sábado, 23 de octubre de 2021

1678. Bartimeo se llamaba – El Juglar del Evangelio (Mc 10,46-52)

Bartimeo se llamaba


Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. 47 Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». 48 Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí». 49 Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego, diciéndole:

«Ánimo, levántate, que te llama». 50 Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.

51 Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le contestó: «Rabbuni, que recobre la vista». 52 Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

 

Bartimeo se llamaba

por ser hijo de Timeo;

y todos lo conocían

porque era mendigo y ciego.

 

Vivía junto al camino,

a la salida del pueblo;

no podía trabajar

y era un pobre pordiosero.

 

Cuantas veces dijo ¡Gracias!

al compasivo viajero:

unos dátiles, un pan

eran un rico puchero.

 

Pero seguía mendigo,

y mendigo sin remedio;

mendigo toda la vida,

y un día al sepulturero.

 

Muy triste vida sin luz,

aunque uno tenga buen pienso,

y así era el ciego nombrado

del que habla el Evangelio.

 

Pero este relato, amigos,

no penséis que esto es un cuento,

que si el mendigo soy yo,

el cuento se pone serio.

 

Y por eso quedó escrito,

pensando en mí, limosnero,

soy ciego junto al camino

y sufro, peno y jadeo.

 

Yo era ciego; y ahora, no,

desde que él cruzó en mi sendero:

Hijo de David, piedad,

Piedad, Jesús Nazareno.

 

Quiero ver, quiero la luz:

dame tus ojos, Maestro,

que yo quiero ver las cosas

como las ves desde el cielo.

 

Que yo quiero ser discípulo

en estos tiempos de invierno,

pisando tus propias huellas,

que vas marcando en el suelo.

 

Quiero ser un buen cristiano,

humilde, limpio y sincero,

y ver al mundo mundial

con ojos de hermano bueno.

 

Jesús bañó en su ternura

el iris que ya era seco,

y me llenó de piedad

el corazón y el cerebro.

 

No seas juez, te suplico,

me decía en lo secreto,

que el juicio y sus consecuencias

para mí me lo reservo.

 

Desde mi cruz mira al mundo,

y verás lo que yo veo;

verás pecado y perdón

y que el perdón vence al miedo.

 

Verás la Misericordia,

que es siempre tallo y renuevo,

el corazón de tu Padre,

latiendo latidos tiernos.

 

Tus ojos fueron creados

para que estén siempre abiertos,

veas la eterna belleza

que Dios en el mundo ha puesto.

 

Gracias, mi Dios Redentor,

Jesús, mi divino Médico:

Sea la luz, tu dijiste,

la luz ungió el Universo.

 

Sea tu luz en tu Iglesia,

luz de la fe en tus misterios,

luz de tu Pascua radiante

que ha creado el mundo nuevo.

 

Tú eres mi luz del Oriente,

mi Jesús y Dios excelso,

mi puerta, camino y meta,

mi gozo y destino eterno. Amén.


Madrid, sábado 23 octubre 2021

No hay comentarios:

Publicar un comentario