La santidad existe
La
santidad existe.
La
santidad es manantial de nuestra alegría.
La
santidad nace de las llagas de Cristo Resucitado, de donde brota la alegría, como
él nos prometió en la Cena: “Y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22).
Digo
estas cosas desde el corazón, y las digo teniendo ante mis ojos un pequeño
libro titulado: “En Memoria. Hermana María Araceli Bescós Paniello”,
Convento de Santa Clara, Valencia 2020 (edición digital de 114 pp. para los amigos editado por: Convento de
Santa Clara / Pérez Galdós 119 / 46018 Valencia / Tel 963 842 245). Después de la “presentación”, el
libro tiene este contenido: Semblanza – Homilía en el funeral – Testimonio de
Sacerdotes – de la Comunidad – de Hermanas Capuchinas – de Religiosas – de
Laicas Clarisas Capuchinas – de Talleres de Oración y Vida – de Amigos.
El
libro tiene dos fotos de la Hermana.
Pienso
que o bien sus hermanas de Comunidad o los hermanos capuchinos de Valencia que
han frecuentado el convento nos harán en su momento una biografía completa de
la Hermana, que merece la pena y agradeceremos. En esta hora convulsa, en que
se mezcla tanta mundanidad, tanta mediocridad, y por otra parte hay tanta
santidad, al ver estas figuras limpias y enteras, uno dice:
¡Esto, sí! ¡Esto es el camino!
La
lectura de estas páginas ha sido para mí una oleada de aire puro y fragante.
Lo
principal del libro es una poesía de la Hermana Araceli, que dice así (pp.
20-21)
HERMANA
MUERTE, YO TE BENDIGO
Desde el Cuerpo
Resucitado
hermana muerte, desde el
Cuerpo Resucitado
de mi Señor Jesucristo,
yo te bendigo, mi buena
hermana.
Te bendigo a ti,
que has sido la gloria de
Cristo, tu Vencedor.
Te bendigo a ti, dulce
hermana,
porque eres mi pobreza
más radical,
el vacío total que me
funde para siempre con mi Dios.
Te bendigo a ti, hermana
muerte,
desde quien me sumerjo,
sin retorno ni fronteras,
en el Origen de mi ser
y Dios es en plenitud de
silencio y de quietud.
Hermana muerte, mi buena
hermana,
yo te bendigo a ti, mi
fiesta nupcial,
testigo dichoso y
silencioso
del encuentro inefable
con mi Dios.
Si
una persona ha escrito con la verdad de su ser estos versos (y yo no lo dudo de
Hermana Araceli), si reflejan la verdad de su existencia, no necesita más
milagros para pasar a los altares. ¿Será Santa algún día? No lo sé. A lo mejor,
ni hace falta… Habría que rellenar los retablos de infinitas estrellas que han
poblado y pueblan los monasterios.
¿Quién
era, pues, la Hermana Araceli?
María
Araceli Bescós había nacido en Valencia el 18 de agosto de 1951, “con raíces
aragonesas ya que sus padres, José Bescós y Araceli Paniello, eran de la parte
de Huesca”. Y murió en Valencia, el 17 de junio de 2020 (a los 68 años), miércoles,
entre la fiesta de Corpus Christi (Domingo 14 de junio) y la fiesta del Sagrado
Corazón (viernes 19 de junio), dos amores centrales de su corazón.
A
los 18 años ya había estudiado piano y a sus 18 años comenzó a ejercer de
Maestra en Tabernes de Valdigna.
Un
día tres jóvenes inquietas, buscadoras de Dios, Araceli, Pepa y
Maruja, pidieron hospedaje en el convento de Santa Clara, de Capuchinas, en
Valencia para hacer un retiro del 30 de agosto al 1 de septiembre de 1972.
Araceli acaba de cumplir 22 años. Y cada una tenía una grande ilusión en la
vida. Araceli quería servir a los Ancianos Desamparados, y con esa idea salió
del retiro.
Pero
algo pasó en su corazón y unos días después,
el 8 de septiembre, la Natividad de María, volvió al convento, a felicitar a la
Madre Natividad Martínez (acaba de morir a los 95 años el día de Santa Clara), a
felicitarle y a decirle que quería ser clarisa capuchina allí mismo. La Madre
le dijo que pasara la Navidad con sus padres. En enero de 1973, pedida la “excedencia”
de Magisterio, inició su vida capuchina hasta su santa muerte.
Fue
formadora, fue abadesa, hizo los Talleres de Oración y Vida del Padre Ignacio
Larrañaga y ella misma los dirigía; fue maestra de oración. Y tuvo el
privilegio de llevar consigo un cáncer durante 27 años…, que para ella era un
regalo de Dios, de Jesús, su Esposo.
Fue
la iniciadora de un grupo de “Laicas clarisas capuchinas” que se reúnen
periódicamente en el monasterio para orar.
El
secreto de esa dulzura, de esa felicidad que irradiaba es muy sencillo.
“Cuatro
días antes de ingresar en el Hospital General, el día 1 de junio [de este año]
nos dijo en el recreo entre otras cosas que el día que entró entregó un cheque
en blanco al Señor diciéndole que fuese
Él quien pusiese la firma. Me impresionó. Eso me confirmó lo que yo pensaba de
mucho tiempo atrás” (Hna. Victoria Calvo, p. 55).
Una
escena inolvidable, la bendición antes de morir. Lo contaba en la homilía del
funeral el P. José Vicente Esteve. “Hace pocos días tuve la ocasión de
acompañar a las hermanas al hospital para que le dieran el último adiós. Estaba
también su hermano, y el capellán. Al pedirle unas palabras, nos dio sus últimas
recomendaciones: el amor a Dios y el amor fraterno, que ha de ser el distintivo
de una comunidad de clarisas capuchinas. Y recibimos también su bendición,
aunque inicialmente se resistió porque estaban presentes dos sacerdotes…”
(Homilía, p. 27).
Esto
es puro Evangelio, y nos llena el corazón de alegría.
Gracias,
hermana Araceli.
Te
he dedicado este recuerdo con todo amor. En comunión con toda la Iglesia, en la
comunión de los Santos…, intercede por nosotros.
Hermana Araceli
(Santa Clara de Valencia)
Araceli,
dulce hermana,
llena
de sabiduría,
siendo
esposa de Jesús
tu
rostro resplandecía.
Un
cheque en blanco le diste:
que
él pusiera el año y día;
estar
en su voluntad
fue
tu mayor alegría.
No
es sacrificio ni mérito,
en
tu candor tú decías;
mi
enfermedad es regalo,
de
amorosa compañía.
Maestra
desde el Espíritu
que
en la oración aprendías,
y
en tu vida y tu palabra
gota
a gota desprendías.
Muy
junta con santa Clara,
al
Amado te rendías,
y
el perfume de tu ofrenda
por
la Iglesia se esparcía.
Te
abriste a la Hermana Muerte
con
amor y poesía,
que
a los brazos de tu esposo
ella
en paz te conducía.
¡Gracias,
bendita Araceli,
por
tu herencia que nos guía;
tu
senda será la nuestra
con
Jesús y con María!
Madrid,
San Francisco 2020
Fr.
Rufino María Grández

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