sábado, 16 de octubre de 2021

1675. Dom. XXIX, B –Jesús, el verdadero Jesús de la Pasión y muerte

 

Jesús, el verdadero Jesús de la Pasión y muerte

Mc 10,35-45


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Texto evangélico:

35 Se le acercaron los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir». 36 Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». 37 Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». 38 Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿podéis beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?». 39 Contestaron: «Podemos». Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y seréis bautizados con el bautismo con que yo me voy a bautizar, 40 pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado».

41 Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. 42 Jesús, llamándolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. 43 No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; 44 y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. 45 Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».

 

Hermanos:

1. Este párrafo evangélico que acabamos de escuchar nos resulta profundamente luminoso y consolador, porque nos dice quién es realmente Jesús y cuál ha de ser nuestra manera auténtica de seguirle, con verdad, sin engaño. Y, en consecuencia, quién y cómo es el cristiano, que prolonga en sus er y en su vida la persona de Jesús.

Hoy en la primera lectura hemos escuchado un texto profético que resuena todos los años en la solemne celebración de Viernes Santo:

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento,

y entregar su vida como expiación:

verá su descendencia, prolongará sus años,

lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

Y en este mismo pasaje de la Escritura leemos:

Mi siervo justificará a muchos,

porque cargó con los crímenes de ellos (Is 53,10-11).

Estas palabras pertenecen a lo que en nuestras Biblias se llama el Cuarto Cántico del Siervo de Yahweh. Ya los Profetas vieron, por la inspiración del Espíritu Santo, que el verdadero Jefe Salvador del pueblo no había de ser un emperador triunfante, una majestad oriental, un glorioso faraón. El Dios todopoderoso de nuestra fe muestra su poder, su cercanía, en definitiva su amor humanado, por otros caminos, y acaso justamente por lo contrario. Dice el texto sagrado: El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento. El mis profeta había dio: Mis caminos no son vuestros caminos.

Pero prestemos atención. Este sufrimiento, que manera aniquilador, no es tal. Terminemos la frase y la sentencia profética dice: y entregar su vida como expiación. Jesús ha entregado su vida en expiación por nuestros pecados:

verá su descendencia, prolongará sus años,

lo que el Señor quiere prosperará por su mano.

Somos nosotros la descendencia de Jesús, somos la obra próspera de sus manos. En medio de tanta turbulencia que padecemos, de tanto sufrimiento y desconcierto, conviene recordarlo, porque esta realidad de Dios nos produce una alegría que nadie puede quitarnos, y nos abre horizontes de una esperanza nueva.

 

2. Así, pues, hermanos, Jesús se define no como el héroe triunfante, sino como el Siervo de Dios que sufre por sus hermanos, y también con sus hermanos.

¡Qué distintos son los pensamientos de los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, que quieren sentarse gloriosamente uno a la derecha y otro a la izquierda del Rey triunfador!

No sabéis lo que pedís. Y entonces Jesús, el Señor, les va a hacer una propuesta para ofrecerle algo superior que ellos no habían pedido. Les ofrece beber del mismo cáliz que él va a beber, que es el cáliz de la Pasión; les ofrece el ser bautizados con el mismo bautizo con que él va a ser bautizado, que es el bautismo en el río de sus sufrimientos. El bautizado se sumergía en la corriente del agua.

Jesús les preguntó: ¿Podéis? ¿Estáis dispuestos? Y ellos decididamente se lanzaron:

- ¡Podemos!

Esto lo dijeron con decisión y humildad y el Señor se lo concedió. Los dos hermanos fueron testigos, mártires, de Jesús; Santiago, el primero de los apóstoles. Dicen los Hechos de los Apóstoles: “el rey Herodes decidió arrestar a algunos miembros de la Iglesia para maltratarlos. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan” (Hech 12,1-2).

 

3. La pretensión de los dos hermanos indignó a los otros diez discípulos. Y entonces Jesús dio una solemne lección a ellos y a todos nosotros, que, agradecidos, vamos a recoger como fruto de este Evangelio. Jesús, para hacer más gráfica la lección, puso un contraste: cómo se comportan de hecho los grandes de la tierra, y cómo debe ser el grupo de sus discípulos.

«Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. 43 No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; 44 y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. 45 Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos».

¿A quién vamos a mirar? ¿A quién vamos a imitar? He aquí la definición que de sí mismo nos ha dado Jesús. Jesús ha venido a servir y dar su vida en rescate por muchos. Son palabras muy serias, palabras del todo auténticas: Jesús ha venido a ser el último, el más pequeño, el servidor de todos, el rescatador de todos.

Por eso el Padre lo ha exaltado sobre todos, y le ha dado un Nombre sobre todo nombres. Es lo que venimos a celebrar todos los domingos en la Eucaristía: el triunfo de Jesús Redentor, que desde el cielo nos bendice.

Hoy la carta a los Hebreos nos dice unas palabras que nos llena de emoción y paz: Mantengamos la confesión de la fe, ya que tenemos un no sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo Dios. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado. Por eso, acerquémonos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente (Heb 4,14-16).

 

Concluyamos, pues, mirando a Jesús:

Gracias, Jesús, Dios mío, por lo que has hecho por mí y por todos los hombres, que son mis hermanos, gracias. Yo quiero ir por ese camino que nos has mostrado. Amén.

 

Madrid, viernes, 16 octubre 2021.

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