jueves, 10 de marzo de 2016

786 - IV. Misericordiosos como el Padre: En encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia


Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador.
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado.
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


IV. El encuentro con Jesús
es el verdadero encuentro con la misericordia



Para entender a Jesús hay que partir del Dios de la alianza
El Dios revelado es el Dios de la alianza, decíamos ayer. Un Dios que no pudieron alcanzar los filósofos y sabios. El Dios de los filósofos no es el Dios viviente, sino el Dios nacido como fruto necesario de nuestras consideraciones.
Recordemos los puntos centrales de nuestra meditación de ayer:
1)    El Dios de la fe es el Dios de la Biblia.
2)    El Dios viviente.
3)    Que es el Dios revelado como alianza e historia.
4)    Es el Dios que acompaña al hombre.
5)    Que se muestra como amor: sea ternura sea perdón.
6)    Que es el Dios de nuestra esperanza, el Dios de nuestro premio.
7)    Y en conclusión, la revelación de Dios están tan unida a la comprensión del hombre que la revelación de Dios es la revelación del hombre.
Esta es la síntesis de nuestra fe cristiana. La fe se ha abierto paso en medio de todos los avatares y dificultades de la evolución del hombre. Por eso la fe está mezclada con tantas dificultades, que provienen de nuestro conocimiento tan limitado. Pero, al final, por encima de todos los obstáculos la fe se levanta esplendorosa y coherente.
Y para nosotros la comunidad de Jesús, que es la Iglesia, es la Casa de la Fe. La Iglesia, en medio de todos los vericuetos de este mundo, nos conduce hasta el encuentro definitivo con Dios, nuestro Padre. Y esta es la hermosura de la Iglesia.

Cuál es el verdadero rostro de Jesús, que queremos definirlo como la misericordia de Dios
Al estudiar la persona de Jesús los intérpretes de la Escritura nos hablan de dos perspectivas:
- del Jesús histórico
- y del Cristo de la fe.
De tal forma están mutuamente implicadas estas dos visiones del Señor que tenemos que decir:
- No existe el Jesús de la historia sino en el Cristo de la fe.
- No existe el Cristo de la fe sin el Cristo de la historia.
En consecuencia. Los Evangelios ¿son libros de historia o son libros de fe? Y la respuesta es:
- Son libros de historia y simultáneamente son libros de fe.
- Para acceder a Jesús no se puede acceder a su historia sino a través de la fe (la fe de la comunidad creyente que es quien ha escrito este testimonio vivo y vivificante de Jesús), y no se puede acceder a la fe sino es por el camino de la historia. Si no admitimos las dos cosas al mismo tiempo, la figura de Jesús se volatiliza.

El testimonio histórico-creyente de los Evangelios
 Cada uno de los cuatro Evangelios es un testimonio histórico de Jesús y no se puede decir: Este es más histórico que este otro. Ni tampoco se puede decir: este es más teológico que este otro. Todos son históricos y todos son documentos de fe.
Y al mismo tiempo es verdad que los Evangelios se dividen en dos grupos:
- los tres primeros Evangelios se llaman Evangelios Sinópticos: se pueden poner los tres en líneas paralelas y se observa que van siguiendo un esquema aproximado contando los hechos y las palabras de la vida de Jesús. Al llegar a la Pasión este paralelismo es más evidente.
- el cuarto Evangelio tiene un estilo diferente, como veremos.
Vayamos, pues a los cuatro Evangelios para ver cuál es la imagen de Jesús que ofrecen y para comprobar que, efectivamente, la imagen de Jesús es la imagen del Dios de amor de la alianza, la imagen que Jesús lleva grabada en sí, Jesús el rostro de Dios. Felipe, quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. Y en otro lugar Jesús dirá: Yo y el Padre somos uno.


El Jesús de los Evangelios Sinópticos
He aquí la imagen de Jesús que nos presentan los Evangelios Sinópticos. San Lucas tiene un prólogo muy instructivo para nuestro propósito. “Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc 1,1-4).

