Mc6 1
Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. 2
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía
se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le
ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? 3 ¿No es este
el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y
sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.
4 Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre
sus parientes y en su casa». 5 No pudo hacer allí ningún milagro,
solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. 6 Y se admiraba
de su falta de fe.
Y
recorría los pueblos de alrededor enseñando.
Hermanos:
1.
Estamos leyendo este año la vida de Jesús, que es el centro de nuestra fe, desde
la perspectiva que nos da el Evangelio de san Marcos. San Marcos, con su
narración sencilla, tiene una altísima teología sobre la persona de Jesús,
desde el momento que comienza su mensaje, con esta verdad rotunda, que preside
y dirige todo su escrito: Comienzo del Evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios.
Quisiéramos
conocer la historia de este hombre del todo singular, absolutamente único. Y
cuando entramos en el secreto de una persona, queremos saber los datos menudos
de su historia, los aspectos de su psicología y carácter. Quisiéramos saber
también cómo era su familia y el entorno de su vida. La escena de Jesús en
Nazaret es como un ventanal para observar esto que vamos diciendo.
El
evangelista, después de haber narrado el episodio, nos hace este comentario: Y
se admiraba de su falta de fe.
No
le fue bien en aquella predicación en su pueblo, y Jesús lo sintió. Podría
esperar otra cosa de su gente, y parece, incluso -nos atrevemos a conjeturar –
que hasta lo esperaba; pero no le resultó. Casi nos atrevemos a decir, con el
lenguaje coloquial: Se equivocó; esperaba otra cosa.
2.
Jesús lo lamentó con aquella célebre sentencia que les dijo a los de su pueblo:
decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes
y en su casa». Es muy duro todo
esto, si lo decimos no como un principio genérico, sino como balance del trato con la gente de mi pueblo.
Ese
desengaño con la propia familia, con la gente cercana a mí, es una de las
experiencias más dolorosas que, no raramente el hombre de Dios, tiene que
aguantar en silencio.
Pero Jesús había leído los profetas y ya
sabía que a Ezequiel, que a Jeremías, y antes a Isaías les había ocurrido lo
mismo. Hay que ir lejos, lejos de tu pueblo, de tu entorno para que te aprecien.
El fracaso de los hombres de Dios es una triste historia que se repite en la
Biblia, y que está muy duramente señalada en la primera lectura de hoy, del libro
de Ezequiel. Te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde,
reconocerán que hubo un profeta en medio de ellos.
3. Estamos tocando un hecho absolutamente
real de la vida de Jesús, que en otros aspectos le ha acompañado en el curso de
toda su vida: Jesús admirada – Jesús rechazado. Admirado y seguido con delirio –
Rechazado a tal grado que el rechazo popular que había sido manipulado por las autoridades
oficiales, justificó socialmente la condena a muerte.
Ahora bien, en su aldea de Nazaret, y en
todo su pueblo de Israel, hay otro hecho innegable que fortifica poderosamente nuestra
fe. El mismo evangelista Marcos, al hacer el balance e la visita a Nazaret,
tiene que dejar constancia de otro dato positivo, que fue entonces, que siguió
siendo en su vida, que continúa siendo hoy. Jesús rechazado, siempre encuentra
quien le acoja. Esto pasó en Nazaret, y esto nos pasa hoy.
No pudo hacer allí ningún milagro, solo
curó algunos enfermos imponiéndoles las manos.
Extraña forma de narrar: no pudo hacer allí ningún milagro, pero sí hizo
algunos. Para hacer milagros se necesita fe; en Nazaret no había fe, pero sí
hubo fe. Hubo enfermos humildes que acudieron a él, y Jesús tuvo piedad de
ellos, porque vio su sencillez y su fe: les impuso las manos y los curó.
4. Para ir sacando nuestras propias conclusiones,
para ser nosotros del grupo de esos enfermos, con los cuales Jesús se sintió a gusto,
y les impuso las manos y los curó, sigamos nuestra reflexión.
La fe de la criatura, la fe que es
abandono y confianza, viene a ser el origen del poder de Dios. Entendámonos.
Dios es el todo poderoso; pero Dios no es un
mago que ejercita su poder para dejar a la gente viendo visiones. Dios es
el todopoderoso para aquel que le acoge con fe y con amor.
En la fe lo tenemos todo. La fe es una
actitud de humildad, de confianza y de abandono. La fe es decirle al Señor: Dios
mío, tú eres el todopoderoso; yo creo en tu poder y yo creo en tu bondad; yo
creo en tus palabras y creo en tu silencio. Es lo mismo que hables o que
calles, porque de una y de otra forma tú estas presentes, y tú sabes el tiempo
y el momento en que debes actuar. Sería ridículo que yo te dictara lo que tú
debes hacer, porque tú eres mi Dios y yo soy tu creatura.
Hermanos, con esa fe conquistamos el
corazón de Dios. Y ahora ocurre otra maravilla. Dios es sorpresa. Cuando no lo
esperábamos, y del modo que no sabíamos Dios entra en escena y actúa en favor
de los que tienen fe.
5. Con esto, hermanos, no quiero hablar precisamente
de la pandemia, sino de toda circunstancia de vida que nos hace sufrir. La fe
es la clave de la solución. Dios ve nuestro sufrimiento; Dios sabe cómo debe
actuar y cuándo. Confiemos.
Sepamos pasar por todas las
circunstancias. El hecho de la cercanía de ver a la familia de Jesús era un
obstáculo para aquellos paisanos. Y de modo semejante, los hechos religioso y
sagrados pueden ser también para nosotros un impedimento para ver la presencia de
Dios en la vida.
San Pablo nos da una lección cuando,
tratando de interpretar su vida, dice que él descubre a Cristo en la debilidad,
en la enfermedad; no sabemos del todo cuáles eran aquellas debilidades
personales que le condicionaban (se `piensa que era alguna enfermedad que
impedía su apostolado). Pero, desde la experiencia de fe, Pablo nos ha podido
decir: “Cuando soy débil, entonces soy fuerte".
Hermanos, dirijamos nuestra mirada a Jesús,
para poder decirle como resumen del mensaje de este Evangelio:
Señor Jesús, que estabas esperanzado una
fe generosa de tus compaisanos y no la encontraste, cambie nuestro corazón para
que puedas encontrar en nosotros, en mí, esa fe que tú mereces, esa fe que es
la verdadera respuesta de mi vida a tu amor. Amén.
Madrid, viernes 2 de julio de 2021.