Dice Jesús: Venid a mí
Mateo
11,25-30
Texto
del Evangelio
25 En aquel momento tomó la
palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has
revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, así te ha parecido bien.
27 Todo me ha sido entregado
por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre
sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 28 Venid
a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. 29 Tomad
mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
encontraréis descanso para vuestras almas. 30 Porque mi yugo es
llevadero y mi carga ligera».
Hermanos:
1. Hay un pensamiento dominante en todas las homilías, que coordina cuanto
yo pienso, medito y quiero transmitir. Este pensamiento se llama Jesús, el Hijo
del Padre, que llega hasta nosotros y vive en medio de nosotros; Jesús, el
amado, centro de nuestra fe y de nuestra esperanza, razón por la cual vivimos y
luchamos.
Lo más importante de nuestra vida – decimos y seguiremos diciendo hasta el
último suspiro, si Dios nos da gracia – no es el que nosotros amemos a Dios; lo
más importante de nuestra vida es saber y experimentar que Dios nos ama. Dios
nos ama, pase lo que pase y sea cual sea la ruta de nuestros pasos. Dios nos
ama con un amor absoluto e incondicional, un amor que nace de él mismo, que es
gratuito; un amor, que, siendo gratuito, no lo dicta nuestra correspondencia,
sino el puro don de Dios mismo.
Nos ama, aunque no le amemos; nos perdona, aunque no le pidamos perdón…,
leguaje ciertamente escandaloso, que pide aclaraciones para evitar escrúpulos,
pero que un padre lo entiende, si lo aplica a su hijo. Un padre, que de verdad
es padre, dice a su hijo, o con los labios o con el corazón: Hijo mío, te
quiero, aunque tú no me quieras; te perdono, aunque tú no me pidas perdón; te
espero, aunque tú no vuelvas; tienes las puertas abiertas, aunque me hayas
dicho: “Olvídate de mí, como si no existiera”. Hijo mío, tú eres mi hijo, y yo
soy tu padre para siempre.
2. Esta comparación humana nos dice algo pálidamente de lo que es el amor
divino, el amor de Dios a mí, manifestado en Jesús; el amor de Jesús a mí. Hijo
mío, ven a mí; te espero y te he de esperar en tiempo y eternidad.
Es la revelación suprema del Evangelio de Dios, retrato de vida de quién es
Jesús, que es el Señor, el hermano, el padre. Es lo que nos está diciendo Jesús
en sus palabras, que no son las palabras que un día dijo y que el viento de los
siglos recogió y se perdieron en los espacios del universo, sino las palabras
que hoy me está diciendo, y tocan la fibra viva de mi corazón: Venid a mí…; ven
a mí.
Este es el Evangelio de Dios. Estamos en el centro vivo de la revelación de
Dios al hombre. Nuestro Dios es ese: el Dios de amor, que perdona todo…, hasta
lo que humanamente no se puede perdonar.
3. Pero vayamos al centro efervescente de este amor: soy manso y humilde de corazón. En esta frase de Jesús está
resonando una antigua profecía, traída como primera lectura de hoy. El profeta
Zacarías hablaba así:
“¡Salta de gozo, Sión;
alégrate, Jerusalén!
Mira que viene tu rey,
justo y triunfador,
pobre y montado en un borrico,
en un pollino de asna” (Zac 9,9).
Un rey no se representa como el pobrecito que viene en un pollino, ni sus
súbditos quieren verlo así; un rey se presenta glorioso y triunfante,
destelleando poder y gloria, conquistador y arrasando la tierra y todo lo que
haya que conquistar.
Jesús, Hijo de Dios, no se presenta así, porque sería hacer traición a su
divinidad. Jesús se ha definido como el mando y humilde de corazón, que irradia
no rayos fulgurantes de poder, sino dulce amor que subyuga los corazones. Estoe
s lo que significa esa farse divina: Venid a mí, que soy manso y humilde de
corazón. Soy así y no puedo ser de otra manera.
4. Las palabras que hoy escuchamos las quiso hacer, en el momento
culminante de su existencia, escena de vida, y las representó escénicamente –
bien lo sabéis – en la entrada en Jerusalén, rumbo a muerte. Por eso el
evangelista, cuando refirió el suceso, él mismo hizo el comentario: “Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho
por medio del profeta: «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a
ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”» (Mt
21,4-5).
5. Torna, por tanto, la pregunta: ¿Quién es realmente Dios, Dios para el
hombre? ¿Quién es Jesús, imagen de Dios, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero?
¿Quién es el Dios viviente, que rige el mundo? Y con la pregunta vuelve la
respuesta: Dios es el manso y humilde de corazón. No tengáis miedo; venid a mí
y hallaréis descanso para vuestras almas.
Con ello vamos a pasar a este otro punto, que es el que nos carga el
corazón. ¿Qué es la religión? La religión es el servicio a Dios, duro servicio
que nos hace la vida seria y dura.
Jesús nos responde: Estáis equivocados. Estáis cansados y agobiados, porque
entendéis la religión como las tablas pétreas de una ley que aprisiona y
oprime. Mi yugo es suave, muy suave de llevar; mi carga es ligera. Nuestros
hermanos hebreos comparaban la Ley al yugo que lleva el animal bajo las órdenes
del amo. Sin yugo no se pude trabajar. El yugo completa el ser del animal, para
que entre a producir. Jesús nos dice que su Evangelio es el yugo; sin el yugo
nuestra vida no puede rendir. Pero añade que su yugo es exactamente como él es:
Yo soy manso y humilde de corazón:
Mi yugo es suave,
mi carga es ligera.
6. Para concluir, hermanos, o, más bien, para culminar estos pensamientos,
digamos cómo Jesús es el revelador del Padre: nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el
Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
He aquí la clave de la religión cristiana. Esta es la Universidad de Jesús,
la más alta doctrina de Dios que él nos puede enseñar. Hay una unión de
inmanencia y reciproca entre el Padre y él. Los dos son uno. Los dos viven en
una reciprocidad de amor, y nosotros hemos de entrar en ese dinamismo de vida,
para divinizar nuestra vida y quedar divinizados nosotros mismos.
Ante una época que ya ha irrumpido en la historia, y cuyos secretos
ignoramos, nos refugiamos en Jesús. El cansancio vital en él se transforma en
descanso; la incertidumbre de nuestro futuro, en él es paz.
Hermanos, nos baste con estos pensamientos.
Señor Jesús, Hijo amado del
Padre, gracias infinitas por revelarnos lo que nos estás diciendo. Danos el
descanso y la paz a nuestros corazones. Amén.
Pamplona, 6 de julio de 2017.
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