jueves, 7 de noviembre de 2019

1273. Dom. XXXII C – Jesús anuncia la resurrección de los muertos


Jesús anuncia la resurrección de los muertos
Lc 20,27-38


Texto evangélico:
27 Se acercaron algunos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: 28 «Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero sin hijos, que tome la mujer como esposa y dé descendencia a su hermano”. 29 Pues bien, había siete hermanos; el primero se casó y murió sin hijos. 30 El segundo 31 y el tercero se casaron con ella, y así los siete, y murieron todos sin dejar hijos. 32 Por último, también murió la mujer. 33 Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer». 34 Jesús les dijo: «En este mundo los hombres se casan y las mujeres toman esposo, 35 pero los que sean juzgados dignos de tomar parte en el mundo futuro y en la resurrección de entre los muertos no se casarán ni ellas serán dadas en matrimonio. 36 Pues ya no pueden morir, ya que son como ángeles; y son hijos de Dios, porque son hijos de la resurrección. 37 Y que los muertos resucitan, lo indicó el mismo Moisés en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor: “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. 38 No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos».

Hermanos:
1. Podemos comenzar recordando que el domingo pasado Jesús estaba en Jericó (episodio de Zaqueo), rumbo a Jerusalén. Ya estamos en Jerusalén, y la escena que acabamos de escuchar es uno de los sucesos que ocurren en la última semana de la vida de Jesús.
En el hoy y ahora de esta homilía es bueno saber que estamos en noviembre, mes de difuntos, y que en el momento en que hablo estamos a tres días de las elecciones generales de mi país, España. Como pueden ver y apreciar quienes siguen “Las hermosas palabras del Señor”, yo hablo a miles de kilómetros; pero la sangre no es agua, y lo que sucede en mi tierra resuena hondo y ardiente, hondo y apasionado en mi corazón.

2. Tratemos de comprender, con la mayor pureza posible, las palabras de Jesús que, como tantas veces digo, no son palabras morales para un buen comportamiento, sino palabras vivas de revelación, que, al caer en nuestra vida, purifican como agua, queman como fuego.
¿Qué nos revela Jesús? Que Dios no es Dios de muertos, de cadáveres, que Dios, nuestro Padre, es Dios vivo y verdadero, que para él todos somos vivientes, que solo podemos entendernos en esta corriente de vida.
Pero esto ¿no estaba ya revelado? Según Jesús, sí. Y saca un ejemplo sagrado, cuando Dios se apareció a Moisés en la zarza ardiente. Ese Dios que se aparecía a Moisés, era el Dios de ayer y de hoy, era el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Pero Abraham había vivido cientos de años antes de Moisés; Abraham había desaparecido. Esto no es cierto. Abraham estaba vivo, porque Dios es Dios de vivos.

3. De manera que este Evangelio nos lanza preguntas esenciales como estas:
- ¿Quién es Dios para Jesús? ¿Es una idea de referencia para organizar el mundo, o es infinitamente más, una presencia para dar sentido al presente y al futuro?
- Y otra pregunta: ¿Quiénes son los muertos, a quienes un día nosotros dimos nuestro último adiós en el cementerio? ¿Los podemos tocar? ¿Los podemos venerar? ¿Los podemos exhumar? ¿Todo termina en la nada con la raya de la muerte?
Pero nos son preguntas al aire, ni peguntas de un profesor universitario ante el pupitre y el pizarrón, sino preguntas para mí y para cada uno que me escucha. Porque uno puede decir: yo tengo a mi padre y a mi madre en el cementerio y en la conciencia de todos está lo que acaba de ocurrir hace medio mes con el desentierro de un cristiano, llamado Francisco Franco, de la Basílica de la Santa Cruz en el Valle de los Caídos. ¿Es un acto social y político? ¿O es una profanación y sacrilegio? ¿Algo tiene que decir el Evangelio, o el Evangelio no es para la vida?

