La alegría de una boda
(Rima de comunión sobre el Evangelio de hoy - Lucas 12,35-38)
Jesús se “figuró” a sí mismo como el esposo esperado por las vírgenes con las lámparas encendidas. Vendrá y la Iglesia lo espera, con el aceite que alimenta las lámparas. La Iglesia es la esposa.
Pero también Jesús evocó al esposo que vuelve de una fiesta de boda. Sus criados fieles le han aguardado hasta el final hasta al segunda…, hasta la tercera vigilia de la noche.
Jesús dice: Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; en verdad os digo que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y, acercándose, les irá sirviendo (v. 37).
Esa es la parusía que esperamos – acaso ya cercana – y Jesús promete que él mismo nos servirá a la mesa.
Nunca lo olvidemos: la Eucaristía es el inicio de ese banquete nupcial.
La alegría de una boda
en su semblante traía,
era el señor venturoso
que a su familia venía.
Dichosos aquellos siervos
que esperaron tres vigilias,
con la cintura ceñida
y las lámparas prendidas.
Oraban toda la noche
sabiendo que al fin vendría;
no era ladrón repentino
quien así amanecía.
Era Pascua de esperanza,
dulzura de Eucaristía,
por quien la vida perdí,
que mejor la encontraría.
Jesús de mi comunión,
Jesús de mi Parusía,
que en tu amor nos prometiste
servirnos la mesa un día.
Uno a uno, a cada quien,
con tu rostro y acogida,
y el corazón exultante
de tu divina acogida.
Es el cielo que yo espero
ya en la brisa vespertina:
vendrás, Jesús, mi Señor,
como ahora en esta misa.
Madrid, martes de la semana XXIX del tiempo ordinario,
20 octubre 2020.
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