Estas son las claves:
1)    La vida de Jesús se inicia en el Bautismo, y su Bautismo es del todo singular, puesto que es el gesto de solidaridad de su persona con toda la raza humana (no solo con Israel). El Bautismo queda coronado con la manifestación del Padre y del Espíritu. Los cristianos, al leer el Evangelio podremos comprender que Jesús es el “todo Dios” para el hombre.
2)    El mismo Espíritu es el que le lleva al desierto para inaugurar su misión.
3)    La inauguración de su misión es la predicación del Reino de Dios como ningún profeta lo ha predicado, puesto que Jesús anuncia que “el tiempo ya se ha cumplido” y que el hombre entra en el final de la historia.
4)    Jesús entiende su historia como la actuación final de Dios en el mundo. Jesús es el profeta escatológico de Dios. Ningún profeta se había considerado así.
5)    La manifestación del Reino de Dios en el final de la historia la hace Jesús de tres maneras:
- obrando la salvación por medio de signos que cumplen las profecías;
- predicando este Reino con sus palabras, siendo las parábolas las palabras más características de su magisterio,
- y finalmente invitando a todos los hombres a entrar en este Reino.
La parte mayor del Evangelio de los Sinópticos está ocupada por estas tres indicaciones que acabamos de dar.
6)    Jesús es rechazado por el sector más representativo de su pueblo, y asume el rechazo, y de tal manera se mezcla en su corazón que el mismo rechazo se convierte en profecía de la Pasión y Muerte, a las cuales Jesús les da el valor absoluto de su misión: su muerte es justamente su misión, aceptación del mundo, salvación del mundo.
7)    Jesús entra como Mesías en la ciudad de Jerusalén, según las profecías.
8)    El supremo anuncio de Jesús es el anuncio de su victoria al lado del Padre, de forma que queda constituido como dueño de la historia y juez del mundo, porque Jesús tiene la misma categoría de Dios. Lo anuncia antes de la Pasión y en el momento supremo de la pasión ante Caifás.
9)    Jesús, en el anuncio de su muerte, anuncia su victoria, es decir la victoria de Dios sobre él, anuncia su resurrección.
10)           En la Cena deja su memorial para la Comunidad de sus discípulos. La cena es una novedad absoluta que nos e puede resolver con la mera comparación con la Cena Pascual judía.
11)           Hay dos evangelistas, Mateo y Lucas, que escribieron también unos episodios sobre la Infancia de Jesús. ¿Qué es la Infancia de Jesús? Es la Infancia de Jesús Resucitado. Desde esa perspectiva hay que leer estos relatos, esta es la clave.

Esta es la imagen histórica de Jesús que se desprende del estudio de los Evangelios Sinópticos.
La conclusión es patente: Jesús ha unido de tal manera su vida al Dios de la alianza y al Espirita de la promesa que el don de Dios al mundo no es otro que el don mismo de Jesús.
Realmente podemos decir que Jesús es el rostro del Padre, el rostro misericordioso del Padre; Jesús es el amor del Padre, es todo el amor del Padre, toda la vida del Padre.

La imagen de Jesús  en el Evangelio de Juan, la misma por otro camino

Nuestra sorpresa es grande. Adentrándonos en el Evangelio de Juan vemos que, al final, la imagen de Jesús asimilado a Dios es igual en el Evangelio de Juan, si bien por otro y con estilo muy diferente.

1. Ante todo san Juan nos presenta un Prólogo grandioso. Es un himno al Señor, presentando la síntesis de todo su Evangelio y diciéndonos de este modo: el Jesús del que quiero hablar es este y no es otro, desde la primera línea hasta el final.
De hecho, san Marcos, considerado como el Evangelio más primitivo, había hecho otro tanto en el título mismo de su Evangelio, al escribir: Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios (Mc 1,1).
¿Qué nos dice san Juan para introducir la historia de Jesús en la tierra?

1 En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
 2 Él estaba en el principio junto a Dios.
 3 Por medio de él se hizo todo, y sin él no se hizo nada de cuanto se ha hecho.
 4 En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.
 5 Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió. […]
14 Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad

Todo lo que va a escribir san Juan lo va a escribir de este Verbo de Dios, Creador del mundo. El Verbo de Dios es Jesús de Nazaret.

Al final del Evangelio se nos hace una observación que explica cómo se ha escrito este Evangelio y con qué criterio:
“Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre” (Jn 20,30-31).
Luego sigue un epílogo, que termina con unas frases equivalentes a la conclusión primera: “Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir” (Jn 21,25).
El Evangelio según san Juan se ha escrito para nosotros, los que creemos en Jesús, para que nuestra fe se ilumine, penetre más y más en el misterio de Jesús y quede llena de admiración.

