sábado, 31 de diciembre de 2022

1846 En la octava de Navidad – Santa María Madre de Dios

Santa María Madre de Dios Lc 2,16-21 Texto 16 Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. 17 Al verlo, contaron lo que se les había dicho de aquel niño. 18 Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores. 19 María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su cora-zón. 20 Y se volvieron los pastores dando gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho. 21 Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusie-ron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concep-ción. Hermanos: 1. El tiempo de Navidad comienza con las Vísperas de la Natividad del Se-ñor, a punto de iniciar la Nochebuena y se concluye con el domingo que sigue a la Epifanía o fiesta de los Reyes Magos. La Navidad y la Pascua se juntan en una unidad indivisa, como un único misterio del amor divino, y no hay pala-bras humanas para descomponerlo y para comprenderlo en su totalidad. La Iglesia tiene múltiples celebraciones. El domingo siguiente a la Navidad contempla el misterio desde esta pers-pectiva: la Sagrada Familia. Y el domingo octava de la Navidad, es decir, a los ocho días del 25 de diciembre, el día 1 de enero, primero de año, todos los años es la gran Solemnidad de María Madre de Dios. En el misterio de la En-carnación ha habido una mujer, una humilde mujer, escogida por Dios, la que ha traído a su Hijo al mundo; y a esta solemnidad se le llama Solemnidad de San María, Madre de Dios. Y ha ocurrido este año – así debemos explicarlo – siendo el día 25 de diciembre precisamente Domingo, el Domingo de la octa-va, 1 de enero, sería simultáneamente la Sagrada Familia y Santa María, Madre de Dios. Por tanto, en esta circunstancia la fiesta de la Sagrada Familia se ha adelantado dos días, al viernes, día 30, y el día 1 de enero queda como está: Año Nuevo, Santa María Madre de Dios. 2. La Virgen María tiene en las celebraciones de la Iglesia que llamamos li-turgia, cuatro fiestas principales, que por orden de aparición son las siguientes: - la primera, la Inmaculada Concepción, en Adviento, el 8 de diciembre: María no tuvo pecado original, que todos los hijos de Adán contraemos, por-que Dios la preparó, con una redención anticipada, para ser la digna Morada de su Hijo. San Francisco la llamó a la Virgen Palacio de Dios. Ella, en su po-bre casita, ya desde su nacimiento era el palacio de Dios. - La segunda es la que hoy celebramos: Santa María es no solamente la Ma-dre de Jesús el Mesías, Jesús el Cristo, Jesucristo, sino la Madre de Dios, y di-cho con palabras más estudiadas, la Engendradora de Dios, sancta Dei Gene-trix, que los Santos Padre de la antigüedad, llamaban la Theothocos. Una mu-jer, al ser Madre, no es solo Madre de la carne, como si su útero fue no más que un laboratorio químico; sino es Madre de la persona de su Hijo. El alma la pone Dios, porque el alma es inmortal, y, al poner el alma, Dios le da a la mu-jer, el don de la maternidad. Una mujer queda constituida en Madre de un ser humano, de una persona, cosa que no podemos decir de ningún animal, por-que ningún animal es persona; por eso podemos matar a los animales hasta para comerlos; en cambio, nadie puede matar a una persona humana. Jesús como persona tiene una Madre, que es María de Nazaret, y esta dignidad, que es al mismo tiempo misión, no es igualada por ningún otro título humano. Ma-ría, mujer, no fue sacerdote, porque fue mucho más que sacerdote. Era la Ma-dre de Jesús, Verbo de Dios, Madre del Verbo Encarnado, en el tiempo y en la eternidad. Y de esta amanera, hermanos, tratando de enumerar sencillamente las cuatro fiestas mayores de la Virgen María, ya hemos anunciado el núcleo del misterio que hoy celebramos. Pero sigamos con la tercera y la cuarta. - La tercera fiesta litúrgica de la Virgen es la Anunciación, que mejor que decir “la Anunciación a María” (fijándonos en ella) hoy decimos “la Anuncia-ción del Señor”: el centro de la Anunciación es el don del Señor. Esta fiesta es la que celebramos el 25 de marzo. - Y la cuarta fiesta es la Asunción de María, la plenitud de su ser que en cuerpo y alma, con toda su historia terrenal de gozo y de dolor, vive ya para siempre, coronada por Dios con la gloria del Hijo, una fiesta que nos habla del estado final de los cristianos y de la Iglesia. 