. Ahora bien, las estadísticas nos dicen que muchos no
creen en Dios, como si Dios fuera un sinsentido, o acaso un estorbo en su vida,
una amenaza de su felicidad, y por eso lo rechazan. Otros – y estos son muchos
y muchísimos – se dicen agnósticos. Sea lo que sea de Dios, no podemos
conocerlo – dicen – y por eso, prescinden de él.
4. Ante este planteamiento, cuando los
cristianos decimos Trinidad, ¿qué decimos?
Decimos, ante todo, que Dios se ha revelado, y
que, por lo tanto, no es el hallazgo de un descubrimiento humano, sino el don
de alguien que ha salido a nuestro encuentro.
Decimos, por lo tanto, que Dios ha venido a
encontrarnos, y lo ha hecho progresivamente, hasta descubrirnos enteramente su
faz en su Hijo amado Jesucristo.
Decimos, finalmente, que en Jesús se nos ha descubierto el misterio de la
Trinidad, no antes. Dios estaba presente como misterio divino integral, como
Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero el hombre no lo había podio percibir en esta
plenitud.
5. El texto evangélico de hoy, que recoge
palabras de Jesús en la Cena, es una de estas manifestaciones del misterio que
brotan del corazón de Jesús. “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará
hasta la verdad plena”. Ya tenemos a
Jesús y al Espíritu. El Espíritu ha acompañado a Jesús en todo momento de su
vida, desde su concepción hasta su resurrección a los cielos. Pero en este
mismo pasaje Jesús habla de su Padre: Todo lo que tiene el Padre es mío.
Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu.
Ya dijimos, hace dos domingos, al hablar de la
Ascensión y de las palabras de despedida de Jesús, que él nos revela un Dios
con el cual, por la condescendencia divina que ha tenido con nosotros, nos
invita a una relación familiar. Estábamos evidentemente en el misterio
santísimo de la Trinidad.
Todo esto nos abre un panorama infinito para
entender nuestra religión
- como la historia de Dios con nosotros,
- historia real y cotidiana,
- historia de amor y de llamada a la felicidad.
La Santísima Trinidad es nuestra felicidad. El Dios
infinito que se vuelca hacia nosotros y nos eleva consigo hasta su propio seno.
6. Seguramente que alguna vez hemos dicho y
explicado en qué consiste la verdadera experiencia de Dios. La experiencia de Dios
es ese trance en el que uno percibe que Dios es el infinitamente grande y
majestuoso, ante el cual el ser humano queda anonadado, como con el deseo de
desaparecer y volver a la nada; y al mismo tiempo Dios es la infinita cercanía
y ternura, lo más mío de mí mismo. Esa
concordancia de dos cosas opuestas ese es Dios en el hombre; por lo cual la
llegada de Dios a nosotros nos produce
simultáneamente el respeto a la Majestad divina y la atracción irresistible,
llena de dulzura, a su intimidad.
Este es el Dios de la Sagrada Escritura, el Dios
que ha ido tejiendo una historia de amor desde el paraíso, el Dios de Abraham,
de Isaac y de Jacob, el Dios de Moisés, el Dios de los profetas, el Dios de
Jesús.
Jesús quiso darle el toque definitivo, y al llamar
a Dios Padre, y enseñarnos a rezar al Padre, quiso que la paternidad divina,
con lo que esto supone de confianza, fuese la nota predominante de Dios para
nosotros, criaturas de la Santísima Trinidad.
7. Dulce misterio de amor de la Trinidad, misterio
para creer, para adorar, para perderse en él, alabando al Padre, y al Hijo y al
Espíritu Santo, misterio divino de
nuestra fe, que llena el corazón de infinita paz.
Cada vez que hacemos la señal de la cruz, signando
con la mano la frente, el pecho, y el hombro en sus dos extremos, estamos
honrando con devoción el misterio divino de nuestra fe. Sea bendito en el cielo
y en la tierra el misterio infinito de Dios uno y trino.
¡Señor Jesús!, que de tus labios hemos recibido
esta revelación celestial, haz que en la tierra nos llenemos de supremo gozo y
que por toda la eternidad vivamos y cantemos al Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo. Amén.
Jueves de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote,
19 mayo 2016.
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