2. San Juan, para presentar la figura de Jesús, el Hijo amado del Padre hace una selección de escenas, que él llama “signos”. Esta secuencias de signos se llama Libro de los Signos. Escuchemos, mezclando lo que es en rigor “signo” y lo que es otro tipo de escena:

ü Primera escena: La elección de los discípulos.
ü Segunda escena: Jesús manifiesta su gloria en las Bodas de Caná, signo de las bodas mesiánicas.
ü Tercera escena: Jesús realiza el signo de la purificación del Templo.
ü Cuarta escena: Jesús y Nicodemo, maestro de Israel.
ü Quinta escena: Jesús y la Samaritana.
ü Sexta escena: Jesús cura al hijo de un oficial real.
ü Séptima escena: Jesús cura al paralítico de la piscina de Betesdá, que quiere decir Misericordia.
ü Octava escena: Jesús, pan de vida, da de comer a la comunidad de Israel, principio de la comunidad mesiánica
ü Novena escena: Jesús, luz del mundo cura a un ciego de Nacimiento, signo de la iluminación en el Bautismo.
ü Décima escena: Jesús, la resurrección y la vida, resucita a Lázaro, muerto de cuatro días, signo de la resurrección final.
ü Última escena: Jesús entra como Mesías en la ciudad santa de Jerusalén celebrar su Pascua  y para ir voluntariamente a la Pasión y muerte.
Junto a esto, hay diálogos de Jesús con las autoridades judías, que manifiestan su enfrentamiento y rechazo.

Pero ahora viene la  segunda parte del Evangelio de san Juan – El Libro de la Gloria -  que le da el tono a todo su mensaje. Son los diálogos de Jesús con los suyos en la Cena, largos capítulos que los intérpretes los han explicado así: Jesús en la tierra, que no deja de ser el Jesús celeste, entra con su Iglesia en el Cenáculo e instruye a la Iglesia, es decir, a nosotros sobre nuestra presencia en el mundo, tras su partida, auxiliados por el Espíritu Santo.
Este Jesús nos habla palabras divinas con la categoría de Hijo de Dios, porque él mismo es la última palabra de Dios, la revelación plenaria a la humanidad.

Este Jesús que nos presentan los Evangelios es el Hijo de Dios en el cual reside corporalmente la divinidad, como dirá san Pablo.

Jesús presente hoy en la comunidad cristiana

Todos estos puntos, que pueden semejar a unos puntos de una lección de Biblia, en el fondo lo que pretenden es llevar nuestro corazón a la misma presencia de Jesús, a la intimidad con él.
El Jesús de nuestra intimidad es el Jesús viviente con el que vive la Iglesia.
He aquí esta página que hemos leído hoy en el oficio divino, una página que se escribió en el siglo V del Papa san León Magno (390-461). Nuestra carne está del todo unida a la carne de Jesús; este es el misterio.

De los Sermones de san León Magno, papa
(Sermón 15 Sobre la pasión del Señor, 3-4: PL 54, 366-367)

MEDITACIÓN SOBRE LA PASIÓN DEL SEÑOR

“El que quiera venerar de verdad la pasión del Señor debe contemplar de tal manera, con los ojos de su corazón, a Jesús crucificado, que reconozca su propia carne en la carne de Jesús.
Que tiemble la tierra por el suplicio de su Redentor, que se hiendan las rocas que son los corazones de los infieles y que salgan fuera, venciendo la mole que los abruma, los que se hallaban bajo el peso mortal del sepulcro. Que se aparezcan ahora también en la ciudad santa, es decir, en la Iglesia de Dios, como anuncio de la resurrección futura, y que lo que ha de tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones.
No hay enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz, ni hay nadie a quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta fue de provecho para los que tanto se ensañaban con él, ¿cuánto más no lo será para los que se convierten a él?
La ignorancia ha sido eliminada, la dificultad atemperada, y la sangre sagrada de Cristo ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las fronteras de la vida. La oscuridad de la antigua noche ha cedido el lugar a la luz verdadera.
El pueblo cristiano es invitado a gozar de las riquezas del paraíso, y a todos los regenerados les ha quedado abierto el regreso a la patria perdida, a no ser que ellos mismos se cierren aquel camino que pudo ser abierto por la fe de un ladrón.
Procuremos ahora que la ansiedad y la soberbia de las cosas de esta vida presente no nos sean obstáculo para conformarnos de todo corazón a nuestro Redentor, siguiendo sus ejemplos. Nada hizo él ni padeció que no fuera por nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea también el cuerpo.
En primer lugar, aquella asunción de nuestra substancia en la Divinidad, por la cual la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros, ¿a quién dejó excluido de su misericordia sino al que se resista a creer? ¿Y quién hay que no tenga una naturaleza común con la de Cristo, con tal de que reciba al que asumió la suya? ¿Y quién hay que no sea regenerado por el mismo Espíritu por el que él fue engendrado? Finalmente, ¿quién no reconoce en él su propia debilidad? ¿Quién no se da cuenta de que el hecho de tomar alimento, de entregarse al descanso del sueño, de haber experimentado la angustia y la tristeza, de haber derramado lágrimas de piedad es todo ello consecuencia de haber tomado la condición de siervo?

