Jesús proclama las Bienaventuranzas
Mt 5,1-12a
Texto evangélico
Mt5 1 Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2 y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
3 «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 4 Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 5 Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. 6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. 7 Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 8 Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. 9 Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. 10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. 11 Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12 Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Hermanos
1. Este año ha coincidido la solemnidad de Todos los Santos en Domingo, y las lecturas que hemos escuchado son las lecturas que corresponden no al Domingo XXXI del tiempo ordinario, que es el Domingo en que estamos, sino las lecturas de esta solemnidad.
Cuando en la Misa decimos o cantamos el “Gloria”, que es el cántico pascual más importante que tiene la Iglesia, dirigiéndonos al Señor proclamamos: Tú solo eres Santo, tú solo Señor. Si esto es así, entonces ¿por qué cambiamos hoy al único Santo por Todos los Santos? Es que la verdad es que no lo cambiamos, porque lo que estamos celebrando no es memoria de todos los santos, los canonizados y los no canonizados, que no falte ninguno. No es precisamente los méritos de los santos lo que celebramos, aunque cierto que los incluimos, sino lo que celebramos es a Jesucristo, corona y gloria de todos los santos.
2. Todos hemos conocido en nuestra vida a personas admirables que ya murieron y de las cuales decimos: Era un santo, una santa. Y seguro que no nos equivocamos. A lo mejor que no hace falta salir de la propia familia para decir: Mi padre era un santo, mi madre era una santa.
Un ejemplo de santos que tenemos alrededor de nosotros. Este mes, el día de la Virgen del Pilar, el Obispo de Córdoba abrió la causa de beatificación de Pedro Miguel Salado, que había nacido en Chiclana. Era misionero en Ecuador, y se ocupaba en un asilo de niños y niñas, regentado por unas hermanas. Aquella tarde del Domingo 5 de febrero de 2012, en llevaron a los niños a que disfrutaran de un baño. Los guardias no habían recibido el aviso de que podía haber peligro; no habían puesto las banderitas en la playa. Y de repente vino la desgracia. Todos se salvaron. El Hno. Pedro Miguel fue sacando uno a uno a los siete últimos niños. Todos se salvaron. El último, el Hno. Pedro, también salió del agua; pero tenía los pulmones encharcados, y murió. No lo mataron los sarracenos. No lo mataron los fundamentalistas en nombre de “Alá es grande”, como ese horrible crimen de estos días en la catedral de Niza, repudiado por las mismas autoridades del Islam. El hermano Pedro, que había consagrado su vida completamente a Dios, y era sencillamente un buen hermano, servicial y alegre, cumplió el Evangelio: Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los que ama. Probablemente el Hermano será un día el Beato Pedro Miguel de Chiclana, misionero, que dio su vida por salvar a los niños de un asilo.
3. Lo que hoy celebramos, hermanos, es esto: que Jesús es la fuente de toda santidad, que la Iglesia es santa, y que el cielo es la asamblea de los santos, presididos por Jesús, el verdadero santo de Dios.
Hoy, a diferencia de los domingos comunes, no hemos leído como primera lectura un texto del Antiguo Testamento, sino como los domingos de Pascua hemos leído solo el Nuevo Testamento. Y en el primer mensaje se nos abrían las puertas del triunfo. Decía el Apocalipsis:
“Estos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido? …Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero” (Ap 7,13-14).
4. La Iglesia es santa y está llena de santidad. Hay tantas maneras de ser santos, hermanos. Allí donde yo estoy, allí, con el oficio que estoy cumpliendo, yo puedo ser santo. El Santoral está lleno de santos de todas especie y de todo estilo.
Esta semana el Papa ha firmado el decreto de beatificación de varios santos, entre ellos tres de la familia capuchina: una santa catalana y dos capuchinos libaneses, mártires en Turquía, los beatos Leonardo Melki y Tomás Saleh en 1915 y 1917.
Y la catalana es María Lorenzo Longo, esposa, madre de familia, que con su marido vivió en Nápoles en los tiempos del reino de Aragón, que a la muerte de su marido se entregó totalmente a los pobres y fundó el Hospital de los Incurables, y, al final, fue la iniciadora, la fundadora de las monjas clarisas capuchinas, con bula del Papa el año 1535. Las imágenes antiguas la representan con su hábito capuchino, con su rosario en la mano, con su disciplina para unirse a la Pasión de Cristo.
5. Este es nuestro panorama, hermanos, y todo ello está provocado por esa página inmortal del Evangelio de hoy, con la que hemos abierto la homilía:
Bienaventurados los pobres en el espíritu…, Bienaventurados los limpios de corazón… Bienaventurados los misericordiosos… Bienaventurados los perseguidos…
Jesús está predicando el Reino, y ve que Dios está en acción, y que el Reino de Dios ha irrumpido en la tierra. Dios va cambiando los corazones. Dios va haciendo pobres, Dios va haciendo humildes, Dios va haciendo puros, Dios va haciendo misericordiosos, Dios va haciendo pacíficos y pacientes.
Y Jesús prorrumpe en alabanzas y felicitaciones. Es maravilloso contemplar la obra de Dios, la que hace en los otros, la que hace en mí.
6. Hermanos, estamos hablando en unos días que para no pocos están resultando terribles. El pequeño negocio se ha venido abajo, porque ya no hay clientes, tenemos deudas acumuladas, faltan ingresos, y el futuro está totalmente oscuro. La preocupación puede convertirse en desesperación.
Son casos reales, concretos, y muy serios. ¿Qué palabra convincente podemos aportar?
Humildemente yo le diría a esta persona: Con mucho respeto permite que te diga, hermano, hermana: En la oscuridad también Dios está presente; está, aunque no lo veamos. Bienaventurado tú, si tu fe no vacila. Bienaventurado tú, si comprendes que Dios es la única riqueza, la única seguridad, el único consuelo que no falla. Confía y arroja tu cuidado en el Señor, que Él te dará la paz y te enseñará un camino diferente.
Señor Jesús, Señor de las Bienaventuranzas, en ti depositamos todas nuestras preocupaciones. Enséñanos a vivir tu Evangelio y danos a experimentar, como tú quieres, en esta situación, el gozo de las Bienaventuranzas. Amén.
Madrid, viernes, 30 octubre 2020
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