viernes, 14 de junio de 2019

1220. Domingo de la Trinidad – La Trinidad, Dios excelso, Dios íntimo



La Trinidad, Dios excelso, Dios íntimo

Jn 16,12-15

1220. Domingo de la Trinidad – La Trinidad, Dios excelso, Dios íntimo

La Trinidad, Dios excelso, Dios íntimo
Jn 16,12-15

Texto evangélico:
12 Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; 13 cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. 14 Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará.

Hermanos:
1. El domingo pasado la Pascua quedó coronada con la solemnidad de Pentecostés, que es la culminación de la vida de Jesús, el fruto de toda la historia de salvación, que brota de la muerte y resurrección del Señor. Pentecostés es la cima de los misterios cristianos.
La fiesta de la Santísima Trinidad es una fiesta contemplativa. No se refiere a ningún momento específico de la vida de Jesús. No es ni la Natividad, ni el Bautismo, ni la Transfiguración, ni la Cena, ni la Muerte ni la Resurrección. La fiesta de la Trinidad está fuera del tiempo. Y es una invitación cristiana a pensar quien es este Dios que profesamos en nuestra fe.
La fe cristiana la confesamos en el Credo, que es una confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y sigue con la confesión de la Iglesia, la resurrección de los muertos y la vida eterna.
Detengámonos, pues, a reflexionar – o, más bien, a contemplar, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, a admirar, a dar gracias, a exultar, a compartir esa infinita alegría que en la que participa el corazón, cuando levanta los ojos al cielo y mira al Dios que lo ha creado de la nada y que lo va manteniendo durante la curso de la vida.

2. El misterio de la Trinidad se nos revela con Jesús; antes, no. Solo cuando supimos que Jesús era el mismo Hijo de Dios, no simplemente un extraordinario enviado de Dios, sino Dios de Dios, Hijo del Padre, solo entonces supinos que Dios es Uno y a la vez es Trino. Uno en su naturaleza divina; Trino en las personas. Misterio que jamás podremos explicar, porque no hay ningún punto de comparación en la tierra, y que aceptamos gozosamente en la fe.
Mediante este misterio los cristianos confesamos que Dios es lo más excelso y lo más cercano. Esta doble dimensión de la fe es lo que quisiéramos penetrar o saborear hoy al contemplar.
Tengamos estoy muy presente, hermanos: la Trinidad no es el misterio de la lejanía de Dios, sino simultáneamente, y sobre todo, el misterio de la cercanía de Dios.

3. Cuando todo se ha cumplido, dando un salto hasta el comienzo del mundo, yo puedo contemplar a la Trinidad en el mismo momento de la creación, según la primera lectura de hoy:
“El Señor me creó al principio de sus tareas,
al comienzo de sus obras antiquísimas.
En un tiempo remoto fui formada,
antes de que la tierra existiera.
Antes de los abismos fui engendrada,
antes de los manantiales de las aguas.
Aún no estaban aplomados los montes,
antes de las montañas fui engendrada” (Pro 8,22-25).

El texto sagrado habla de una manera espiritual y mística de la Sabiduría de Dios.
Dios creaba el mundo con su propia Sabiduría. Y Dios se gozaba en ella. Es maravilloso ver la creación como el disfrute de Dios.
En este poema a la Sabiduría de Dios hay unas frases misteriosas:
“Yo estaba junto a él, como arquitecto,
y día tras día lo alegraba,
todo el tiempo jugaba en su presencia:
jugaba con la bola de la tierra,
y mis delicias están con los hijos de los hombres” (vv. 30-31). 

Algunos han querido ver en estas expresiones la danza de la Sabiduría de Dios. Dios, que es amor, Dios es fiesta, Dios es danza. Misteriosa intuición que también han tenido antiguas religiones de pueblos orientales: Dios en un círculo de fuego, como celebrando la fiesta misma del ser y de la vida.

4. Este Dios excelso es el Dios de la intimidad. Nos dice san Pablo: “Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!»” (Rom 8,15).
Y en la lectura de hoy nos dice: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5).
¿Dónde está Dios? Allí lejos, lejos, infinitamente más lejos de las nubes... No; Dios está derramado en nuestros corazones; está dentro de nosotros, es más íntimo que nuestra propia intimidad. Si Él desapareciera de mí, yo dejaría de ser yo mismo.

5. Ese es el Dios de nuestra fe, que Jesús lo humaniza del todo, al presentárnoslo como una persona que va a dialogar nosotros, que va a ser nuestro guía y nuestro maestro, como nos dice en el Evangelio de hoy, tomado de las palabras de despedida de la cena: “cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. 14 Él me glorificará, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. 15 Todo lo que tiene el Padre es mío”.
Dios es intimidad hacia adentro, y Dios es, en el mismo acto, revelación y conversación hacia afuera.

6. La conclusión de todo esto es, hermanos, que todos estamos llamados a la vida divina.
Dios no es un ser etéreo, sino concreto; alguien que pertenece a mi historia, o, más bien, yo pertenezco a la historia de Dios en mí, Dios conmigo.
El hombre tiene que reconocer al ser supremo y respetarlo; el ser humano tiene que reverenciar a Dios. Pero Dios, que está por encima de todas las indigencias, no tiene por qué amar al hombre. Amar al hombre sería una alteración de su propio ser. Así nos lo representa Aristóteles, una cima de la filosofía griega. Pero no es ese el sentir de la Biblia. Al contrario, Dios se muere de amor por mí. El amor de Dios, Uno y Trino por mí, es una locura de amor por mí; Dios está celoso de mi amor. Dios es amor gracia, amor perdón. Así nos lo presenta Jesús, Hijo de Dios, en las parábolas.

Hermanos, este es el misterio de la Santísima Trinidad, esperanza en la tierra y felicidad eterna en el cielo.

Señor Jesús, que en tu santa Resurrección nos has dado la palabra final de la revelación de Dios, haz que nuestra vida esté toda llena de amor, de gozo y deificación, al contemplarte a ti, Dios nuestro, al Padre y al Espíritu Santo. Amén.

Logroño, Monasterio Madre de Dios de Concepcionistas, viernes 14 de junio de 2019.

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