Es que esta condición tenía que ser curada de sus antiguas heridas, purificada de la inmundicia del pecado; por eso el Hijo único de Dios se hizo también hijo del hombre, de modo que poseyó la condición humana en toda su realidad y la condición divina en toda su plenitud.
Es, por tanto, algo nuestro aquel que yació exánime en el sepulcro, que resucitó al tercer día y que subió a la derecha del Padre en lo más alto de los cielos; de manera que, si avanzamos por el camino de sus mandamientos, si no nos avergonzamos de confesar todo lo que hizo por nuestra salvación en la humildad de su cuerpo, también nosotros tendremos parte en su gloria, ya que no puede dejar de cumplirse lo que prometió: A todo aquel que me reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre que está en los cielos”.

Guadalajara, Jalisco, 10 marzo 2016.

miércoles, 9 de marzo de 2016

785 III. Misericordiosos como el Padre: Dios es mi Padre


Pláticas de Cuaresma
I. Misericordiosos como el Padre: Yo soy pecador.
II. Misericordiosos como el Padre: Por la misericordia de Dios yo he sido santificado.
III. Misericordiosos como el Padre: El amor del Padre se llama misericordia.
IV. Misericordiosos como el Padre: El encuentro con Jesús es el verdadero encuentro con la misericordia.
V. Misericordiosos como el Padre: Mi programa de vida bajo el signo de la misericordia de Dios.


III. Dios es mi Padre


El centro de nuestra vida: Dios es mi Padre

Padre es la palabra sagrada que ha entregado Jesús a su Iglesia como centro de nuestra fe. La ha entregado para que nosotros la saboreemos en toda nuestra vida. Una palabra de una dulzura infinita, y de un contenido que jamás de los jamases se ha de agotar. Esta es la palabra que queremos contemplar esta tarde. Esta es la palabra con la cual Jesús nos enseñó a leer el Antiguo Testamento como nadie lo había leído.
Para entrar en esta materia tenemos que hacer dos aclaraciones que abren el camino de nuestra reflexión.

1. La primera se refiere al Dios del Antiguo Testamento. ¡Con cuánta frecuencia se dice que el Dios del Antiguo Testamento es el Dios de la ira y de la venganza, mientras que el Dios del Nuevo Testamento es el Dios del amor! Esto, tal como está dicho, no es cierto. El Dios del Antiguo Testamento es el Dios de Jesús, el Dios de María de Nazaret. Es Dios de amor y de ternura, como lo vamos a ver. Nos hay dos dioses, uno del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento.
Lo que ocurre es que tuvo que venir Jesús para poner ante nuestros ojos esta evidencia. El Dios del Sinaí es el Dios del amor.