4. Volvamos a la escena para hallar unos puntos de luz. Estamos en plena polémica y enfrentamientos. Grande sería nuestra ignorancia si dejamos a un lado este carácter doloroso que ha acompañado la vida de Jesús de Nazaret, durante su trayectoria. Jesús es, ante todo Hijo de Israel, y ama entrañablemente a su pueblo. Y, justamente por ello, ha pronunciado palabras de tal dureza, que nosotros no nos atreveríamos a decirlas. Pero eran la verdad.
Un grupo de saduceos de los que no creen en la resurrección de los muertos, preguntan a Jesús, en un caso que inventan, de quien será la mujer que tuvo siete maridos. Cruel ironía, una burla, que planteen estas cuestiones los que no creen en las palabras que presentan.
Jesús responde deshaciendo ese concepto grosero del cielo, como si fuese la simple prolongación material de la vida de esta tierra. Y es la oportunidad de que, al rechazar semejante pregunta, nos anuncie y revele al Dios de la vida, y al Dios presente, al Dios que ve nuestra acciones, que está escuchando estas palabras.
Dios es el Viviente, el Dios de vivos, Dios solo puede querer.  vida,

5. Solo en este contexto puedo responder a lo que antes preguntábamos sobre lo ocurrido entre nosotros. La profanación de un lugar sagrado y la profanación de un difunto. La Iglesia honra a los difuntos con el perfume del incienso, reconociendo que aquel cuerpo fue morada del Espíritu Santo; y con el agua santa en memoria del bautismo.
Antes de morir este cristiano dejó escrito: “Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio pido a Dios que me acoja benigno a su presencia, pues quise vivir y morir como católico. En el nombre de Cristo me honro, y ha sido mi voluntad constante ser hijo fiel de la Iglesia, en cuyo seno voy a morir. Pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera como tales".
Este testimonio ante el Dios viviente merece sumo respeto humano, sean cuales sean nuestras creencias. Si no partimos de ahí, socavamos la civilización humana.

6. La Ley de memoria histórica (26 diciembre de 2007) no menciona el nombre de Dios en las largas páginas que contiene. ¿Por qué tiene que mencionarlo en un estado laico? A un adicto al alcohol que ha caído en esa miseria, le dice el terapeuta: Tú no puedes salir de donde estás; pero hay un Ser Supremo – llámale como quieras – que te puede sacar. Por eso, tú, precisamente tú, tienes solución.
Hermanos, ¿se puede hablar de reconciliación nacional, desenterrando a los muertos y sin mencionar a Dios? No, no es posible. Con muertos o sin muertos no cabe reconciliación si en el horizonte no está ese Dios vivo, que als religiones lo verán como la última referencia humana, que Jesús ha proclamado en el Evangelio como su Padre y nuestro Padre entrañable.
No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos.

Aprendamos de memoria esta frase y sea el fruto y revelación de este anuncio. El Dios en quien creemos, el Padre de Jesús, es Dios de vivos, no de muertos.

Señor Jesús, que te sienta vivo en todo mi ser; que te reciba vivo en la Eucaristía; que vaya proclamando por el mundo que tú eres la vida, la única vida verdadera. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 7 de noviembre de 2019.

viernes, 1 de noviembre de 2019

1272. Dom. XXXI C – Zaqueo, salvado por Jesús


Zaqueo, salvado por Jesús
Lc 19,1-10

Texto evangélico:
Lc19 1 Entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. 2 En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, 3 trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. 4 Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí. 5 Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa». 6 Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento. 7 Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador». 8 Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más». 9 Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. 10 Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

Hermanos:
1. Este Evangelio está lleno de poesía y teología y el evangelista Lucas ha sabido contagiarnos su encanto de escritor. El Evangelio es bello, y es literariamente bello.
Estamos en Jericó, bella ciudad de las palmeras, debajo de Jerusalén, y por más datos profunda debajo de la superficie del mar.
Jesús va de camino, como desde capítulos atrás nos lo ha señalado san Lucas, y Jericó es la última etapa antes de entrar en la ciudad salta de Jerusalén. Y ocurre esta escena, que, al escucharla, provoca una sonrisa de agrado en el oyente. Este protagonista, causante del suceso, no es un niño que con su compañero se sube a los árboles para jugar o buscar nidos de pájaros. Es un señor honorable de la ciudad que, ante todo, tiene un nombre: se llama Zaqueo. Toda la ciudad sabe quién es Zaqueo, que es Jefe de aduanas y oficinas de impuestos, y que es rico. Y hasta se puede sospechar que la riqueza no es limpia, por el oficio que ejerce. ¿Está casado? ¿Tiene hijos? Seguramente que sí porque el banquete en una celebración familiar, al parecer, pero el relato evangélico se ha centrado en lo principal.

