jueves, 1 de junio de 2017

963. Domingo de Pentecostés 2017



Homilía para Domingo de Pentecostés
Jn 20,19-23

Texto evangélico:
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Hermanos:
1. Hoy es Pentecostés, una fiesta judía que se celebraba a las siete semanas de Pascua y en la cual se conmemoraba la bajada de Dios al Sinaí, y había entregado a su pueblo amado el don de la Ley, un regalo de amor para caminar siempre por la voluntad de Dios.
Fue en aquel Pentecostés, cuando la Resurrección de Jesús, la Pascua del Señor, explosionó en el Cenáculo: hubo viento huracanado, terremoto y fuego, como en el Sinaí. El fuego venía del cielo y se posó sobre las cabezas de los apóstoles. Era el nuevo Sinaí, arrancaba con ímpetu divino la vida de la Iglesia. Los apóstoles se lanzaron a predicar y había gentes de toda la diáspora judía que había venido a las fiestas, una especie de comunidad universal de las naciones.
“«¿No son galileos todos esos que están hablando? 8 Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa? 9 Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, 10 de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros, 11 tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua” (Hech 1,7-11).
Sigue el relato sagrado, como un drama exuberante, y concluye: “Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas” (2,41).
Acababa de nacer la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús, que camina en el mundo. ¿Qué fue Pentecostés? La experiencia de Dios en medio de la comunidad y en el corazón de los presentes.
2. Pero, hermanos, cambiemos de escenario. En la tarde de la Resurrección se presentó Jesús en el cenáculo, en una casa que estaba con las puertas cerradas por miedo a los judíos.
Sucedieron cosas íntimas y maravillosas, que parece que no las podemos contar a cualquiera sino a los iniciados en el misterio|, a los que han recibido el bautismo y viven en el amor fraterno. En aquel momento sacratísimo Jesús, el que vive junto al Padre, les mostró las manos y el costado, les regaló la paz, les dio el don sublime de la alegría – que ya nunca se agotará – y, sobre todo, les dijo: Recibid el Espíritu Santo.
Llegaba el Espíritu de Jesús Resucitado, el mismo Espíritu que había descendido visiblemente sobre Jesús en las aguas del Jordán. Había terminado la obra visible de Jesús y comenzaba la obra del Espíritu Santo. Los apóstoles quedaron llenos del Espíritu de Dios, capacitados para la obra que Jesús ponía en sus manos, que no era otra sino su mismísima obra: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Dos escenas que acabamos de describir, dos escenas tan distintas y con el mismo contenido radical: la venida del Espíritu Santo a la Iglesia. Vino para no regresar, para quedarse con nosotros, como Jesús lo había prometido. ¿Qué es la Iglesia? La casa de Dios, abierta a todos los hombres, con la presencia real y verdadera del Espíritu Santo.
3. Nos preguntamos, pues, hermanos qué hace el Espíritu Santo en medio de la Iglesia. Y respondemos: El Espíritu Santo nos da a los cristianos la experiencia viva del Dios viviente en medio de nosotros, El Espíritu ha llegado para colmarnos de todos sus dones, a cada uno según la voluntad del Señor. Y así el Espíritu Santo va empujando la nave de la Iglesia.
El miércoles pasado el Papa daba su catequesis habitual de los miércoles, y hablaba del Espíritu Santo a multitud de peregrinos. Y decía: “La Carta a los Hebreos compara la esperanza con un ancla (Cfr. 6,18-19); y a esta imagen podemos agregar aquella de la vela. Si el ancla da seguridad a la barca y la tiene “anclada” entre el oleaje del mar, la vela en cambio, la hace caminar y avanzar sobre las aguas. La esperanza es de verdad como una vela; esa recoge el viento del Espíritu Santo y la transforma en fuerza motriz que empuja la nave, según sea el caso, al mar o a la orilla.
El apóstol Pablo concluye su Carta a los Romanos con este deseo, escuchen bien, escuchen bien qué bonito deseo: ‘Que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del Espíritu Santo’ (15,13)”.
4. La iglesia es una barca, un navío que navega en el mar. Este navío tiene un mástil, que es la Cruz de Cristo Resucitado, y al mástil van amarradas las velas. La barca boga en el mar porque el Espíritu sopla en las velas. El Espíritu es la fuerza y la esperanza de la Iglesia. De la Iglesia entera y de cada uno de nosotros. Estamos todos invitados a vivir nuestra vida como experiencia de Dios. Todos, absolutamente todos; el Dios en quien creemos es el Dios vivo y verdadero, el Dios presente en la fe.
Hace medio mes el Papa Francisco, en Fátima daba el título de santos a aquellos niños pastorcitos de las ovejas de sus padres, Jacinta y Francisco. Aquellos niños que no había ido a la escuela, que no sabían ni leer ni escribir, tuvieron la experiencia de Dios. Leemos con admiración las anécdotas de su vida, que más tarde escribió Lucía en sus Memorias. Aquellos niños rezaban de verdad por la conversión de los pecadores, hacían sacrificios para que los pecadores se convirtieran y no fueran al infierno; daban el almuerzo que les habían preparado en casa para que esos sacrificios aprovecharan a otras almas que lo necesitaban… Aquellos niños tuvieron ciertamente experiencia de Dios a medida de su capacidad. Son santos, no porque se les hubiera aparecido la Virgen, sino porque supieron responder con su conducta ejemplar, heroica para su edad, al llamado de Dios.
Hermanos, todos estamos invitados a vivir, desde la fe, la experiencia de Dios en nuestras vidas.
Espíritu de Dios, que desde el seno de la Virgen María, colmaste a Jesús, llena nuestros corazones con tu presencia, derrama tus dones en cada uno de nosotros según tu voluntad y sé tú el guía de nuestra vida y el guía de la vida de la Iglesia. Amén.
Ciudad de México, Casa de retiros del Divino Pastor, jueves 1 de mayo de 2017.

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