2. La segunda observación es también muy importante: El Dios de los filósofos es diferente del Dios de la fe. Cuál es el Dios de los Filósofos y cuál es el Dios de la fe. Este es un gran tema que se ha agitado tanto en los últimos siglos.
El 24 de junio de 1959 el joven teólogo Josep Ratzinger, que entonces tenía 32 años, pronunció sus lección inaugural en la facultad de Teología en Bonn, donde acababa de ser nombrado profesor, que se publicaría el año siguiente. La conferencia tenía este título: El Dios de la Fe y el Dios de los Filósofos. Y comenzó recordando la célebre frase del filósofo Pascal: Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el Dios de los filósofos y de los sabios. Y explicó en qué circunstancias se escribió esta frase.
Dice: “… una pequeña hoja de pergamino que pocos días después de la muerte de Blaise Pascal se encontró cosida al forro de la casaca del muerto. Esta hoja, llamada «Memorial», da noticia recatada y, a la vez, estremecedora de la vivencia de la transformación que en la noche del 23 al 24 de noviembre de 1654 le ocurrió a este hombre. Comienza, tras una indicación muy cuidadosa del día y de la hora, con las palabras: «Fuego, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el de los filósofos y los sabios». El matemático y filósofo Pascal había experimentado al Dios vivo, al Dios de la fe, y en tal encuentro vivo con el tú de Dios, comprendió, con asombro manifiestamente gozoso y sobresaltado, qué distinta es la irrupción de la realidad de Dios en comparación con lo que la filosofía matemática de un Descartes, por ejemplo, sabía decir sobre Dios. Los Pensées de Pascal hay que entenderlos desde esta vivencia fundamental: en contraposición con la doctrina metafísica de Dios de aquel tiempo, con su Dios puramente teórico, intentan conducir inmediatamente desde la realidad del concreto ser hombre, con su insoluble implicación de grandeza y miseria, hasta el encuentro con el Dios que es la respuesta viva a la abierta pregunta de ese ser hombre; y éste no es ningún otro que el Dios de gracia en Jesucristo, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob”.

La oposición no está entre el Dios del Antiguo Testamento y el Dios del Nuevo Testamento, sino entre el Dios viviente (san Francisco hablaba del Dios vivo y verdadero) y el Dios de los pensadores, que no es el Dios que se interesa por mí, que me ama a mí como a las niñas de sus ojos.
Cuando fue Papa escribió una encíclica titulada “Deus caritas es” (Dios es amor), su primera encíclica, bellísima y audaz. Y habló del amor de Dios, que es imposible encontrarlo en los filósofos. Allí decía, a propósito del Dios de Aristóteles, cumbre del pensamiento filosófico:
“Y así se pone de manifiesto el segundo elemento importante: este Dios ama al hombre. La potencia divina a la cual Aristóteles, en la cumbre de la filosofía griega, trató de llegar a través de la reflexión, es ciertamente objeto de deseo y amor por parte de todo ser —como realidad amada, esta divinidad mueve el mundo [Cf. Metafísica, XII, 7] —, pero ella misma no necesita nada y no ama, sólo es amada. El Dios único en el que cree Israel, sin embargo, ama personalmente. Su amor, además, es un amor de predilección: entre todos los pueblos, Él escoge a Israel y lo ama, aunque con el objeto de salvar precisamente de este modo a toda la humanidad. Él ama, y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé.[7]” (Deus caritas est, n. 8).

Reflexionemos bien en esto que dice Aristóteles:
- Dios no necesita el amor de nadie,
- porque si tuviese esta necesidad ya no sería Dios.
En cambio, el Dios que nos va a presentar la Biblia es el Dios que se muere de amor por mí.
El filósofo Pascal experimentó esto en una noche mística. Se encontró con el Dios vivo y verdadero y entonces experimentó que no es igual el Dios de los filósofos y el Dios de la biblia.


