viernes, 30 de junio de 2017

970. Domingo XIII, A – Jesús, el hallazgo de la vida



Jesús, el hallazgo de la vida
Mateo 10,37-42

Texto del Evangelio
37 El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; 38 y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39 El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 40 El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; 41 el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
 42 El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».

Hermanos:

1. Este Evangelio que acabamos de escuchar es muy claro, demasiado claro, escandalosamente claro.
Es claro; es taxativo. No admite escapatoria, y produce una sorprendente reacción en quien lo escucha por primera vez. ¿Quién este este que está hablando? ¿Moisés, el hombre más grande del Antiguo Nuevo Testamento? No es Moisés; Moisés nunca se habría atrevido a decir palabras tan contundentes referidas a sí mismo.
¿Es un profeta? Es obvio que no. No es ni un profeta, ni un Juan Bautista, porque no ha habido nadie en la tierra que haya hablado con estas exigencias. Y es inútil que volvamos a hacer preguntas retóricas, que todas definitivamente nos llevan a la misma conclusión.
Solo Dios puede hablar de esta forma. Solo Dios puede salir al encuentro del hombre para presentarse ante él reclamando todo, absolutamente todo, del ser humano, que es criatura de Dios.

2. Decíamos hace un par de domingos que estamos escuchando este año el Evangelio según san Mateo, y que uno de los discursos que en él se contiene es el llamado “discurso apostólico”. Ya antes de su resurrección Jesús envía a sus doce apóstoles, pero, como ya lo indicamos entonces, el envío de los Doce se hace extensivo a toda la comunidad, y ahí quedamos implicados todos:
implicados como receptores del mensaje
e implicados también como transmisores de ese mismo mensaje.
El texto sagrado nos invita a hacer una revisión honda, o, mejor dicho, total de lo más profundo que lleva a esa pregunta inexorable sobre la orientación auténtica de nuestra vida.

3. La imagen del padre y de la madre es decisiva para calibrar los verdaderos valores de la vida, según la más pura tradición del Antiguo Nuevo Testamento, comenzando por el Decálogo. “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días en la tierra, que el Señor, tu Dios, te va a dar” (Ex 20,12). Para Jesús esto es absolutamente sagrado, y un día conminó a los escribas y fariseos que bajo capa de piedad quería sortear este mandamiento del Señor. “10 Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”. 11 Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o a la madre: Los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir, ofrenda sagrada”, 12 ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre; 13 invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes»” (Mc 7,10-12).
El mandamiento de honrar al padre y a la madre, tiene para Jesús una vigencia absoluta. Justamente el contraste que se establece entre los deberes para con los padres y el deber y entrega que le debemos a él, nos da la novedad del texto.
Dice, pues, el Señor:  El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
Esto es la clave del seguimiento de Jesús. vale más Jesús que todos los bienes de la tierra, y puede llegar – o. mejor dicho, llega – el día de la verdad en que uno tiene dejarlo todo, para ser todo y exclusivamente de Jesús.
No es una opción reservada a quienes en la Iglesia han optado por una vida celibataria; es una decisión que debe afrontar todo fiel cristiano en algún momento de la vida.

4. Lo que vamos diciendo, hermanos, es verdad. Con todo, no es lo principal de la verdad. Jesús está hablando de nosotros, que somos sus discípulos, pero con este lenguaje se está revelando a sí mismo. Está haciendo su propio retrato divino-humano.
¿Quién es Jesús? Jesús es aquel por quien se puede dar todo, se debe dar todo. Nadie en la historia humana ha podido arrogarse lo que Jesús reclama para sí. En cierta ocasión los sumos sacerdotes y fariseos quisieron capturar a Jesús, y reclamaron a los guardias del templo: “¿Por qué no lo habéis traído. Los guardias respondieron: Jamás ha hablado nadie como ese hombre” (Jn 7,45).
Otras de las expresiones más sublimes de esa identidad de Jesús la hallamos en el texto proclamado. Dice Jesús. “El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.
Encontrar la vida es encontrarle a él; pero haberle encontrado a él, nos lleva a perder la vida por él.
Debajo de esta frase está la historia de los mártires, los de ayer y los de hoy.

5. Pero hay otro pensamiento en el Evangelio proclamado, que nos abre la vida a una perspectiva de inmensa belleza y esperanza. Es la frase final del Evangelio: El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.
Hacer algo por un discípulo de Jesús, por el más humilde que sea – Jesús lo llama “pequeño”, pero no se está refiriendo a la edad -  es hacer un homenaje a él mismo: no perderá su recompensa.
Esto es muy bello. Esto justifica innumerables vidas que se han consagrado, de modo anónimo, a hacer el bien a un pequeño discípulo de Jesús.
Pedimos a Jesús que no falten. Y casi parece una desconfianza el pedirlo, porque la experiencia milenaria de la Iglesia nos está diciendo que nunca han faltado; por lo tanto, pase lo que pase, bien sabemos nunca han de faltar.

6. Señor Jesús, nos has abierto el corazón y nos has hablado con la claridad del sol. Señor Jesús, hijo de María Virgen, tú eres el hijo de Dios: en ti ponemos nuestro presente, nuestro futuro y nuestra eternidad. Amén.

Alfaro, La Rioja, viernes 30 de junio de 2017.

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