Triduo de san Francisco - 3/3
EL DESEO
1. La mirada – 2. La fraternidad – 3. La Iglesia –
4. El mundo
Ninguna otra cosa deseemos, ninguna otra queramos, ninguna otra
nos plazca y deleite, sino nuestro Creador (RnB, 23)
La búsqueda del sentido despierta el mundo del deseo. Se trata de una llave
que pone en movimiento todo nuestro ser, lanzándonos al encuentro con la
realidad. El deseo se reviste siempre de experiencias concretas, nos mantiene
atentos a la fuerza de la vida, nos conecta con Jesús, impulsándonos a
compartir sus sentimientos, a ser como él. Francisco, varón de deseos,
permite que Dios transforme su deseo de ser caballero en un deseo todavía más
alto: ser como Jesús.
La mirada
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Me parecía extremadamente amargo ver leprosos (Test.1). Apartar la mirada y permanecer ciegos es siempre una tentación,
¿Quién puede romper la tendencia que tenemos a mirarnos sólo a nosotros mismos?
La conversión consiste precisamente en cambiar nuestro modo de mirar, pasando
de la indiferencia a la compasión, permitiendo que aquello que vemos nos afecte
y nos transforme.
Para
Dios no hay nadie invisible: mira a los pobres y escucha su
lamento, los convierte en las pupilas de sus ojos. Dios nos contempla a través
de ellos. Son las paradojas del Evangelio: somos vistos por aquellos a quienes
no queremos ver. Sólo cuando Francisco se deja mirar por los ojos del Dios de
los leprosos es capaz de abrir sus propios ojos y aprender a mirar.
El
Cristo de San Damián, en cuyos ojos abiertos Francisco detiene su mirada, se
convierte en el espejo en el que Clara nos invita a mirar. En sus ojos, los
nuestros se llenan de misericordia. En la forma de mirar de Jesús pasamos del
silencio a la escucha, de la soledad a la solidaridad, de la contemplación a la
compasión. Así se inicia el proceso de transformación de nuestros deseos: se
empieza por mirar las cosas como Jesús y se acaba viéndolas como él. Más aún:
acabas siendo otro Jesús. Y aún más: tú mismo te conviertes en otro espejo y
quien te ve a ti ve a Jesús.
La contemplación invita al seguimiento y el seguimiento a
la contemplación. Ambas realidades sostienen el sentido de nuestra vida de hermanos.
Juntos, desde el espacio de la fraternidad, prolongamos de manera profética la
mirada de Dios sobre el mundo, denunciado lo injusto y convirtiéndonos en
testigos de la esperanza y de la alegría del Evangelio.
Ojos de Dios en mis ojos
para aclarar mi mirada,
que quiero mirar a todos
como Dios los mira y ama.
Qué pureza ser mirado
si es mi Dios quien me traspasa
y convierte mi alma y cuerpo
en esa luz que él irradia.
Ser mirado es ser bañado
desnudo en divinas aguas,
ser mirado es ser amado
hasta ser esposa amada.
Ojos abiertos de Cristo
desde la Cruz sacrosanta,
que a francisco le miraron
y “Ve y mi Iglesia repara”.
Ojos de Misericordia
que curan todas las llagas,
las llagas del corazón
que solo el amor las sanas.
Que o haya en el mundo hermano
que por mucho que pecara,
al ver tus ojos tan solo
sin el perdón de marchara.
Perded todo, mis hermanos,
mas no perdáis en la cara,
la mirada que Jesús
con su perdón os regala.
Y perdonados marchad
con la bondad regalada,
regalando de los ojos
la victoria de su Pascua.
Guadalajara,
Jalisco, 2 de octubre de 2018
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