Encontrarse con el Dios viviente

Esta anécdota que marcó toda la vida del filósofo Pascal me ha traído al recuerdo aquello que cuenta nuestro hermano el Padre Ignacio Larrañaga, el encuentro con el amor del Padre una noche cuando estaba pensando lo que iba a predicar al día siguiente sobre el Sagrado Corazón de Jesús.
“Era el mes de junio de 1957, en la festividad del Sagrado Corazón de Jesús. Un mes antes de la solemnidad, el Superior de la casa me encomendó el compromiso de predicar ese día en un pequeño pueblo de Navarra. Mi corazón danzó de alegría. No podía haber recibido noticia más halagüeña: hablar sobre el amor de Jesús.
La semana anterior a la festividad, sin embargo, surgieron en torno a mí, y conmigo, algunas desinteligencias en la comunidad. […] Llegadas la fecha y hora señaladas, tomé el autobús en Pamplona y me desplacé a Sangüesa. […] Durante el viaje, mi alma era como un tendido de sol y sombra: por un lado la alegría de participar y actuar en la solemne festividad, y, por otro, las nubes oscuras de los disgustos todavía prendidos de mis horizontes. Aún no había aprendido a ahuyentarlos.
En la tarde del sábado dediqué largas horas al confesionario. Recuerdo que a cada uno de los penitentes les hablaba con pasión y fuego de las entrañas de misericordia y del amor incondicional de Cristo Jesús.
Llegó la noche. Me acosté. No podía dormir: no se disipaban las nubes oscuras de mi alma. Me levanté, me asomé a la ventana para tomar aire y contemplar las estrellas. No recuerdo bien si todavía estaba dando vueltas a mis disgustos o si intenté orar, el hecho es que, repentinamente, algo sucedió. Y aquí llegamos al momento fatal de tener que explicar lo inexplicable.
Han pasado cuarenta años desde aquella noche, pero todos sus detalles están todavía tan vivos y presentes en mi memoria como si hubieran acaecido esta misma noche. Pero estoy convencido de que ni entonces, ni ahora, ni nunca se podrá reducir aquello a palabras exactas. Sólo el lenguaje figurado podría evocar, presentir o vislumbrar algo de lo que allí sucedió. Pido, pues, disculpas por tener que balbucir alguna aproximación con un lenguaje alegórico.
¿Qué fue? Un deslumbramiento. Un deslumbramiento que abarcó e iluminó el universo sin límites de mi alma. Eran vastos océanos plenos de vida y movi
miento. Una inundación de ternura. Una marea irresistible de afecto que arrastra, cautiva, zarandea, y remo de la como lo hacen las corrientes sonoras con las piedras del río.
¿Qué fue? Quizás una sola palabra podría sintetizar "aquello": AMOR. El AMOR que asalta, invade, inunda, envuelve, compenetra, embriaga y enloquece” (La rosa y el fuego).
El P. Ignacio comenzó a llorar y llorar, pero era una llorar de amor y de ternura. A partir de aquella experiencia, que duró entre tres y cinco segundos, todo lo más, cambió definitivamente la vida del Padre Larrañaga: su manera de relacionarse con Dios y su manera de relacionarse con el prójimo, para el cual no sentía otra cosa sino inmensa compasión y ternura.
Esta experiencia, que está en la raíz de todo lo que vino después en el caso singularísimo del Padre Larrañaga, iniciador de los Encuentros de Experiencia de Dios y fundador de los Talleres de Oración y vida, nos lanza una pregunta: ¿Cuál es el Dios que nosotros tenemos en nuestra mente y corazón? ¿Es un Dios convencional, abstracto o es el Dios vivo? Solamente cuando nos encontramos con el Dios vivo, solamente entonces es cuando cambia nuestra vida.
En la Sagrada Escritura tenemos, entre tantas, una página grandiosa que nos estremece y nos aclarar qué pasa cuando uno se encuentra con el Dios vivo. Es el capítulo final del libro de Job, capítulo 42. Job, el hombre más santo, más rico, más feliz que había en la tierra, es probado por Dios y pasa a ser el hombre más desgraciado: sin salud, sin hacienda, sin hijos, abandonado de todos, hasta de su mujer que no le comprende: “Maldice a Dios y muérete”. Vienen los sabios a consolarle; él se rebela contra todos, incluso, en su desesperación se rebela contra Dios, que le está tratando como a enemigo. Al final se le aparece Dios que comienza a preguntarle sobre las maravillas de la creación. Job tiene que callarse porque no sabe nada de nada. Pero ahora, ante Dios, humildemente se rinde.
Y entonces, en esta experiencia concreta de lo sobrenatural, comienza a conocer a Dios:
“Te conocía solo de oídas, | pero ahora te han visto mis ojos;
 por eso, me retracto y me arrepiento, | echado en el polvo y la ceniza” (Job 42,5-6).
Job borra todo lo que ha dicho y ahora comienza la verdadera vida de Job; ahora ha visto a Dios.
Estos ejemplos nos dicen, hermanos cómo el verdadero conocimiento de Dios es la experiencia de Dios.


Punto central del conocimiento de Dios en la Sagrada Escritura

El Dios revelado es el Dios de la Alianza.
Y el Dios de la Alianza es el Dios de la historia de la salvación.
Y yo, por Jesucristo y en la Iglesia, soy el destinatario de esta revelación y de esta historia.
Si comprendemos esto, hemos entendido el sentido de Dios en las santas Escrituras; hemos alcanzado la verdadera sabiduría de Dios.
Tratemos de explicarlo.

