Homilía para Domingo de Pentecostés
Jn 20,19-23
Texto
evangélico:
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la
semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo
a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a
vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y
los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús
repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío
yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el
Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Hermanos:
1. Hoy es Pentecostés, una fiesta
judía que se celebraba a las siete semanas de Pascua y en la cual se conmemoraba
la bajada de Dios al Sinaí, y había entregado a su pueblo amado el don de la
Ley, un regalo de amor para caminar siempre por la voluntad de Dios.
Fue en aquel Pentecostés, cuando
la Resurrección de Jesús, la Pascua del Señor, explosionó en el Cenáculo: hubo
viento huracanado, terremoto y fuego, como en el Sinaí. El fuego venía del
cielo y se posó sobre las cabezas de los apóstoles. Era el nuevo Sinaí,
arrancaba con ímpetu divino la vida de la Iglesia. Los apóstoles se lanzaron a
predicar y había gentes de toda la diáspora judía que había venido a las
fiestas, una especie de comunidad universal de las naciones.
“«¿No son galileos todos esos que
están hablando? 8 Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros
los oímos hablar en nuestra lengua nativa? 9 Entre nosotros hay
partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del
Ponto y Asia, 10 de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona
de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, 11 tanto
judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos
hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua” (Hech 1,7-11).
Sigue el relato sagrado, como un
drama exuberante, y concluye: “Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y
aquel día fueron agregadas unas tres mil personas” (2,41).
Acababa de nacer la Iglesia, la
comunidad de los discípulos de Jesús, que camina en el mundo. ¿Qué fue
Pentecostés? La experiencia de Dios en medio de la comunidad y en el corazón de
los presentes.
2. Pero, hermanos, cambiemos de
escenario. En la tarde de la Resurrección se presentó Jesús en el cenáculo, en
una casa que estaba con las puertas
cerradas por miedo a los judíos.
Sucedieron cosas íntimas y
maravillosas, que parece que no las podemos contar a cualquiera sino a los
iniciados en el misterio|, a los que han recibido el bautismo y viven en el
amor fraterno. En aquel momento sacratísimo Jesús, el que vive junto al Padre,
les mostró las manos y el costado, les regaló la paz, les dio el don sublime de
la alegría – que ya nunca se agotará – y, sobre todo, les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Llegaba el Espíritu de Jesús
Resucitado, el mismo Espíritu que había descendido visiblemente sobre Jesús en
las aguas del Jordán. Había terminado la obra visible de Jesús y comenzaba la
obra del Espíritu Santo. Los apóstoles quedaron llenos del Espíritu de Dios,
capacitados para la obra que Jesús ponía en sus manos, que no era otra sino su
mismísima obra: Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo.
Dos escenas que acabamos de
describir, dos escenas tan distintas y con el mismo contenido radical: la
venida del Espíritu Santo a la Iglesia. Vino para no regresar, para quedarse
con nosotros, como Jesús lo había prometido. ¿Qué es la Iglesia? La casa de
Dios, abierta a todos los hombres, con la presencia real y verdadera del
Espíritu Santo.
3. Nos preguntamos, pues,
hermanos qué hace el Espíritu Santo en
medio de la Iglesia. Y respondemos: El Espíritu Santo nos da a los
cristianos la experiencia viva del Dios viviente en medio de nosotros, El
Espíritu ha llegado para colmarnos de todos sus dones, a cada uno según la
voluntad del Señor. Y así el Espíritu Santo va empujando la nave de la Iglesia.
El
miércoles pasado el Papa daba su catequesis habitual de los miércoles, y
hablaba del Espíritu Santo a multitud de peregrinos. Y decía: “La Carta a los Hebreos compara la esperanza con un
ancla (Cfr. 6,18-19); y a esta imagen podemos agregar aquella de la vela. Si el
ancla da seguridad a la barca y la tiene “anclada” entre el oleaje del mar, la
vela en cambio, la hace caminar y avanzar sobre las aguas. La esperanza es de
verdad como una vela; esa recoge el viento del Espíritu Santo y la transforma
en fuerza motriz que empuja la nave, según sea el caso, al mar o a la orilla.
El
apóstol Pablo concluye su Carta a los Romanos con este deseo, escuchen bien,
escuchen bien qué bonito deseo: ‘Que el
Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, para que la
esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo’ (15,13)”.
4.
La iglesia es una barca, un navío que navega en el mar. Este navío tiene un
mástil, que es la Cruz de Cristo Resucitado, y al mástil van amarradas las
velas. La barca boga en el mar porque el Espíritu sopla en las velas. El
Espíritu es la fuerza y la esperanza de la Iglesia. De la Iglesia entera y de
cada uno de nosotros. Estamos todos invitados a vivir nuestra vida como
experiencia de Dios. Todos, absolutamente todos; el Dios en quien creemos es el
Dios vivo y verdadero, el Dios presente en la fe.
Hace
medio mes el Papa Francisco, en Fátima daba el título de santos a aquellos
niños pastorcitos de las ovejas de sus padres, Jacinta y Francisco. Aquellos
niños que no había ido a la escuela, que no sabían ni leer ni escribir,
tuvieron la experiencia de Dios. Leemos con admiración las anécdotas de su
vida, que más tarde escribió Lucía en sus Memorias. Aquellos niños rezaban de
verdad por la conversión de los pecadores, hacían sacrificios para que los
pecadores se convirtieran y no fueran al infierno; daban el almuerzo que les
habían preparado en casa para que esos sacrificios aprovecharan a otras almas
que lo necesitaban… Aquellos niños tuvieron ciertamente experiencia de Dios a
medida de su capacidad. Son santos, no porque se les hubiera aparecido la
Virgen, sino porque supieron responder con su conducta ejemplar, heroica para
su edad, al llamado de Dios.
Hermanos,
todos estamos invitados a vivir, desde la fe, la experiencia de Dios en
nuestras vidas.
Espíritu
de Dios, que desde el seno de la Virgen María, colmaste a Jesús, llena nuestros
corazones con tu presencia, derrama tus dones en cada uno de nosotros según tu
voluntad y sé tú el guía de nuestra vida y el guía de la vida de la Iglesia.
Amén.
Ciudad
de México, Casa de retiros del Divino Pastor, jueves 1 de mayo de 2017.
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