3. La Iglesia en esta consideración del misterio nos invita hoy a pensar cuál es la parte que tuvo una simple criatura en el nacimiento del Hijo de Dios. Pero recuerden que también en el domingo anterior a la Navidad, todos los años nuestra atención se fija en la que va ser Madre, y la reflexión que entonces nos hacíamos era esta: Cómo Dios quiso contar, para llevar a cabo un designio eterno, con la participación y el consentimiento libre de una criatura, que de sí es falible, es voluble, como la experiencia lo dice cada día. En el pasaje de hoy san Lucas se ha fijado en un aspecto que lo pone a nuestra consideración, que es el siguiente: María, por su parte, conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Es una frase que la repite pos-teriormente, cuando fue Jesús niño hallado en el Templo. La frase del Evangelio sugiere mucho. Nos está diciendo que los misterios de Dios son pertenencia de Dios, y no los vamos a descifrar nosotros, por nuestra cuenta, porque nos rebasan. Los recibimos en el corazón a través de un canal, que no es la inteligencia, sino la meditación, la contemplación, que abar-ca toda esa actitud íntima de amor, de admiración, de adoración y de entrega a la acción de Dios. A Dios le confesamos en su grandeza infinita, y sería total-mente ridículo y absurdo, entrar en competencia con él por nuestros razona-mientos, como si nosotros tuviéramos la clave última de lo que pasa. La cien-cia es el conocimiento ordenado y superior de lo que está ante nuestros ojos, porque Dios lo ha creado y nos lo ha dado. La ciencia es abrir un regalo y dis-frutarlo. Pero la ciencia, que está en descubrimientos continuos, no puede crear un mundo que haya que sacarlo de la nada; la ciencia trabaja sobre lo que exis-te. Y el hombre no puede inventar los misterios de Dios. Simplemente los re-cibe. La Teología es la ciencia de las cosas de Dios. La Teología, si ha de ser la ciencia de las cosas de Dios, ha de ser humilde, receptora y contemplativa. No por más inteligencia uno descubre nuevos misterios de Dios, nuevas maravillas de lo que él ha revelado en la historia; por más humildad, sí. Por ese camino, sí, o con ciencia o con ignorancia. San Francisco era un ignorante, y se confe-saba como ignorante; pero comprendía el amor de Dios y la Pasión de Jesu-cristo, signo supremo del amor de Dios, de una manera sublime que los teólo-gos no alcanzan, hasta verla hecha realidad en su propio cuerpo. María es la iniciadora de este camino. Con María empieza la contempación en la Iglesia, que no ha de acabar nunca. María es la iluminada de Dios, a tra-vés de su humildad. María es la luz de la Iglesia. Tenemsoq que tenerlo muy en cuenta, hoy que tanto debatimos sobre el auténtico puesto de la mujer en la Iglesia. 4. No quiero terminar estas palabras de fe sin referirme a esta circunstancia mundial que compartimos: el Año Nuevo del Calendario más difundido, el estreno del año de gracia de la Encarnación 2023. Los cristianos lo iniciamos con una bendición de Dios. Es la bendición que en la pimera Alianza de Dios, daba el Sumo Sacerdote. Por tres vces ivocaba el nombre santísimo de Dios, y tres veces lo hacía bajar del cielo. En cada una de las tres bendiciones, de las tres bajadas pedía lo mismo: la gracia de la presen-cia de Dios, que esa es su bendición. Y tres veces, con palabras distintas repe-tía lo mismo: Que el Señor te bendiga y te guarde. Que el Señor te mire benig-namente ye te proteja. Que el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz. Y Dios ponía la firma a lo que el Sacerdote pedía: “Y yo los bendeciré”, termina la bendición de Aarón. Esa la presencia de Dios que nos acompañe en todas las acciones de este año. Señor Dios, bendícenos a través de tu Hijo amado, en quien creemos y con el cual celebramos la santa Eucaristía. Amén. La Piedad, Michoacán, capuchinos, 30 diciembre 2022.

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