2. Este hombre quiere ver a Jesús, pero es pequeño, y Jesús camina en cierto oleaje de multitud. Entonces se le ocurre una estratagema: corre, adelantándose a la turba, y se sube al balcón para verlo pasar, para ver qué cara tiene y seguramente para darle un saludo con la mano. Pero no es el balcón de la casa adonde se sube, sino que alcanza una rama firme de un sicómoro para contemplarlo a su gusto. Acaso ese gesto no vaya de acuerdo con su categoría social…, pero el corazón es lo que es.
Y aquí viene la sorpresa. Jesús, peregrino de la Ciudad Santa, está más alto que Zaqueo y más cerca. Y ahora Jesús invita a Zaqueo. Mucho más allá de lo que podría ser un protocolo festivo, de alguien que dice “Amigo ¿me invitas a comer?”. Jesús declara y revela a Zaqueo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».

3. Ese “es necesario”, que es una de las características de la teología y del lenguaje de Lucas, nos remite a un plan que Dios tiene y que lo está cumpliendo en el mundo. Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado…, es necesario. Y ahora es necesario que Jesús sea el huésped de Zaqueo.
Si Dios está por medio, todo se combina providencialmente, porque la petición de Jesús fue el mayor honor que se podía hacer a Zaqueo. Y así lo dice el Evangelio: Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.
Jesús se declara amigo de esta gente que, por su oficio, puede infundir sospecha. A san Lucas, a veces, le gusta generalizar, y aquí nos hace saber que todos murmuraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
Está bien que lo sepamos, para que comprendamos la novedad y el sentido profundo de la escena. Zaqueo, oficialmente, es un pecador, y Jesús ha ido a juntarse con un pecador, no llamado por él, sino de propia iniciativa; ha ido de propia voluntad a compartir los manjares y el vino de la mesa de un pecador.

4. Lo que sucedió fue divino. Y aquí está lo que dijo Zaqueo y lo que dijo Jesús. Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».
San Lucas tiene interés, cuando escribe, en recalcar que Jesús es el Señor. Zaqueo no dijo “a Jesús”; dijo “al Señor”. Y ¿qué dijo al Señor…, a ese Señor que hoy nosotros estamos celebrando en la Eucaristía? “Mira, Señor…”
Zaqueo es un convertido y un discípulo. Si ha cometido alguna injusticia la reparará por el cuádruplo, pero, aparte de eso, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres.
Este es un discípulo perfecto. ¿Quién puede decir eso de que “la mitad de mis bienes se la doy a los pobres”?
Y ahora Jesús para Zaqueo y para toda su Iglesia, nos da la revelación:
Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán.
Jesús da a Zaqueo el título de Hijo de Abraham, hijo de la fe de Abraham, de las promesas que Dios hizo a su pueblo por Abraham.
Y no solo a él; a “esta casa”.
Y a esto se llama “la salvación”.
Esta es la sublime misión de Jesús, que llega hasta nosotros, y personalmente hasta mí, conclusión de este Evangelio: “Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.

5. Ahora podemos leer las reflexiones que poco antes de la llegada de Jesús nos hace el libro de la Sabiduría, según hemos escuchado en la primera lectura:
“Te compadeces de todos, porque todo lo puedes
y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan.
Amas a todos los seres
y no aborreces nada de lo que hiciste;
pues, si odiaras algo, no lo habrías creado” (Sal 11,23-24).

Concluimos mirando a Jesús, el Señor, que ha pasado por el camino de nuestra vida:
Señor Jesús,
mírame como miraste a Zaqueo, elevando tus ojos hacia él, y dame, como a él y a su casa, la alegría de la salvación. Amén.

Guadalajara, viernes 1 noviembre 2019.