952. Viuda de dos moneditas
Coplillas e un Juglar del Evangelio)
Lo más
bello que existe, porque Dios nos lo ha dado, es el corazón. El papa nos acaba
de recordar en esta su bella encíclica del 24 de octubre, Dilexit nos, que acaso nos “falta corazón”.
“En este mundo
líquido es necesario hablar nuevamente del corazón, apuntar hacia allí donde
cada persona, de toda clase y condición, hace su síntesis; allí donde los seres
concretos tienen la fuente y la raíz de todas sus demás potencias,
convicciones, pasiones, elecciones. Pero nos movemos en sociedades de
consumidores seriales que viven al día y dominados por los ritmos y ruidos de
la tecnología, sin mucha paciencia para hacer los procesos que la interioridad
requiere. En la sociedad actual el ser humano «corre el riesgo de perder su
centro, el centro de sí mismo». [Juan Pablo II, 2/VII/2000] «El
hombre contemporáneo se encuentra a menudo trastornado, dividido, casi privado
de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar.
Modelos de comportamiento bastante difundidos, por desgracia, exasperan su
dimensión racional-tecnológica o, al contrario, su dimensión instintiva». [Juan Pablo II, 8/VI,1994] Falta corazón” (Dilexit nos, 9).
Jesús, lleno de
emoción, nos ha revelado:
Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os
digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que
nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que
pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Mc 12,43-44).
Al aire del
Evangelio séanos permitido hacer otra reflexión: Esta viuda de las dos
moneditas es signo de la Iglesia.
Viuda de dos moneditas
es la Iglesia que yo sueño,
que no tenga más riqueza
que la que tiene su Dueño.
Era humilde y pobrecilla
aquella mujer del Templo,
y quería como fuera
hacer a Dios un obsequio.
Los ricos echaban mucho,
muy ufanos y contentos,
y se veía que echaban
orgullosos con su ejemplo.
Pero aquella mujercita,
una cualquiera del pueblo,
no tenía en sus bolsillos
más que dos centavos sueltos.
Es lo que tengo y lo doy
para mi Dios verdadero,
no me importa lo que hagan
los sacerdotes, sus siervos.
Yo lo regalo a mi Dios,
que merece cuanto tengo,
tú sabes con cuanto amor
y ¡qué contenta me quedo!
Tú eres mi Dios y Señor,
todos los días te rezo,
tú me das todos los bienes
y con amor los presento.
Soy pobrecita y no sé
decirte cuanto te quiero;
toma estas dos moneditas,
que sepas que no te miento.
No sabía la mujer
que Jesús la estaba viendo,
no sabía que de gozo
Jesús lloraba por dentro.
Esa es mi Iglesia decía
Jesús en sus pensamientos,
toda pobre cual mi madre,
bella y pura en sus anhelos.
Jesús hacía oración
cuando pasó lo que cuento
y al Padre daba las Gracias
por este milagro bello.
Gracias por revelar
a los pobres tus misterios,
que nunca le ha de faltar
de tus arcas el sustento.
La Iglesia que he anunciado
como flor del Evangelio,
en las Bienaventuranzas,
en esta mujer la veo.
Iglesia sin propiedades,
que no es dueña de un imperio,
sin títulos ni políticas,
sin monumentos ni cetros
Familia de Dios, familia,
hermanos de Sangre y Fuego,
el servicio y la confianza
serán legítimo sello.
Iglesia nacida un día
de aquel corazón abierto,
que derramó sangre y agua,
las dos monedas del pecho.
Jesús dio cuanto tenía
todo el amor de su seno,
todo su amor sin retorno
con un abrazo y un beso.
Bendita, humilde mujer,
que vives en mi recuerdo,
y hoy gozas con tu señor,
a ti mis flores y versos.
¡Salve, Iglesia venerada
cual mensajera del Reino,
seremos como familia
hermanos y misioneros! Amén
Cuautitlán Izcalli, martes semana XXXII B,
12 noviembre 2024
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