jueves, 6 de julio de 2017

971. Domingo XIV A – Dice Jesús – Venid a mí



Dice Jesús: Venid a mí
Mateo 11,25-30


Texto del Evangelio
25 En aquel momento tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, así te ha parecido bien.
27 Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28 Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29 Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. 30 Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Hermanos:
1. Hay un pensamiento dominante en todas las homilías, que coordina cuanto yo pienso, medito y quiero transmitir. Este pensamiento se llama Jesús, el Hijo del Padre, que llega hasta nosotros y vive en medio de nosotros; Jesús, el amado, centro de nuestra fe y de nuestra esperanza, razón por la cual vivimos y luchamos.
Lo más importante de nuestra vida – decimos y seguiremos diciendo hasta el último suspiro, si Dios nos da gracia – no es el que nosotros amemos a Dios; lo más importante de nuestra vida es saber y experimentar que Dios nos ama. Dios nos ama, pase lo que pase y sea cual sea la ruta de nuestros pasos. Dios nos ama con un amor absoluto e incondicional, un amor que nace de él mismo, que es gratuito; un amor, que, siendo gratuito, no lo dicta nuestra correspondencia, sino el puro don de Dios mismo.
Nos ama, aunque no le amemos; nos perdona, aunque no le pidamos perdón…, leguaje ciertamente escandaloso, que pide aclaraciones para evitar escrúpulos, pero que un padre lo entiende, si lo aplica a su hijo. Un padre, que de verdad es padre, dice a su hijo, o con los labios o con el corazón: Hijo mío, te quiero, aunque tú no me quieras; te perdono, aunque tú no me pidas perdón; te espero, aunque tú no vuelvas; tienes las puertas abiertas, aunque me hayas dicho: “Olvídate de mí, como si no existiera”. Hijo mío, tú eres mi hijo, y yo soy tu padre para siempre.

2. Esta comparación humana nos dice algo pálidamente de lo que es el amor divino, el amor de Dios a mí, manifestado en Jesús; el amor de Jesús a mí. Hijo mío, ven a mí; te espero y te he de esperar en tiempo y eternidad.
Es la revelación suprema del Evangelio de Dios, retrato de vida de quién es Jesús, que es el Señor, el hermano, el padre. Es lo que nos está diciendo Jesús en sus palabras, que no son las palabras que un día dijo y que el viento de los siglos recogió y se perdieron en los espacios del universo, sino las palabras que hoy me está diciendo, y tocan la fibra viva de mi corazón: Venid a mí…; ven a mí.
Este es el Evangelio de Dios. Estamos en el centro vivo de la revelación de Dios al hombre. Nuestro Dios es ese: el Dios de amor, que perdona todo…, hasta lo que humanamente no se puede perdonar.

3. Pero vayamos al centro efervescente de este amor: soy manso y humilde de corazón. En esta frase de Jesús está resonando una antigua profecía, traída como primera lectura de hoy. El profeta Zacarías hablaba así:
“¡Salta de gozo, Sión;
alégrate, Jerusalén!
Mira que viene tu rey,
justo y triunfador,
pobre y montado en un borrico,
en un pollino de asna” (Zac 9,9).
Un rey no se representa como el pobrecito que viene en un pollino, ni sus súbditos quieren verlo así; un rey se presenta glorioso y triunfante, destelleando poder y gloria, conquistador y arrasando la tierra y todo lo que haya que conquistar.
Jesús, Hijo de Dios, no se presenta así, porque sería hacer traición a su divinidad. Jesús se ha definido como el mando y humilde de corazón, que irradia no rayos fulgurantes de poder, sino dulce amor que subyuga los corazones. Estoe s lo que significa esa farse divina: Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón. Soy así y no puedo ser de otra manera.

4. Las palabras que hoy escuchamos las quiso hacer, en el momento culminante de su existencia, escena de vida, y las representó escénicamente – bien lo sabéis – en la entrada en Jerusalén, rumbo a muerte. Por eso el evangelista, cuando refirió el suceso, él mismo hizo el comentario: “Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”» (Mt 21,4-5).

5. Torna, por tanto, la pregunta: ¿Quién es realmente Dios, Dios para el hombre? ¿Quién es Jesús, imagen de Dios, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero? ¿Quién es el Dios viviente, que rige el mundo? Y con la pregunta vuelve la respuesta: Dios es el manso y humilde de corazón. No tengáis miedo; venid a mí y hallaréis descanso para vuestras almas.
Con ello vamos a pasar a este otro punto, que es el que nos carga el corazón. ¿Qué es la religión? La religión es el servicio a Dios, duro servicio que nos hace la vida seria y dura.
Jesús nos responde: Estáis equivocados. Estáis cansados y agobiados, porque entendéis la religión como las tablas pétreas de una ley que aprisiona y oprime. Mi yugo es suave, muy suave de llevar; mi carga es ligera. Nuestros hermanos hebreos comparaban la Ley al yugo que lleva el animal bajo las órdenes del amo. Sin yugo no se pude trabajar. El yugo completa el ser del animal, para que entre a producir. Jesús nos dice que su Evangelio es el yugo; sin el yugo nuestra vida no puede rendir. Pero añade que su yugo es exactamente como él es: Yo soy manso y humilde de corazón:
Mi yugo es suave,
mi carga es ligera.

6. Para concluir, hermanos, o, más bien, para culminar estos pensamientos, digamos cómo Jesús es el revelador del Padre: nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
He aquí la clave de la religión cristiana. Esta es la Universidad de Jesús, la más alta doctrina de Dios que él nos puede enseñar. Hay una unión de inmanencia y reciproca entre el Padre y él. Los dos son uno. Los dos viven en una reciprocidad de amor, y nosotros hemos de entrar en ese dinamismo de vida, para divinizar nuestra vida y quedar divinizados nosotros mismos.
Ante una época que ya ha irrumpido en la historia, y cuyos secretos ignoramos, nos refugiamos en Jesús. El cansancio vital en él se transforma en descanso; la incertidumbre de nuestro futuro, en él es paz.
Hermanos, nos baste con estos pensamientos.

Señor Jesús, Hijo amado del Padre, gracias infinitas por revelarnos lo que nos estás diciendo. Danos el descanso y la paz a nuestros corazones. Amén.

Pamplona, 6 de julio de 2017.

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