Si él es uno de nosotros
Para llegar a Jesús, solo la fe. La fe, que es camino en soledad. Camino en la noche oscura, camino en la apacible pradera…; en suma, camino de Dios que se concede al hombre. La fe es el supremo regalo de Dios, que se promete a los sencillos. “Y se admiraba de su falta de fe” (Mc 6,6), dice el Evangelio hablando de Jesús a propósito de las gentes de su pueblo…
¿Cómo sabremos que el hombre Jesús es el mismo Hijo de Dios? Como lo supo María: por la fe; no hay otro camino. María es “la que ha creído” (Lc 1,45), “la que avanzó en la peregrinación de la fe” (Lumen Gentium, 58). En todo momento de la vida de María, Jesús fue para ella “mysterium fidei”: en la concepción y nacimiento, en la infancia, en la vida pública, en el Calvario, en la Resurrección.
Mysterium fidei para mí y para todo creyente.
Si él es uno de nosotros
y de oficio carpintero,
como el vecino José,
persona de nuestro aprecio.
Si es el hijo de María,
mujer sin tacha en el pueblo,
y sus parientes normales,
que a todos los conocemos…;
si es esto todo esto y no más,
¿de dónde le sale eso?
sin rabinato ni estudios,
¿y de dónde esos portentos?
¿De dónde sabiduría
al hijo del carpintero?
¿De dónde las curaciones,
si nunca supo de médico?
Y eras, Jesús, un escándalo,
como una pregunta al viento,
De pregunta sin respuesta
en mi ignorancia me encierro.
* * *
Solo la fe de sencillos
a los milagros da acceso;
solo la fe confiada
entiende lo que no veo.
Solo la fe de María
pudo entrar en el misterio;
solo la fe en el anuncio
trajo al Hijo hasta su seno.
Solo la fe de sus ojos
traía el conocimiento,
tan divina era su fe,
que a pensarlo ni me atrevo.
Que otra manera no existe
de saber quién e s el Verbo,
y María es la creyente
en toda hora y momento.
Creyente de Nazaret,
o cundo el Hijo en el templo,
peregrina de la fe,
que nos enseña el sendero
Fe de la Madre amorosa,
toda ungida de silencio,
que no hay camino distinto
para amarlo y conocerlo.
Fe en Jesús Crucificado
al abrazarlo ya muerto,
apretado al corazón
y cubriéndolo de besos.
Y fe en el Resucitado,
cuando Él vino al encuentro,
que para entrar en Jesús
no hay otro camino abierto.
Jesús, Señor de mis días
y confín de mis deseos,
el prodigio de la fe
sea mi anhelo supremo.
Por la fe tú eres divino;
solo en la fe te poseo;
y en la fe de los sencillos
leemos los Evangelios.
En la cima de mi vida,
con la Iglesia ofrezco el Credo;
tu santa Divinidad
sea en la tierra mi cielo.
Madrid, sábado, 3 julio 2021
(ante el domingo XIV del tiempo ordinario, ciclo B).
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