Dios de la Alianza

Todo el conocimiento que tenemos de Dios es un conocimiento histórico: Dios se manifiesta obrando y hablando y es un conocimiento en Alianza.

1) La creación es la primera Alianza que Dios hace con el hombre. En el momento mismo en que Dios crea al hombre entra en relación con el hombre, y esta relación es una relación de amor.
- Porque lo ama lo bendice.
- Porque lo ama le coloca en el Paraíso.
- Porque lo ama le da el mando sobre toda la creación.
- Porque lo ama le da un precepto, que es precepto de vida, no de muerte.
- Porque lo ama se comunica a diario con él saliendo a pasear al fresco de la tarde.
- Porque lo ama le manada fuera del paraíso, para que el hombre entienda que la relación con Dios tiene que ser de obediencia y de amor.
En suma, en el momento inicial de la historia, el Dios que aparece es el Dios de la alianza.

2) La segunda alianza es la alianza con Noé (Gen 9), que es la regenración del mundo y la puesta en marcha de la historia bajo la misma soberanía con Dios.

3) Y ahora vienen las alianzas con los Patriarcas, con Abraham, Isaac y Jacob.
- Son todas ellas alianzas.
- y son todas ellas bendiciones y promesas
Dios se muestra como aquel que vive con el hombre y el hombre es aquel que vive con Dios.
Y este estilo de vida, la relación mutua de Dios con el hombre y del hombre con Dios, ha de ser el paradigma de todo lo que ocurra en la tierra.

4) Y de esta forma llegamos a la Alianza de Dios con el pueblo en el Sinaí sellada después de la esclavitud de Egipto. Esta alianza es el centro del Antiguo Testamento y el paradigma de toda la revelación hecha a Israel.

Véase los elementos de esta Alianza:
a)     Dios les da la comunicación, la revelación de su Nombre.
b)    Dios les confirma como pueblo elegido, pueblo de su propiedad.
c)     Dios los saca de la esclavitud de Egipto y les da el don de la libertad, que es el estatuto esencial de este pueblo. Un pueblo amado es intrínsecamente libre.
d)    Dios les da su Ley, que es la entrega de su voluntad, por lo tanto la entrega de su corazón.
e)     Dios les da la promesa definitiva de ser su Dios para siempre.


El don de la Ley (de la Torá)

El don de la Ley es el don de Dios todo entero a su Pueblo. Para el cristiano, que contempla todo el arco de la historia, es el anticipo del donde su propio Hijo.
Para saber lo que es el don de la Ley hay que leer el libro del Deuteronomio, el Libro de la ternura de Dios con su pueblo.
4 1 Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar. 2 No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy. 3 Vuestros ojos han visto lo que el Señor hizo en Baal Peor: el Señor, tu Dios, exterminó de en medio de ti a todos los que se fueron detrás de Baal Peor. 4 En cambio, vosotros, que os pegasteis al Señor, seguís hoy todos con vida.
5 Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella. 6 Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: “Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación”. 7 Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos? 8 Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?
     9 Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos

¿Quién es este Dios que vamos descubriendo?
1)    Ciertamente no es el Dios de los idólatras.
2)    No es tampoco el Dios de las grandes culturas del mundo antiguo.
3)    Es el Dios del amor en el cual el hombre halla su plena dignificación.
4)    Es el Dios de la ternura y de las promesas. El Dios que se ha comprometido definitivamente con el destino humano.
5)    Este es el Dios de Jesús, que él lo ha descubierto hasta el fondo.
6)    Este es mi Dios.

La misión de los profetas (esquema)

Los profetas son quienes
1.     Han mantenido viva la memoria siempre actual de la alianza.
2.     Y los que han previsto la culminación de la acción de Dios, prometiendo:
- El Don de la Nueva Alianza (Jer 31).
- El Don del Espíritu, que es la ultimidad de Dios (Ez 36).

Vino Jesús y en él hemos recuperado el Dios de la Alianza que ya inició su revelación.
Y en su propia vida que él, justamente él, era todo Dios y toda Alianza, que nos ha dejado en la Iglesia en el don de su Cuerpo y de su Sangre.


9 de marzo de 2016.